Capítulo 11

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

Capítulo 11

Ilir  miró la gema roja frente a él, luego al hombre de túnica blanca. ¿Qué significaba esto?

¿Canjear qué?

El hombre de blanco no explicó.Ilir frunció el ceño y su mirada volvió a posarse en Qiaoxingyan, quien parecía mirar hacia ninguna parte en particular. Justo cuando estaba a punto de preguntar, alguien le dio una palmada en el brazo.

Era Yoel, quien estaba a su lado.

Yoel fue el primero en notar que Qiaoxingyan no dejaba de mirar hacia afuera de la tienda.

Como un caballero con algo de sentido de alerta, Yoel se tomaba su trabajo bastante en serio. Desde que salieron, no había dejado de vigilar los movimientos del estafador.

Era obvio: alguien con el descaro de hacerse pasar por un rey en la mansión y cometer semejante locura debía tener algo sospechoso. Y ahora, apenas salieron, ya estaba mostrando su verdadera naturaleza.

¿En medio de escoger cosas, de repente se queda mirando afuera sin pestañear? ¿Acaso hay oro ahí? ¡Seguro tiene cómplices!

Yoel se felicitó mentalmente por ser un caballero tan atento y responsable. Volteó para seguir la mirada del otro, intentando encontrar a sus posibles aliados.

Pero entonces se dio cuenta de que, dentro del campo visual del estafador, no había nadie que pareciera un cómplice. Solo había un niño cargando a su hermana pequeña.

Yole se frotó los ojos, volvió a mirar para confirmar. No, no se equivocaba: el hombre de cabello negro definitivamente estaba mirando a esos dos niños.

Confundido, Yoel buscó la ayuda de su superior, solo para darse cuenta de que Ilir estaba aún más perdido que él. Al menos él sabía qué estaba mirando el otro.

Además, ¿qué quería canjear exactamente ese misterioso hombre de blanco? ¿Acaso quería cambiar la gema por dinero para dárselo a esos niños?

Pero Yoel rápidamente descartó esa idea.

Imposible. ¿Un estafador preocupándose por desconocidos?

Bajo el aviso de Yole, Ilir también vio a los dos niños a lo lejos.

Eran solo dos huérfanos cualquiera.

Con la guerra recién terminada, en Alirans no era raro ver niños pasando hambre. Al menos estos dos seguían con vida.

Bajo las miradas de todos, el niño afuera de la tienda salió del callejón cargando a su hermana. Encontró un rincón discreto, colocó un trapo viejo en el suelo y sobre él puso unas pequeñas tallas de madera. Al parecer, quería ganar algo de dinero con esas toscas figuras.

El niño iba vestido con harapos, sucio, con rasguños y sangre seca mezclada con tierra en sus brazos. Obviamente le dolía. En cambio, su hermana en brazos estaba bien protegida. El niño le daba sorbos de agua de vez en cuando, mientras sus propios labios estaban secos y agrietados, sin pensar en beber él mismo.

La mirada de Ilir volvió hacia Qiaoxingyan.

El otro ya no miraba a los niños. Bajó las pestañas, esas pestañas largas y espesas ocultando cualquier emoción en sus ojos, como si esos niños ya no merecieran su atención.

Su mirada anterior no habría sido más que un capricho momentáneo.

Sin embargo, los dedos pálidos del hombre de cabello negro golpeteaban irregularmente la mesa de madera, señal de que su mente no estaba en calma, como si estuviera recordando algo.

Ilir retiró su mirada, pensativo.

A su lado, el hombre de blanco pareció notar que Ilir no le había hecho caso y repitió:

—El Rey dice: canjear.

Ilir frunció el ceño, una sospecha comenzando a formarse en su mente:

—¿Canjear qué?

—Monedas de plata —aclaró el hombre de blanco, como si no hubiera sido lo suficientemente claro—. Encontrar una tienda, vender la gema.

Una gema podía cambiarse por muchas monedas de plata. Si la calidad era buena, incluso por oro.

Luego, el hombre de blanco señaló los globos oculares grises que habían visto antes:

—El Rey quiere esto.

A Ilir le pareció extraña la forma de hablar del otro, pero eran solo manerismos personales, nada importante. Aunque había pensado que quizás quería ayudar a esos niños, ahora veía que se había equivocado.

—¿Acaso no tiene monedas de plata, a pesar de poseer gemas? —preguntó Ilir, confundido.

El hombre de blanco asintió:

—Muchas gemas.

Ilir apretó los labios, mirando la gema roja en manos del otro. De un hermoso color, incluso en la ciudad principal una gema así sería extremadamente valiosa, algo que ningún estafador común podría obtener.

A su hermano mayor le gustaba engastar gemas en las vainas de sus espadas. Él llegaría en dos días junto al Rey, y Ilir había venido a este pueblo en parte buscando un regalo para él.

—¿Cuánto vale aproximadamente esta gema? —preguntó Ilir—. ¿Puedo comprársela?

—¿La quieres? —la voz monótona del hombre de blanco sonó ligeramente confundida—. Puede ser.

—En la mansión hay un tasador. Yo me haré cargo de todos los gastos de Su Majestad en el pueblo. Cuando regresemos, le entregaré el dinero restante.

El hombre de blanco asintió y, como si estuviera tirando una piedra cualquiera, lanzó la gema a Ilmir. En un instante, su figura apareció junto a Qiaoxingyan.

Ilir miró la gema en sus manos. Bajo la luz del sol, la gema roja emitía un tenue resplandor, hipnótico. Incluso sin tasarla, sabía que su precio sería exorbitante.

No pudo evitar preguntarse: ¿acaso este hombre era realmente de alta alcurnia? ¿Pero cómo era posible? Y si no lo era, ¿quién estaría dispuesto a invertir tanto para que un evidente estafador como Qiaoxingyan se infiltrara en Alirans?

—Empaquen todos estos globos oculares de bestia grises —dijo Qiaoxingyan, señalando con desdén—. Para verlos de vuelta.

¿Qué podía tener de interesante unos ojos de bestia?

Ilir no lo entendía.

Observó cómo el dueño de la tienda empaquetaba rápidamente todos los ojos. Sin necesidad de que el hombre de cabello negro lo indicara, el hombre de blanco los recogió con facilidad.

Acto seguido, ambos se dirigieron hacia los dos niños afuera. De espaldas a Ilmir y los demás, Qiaoxingyan liberó discretamente sus puños apretados.

Originalmente había planeado cambiar la gema por oro dentro de la tienda, pero al entrar se dio cuenta de su error. Las tiendas del pueblo eran demasiado pobres, su valor total probablemente no igualaba al de su gema. No podrían cambiarla.

No sabía dónde encontrar una tienda más adecuada, así que decidió dejar que Ilmir se encargara, sin esperar que este aceptara.

Una sorpresa inesperada.

Iliir, habiendo aceptado la gema, pagó y los siguió. Al verlos dirigirse hacia el rincón donde estaban los niños, algo hizo clic en su mente.

Efectivamente, se dirigían hacia el puesto de los niños.

El niño que vendía las tallas nunca había estado tan cerca de nobles. No pudo evitar encogerse, protegiendo a su hermana detrás de él.

—¿Tú hiciste estas tallas?

Los dos misteriosos hombres permanecían en silencio. Ilmir, viendo los toscos trazos en las figuras, tomó la iniciativa.

—S-sí, mi señor.

El niño asintió, pero justo entonces su hermana comenzó a llorar.

Nervioso, el niño bajó a su hermana de su espalda y comenzó a calmarla, al mismo tiempo que se disculpaba con los nobles por el disturbio.

Ilmir estaba algo molesto, pero no era como para enojarse por algo así. Lo que más le llamaba la atención era la reacción de Qiaoxingyan.

Después de todo, este se suponía que era un emperador arrogante que se enfurecía si lo trataban con falta de respeto. Ser ignorado así debería haberlo hecho estallar de ira.

Pero esta vez, se equivocó.

La personalidad de Qiaoxingyan era la de un emperador orgulloso, pero también la de un hermano mayor que adoraba a sus hermanos menores. Cuando vio por casualidad a estos dos hermanos llevándose tan bien, decidió usar la oportunidad para preparar el terreno para su actuación antes de que llegara el tirano.

En el fondo, también quería ayudar a estos dos hermanos menores de edad. Pero con su propia vida en juego, lo único que podía hacer era comprar sus tallas.

Así que, después de darle la gema a Ilmir, Qiaoxingyan se acercó con Zero a los niños.

Ilmir notó que el hombre de cabello negro no se enojó cuando el niño lo ignoró para atender a su hermana. Al contrario, su mirada hacia el niño estaba llena de aprobación.

Un signo de interrogación apareció sobre la cabeza de Ilmir.

¿Qué le pasaba a este hombre?

¿Acaso estaba conteniendo su furia para algo peor?

Pero la realidad fue que Qiaoxingyan realmente no estaba enojado. No solo eso, sino que compró todas las tallas del niño.

Ilmir: “…”

Qiaoxingyan había calculado que esa gema valdría mucho oro, y lo que acababa de comprar no llegaba ni a cien monedas de plata.

Además, lo más importante: ¿qué clase de rey compraba las cosas de una en una?

Un verdadero rey lo compraba todo de una vez.

Pensando esto, Qiaoxingyan mantuvo su actitud fría. Cuando Zero se acercó con las tallas, actuó con indiferencia, ignorando las gracias del niño, y se alejó.

Ilir, habiendo visto todo, miró a los niños un momento antes de apresurarse a seguirlos.

Después de eso, el grupo no continuó paseando. Qiaoxingyan fingió haberse aburrido y regresó a la mansión montado en los perros de Ruite.

Una vez en su habitación, por fin se relajó. Mirando las tallas y los ojos de bestia, se preguntó qué podría hacer con ellos.

¿Quizás vendérselos al sistema? ¿Los aceptaría?

El Caos del Mazo no tenía bestias, así que los ojos serían algo nuevo, ¿no?

Mientras Qiaoxingyan divagaba, alguien tocó la puerta. Era Ilmir. Ya era tarde, así que fue directo al grano:

—Este es el valor que dio el tasador. Descontando lo gastado en el pueblo esta tarde, en total son mil tres monedas de oro.

Qiaoxingyan movió los dedos, controlando el cuerpo de Zero para recibir el oro. Ilmir continuó:

—Su gema roja es extremadamente valiosa, pero como no está trabajada ni engastada, el total es de mil tres monedas. Si tiene alguna duda, puedo llevarlo con el tasador.

Mil monedas de oro eran más de lo que esperaba, así que no había nada que cuestionar.

Al instante, Ilir escuchó al hombre de blanco decir:

—No hay problema. Solo una gema.

Ilir, que estaba preparado para explicar más, se detuvo. ¿”Solo una gema”?

Como capitán de los caballeros de la mansión, el salario de Ilmir era de quinientas monedas de oro cada tres meses. Una gema equivalía a medio año de su salario. Si no fuera porque su familia era adinerada, no podría haberla comprado.

Como si no fuera suficiente, el hombre de blanco añadió:

—En el pasado, cosas como esta solo servían para que el Rey las rompiera y escuchara el sonido.

Esta fue una improvisación de Zero Como era verdad, su tono sonó más real que nunca, dando la impresión de que su rey ahora solo tenía estas gemas, como si estuviera sufriendo una gran humillación.

Ilir guardó silencio. Ya no sabía si estaban actuando o no.

Todo lo que hacían reforzaba la idea de que su rey era extremadamente poderoso y noble.

Ilir miró hacia el interior de la habitación. El hombre de cabello negro estaba sentado a la mesa, sus ojos dorados fijos en los ojos de bestia con curiosidad.

¿Mirando ojos en la noche? ¿No le darían pesadillas?

Ilir se estremeció. Pensó que, fuera o no un verdadero emperador, este hombre ciertamente actuaba como uno.

En su mente, los emperadores tenían gustos extraños, igual que el tirano de Alirans. Este hombre de cabello negro no era diferente.

Ilir se retiró sin decir más.

Qiaoxingyan, ajeno a los pensamientos del otro, contuvo su emoción mientras Ling lo despedía. Al cerrar la puerta, se levantó de un salto, emocionado.

¡Por fin tenía mil monedas de oro!

Nota de traductora: La marioneta puede aparecer como zero o Ling (ambos nombres son del mismo personaje)

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x