Capítulo 11
Como era de esperarse, Chi Qing se ablandó y no insistió en enviarlo al extranjero. En la segunda semana de agosto, Xiao Chin Ning se matriculó en una nueva escuela de régimen internado.
Era época de vacaciones,; en el campus solo había estudiantes de último año tomando cursos de refuerzo. El comedor funcionaba con normalidad y no estaba lleno, aunque algunos padres seguían trayendo cenas y suplementos a sus hijos tras las clases nocturnas.
Antes de que Chi Qing volviera a salir de viaje de negocios, Xiao Chin Ning se esforzó en actuar obediente y tonto, consiguiendo finalmente el privilegio de no tener que quedarse a dormir en el internado.
Antes de empezar las clases, compró en internet una gran tabla de skate color verde oliva y varios juegos de ruedas de repuesto modelo 95A. Cada noche, tras terminar las clases a las nueve y media, mientras los demás compañeros regresaban a los dormitorios cargados de libros para seguir estudiando, él se iba por ahí en su patineta, exhalando aros de humo.
La noche de Pekín no era diferente de la de otras grandes ciudades: los borrachos felices parecían un último destello antes de la muerte; los que se apresuraban a volver a casa parecían copos de nieve fina, cayendo sin ruido para derretirse en el lodo.
Era cuando Xiao Chin Ning se sentía más perdido, como un alma en pena olvidada por el inframundo hacía mil años.
Caminando y deslizándose sin rumbo, llegó hasta la galería de arte. Desde el otro lado de la calle, a través de los árboles, miró hacia la tienda cerrada, cuya única luz encendida era la del cartel. Encendió el último cigarrillo que quedaba en su caja.
Cuando Chi Qing estaba en casa, Xiao Chin Ning se esforzaba en interpretar al hijo perfecto, mientras Xiao Zhaoshan hacía su papel de esposo ejemplar; al menos lograban mantener una fachada de padre e hijo medianamente normales.
Pero una vez que Chi Qing salía de viaje, Xiao Zhaoshan simplemente dejaba de pasar las noches en casa. Desde que empezaron las clases, en medio mes, Xiao Chin Ning no lo había vuelto a ver.
Por supuesto, en ese momento no estaba allí por nostalgia. Simplemente no tenía a dónde ir y, vagando sin rumbo, había acabado frente a la galería. Xiao Zhaoshan, seguramente, estaría disfrutando en algún lecho ajeno, besándose y acostándose con alguna amante joven, ya fuera Chen Yu, Zhao Yu, Qian Yu, Sun Yu o Li Yu.
En definitiva, Xiao Zhaoshan no era hombre de resignarse a la soledad.
Xiao Chining apagó la colilla, echó un último vistazo al luminoso carácter “Zhao” en el cartel y luego subió a su patineta, dispuesto a tomar un atajo de regreso a casa.
Sin embargo, al pasar junto al estrecho callejón al lado de la galería, iluminado apenas por dos faroles tenues, captó de repente una melodía suave entre el ruido áspero de las ruedas.
Provenía del interior de la galería.
Xiao Chin Ning no había oído antes esa canción. Conteniendo la respiración, logró distinguir un par de frases y las buscó en su celular. Descubrió que la canción se llamaba “I Don’t Hurt Anymore”.
Dentro de los muros aún sonaba:
“Ya no me duele / Increíblemente / Todo lo que una vez me importó / Ya lo he olvidado / Qué bien / Ya no me duele““.
Pero afuera, Xiao Chin Ning sintió que sus palmas y rodillas, que ya deberían estar curadas, volvían a doler con un cosquilleo sordo.
A esas horas, no había ningún empleado que se quedara a poner música en la oficina.
La persona dentro debía ser, sin lugar a dudas, Xiao Zhaoshan.
Y Xiao Chin Ning quiso creerlo así.
No olvidaba la verdad que había descubierto por medio de Lü Mei. No olvidaba que alguna vez tuvo unos padres “enamorados”, que no lo amaban a él, y solo le habían dejado cicatrices.
Había agarrado a Xiao Zhaoshan del cuello, exigiéndole una explicación… pero nunca recibió una respuesta.
En la silenciosa callejuela, apoyado contra la pared de ladrillos, con un pie en el skate, Xiao Chin Ning encendía y apagaba su encendedor una y otra vez, sintiendo el relieve de aquella vieja cicatriz en su línea de la vida.
Finalmente, en medio de un creciente resentimiento, comprendió:
Odiaba la indiferencia de Xiao Zhaoshan. Odiaba tanto que no soportaba verlo solo, en la galería vacía, diciendo tranquilamente que ya lo había olvidado todo, que ya no le dolía nada.
Xiao Chin Ning decidió que tenía que hacer que él también sufriera.
Cuando la canción se repitió por quinta vez en su celular, Xiao Chin Ning se alejó de la galería, dejando atrás la canción difusa pero persistente.
Sin embargo, el eco de esa melodía lo acompañaría durante todo aquel verano sudoroso.
En septiembre, durante la asamblea de motivación para los estudiantes de último año, el director pidió que cada clase hiciera un mural de anuncios sobre sus aspiraciones universitarias.
Xiao Chin Ning fue el único en su clase que escribió en su nota adhesiva: “No tengo universidad ideal”.
El tutor de la clase lo llamó para una charla:
—Veo en tu expediente que tienes como especialidad la pintura al óleo y que incluso ganaste el primer premio a nivel provincial. ¿Por qué no optas por una carrera artística o deportiva?
Xiao Chining fue directo:
—No me gusta.
El maestro, con paciencia, trató de persuadirlo:
—Si vas a renunciar a tu especialidad, entonces debes concentrarte en las materias académicas.
Por tu desempeño en el examen diagnóstico de ingreso, si te esfuerzas un pocopoco, podrías aspirar a una universidad de segunda categoría bastante decente.
Si no sabes cuáles opciones podrían ser adecuadas para ti, yo podría ayudarte a buscar algunas y fijar un objetivo.
Xiao Chi Ning se apoyaba de manera floja junto a la mesa de trabajo, con una pierna doblada, y dijo de manera que parecía obediente pero en realidad le era indiferente:
—Está bien.
Quizá por esa actitud, la profesora principal pensó que aún tenía potencial de ser moldeado, y ese mismo mediodía le cambió el asiento al lado de la chica que había quedado en segundo lugar en el examen diagnóstico de todo el grado. El primero, decían, estaba en un curso de humanidades en el piso de abajo.
Tras solo dos clases como compañeros, Xiao Chi Ning ya tenía una idea preliminar sobre esa estudiante modelo.
Era como la joven Chi Qing.
Qiu Yin solía hablarle de ella: desde pequeña, Chi Qing había mostrado una capacidad de comprensión y concentración asombrosas, siempre obtenía resultados excelentes, jamás bajaba del top tres en los exámenes clasificados por rangos. Su desempeño en el examen de ingreso a la universidad fue estable, quedando en segundo lugar a nivel municipal en humanidades. Entró sin sorpresas en la universidad de sus sueños en Pekín, donde estudió contaduría, y, por cosas del destino, conoció a Xiao Zhaoshan de la Facultad de Artes. Incluso su historia de amor, matrimonio y emprendimiento fue tan eficiente como todo lo demás en su vida.
Salvo por su aspecto sencillo y una complexión ligeramente robusta, su nueva compañera de asiento era evidentemente similar a Chi Qing: concentrada, inteligente, excelente en los estudios, pero carente de calidez humana. Durante toda la tarde, no le dirigió ni una mirada; en clase solo miraba al libro y al profesor, y durante los descansos se cubría los oídos y murmuraba puntos de historia y política para memorizarlos.
¿Por qué Xiao Zhaoshan se había enamorado de una mujer así?
Simplemente no eran del mismo mundo.
Cuando esta pregunta cruzó la mente de Xiao Chi Ning, se dio cuenta de que ya había comenzado, como Xiao Zhaoshan había dicho, a imaginarse a Chi Qing de manera concreta.
Pero lo curioso era que, cada vez que veía a Chi Qing en persona, perdía de inmediato toda voluntad de imaginarla, como cualquiera que cruza con un desconocido en la calle: pasaba junto a ella de manera cortés, sin más.
Comparado con Xiao Zhaoshan, Chi Qing ciertamente podía considerarse más amable: cuando regresaba de sus viajes de trabajo, de vez en cuando le preguntaba cómo se estaba adaptando en la nueva escuela, aunque solo para su propio consuelo. Xiao Chi Ning estaba seguro de que, incluso si respondiera “me está yendo fatal”, Chi Qing no haría más que soltar un “¿Ah, sí?““, indiferente, sin poder ofrecer la más mínima palabra de aliento o consuelo que cualquier madre normal podría dar.
Pero a él tampoco le importaba mucho, porque cada vez que ella preguntaba, Xiao Chi Ning primero observaba la expresión de Xiao Zhaoshan.
Xiao Zhaoshan solía mirarlo directamente a los ojos y soltaba de repente:
—Será que los compañeros y maestros son los que se están adaptando a él.
Un comentario que helaba la sangre como una broma escalofriante.
Chi Qing era como un interruptor humano: solo cuando ella estaba presente, Xiao Zhaoshan aparecía repentinamente desde algún rincón desconocido, se ponía una máscara de amabilidad, cruzaba el umbral del hogar, y retomaba su papel de padre e hijo junto a él.
Una, dos, tres veces, y aúnaun así Xiao Chi Ning no lograba acumular experiencia para lidiar con ese Xiao Zhaoshan. Por suerte, al sonreír sin decir palabra, Chi Qing seguía viéndolo como un buen chico en proceso de redención.
Casualmente, hoy era uno de esos días: Chi Qing regresaba de un viaje de trabajo a Pekín, lo que significaba también que Xiao Zhaoshan volvía a casa.
Xiao Chi Ning, después de su turno de limpieza en la escuela, no optó por ir a pasear por la calle, sino que se deslizó directo hacia casa en su patineta. Apenas salió por la puerta de la escuela, vio a Hu Yingxue y a sus padres, que sostenían cajas de comida.
Hu Yingxue, su nueva compañera de asiento, discutía con cara de fastidio:
—¡Ya les dije mil veces que dejen de traerme estas cosas! ¿No ven que ya estoy lo bastante gorda?
Su padre la regañó severamente:
—¿Acaso la comida del comedor escolar tiene suficiente nutrición? ¡Tu prioridad es estudiar, no andar pensando en tonterías como arreglarte!
—Sí, después del examen de ingreso tendrás todo el tiempo del mundo para adelgazar. Hoy te hicimos sopa de pescado, es buena para el cerebro, te ayuda a memorizar más rápido. Llévala al dormitorio y tómala caliente —insistió su madre, empujándole un termo hacia los brazos—. No tienes que lavar los recipientes, mañana te los llevamos de regreso.
Hu Yingxue ni aceptaba la sopa ni respondía. Se mantenía erguida, los hombros subiendo y bajando de la furia contenida. Justo antes de estallar, pareció recordar que alguien más estaba allí cerca, y en un movimiento brusco giró la cabeza para mirarlo con ojos llenos de advertencia.
Xiao Chi Ning bajó su patineta al suelo, sin intención de escuchar ni de involucrarse. Solo se puso los auriculares y eligió una canción.
Reprodujo de nuevo “I Don’t Hurt Anymore”.
Aquella carga de afecto familiar que jamás tendría no le concernía. Sin mirar a los lados, se impulsó en su patineta, llevándose con él el viento fresco del principio del otoño.
En ese momento, no podía prever que pronto sería testigo de algo mucho más grande y vergonzoso relacionado con Hu Yingxue. Algo tan impactante que, cuando esa misma noche llegó a casa y se enteró de que Xiao Zhaoshan había viajado al extranjero, se olvidó por completo de los ojos llenos de odio que había visto en ella.
Ese día, llegó a casa en la mitad del tiempo habitual. Al abrir la puerta, encontró la maleta de Chi Qing, aún sin deshacer, junto al mueble de los zapatos.
Normalmente, cuando Xiao Zhaoshan la recogía en el aeropuerto, subía su equipaje al segundo piso de inmediato.
Mientras se quedaba parado allí, dudando ante esa anomalía, Chi Qing bajó las escaleras envuelta en un albornoz, sosteniendo un vaso de agua.
—¿Xiao Ning? ¿Por qué estás parado en la puerta?
—Acabo de entrar —respondió Xiao Chi Ning, volviendo en sí. Con la sonrisa que había practicado incontables veces en el último mes, levantó la cabeza y preguntó:
—¿Dónde está papá?
Chi Qing dejó el vaso vacío sobre la mesa del comedor y preguntó, extrañada:
—¿Tu papá? Se fue anteayer a Italia a ver una exposición, ¿no lo sabías?
La sonrisa de Xiao Chi Ning se congeló un instante, pero enseguida sonrió aún más ampliamente, tanto que sus ojos se curvaron como lunas crecientes.
No sabía aún lo inocente y conmovedora que podía ser esa sonrisa suya.
“Lo sé, claro que lo sé”, dijo él con voz melosa. “Es solo que lo extraño demasiado.”