Capitulo 11

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Capítulo 11

Huo Fenghua despertó debido al dolor de su.

Cuando abrió los ojos, descubrió que ya estaba amaneciendo. A su alrededor había una playa pedregosa cubierta de maleza, y a lo lejos se escuchaba vagamente el sonido del agua, quizá proveniente del otro lado de la ladera baja frente a ellos.

Y también descubrió que estaba recostado en el abrazo de Su Zeyang, con la ropa rasgada y el hombro herido por una flecha completamente expuesto.

—¿Despertaste? —le preguntó Su Zeyang.

Huo Fenghua asintió ligeramente y se incorporó para sentarse, quedando frente a Su Zeyang.

Su Zeyang también estaba sentado en el suelo, con una espada en la mano. Le dijo:

—Voy a sacarte la flecha. Aguanta.

Huo Fenghua se asustó tanto que su rostro quedó pálido.

—¿Sacarla? ¿Cómo se supone que voy a aguantar eso?

Su Zeyang agarró su manga, cortó un trozo de tela con la espada, lo dobló varias veces y le hizo un gesto con la mano.

—Ven.

Huo Fenghua entendió a qué se refería. Solo pensar en que le iban a arrancar una flecha clavada en carne viva ya lo hacía temblar. El sudor frío no dejaba de caerle, y junto a toda la sangre que había perdido, su cuerpo estaba débil y casi exhausto. Respiró hondo varias veces para reunir valor, se colocó igual que antes, medio recostado en el pecho de Su Zeyang, y dijo:

—Hazlo.

Su Zeyang le colocó la tela en la boca para que la mordiera con fuerza, luego levantó la mano y sujetó el extremo emplumado de la flecha.

Huo Fenghua cerró los ojos y apretó la tela.

Su Zeyang tiró de repente, con un movimiento rápido y limpio, arrancando la flecha del hombro. La sangre brotó al instante como un torrente. Su Zeyang aplicó polvo hemostático y luego vendó la herida con un trozo de ropa interior limpia que había rasgado antes.

Huo Fenghua estaba tan pálido como la nieve, empapado en sudor frío. Parecía como si hubiese muerto y vuelto a la vida. Recostado en el pecho de Su Zeyang, apenas podía hacer otra cosa que jadear. Hasta la tela en su boca tuvo que ser retirada por Su Zeyang.

Entre esta vida y la anterior, jamás había sentido un dolor tan intenso; casi había perdido el conocimiento.

—Vete —dijo Su Zeyang entonces.

Huo Fenghua se quedó atónito. No tenía fuerzas ni para levantar la cabeza, y tras jadear un rato preguntó:

—¿A dónde voy?

—A donde quieras —respondió Su Zeyang—. Si no quieres volver a la capital, escóndete en algún sitio.

Huo Fenghua sintió que algo no iba bien. Se esforzó por incorporarse y, soportando el dolor, giró la cabeza hacia Su Zeyang. Vio que el rostro de éste también estaba inusualmente pálido, pero su expresión seguía tranquila mientras limpiaba su espada con un paño suave. No pudo evitar preguntar:

—¿No vendrás conmigo?

Su Zeyang levantó la vista.

—Cuando caí, mi pierna izquierda chocó con una roca y se fracturó.

Huo Fenghua bajó la mirada, sorprendido, y vio que la pierna izquierda de Su Zeyang yacía sin fuerza sobre las piedras. No era de extrañar que no se hubiera levantado en ningún momento.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Huo Fenghua.

Su Zeyang miró hacia el acantilado del que habían caído.

—Los soldados de Xichou vendrán a buscarte. Vete primero.

—¿Y tú? Si yo huyo, ¿crees que te dejarán tranquilo? —replicó Huo Fenghua.

—La vida y la muerte están en manos del destino —respondió Su Zeyang con calma.

—No digas tonterías. Tu general Feng te está esperando para que vuelvas a casa a reunirte con él —dijo Huo Fenghua, sintiendo un amargo pinchazo en el pecho incluso al decirlo.

Su Zeyang no respondió; solo bajó la cabeza y siguió limpiando su espada, como si su vida realmente no le importara.

Huo Fenghua suspiró. Se apoyó en su brazo derecho para levantarse, pero al instante su visión se oscureció. Aun así, esperó a que pasara el mareo, luego se agachó frente a Su Zeyang y dijo:

—Vámonos, shixiong. Nos iremos juntos.

Su Zeyang se quedó un momento aturdido al ver su espalda.

—Si me llevas contigo, moriremos los dos.

—Cuando caíamos pensé que íbamos a morir juntos de todas formas —respondió Huo Fenghua.

Su Zeyang no dijo nada.

—Vamos —insistió Huo Fenghua—. Ahora que tengo un poco de impulso. Si espero más, no voy a poder ni ponerme de pie.

Su Zeyang finalmente se apoyó con las manos, levantándose con ayuda de la pierna derecha, y se echó sobre la espalda de Huo Fenghua. En ese instante el cuerpo de Huo Fenghua tembló entero, y Su Zeyang pensó que iba a desplomarse, pero él apretó los dientes y lo sostuvo.

Con la respiración rápida y pesada, Huo Fenghua lo sostuvo por las piernas.

—¿Hacia dónde?

Su Zeyang señaló hacia donde se escuchaba el agua.

—Encuentra el río. Síguelo río abajo. Debería haber poblados.

Huo Fenghua asintió y, apretando los dientes, lo cargó hacia la ladera.

El cielo ya estaba completamente iluminado. El aire de la montaña era fresco y la temperatura baja.

Huo Fenghua caminaba tambaleándose entre las piedras, respirando con dificultad.

—Sé que no quieres morir conmigo —murmuró—. En tu corazón solo está Feng Tianzong. Si me muero, solo tírame lejos donde no me veas.

—Tú dijiste que te enterrara —respondió Su Zeyang.

—Ahora ni puedes usar las piernas —jadeó Huo Fenghua—. ¿Enterrarme? Solo déjame tirado por ahí.

Su Zeyang no dijo nada.

—Qué lástima tus piernas tan bonitas —continuó Huo Fenghua—. Ya no vas a poder ponerlas sobre los hombros de Feng Tianzong, ¿verdad?

—Ya basta —dijo Su Zeyang con frialdad—. Si tienes fuerzas para hablar tonterías, úsalas para caminar.

—No puedo —replicó Huo Fenghua—. Si no hablo, siento que no podré aguantar. Aunque sea tontería. Si no quieres escuchar, no escuches.

Su Zeyang le tocó la frente. Estaba empapada en sudor frío. Al retirar la mano, la tenía completamente mojada.

Huo Fenghua siguió murmurando mientras caminaba. Casi media hora después, rodearon la ladera y vieron un arroyo de montaña. El agua corría veloz, estrellándose contra las rocas y levantando espuma blanca.

Huo Fenghua llegó a la orilla, dejó a Su Zeyang en el suelo y ambos bebieron un poco. Luego descansaron y él volvió a cargarlo.

Siguieron río abajo. Huo Fenghua seguía hablando, pero Su Zeyang ya no entendía lo que decía. Poco después notó que estaba tarareando.

La melodía era extraña.

—¿Qué canción es esa? —preguntó.

—Amor comprado —respondió Huo Fenghua.

—Extraña —murmuró Su Zeyang.

Huo Fenghua aclaró un poco la voz y cantó una frase:

—«Vendiste nuestro amor, obligándome a marchar; al final, cuando supe la verdad, me puse a llorar…».

Su Zeyang bufó. La letra le parecía vulgar, pero dejó descansar la cabeza sobre el hombro de Huo Fenghua.

Huo Fenghua dejó de cantar después de un rato. Ya no tenía fuerzas. Había caminado cargando a Su Zeyang más de veinte kilómetros y aún no encontraba ninguna aldea.

No se atrevía a detenerse, temiendo que si lo hacía ya no podría levantarse de nuevo.

El bosque resonaba solo con su respiración pesada y sus pasos inestables.

Su Zeyang le limpiaba el sudor de la frente de vez en cuando para que no le cayera a los ojos. También temía que en cualquier momento Huo Fenghua se desplomara y no despertara más.

Pero Huo Fenghua resistió. Tras caminar un kilómetro más, vio terrazas de cultivo y casas de madera. Quiso avisar, pero su voz estaba ronca hasta el punto de no salir.

Entonces Su Zeyang le dijo al oído:

—Es un pequeño pueblo de montaña. Veo gente. Puedes descansar.

Huo Fenghua se detuvo, jadeando con violencia. Intentó primero agacharse para dejar a Su Zeyang en el suelo, pero las piernas ya no le respondieron. Cayó de rodillas y luego se desplomó de bruces, perdiendo el conocimiento.

Su Zeyang se deslizó de su espalda rápidamente, lo levantó y lo sostuvo en brazos.

—¿Huo Fenghua? —lo llamó, masajeándole el pecho y limpiándole el sudor del cuello. Al oír su corazón estable y su respiración pareja, se tranquilizó un poco.

Luego alzó la vista hacia alguien que se acercaba.

—¡Oye, hermano!

Ambos fueron rescatados por una familia del pueblo. Su Zeyang les dio unas monedas de plata para que llamaran a un médico y compró un par de ropa limpia para ambos.

Ese lugar estaba en la frontera entre Xichou y Donglin. El pueblo era de Xichou. Al estar tan aislado por las montañas, la guerra no había llegado, aunque en el camino hacia el poblado principal la situación era mucho más tensa.

Huo Fenghua había perdido mucha sangre y estaba completamente agotado, así que tardó dos o tres días en recuperar fuerzas. Su Zeyang estaba mejor de ánimo, pero la pierna rota avanzaba lento en recuperación y no podía moverse.

La familia era pobre y solo pudo ofrecerles una cama, así que tuvieron que dormir juntos.

Cuando Huo Fenghua despertó, apoyó la cabeza en el hombro de Su Zeyang, frotándose un poco y diciendo:

—Shixiong, ¿por qué te cambiaste la ropa? ¿Y por qué hueles tan bien?

Su Zeyang no le hizo caso; estaba recostado contra el borde de la cama, mirando fijamente su espada, perdido en sus pensamientos.

Afuera llamaron a la puerta. Era la hija del dueño de la casa trayendo comida.
Huo Fenghua se dio vuelta para bajar de la cama; al tocar el suelo sus piernas estaban tan débiles que casi cayó de rodillas.

Se sostuvo como pudo, abrió la puerta, tomó la cesta y agradeció a la muchacha. Luego cerró la puerta y volvió a la cama.

—Shixiong, te doy yo de comer —le dijo a Su Zeyang.

Su Zeyang se incorporó.

—No tengo las manos rotas.

Huo Fenghua se apresuró a cubrirse el hombro herido con la mano derecha.

—Entonces deberías ser tú quien me dé de comer —replicó.

Su Zeyang no le prestó atención.

Después de comer, Huo Fenghua llevó la cesta vacía afuera. Había un pequeño patio. En la casa vivía una familia de cinco: un matrimonio, dos hijos y el padre anciano.

Huo Fenghua se acercó a hablar con el anciano que estaba acuclillado fumando en pipa. Le preguntó dónde estaban, en qué dirección quedaba Donglin y cuánto tardaría en regresar.

El anciano habló y habló largo rato.

Cuando Huo Fenghua regresó a la habitación, Su Zeyang le preguntó:

—¿Qué pasa? ¿Quieres huir?

Huo Fenghua se sentó en la cama.

—¿Cómo crees? Voy a esperar a que tu pierna se cure. Te llevaré conmigo.

Su Zeyang le lanzó una mirada, sin decir nada.

Huo Fenghua le tomó la mano. Al ver que Su Zeyang no la retiraba, se la llevó al pecho.

—Yo también sé —dijo— que si regresamos, jamás volverás a acercarte a mí. Ahora que por fin puedo dormir a tu lado, voy a disfrutarlo mientras dure. ¿Cómo iba a irme?

Los hermosos ojos de Su Zeyang parpadearon ligeramente. Su mirada hacia Huo Fenghua ya no era fría; había algo más complejo.

Huo Fenghua apretaba su mano sobre su pecho, pero por dentro pensaba que cuando la pierna de Su Zeyang sanara, él ya no tendría oportunidad de escapar… así que debía aprovechar ahora que su movilidad era reducida.

Pero ¿a dónde escapar?

Estaban en la frontera entre Donglin y Xichou. No pensaba convertirse en un salvaje en la montaña. Necesitaba un pueblo grande donde vivir. Xichou había sido arrasado recientemente y su territorio ocupado por Donglin; pronto Donglin enviaría funcionarios y tropas para tomar el control. Tal vez obligarían a todos los habitantes a volver a registrarse. Eso podría ser una oportunidad para cambiar de identidad.

¿Entonces… debería volver a Donglin?

Ambos países lo buscaban. ¿Cuál sería relativamente más seguro?

Ya de noche, acostado en la cama, Huo Fenghua seguía pensando todo esto. Al final, decidió que no importaba adónde fuera: primero debía librarse de Su Zeyang.

Tomada la decisión, de repente le vino una punzada de culpa. Su Zeyang había salido de Yujing solo para buscarlo; se había arrojado por un acantilado para salvarlo y hasta se había roto una pierna. Y él pensaba en abandonarlo.

La culpa no lo dejaba dormir. Se dio vuelta, quedó boca abajo y apoyó la cabeza en su mano derecha, observando a Su Zeyang fijamente.

Cada rasgo de Su Zeyang era perfecto. Dios sabría por qué había creado semejante belleza. Solo mirarlo ya hacía cosquillas en el corazón. Lástima que ya tenía a alguien en él.

Huo Fenghua pensó que aunque a él no le importara que Su Zeyang fuese hombre, Su Zeyang nunca lo elegiría a él. Su corazón pertenecía a Feng Tianzong. Aunque no lo dijera, Huo Fenghua entendía que había venido hasta aquí principalmente porque, si él —como rehén— regresaba a Xichou y lo coronaban, toda la familia del general Feng estaría en peligro. Que Su Zeyang lo persiguiera era, en esencia, por Feng Tianzong.

Pensando eso, dejó escapar un profundo suspiro.

En la oscuridad, Su Zeyang abrió los ojos.

—¿Por qué me miras y no duermes?

—Porque eres bonito —respondió Huo Fenghua.

Su Zeyang lo miró en silencio.

Ambos se quedaron así, mirándose, sin incomodidad alguna, durante un buen rato. Finalmente Huo Fenghua dijo:

—Shixiong, hemos pasado por la vida y la muerte. Tú saltaste por mí y yo casi muero cargándote. Déjame darte un beso como recuerdo, ¿sí?

Su Zeyang no respondió.

Huo Fenghua ni esperó. Se inclinó y lo besó en los labios.

Creyó que Su Zeyang lo apartaría de inmediato, pero no. Su Zeyang ni cerró los ojos ni abrió la boca: solo lo dejó hacer.

Huo Fenghua presionó sus labios contra los suyos, y con la lengua separó suavemente sus labios, rozó con ella sus dientes, y luego jugó mordisqueando su labio inferior, besándolo hasta dejarle toda la comisura húmeda de su saliva. Solo entonces levantó la cabeza, le limpió los labios con la mano y sonrió.

—A dormir.

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