Capítulo 12

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Todo su cuerpo ardía. El calor que lo invadía comenzó a devorar la cordura de Ban. Los recuerdos de la infancia, aquellos que había enterrado en lo más profundo, empezaron a resurgir.

Él no sabía dónde había nacido.

Su primer recuerdo comenzaba dentro de un carro sucio y mugriento. Se murmuraba que había venido al mundo de una esclava y que su destino era ser vendido.

Ban había sido esclavo desde su nacimiento. La vida de un esclavo era dura y agotadora. Su corazón siempre estaba vacío, carente de cualquier pensamiento. Un esclavo solo existía como esclavo.

Fue entonces cuando conoció al duque Devine. Él reconoció el talento de Ban y lo llevó a la casa ducal, a pesar de que era un esclavo.

—A partir de hoy ya no eres un esclavo —dijo el duque. 

Pero Ban lo sabía bien. Cambiar de nombre no cambiaba la esencia de un esclavo. Aun así, respondió dócilmente al duque.

—Sí.

El duque pareció satisfecho con la respuesta de Ban.

—Entonces te presentaré a mis hijos.

La hija mayor, Maia. Ella lo trató como si fuera un desecho.

—Es que la niña es un poco sensible. Perdónala.

Ban ya estaba acostumbrado a este tipo de miradas, así que no le afectó demasiado. Luego conoció al segundo hijo, Richt. Aunque su reacción no fue muy distinta a la de Maia, por alguna razón Ban no pudo apartar los ojos. Era demasiado hermoso.

«Ah, así fue…»

Aquella indiferencia inicial fue transformándose con el tiempo en crueldad. Richt no soportaba que Ban recibiera la atención del duque, y a escondidas lo castigaba constantemente.

«No hay nada que pueda hacer».

Él era un esclavo, después de todo. Así lo aceptaba, soportando todo. Pero un día Richt empezó a cambiar. Curaba sus heridas, le daba comida, y comenzó a hablarle cada vez más.

«Seguro que es un capricho».

Aun sabiéndolo, algo en su corazón se agitó. ¿Qué era ese sentimiento? Ban se lo preguntaba, pero no encontraba respuesta.

Abrió los ojos. 

La fiebre hacía que su visión se tambaleara, pero aún podía reconocer al rostro frente a él. Aquel rostro que siempre le había parecido hermoso estaba justo delante.

—Mmm…

Incluso frunciendo el ceño se veía bello.

—Maestro —lo llamó suavemente, pero no obtuvo respuesta. 

Tal vez todo aquello era un sueño. Sí, debía de serlo. Si no, ¿cómo era posible que su maestro, que aborrecía a los esclavos, estuviera acostado justo frente a él? Entonces… ¿no podría permitirse un poco de egoísmo?

—Señor Richt —Ban susurró su nombre.

Al pronunciarlo una vez, se sobresaltó y miró alrededor. Nada cambió. Richt seguía dormido en sus brazos, con el ceño fruncido. Esa imagen le dio valor.

—Señor Richt —lo llamó de nuevo. 

Cuanto más repetía su nombre, más crecía en su pecho un sentimiento desconocido. No bastaba con decir su nombre; necesitaba algo más. Así que apretó con más fuerza el cuerpo de Richt, que intentaba apartarse inconscientemente.

Al acurrucarse contra su cuello, percibió un aroma particular. No sabía si era perfume o jabón, pero olía a flores que acababan de florecer.

«Quiero seguir oliéndolo». Ban deseaba que ese sueño no acabara nunca.

De repente, alguien abrió bruscamente la puerta.

—¡Richt! —Una voz juvenil llamó su nombre.

«¿Quién?»

Su mente febril no pudo reconocer de inmediato al intruso. La figura que entró apresuradamente se quedó paralizada por la sorpresa, pero pronto corrió hacia ellos gritando.

—¡¿Qué crees que estás haciendo?! —Unas pequeñas manos aferraron la ropa de Richt. 

—¡Suéltalo ahora mismo!

«¿Un intruso en mi sueño?» A pesar de la orden, Ban no lo soltó; al contrario, lo abrazó más fuerte.

—¡Maldito! —Las pequeñas manos comenzaron a golpearlo. 

Parecía que lo hacía con fuerza, pero no le dolía. En los sueños, no se siente dolor. Así que, sí, debía de ser un sueño.

Sonriendo, Ban volvió a hundir el rostro en el cuello de Richt.

—¡Sáquenlo de encima! —El niño gritaba desesperado, y los caballeros que lo acompañaban se abalanzaron sobre Ban para apartar a Richt.

—No —Ban los rechazó con firmeza. 

Era un sueño. En los sueños, todo era posible. No quería perder lo que más deseaba, ni siquiera aquí. En medio de ese forcejeo, Richt abrió los ojos.

—¿Qué pasa? —Su voz irritada cortó el aire de la habitación.

—¡Richt! —El muchacho, Teodoro, lo llamó con alegría.

—¿Su Alteza el príncipe heredero?

—¡Llámame Teodoro!

—Sí, Teodoro. ¿Qué ocurre aquí?

—¿Me lo preguntas en serio porque no lo sabes?

«Pues claro, si lo supiera, no preguntaría». Richt entrecerró los ojos y miró alrededor. Entonces notó que algo lo mantenía sujeto. Al levantar la vista, vio un rostro familiar.

—Ban.

Era Ban quien lo tenía abrazado con fuerza. Su cuerpo ardía, señal de que aún no había bajado la fiebre.

—Suéltame—. Intentó calmarlo primero.

—No quiero.

Lo único que recibió fue resistencia. ¿Qué le pasaba? Richt pensó que debía de ser por el veneno. De lo contrario, jamás se comportaría así.

—¡Ese insolente! —Teodoro lo señaló con el dedo, furioso. 

Richt, con calma, explicó la situación.

—Está envenenado. Parece que la razón se le ha nublado. No es así normalmente.

Ante esas palabras, Teodoro golpeó su propio pecho con frustración.

—¡No!

Era exactamente así. Los ojos de Ban, fijos en Richt, brillaban con una emoción extraña. No sabía cuál era, pero le resultaba desagradable. Ningún sentimiento que conociera podía describir esa mirada.

«No quiero que te mire».

Teodoro deseaba que Ban dejara de mirar a Richt. Era peligroso. Pero Richt no se daba cuenta. Teodoro sentía que iba a estallar de la impotencia y así, el enfrentamiento continuó por un tiempo.

«Esto no puede seguir así».

Por muy cercano que fuera, aquel era el príncipe heredero. No convenía provocarlo. Debería ser más firme con Ban. Richt le dio una palmada en el dorso de la mano que lo sujetaba.

—Suéltame —le dijo con severidad y la presión de Ban disminuyó, aunque no lo soltó.

—No quiero—. Ban frotó su rostro contra su cuello como un cachorro enorme buscando mimos. 

Richt pensó que, si Ban estaba lo bastante herido como para mostrarse tan vulnerable, quizás merecía un poco de indulgencia. El pecho le dolía al verlo así. Habían dicho que esta noche sería decisiva y la noche aún no terminaba.

Finalmente, Richt decidió convencer a Teodoro.

—Ban ha sido envenenado.

—¿Y qué?

—Dicen que esta noche es crucial. Creo que debo quedarme a su lado.

—¿Por qué?

¿Necesitaba una razón para cuidar de otra persona? Mientras Richt ladeaba la cabeza, Teodoro rechinaba los dientes.

—Le asignaré un cuidador competente. Tú dormirás conmigo.

—Eso no es posible. —Esta vez quien respondió no fue Richt, sino Ban—. Un hombre y una mujer que no están casados no deben compartir habitación.

—¿De verdad seguía envenenado? —respondió Teodoro con firmeza. Además, él también tenía con qué argumentar.

—Sabes que somos tío y sobrino, ¿verdad?

—Tengo entendido que, entre nobles, aunque sean familia, no comparten la misma habitación.

«Quería golpearlo». Teodoro reprimió su creciente deseo.

—¡Y tú qué! —le respondió.

—Estoy muriendo. El señor Richt solo me brinda un último acto de compasión. —Ban lo dijo con serenidad. Y esa serenidad pareció desarmar por completo a Richt.

—Señor Teodoro, solo por esta noche, por favor.

Incluso Richt empezó a convencer activamente a Teodoro.

Todo era culpa de ese maldito esclavo convertido en caballero. Nunca antes Teodoro había sentido tanta rabia. Su madre, Maia, siempre le decía que debía aprender a controlar sus emociones. Él creía saber dominarlas, pero estaba equivocado. No quería contenerse.

«Estoy furioso».

Quería sacar a ese esclavo a rastras y cortarle el cuello en el acto. Una oleada de instinto asesino le nubló la vista por primera vez. Pero sabía que no debía hacerlo. Ban era el caballero de Richt. Si lo mataba, Richt podría llegar a odiarlo.

De los ojos azules de Teodoro rodó una lágrima.

—¿Señor Teodoro? —Richt lo llamó, sorprendido, pero las lágrimas no cesaban.

«Qué impotencia…»

Cuando rompió a llorar con sollozos, notó que todos a su alrededor se alteraban. Al final, Richt logró apartar con esfuerzo a Ban y, acercándose, abrazó con cuidado a Teodoro.

—No llores.

Por encima del hombro de Richt, Teodoro vio cómo Ban lo miraba, derrotado. 

«¡He ganado!» pensó mientras continuaba llorando y lloró aún más.

*** ** ***

¡Gracias por la ayuda~!

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