Richt dio unas palmaditas en la espalda de Teodoro, que apenas había logrado contener las lágrimas. Hizo que todos los caballeros que había traído salieran de la habitación. En ese momento, solo estaban Richt, Teodoro y Ban.
—Espere un momento sin llorar —dijo Richt.
Después de dejar a Teodoro sentado en el sofá, se acercó a Ban.
—Tú también, acuéstate.
Richt acostó a Ban y lo cubrió cuidadosamente con una manta. Estaba preocupado de que pudiera haberle subido la fiebre en medio del caos, pero parecía estar mejor de lo que pensaba. Le limpió el sudor con una toalla y se sentó a su lado. Aunque podía oír los sollozos de Teodoro, pero decidió ignorarlos.
Si le das todo a alguien solo porque llora, le arruinas el carácter. Así, los tres pasaron la noche coexistiendo de manera extraña. En algún momento, Richt se quedó dormido, pero al despertar, vio que Ban estaba empapado. Y delante de él, Teodoro sostenía una toalla que goteaba agua.
—Yo lo limpié por ti, Richt —dijo con orgullo.
Aunque parecía más un desastre acuático que una limpieza… Claro, ¿cuándo un príncipe heredero ha tenido que cuidar de alguien? Probablemente solo fue torpeza.
Richt contuvo un suspiro y acarició la cabeza de Teodoro.
—Buen trabajo.
Parecía que Ban se había recuperado durante la noche. Aunque seguía viéndose débil, no parecía estar al borde de la muerte. Se incorporó, echándose el cabello mojado hacia atrás.
—Deberías seguir acostado.
—Estoy bien.
Curiosamente, su expresión parecía más rígida que de costumbre. Ban ordenó las sábanas mojadas y salió de la habitación. Cuando Richt le preguntó a dónde iba, respondió que iba al entrenamiento matutino.
—Hoy deberías descansar.
—Estoy bien. —Ban hizo una profunda reverencia antes de irse.
«No fue un sueño».
Teodoro lo comprendió justo después de que derramó el agua sobre Ban. Al ser empapado por el agua fría, Ban pareció recuperar el sentido de inmediato.
—No te acerques a Richt —gruñó el joven príncipe, como una fiera.
—Soy el caballero del maestro Richt.
—Yo protegeré a Richt.
—Solo obedezco las órdenes de mí maestro. —Ban respondió tercamente. No tenía intención de retroceder, incluso si su oponente era el príncipe heredero.
—¡Pero me ignoraste antes!
¿En qué momento había pasado eso? Mientras trataba de recordar, Ban finalmente lo entendió. Lo había abrazado con fuerza, ocultando su rostro en su delgado cuerpo. Sus orejas se enrojecieron al recordar. Todavía podía sentir la sensación en sus manos.
«Quería abrazarlo más».
Quería aferrarse a ese cuerpo frágil y besar la parte más vulnerable.
«Soy un esclavo».
Un esclavo no es una persona. Por eso, tener tales deseos hacia su amo no era correcto. Pero, aunque lo sabía, una vez que el deseo comenzó a crecer, ya no podía detenerse. Escuchó a Teodoro gritar algo, pero él no le prestó atención.
Para Ban, Richt era la existencia más noble de todas. Aunque había ignorado a Teodoro, le era difícil mantener la compostura frente a Richt. Solo pensar en lo que había hecho la noche anterior lo llenaba de miedo. Temía que Richt se enojara o lo rechazara con asco.
Por eso, Ban decidió alejarse. Su cuerpo, aún afectado por el veneno, seguía doliendo, pero podía soportarlo. Participó en el entrenamiento matutino como de costumbre y lo completó perfectamente.
Mientras tanto, Teodoro se aferraba a Richt, cantándole como un niño.
—Richt, deshazte de ese caballero. ¿Sí? Mejor te doy a Alex.
—No. Ban es caballero de nuestra casa.
—¡Pero su mirada no es pura!
—¿En qué momento?
—Ayer, cuando te abrazó.
—Solo estaba confundido a causa del dolor.
—¡No es cierto!
—Sí lo es.
La conversación se repetía sin fin. Aun así, Richt respondía sin mostrar señales de molestia. Recordaba las palabras que había escuchado de Ain esa mañana.
—He liquidado todas las propiedades. Como usted ordenó, mantendremos la mansión y el personal de la Casa Devine por un tiempo, pero el resto se ha convertido en activos líquidos.
—Buen trabajo.
—Maestro Richt, ¿piensa irse de aquí? —Ain no era tonto. Al encargarse de los bienes, comprendió las intenciones de su maestro.
—¿Y si así fuera?
—¿Puedo ir con usted?
—No. Me iré solo.
Ain frunció el ceño, preocupado, pero no insistió.
—Por favor, tenga cuidado.
Solo fue un consejo desde su lealtad final.
*** ** ***
—Recibimos noticias de que el Gran Duque Graham está en movimiento.
—Se dirige hacia la capital.
—Así es.
Menos mal que terminaron de organizar los bienes a tiempo. Por poco se topan con el Gran Duque Graham. Richt suspiró aliviado.
Más adelante, él se convertiría en el temible maestro del protagonista. Un hombre que odiaba a la Casa Devine. Encontrarse con él no traería nada bueno.
«Debo irme».
A juzgar por la velocidad del Gran Duque, tenían que abandonar el palacio en menos de una semana.
—Teodoro.
—¿Sí?
El niño, que hablaba sin parar, levantó la cabeza.
—Ha llegado el momento.
—¿De qué?
—Debemos de realizar el funeral de su Majestad, la difunta Emperatriz.
Los ojos de Teodoro se apagaron al escuchar esas palabras.
—Ya se ordenó preparar todo, solo falta fijar la fecha. Creo que dentro de tres días sería adecuado. ¿Qué opinas?
—…Está bien. —Teodoro no puso objeciones. Tampoco se quejó por lo apretado del calendario.
—Entonces, avisemos a los demás nobles.
—¿Se puede?
—Por supuesto. No se puede hacer un funeral pequeño para quien fue la emperatriz del Imperio.
Ante esas palabras, la mirada de Teodoro se llenó de ansiedad. Había pospuesto el funeral durante mucho tiempo. Sabía bien por qué lo había hecho, por eso no entendía por qué Richt hablaba así de repente. Pero tampoco tenía el valor de preguntarlo. Temía la respuesta.
Recordó lo que Alex había repetido tantas veces:
—El duque Devine es una persona peligrosa. Pospone el funeral para manipular al príncipe heredero a su antojo. No confíe demasiado en él.
No confiaba en él… o al menos eso quería creer. Pero se había acostumbrado demasiado al afecto que le daba. Ya no podía estar sin él. Sentía que Richt pensaba diferente.
Y eso le aterraba.
*** ** ***
La emperatriz Maia había muerto y la noticia se difundió rápidamente.
—¿Lo escuchaste? La emperatriz ha fallecido.
—Sí, lo oí.
Los nobles que se encontraban por casualidad murmuraban entre ellos.
—¿Y escuchaste esto? En cuanto murió la emperatriz, el duque Devine corrió al palacio para proteger al príncipe heredero.
—¿Protegerlo? —Uno de los nobles se burló al oírlo.
—¿Ese duque Devine?
Como no había nadie escuchando, hablaban sin reservas.
—Increíble, ¿no?
Era bien sabido que Richt Devine y la emperatriz Maia no se llevaban bien. También era famoso por su ambición desmedida y su carácter irritable. Que ahora estuviera con el príncipe heredero… no era difícil imaginar por qué.
—Quiere manipular al príncipe y quedarse con el gobierno.
—Pero está el Gran Duque Graham. Él es el guardián de la familia imperial.
—Aun así, si el príncipe es un rehén, ni siquiera él podría moverse fácilmente.
—Vaya, qué historia tan terrible…
No eran los únicos hablando. En poco tiempo, toda la capital se llenó de rumores. Aunque Richt mantenía el control, Teodoro también podía notar que algo estaba cambiando. Alex estaba nervioso, las sirvientas mostraban miedo. Algunos incluso comenzaban a compadecer al príncipe.
«Tal vez me maten». Pensó Teodoro al ver cómo avanzaban los preparativos del funeral de su madre.
—¡No puede quedarse de brazos cruzados! —Alione, que había ido a verlo en secreto, levantó la voz—. ¡Debe escapar! ¡Y buscar al Gran Duque Graham!
—¿Y luego?
—Pedirle ayuda, por supuesto.
Teodoro sonrió con amargura ante esas palabras.
El Gran Duque Graham no era como la gente creía. Aunque lo llamaban el guardián del Imperio, en realidad no simpatizaba con la familia imperial. Lo habían enviado al cruel norte solo por ser más talentoso que el emperador… ¿cómo iba a tenerle cariño?
«Además…».
No quería irse. Incluso si el afecto de Richt era falso, le gustaba. Estaba tan enamorado que prefería renunciar al futuro por un instante de felicidad.
—No voy a huir.
—¡Príncipe heredero! —Alione gritó desesperada.
—¡No
—¡Ahora no es momento de preocuparse por las apariencias! ¡Ese malvado duque Devine podría hacerle daño! ¡Usted no quiere sufrir! ¿verdad?
—No, no quiero.
Pero si el dolor venía de Richt, pensaba que lo soportaría con gusto. Alex tenía razón. Richt era una persona aterradora, porque lo había hecho caer completamente.
—Aun así, me quedaré.
Alione se dio cuenta de que ya no podía convencerlo.
«¿Qué demonios le hiciste al príncipe?»
Mordiéndose los labios, se levantó. Si Teodoro no se movía, lo haría ella. Y si era necesario, lo sacaría de allí a la fuerza.
El día del funeral sería el momento perfecto.
«Si Richt tiene un mínimo de inteligencia, no lo matará antes de eso».
Pensaba desesperadamente en un plan.
Esa era la historia tres días antes del funeral de la emperatriz Maia.