Capítulo 14. Carpetas

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

Tang Heng se levanta y sale corriendo. En cuanto abre la puerta, choca con Lu Yue. Ella retrocede trastabillando por el impacto, resbala y cae al suelo. El director Xu se queda a un lado, pero parece que no se atreve a acercarse. Se limita a gritar con los dientes apretados:

—¿Qué están haciendo todos ustedes? ¡¿Están locos?!

Tang Heng mira a Lu Yue. Es menuda, de cabello negro corto y gafas. Se ve como una alumna más. Cuando él ingresó por primera vez en la escuela, Lu Yue había sido muy fría con Tang Heng, no lo había tratado como a un «shidi» en absoluto. En aquel momento, llegó a preguntarse qué había hecho para ofenderla. Después de conocerla mejor, se dio cuenta de que ella es así. Poco habladora, introvertida, sin mucha presencia. Parece que su vida es tan simple que no se requieren palabras para describirla; se trataba solo de estudiar y seguir estudiando, obtener un doctorado, entrar a una escuela, casarse, tener hijos; tan simple y exitosa.

Shidi. —Lu Yue se acurruca. Su expresión es tan tranquila como la de Sun Jihao—. ¿De verdad no lo sabías?

Las piernas de Tang Heng tiemblan y casi cae de rodillas.

Esa pregunta de nuevo.

Se tambalea hacia adelante y agarra los hombros de Lu Yue.

—¿Qué quieres decir…? Shijie, ¿qué se supone que debo saber? Yo…

—No me llames shijie —dice Lu Yue, pronunciando cada palabra con lentitud—. ¿Es que no lo sabes? Quiero morirme cada vez que me llamas así.

Tang Heng apenas puede hablar.

—Cada vez que me llamas shijie, no puedo evitar pensar en él. ¿Sabes por qué me corté el cabello?

»Porque dijo que le gustan las chicas de cabello largo. Pensé que todo acabaría al graduarme, que si aguantaba hasta la graduación todo pasaría, pero sabes que es imposible escapar, ¿verdad? Él me presentó a Sun Jihao, me hizo aquello y luego me buscó pareja, ¡qué increíble! Incluso te envió a Macao y me pidió que te cuidara… En tu primer día de trabajo pensé en lo genial que sería que murieras. Si te aplastara un cristal que cayera de un edificio, si murieras de un ataque al corazón, si murieras, sería genial. Dejaría de pensar en él. —De repente, dos lágrimas resbalan por sus mejillas—. Pero luego me di cuenta de que tú no sabías nada. ¡Él es tu tío, y tú no sabías nada, Tang Heng! De verdad… te envidio.

Un estruendo sacude el aire. Son las dos de la madrugada. En el condado de Shijiang, la lluvia cae a cántaros.

Los limpiaparabrisas del todoterreno se mueven frenéticamente de un lado a otro, incapaces de contrarrestar la velocidad con la que caen las gotas. La lluvia lo inunda todo, el vehículo parece avanzar a través de una marea embravecida. El aire acondicionado está tan bajo que el conductor encoge los hombros mientras conduce.

—¿Cuánto falta? —pregunta Tang Heng. Su voz suena más ronca de lo habitual. Tiene la cabeza gacha, sin dejar ver su expresión.

—La lluvia es demasiado fuerte, jefe —responde el conductor, temblando—, por lo menos una hora más.

Una hora. Tang Heng no responde, y después de un largo silencio, apenas murmura un vago «mn».

El conductor no se atreve a seguir hablando; se limita a girar el volante con brusquedad. Tang Heng se balancea de un lado a otro en su asiento. Como si le hubieran arrancado la columna vertebral, se sienta torcido, con las piernas convertidas en gelatina. Todo su cuerpo está al borde del colapso. Solo su cerebro sigue funcionando.

Pero su mente es un caos. Los médicos ya le habían advertido que evitara pensar en el pasado siempre que pudiera. Por eso, intentaba mantener los recuerdos a raya. Sin embargo, ahora esas escenas e imágenes son como alcohol sellado durante demasiado tiempo: al destaparse, el olor se libera en torrente, embriagándolo hasta hacer añicos su cordura.

El agua del Lago del Este rugía como el mar. Li Yuechi estaba sentado a su lado. A su alcance, una mochila negra con el cierre entreabierto dejaba ver un montón de folletos escolares.

—¿Volverás a repartirlos mañana? —le preguntó.

—Sí, hasta el martes —respondió Li Yuechi.

Un poco descontento, le hizo otra pregunta:

—¿Cuánto vas a ganar?

Li Yuechi sonrió tímidamente y no contestó.

En el bar LIL, en la calle Jianghan, la banda acababa de terminar su actuación. Una chica le entregó un gran ramo de rosas rojas. La chica, tímida pero ansiosa, le declaró su amor. Él asintió, pero sus ojos pasaron por encima de ella hacia la esquina. Allí estaba Li Yuechi, de pie, también mirándolo, con una expresión traviesa de quien observa desde fuera. Tang Heng frunció el ceño, y Li Yuechi se acercó y tomó la guitarra de su hombro.

—¿Quién es él? —le preguntó la chica.

—Mi asistente —respondió.

Li Yuechi asintió con seriedad.

—Compañera, la próxima vez que quieras declararte, regístrate en la lista conmigo primero.

En junio de 2012, fue al centro de detención, pero Li Yuechi se negó a verlo. Jiang Ya entró y salió no mucho después. Agarró los hombros de Tang Heng como si temiera que se fuera a desmoronar y le dijo:

—Li Yuechi me pidió que te pidiera disculpas. Dice que le gustabas, pero solo amaba a Tian Xiaoqin.

El sol poniente al final del camino era tan grande que sintió que podía tocarlo. El crepúsculo era como la sangre. Después de eso, siempre sufrió ataques al atardecer.

Li Yuechi. Todos los fragmentos de memoria sobre él se arremolinan como mariposas batiendo sus alas. Su mente está confusa, sin poder distinguir qué mariposa es real y cuál un polvo efímero. Todas las mentiras y los odios en los que alguna vez creyó, de repente, no significan nada.

El todoterreno se detiene.

—Señor, llegamos —anuncia el conductor.

La lluvia arrecia. Tang Heng abre la puerta del coche y se adentra solo en la oscuridad del aguacero. Recuerda este camino: aquella noche, Li Yuechi lo había llevado por aquí. La noches en la aldea era increíblemente silenciosa. Ahora, en cambio, está empapado de pies a cabeza, con los pies hundiéndose en el barro helado, como si estuviera a punto de entrar en un destino abocado a la perdición.

El jefe de la aldea, sosteniendo una linterna, se apresura hacia él desde la puerta de la casa de Li Yuechi, gritando:

—¿Pro-Profesor Tang? —Es obvio que no esperaba que viniera de verdad.

A medida que se acercan, Tang Heng le pregunta:

—¿Dónde está Li Yuechi?

—Él… salió a hacer unos trámites —responde el jefe de la aldea, mirándolo con una expresión de terror—. ¡Profesor Tang, qué le ha pasado! Venga, vayamos al comité de la aldea a descansar, ya he enviado a alguien para contactarlo, llegará enseguida…

—Quítate de en medio.

Tang Heng entra en la casa de los Li y se encuentra con una anciana encorvada y los ojos llenos de lágrimas.

—Oficial, por favor, ayúdenos —suplica ella con un acento marcado—. Yuechi no hizo nada…

Es la madre de Li Yuechi.

—¿Que no hizo nada? —el jefe de la aldea se adelanta y grita, furioso—. ¡Te digo que ya investigamos! ¡Li Yuechi apuñaló a su profesor! ¡Ah, y fue al tío del profesor Tang! El profesor Tang no ha dicho nada, pero tú te atreves a seguir molestándolo. No sabes cuál es tu lugar.

—¿Dónde está la habitación de Li Yuechi? —pregunta Tang Heng.

—¡Yuechi es inocente! —La mujer llora aún más fuerte, como si se le desgarraran los pulmones—. ¡Oficial, de verdad que es inocente! Él me lo dijo cuando lo visité…

Tang Heng intenta suavizar su voz lo más posible.

—Dígame, ¿dónde está la habitación de Li Yuechi?

—Dentro, la primera habitación a mano izquierda…

Tang Heng camina hacia delante. El agua de lluvia golpea su cuerpo y cae con fuerza sobre el cemento: plak, plak, plak. Las huellas mojadas lo acompañan mientras gira a la izquierda, empuja la puerta y tira del cordón de la luz. Bajo la tenue iluminación de una bombilla incandescente, ve la estantería de Li Yuechi.

La habitación es tan pequeña que se ve de un solo vistazo: una cama individual, una estantería, y nada más. Tang Heng, reuniendo las últimas fuerzas que le quedan, se arrastra hasta el estante. Entre libros viejos y periódicos amarillentos, saca esas carpetas de un azul profundo. Su mente ya ha dejado de funcionar, depende únicamente de sus sentidos, porque las carpetas están tan ordenadas que destacan. Abre la primera carpeta: Cuestiones de sociología del conocimiento: un análisis comparativo de la traducción, su tesis final de licenciatura. La segunda carpeta: Max Scheler’s Individualism, su trabajo de fin de máster. La tercera carpeta: Michel Foucault and the Politics of China, su tesis final de doctorado. La cuarta carpeta es muy gruesa. Li Yuechi ha imprimido todos los artículos publicados por Tang Heng, página por página, separando cada uno con notas adhesivas. Es difícil imaginar cómo había llevado un pendrive a alguna imprenta de esta remota ciudad e impreso documentos en inglés que no tenían nada que ver con la cecina de Shijiang. ¿Se habrán reído los demás de él? La quinta carpeta está en chino. Es el veredicto de Li Yuechi: cuatro años y nueve meses de prisión.

Tang Heng se da la vuelta, despacio. Ve a Li Yuechi en la puerta. Se miran a los ojos. Ninguno de los dos dice nada.

Este intercambio de miradas se siente como si el mundo se partiera en dos.

Tang Heng cae de rodillas ante él.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x