Sin saber cuánto más seguiría comiendo Odys, el pequeño osito —que suponía que tendría hambre al llegar a la orilla— terminó completamente saciado. Se sentó junto a la ballena y comenzó a lamerse las patas y el hocico con una meticulosidad digna de elogio. Cuidaba su higiene personal como si de ello dependiera su reputación. Ese era, precisamente, su secreto para mantener un pelaje tan blanco y reluciente.
Pensando en eso, Qiao Qixi levantó el trasero del suelo y buscó una roca plana, sin barro, donde poder sentarse con dignidad. El lodo de la playa parecía una mezcla de barro volcánico y arena, de un tono marrón grisáceo. Las manchas de los demás osos polares, más oscuras o más claras, no eran más que eso: restos del suelo. No les hacía daño, claro está, pero sí los hacía ver horribles.
Qiao Qixi, que tenía un puntito de vanidad humana, no estaba dispuesto a convertirse en un oso polar cubierto de polvo.
El resultado de su empeño fue evidente: se convirtió en el cachorro más limpio —y también el más guapo— de toda la playa.
En las tomas aéreas, los demás osos parecían cubiertos de tierra, pero Qiao Qixi y Odys, recién llegados a la orilla, destacaban como dos bolas blancas y esponjosas.
La gente, divertida, empezó a apostar cuántos días tardarían en volverse tan desaliñados como el resto. Si Qiao Qixi hubiera sabido de aquella apuesta, probablemente habría suspirado:
—Aún no me conoces lo suficiente.
Pasaran los días que pasaran, no se convertiría en una criatura gorda y gris.
Lo mismo ocurrió con Odys, que se quedó junto a él. Tras observarlo un tiempo, Qiao Qixi descubrió que Odys era mucho más limpio que la mayoría de los osos polares. Se lavaba el pelaje con esmero después de cada comida, decidido a no oler como una foca rancia. Además, le encantaba nadar en el mar, y su pelaje siempre quedaba impecable tras cada baño. Después de exponerse al sol, el pelaje se le esponjaba y adquiría un aroma cálido, como si el propio sol se hubiera quedado a vivir en su piel. Nada que ver con el olor salvaje que emanaban otros.
Algunos osos, por el contrario, tenían el pelaje enredado, señal de que no se habían bañado en mucho tiempo. Se podía detectar su aroma a metros de distancia.
Quizá esa fuera la verdadera diferencia entre unos y otros.
No era fácil encontrar una fuente de alimento tan abundante. Odys comía cuanto podía y solo se rendía cuando el estómago le pedía clemencia. Luego, con el pequeño cubo amarillo de Qiao Qixi y unos cuantos trozos de carne, ambos se alejaban de la orilla para descansar en la pradera interior. Eso no significaba que abandonaran el banquete: simplemente se quedaban cerca, vigilando.
La hierba de principios de verano era de un verde brillante, salpicada de diminutos brotes morados. Bien alimentado, el cachorro caminaba perezosamente, agachando de vez en cuando la cabeza para olfatear las flores a punto de abrirse o siguiendo con curiosidad a algún insecto despistado. Su aspecto era de pura inocencia y despreocupación.
El gran oso que lo protegía caminaba delante, marcando el paso con solemnidad.
Una escena parecida se repetía no muy lejos: una osa y sus cachorros también habían llegado a la orilla.
La mayoría de las madres tenían dos o tres crías, y su vida era más difícil que la de los machos solitarios, que solo debían preocuparse por sí mismos. Una de ellas, afortunada entre las afortunadas, encontró una ballena varada mientras buscaba comida con sus dos oseznos. Todo un milagro.
Aun sabiendo el riesgo de encontrarse con otros osos adultos, la osa no dudó: arriesgó el pellejo y llevó a sus pequeños a compartir el festín.
Cuando la comida abunda, los machos suelen ignorar a los cachorros, y eso les permite comer sin peligro.
Los dos hermanitos siguieron a su madre, devorando con entusiasmo los trozos de carne que ella arrancaba. Por fin disfrutaban de una comida de verdad.
Qiao Qixi, que observaba desde lejos, pensó con cierta envidia:
—Vamos, no hay que elogiar a unos y criticar a otros…
La familia de tres también decidió quedarse por los alrededores. La ladera seca y cubierta de hierba era perfecta: desde allí podían vigilar la orilla y evitar problemas.
La madre osa, agotada tras días de hambre, apoyó la barbilla en una roca y se quedó dormida. Por fin podía descansar. La brisa del comienzo del verano era suave, quizás lo más reconfortante que había sentido en mucho tiempo. Los cachorros, llenos de energía, jugaban alrededor de ella, hundiéndose entre la hierba y las flores.
En la colina más alta, Qiao Qixi los observaba, encandilado.
—Ah… —pensó—. Quiero tocarlos.
¿Cómo podían ser tan adorables? Eran pura dulzura. ¡Y miren cómo se revuelcan! Él también quería revolcarse con ellos…
Pero sus padres no lo permitían. Ni el suyo ni la de los oseznos. Así que, con un suspiro resignado, tuvo que conformarse con mirar.
Los cachorros, bien alimentados, eran un torbellino de energía. No solo se lanzaban unos sobre otros, sino que además encontraban diversión en cualquier cosa: una ramita seca, un montón de hierba, una sombra. Todo servía para jugar.
—Rayos… —pensó Qiao Qixi—. Pelearse por algo solo tiene sentido si hay más de uno.
Él, que estaba solo, acababa buscando distracciones en su pequeño cubo amarillo. ¿Por qué los osos polares no podían llevarse bien, como las madres humanas del vecindario?
Buena pregunta. Porque los cachorros eran el blanco favorito de los adultos.
Aunque una madre pudiera dormir tranquila, bastaba con que percibiera el olor de un macho desconocido para alzarse de inmediato y huir con sus crías. Por eso elegían descansar en lugares con buena visibilidad.
Qiao Qixi también corría peligro, pero con Odys a su lado, ningún oso insensato se atrevía a acercarse. Así que no necesitaban cambiar constantemente de sitio. Qiao Qixi echó un vistazo a su alrededor, aprobó el lugar y pensó que los cachorros de allá abajo dormirían bien.
Entonces, él también sintió sueño.
El pequeño oso, que en un año podría sobrevivir solo, se acurrucó contra el pecho del gran Odys, buscando una postura cómoda. Odys entrecerró los ojos, ladeó la cabeza y lo envolvió con una pata, rodando un poco sobre la hierba. Revolcarse así era el pasatiempo preferido de los osos polares; la hierba áspera les masajeaba la piel, sobre todo el cuello, y aquella fricción les resultaba placentera.
Qiao Qixi se balanceaba sobre el vientre de Odys, dejándose llevar por el vaivén.
«Joder…», pensó de pronto. Un pensamiento demasiado humano y demasiado fuera de lugar cruzó por su cabeza. Sacudió el hocico: no, debía de estar delirando. Aquella escena era pura ternura, nada más. Después de todo, el vínculo entre él y Odys era el más inocente del mundo.
Así que siguió abrazándolo, tranquilo.
Odys, a gusto, se recostó de lado, abrazó a su osito y extendió la lengua para lamerle la zona alrededor de los ojos. Era una parte delicada, propensa a infecciones; mantenerla limpia era vital. En verano, además, había que tener cuidado con los insectos y las moscas. Odys lo revisaba con esmero, olfateando cada rincón. Ningún parásito escaparía a su olfato.
Qiao Qixi, sin embargo, se retorcía. Cada vez que Odys se acercaba demasiado a sus mejillas, lo sujetaba con las patas. ¡Le hacía cosquillas!
La confusión de Odys era evidente. Ningún oso polar tenía cosquillas, ¿no? Aun así, no cedió y terminó haciendo una inspección completa. Era terco cuando se trataba de limpieza.
Qiao Qixi pasó por el peor momento cuando Odys decidió lamerle zonas… poco mencionables.
Había intentado protestar.
—De verdad, puedo hacerlo yo mismo —decía.
Pero fue inútil. Odys no aceptaba excusas. A esas alturas, Qiao Qixi ya se había resignado a dejarse hacer, fingiendo estar muerto mientras lo aseaban de arriba abajo. Bueno… había cosas que resultaban un poco incómodas.
Por supuesto, él nunca devolvería el gesto. Ese era su límite. Por suerte, Odys tampoco esperaba que lo hiciera; se bastaba solo.
Eso sí, Qiao Qixi disfrutaba haciendo algo por él: rascarle los lugares a los que no llegaba, como la barbilla o la espalda. Cuando lo hacía, Odys soltaba un sonido ronco y satisfecho, lo que demostraba cuánto valoraba aquellas atenciones.
Después de aquella sesión de aseo exhaustivo, Qiao Qixi se durmió plácidamente en sus brazos. En verano, los osos dormían más para ahorrar energía.
Las nubes se disiparon poco a poco mientras ellos dormían, y la luz del sol bañó la pradera, llenándola de vida.
El pequeño oso, que no quería que la claridad le diera en los ojos, se cubrió con las patas, dejando solo su nariz negra al aire.
El sueño reparador alivió el cansancio del verano.
Quienes observaban la escena con drones también sonreían: era una imagen de paz. Los osos polares dormían en familia sobre la hierba, felices y tranquilos. Los solitarios, en cambio, parecían más torpes y recelosos.
Se amontonaban cerca de los restos de comida, renuentes a marcharse. De vez en cuando, un zarpazo o un empujón rompía la calma. Dormir juntos abrazados era impensable; los machos adultos, además de sucios, olían fatal.
— ¿Un abrazo?
—Sí, claro —diría cualquiera—. Más bien parece que eres tú el que necesita un abrazo
Por eso Qiao Qixi se consideraba afortunado. Había conocido al inusual Odys, tan diferente en temperamento, apariencia y comportamiento. Si Odys hubiera sido tan desaliñado como los otros, ni de broma se le habría acercado.
Poco a poco, los solitarios terminaron por calmarse. La playa se sumió en un silencio apacible, roto solo por el sonido de las olas.
El tiempo de paz de los osos polares comenzaba a diluirse. Qiao Qixi dormía profundamente. Recordaba que, antes de quedarse dormido, los “gorditos” aún se peleaban; al despertar, seguían igual. ¿Es que no dormían nunca?
Medio adormilado, miró hacia la orilla. Vaya… ahora había más osos que antes. No era de extrañar que hubiera tanto alboroto.
En las rocas cercanas, la familia de tres también se había despertado. La osa, débil pero alerta, miraba hacia el mar con nerviosismo.
Antes, cuando había menos osos, podía acercarse sin miedo a las ballenas. Ahora, con tantos competidores, debía decidir si arriesgarse o quedarse con hambre. Duro dilema.
Incluso Qiao Qixi notó su vacilación. Los cachorros, recién despiertos, se sentaron un momento antes de volver a jugar, mordiéndose las orejas alegremente.
Qiao Qixi, desde su colina, se preocupaba más por ellos que su propia madre. Temía que se cayeran de las rocas.
Odys se acercó por detrás, curioso por saber qué lo distraía tanto. Al ver a la familia, no mostró el menor interés. Prefirió concentrarse en Qiao Qixi.
Un lametón le rozó el pelaje de la mejilla. Era Odys, que también acababa de despertar.
El cachorro emitió unos suaves gruñidos, una especie de saludo que solo usaba con él.
Para cualquier otro oso, aquel sonido habría pasado por un capricho, pero Odys lo entendía como un gesto de cariño… o de hambre.
Pensativo, tomó el pequeño cubo amarillo y lo acercó para que eligiera: comida o juguete.
Qiao Qixi lo miró en silencio.
—Oye, no tengo hambre ni quiero jugar —parecía decirle—. Solo te estoy saludando.
Quizá… buenas tardes.
Aunque, a decir verdad, no tenía idea de qué hora era. El sol estaba tan alto que decidió que sería mediodía.
Nota del autor:
Oso Polar Salvaje: —¿Un abrazo? Más bien parece que eres tú el que necesita uno.