Capítulo 16 | Pétalos carmesíes vuelan sobre el columpio

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Lie Chengchi fue a casa junto con Leng Yuehuan. Apenas habían caminado unos pasos cuando notó que no había lluvia en el suelo, ni siquiera el menor rastro de humedad. Lie Chengchi se sintió extrañado, pero no dijo ni una palabra, caminando mientras escuchaba a Leng Yuehuan maldecir y echar chispas de rabia.

A cien metros de la puerta de su casa, el aroma del estofado picante hirviendo ya se había esparcido en el aire. Los dos apresuraron el paso y entraron. Vieron un gran caldero ardiendo en el patio, con el aceite rojo y picante burbujeando en su interior. Fu Yan estaba acostado en una mecedora, casi quedándose dormido de tanto esperar.

Leng Yuehuan soltó la mano de Lie Chengchi, se sentó junto al estofado picante hirviendo y lo llamó para que fuera a comer.

Fu Yan también abrió los ojos perezosamente y les preguntó por qué habían tardado tanto en regresar.

Sin embargo, Lie Chengchi, a quien más le gustaba ese estofado, no se apresuró a comer. Primero dejó al pequeño perro negro en el suelo. Solo entonces Fu Yan notó que el perro tenía sangre en el cuerpo y cojeaba un poco al caminar, como si lo hubieran golpeado con algo.

—Liu Fugui y los demás estaban tirándole piedras a este perrito, e incluso querían quemarlo vivo. Yo quería protegerlo… pero él encendió el yesquero primero y prendió fuego a la hierba seca de al lado.

Fu Yan frunció el ceño al escucharlo; la crueldad ignorante de los niños de la raza humana superaba su imaginación. Además, el clan de los zorros y el clan de los perros siempre habían mantenido una buena relación. Al echar un vistazo a las perneras chamuscadas de Lie Chengchi, Fu Yan no pudo evitar esbozar una sonrisa fría.

Leng Yuehuan finalmente comprendió los entresijos del asunto. Con el corazón sumamente enternecido, los tres se agacharon juntos en el suelo para tratar la herida en la pata del pequeño perro negro que había sido maltratado.

Los años transcurrieron sin prisa, hasta que Lie Chengchi cumplió quince años.

Hacía tiempo que había olvidado cómo de pequeño se aferraba con fuerza a las piernas de su padre, llorando con el rostro cubierto de mocos. Ahora solo valoraba profundamente cada minuto y cada segundo del presente, como si presintiera que algún día todo aquello desaparecería sin dejar rastro.

Una noche, cuando el borracho de Fu Yan estaba sentado de nuevo en el tejado bebiendo a más no poder, Leng Yuehuan entró en silencio en la habitación de Lie Chengchi y le preguntó cómo iba la talla de su zorro.

Lie Chengchi sacó una pequeña caja de madera de un cajón y la abrió para que Leng Yuehuan la viera. Dentro había un montón de trozos de madera torcidos e irregulares; parecían ser todos intentos fallidos, y había al menos una docena. Solo uno estaba cuidadosamente envuelto en una tela roja; se veía con cierto encanto, como si hubiera elegido al más alto entre los enanos.

Leng Yuehuan bajó la cabeza para escoger con cuidado entre aquellos fracasos y, al final, tomó un feo zorro regordete y le dijo: 

—A-Chi, ¿me puedes regalar este?

Lie Chengchi asintió, por supuesto que estaba dispuesto, e incluso buscó un trozo de tela para ayudarla a envolverlo.

Leng Yuehuan sostuvo la fea talla de madera, mirándola una y otra vez, como si no pudiera soltarla de tanto cariño. Después de mucho tiempo, le dijo: 

—Seguramente estas tallas tuyas han consumido gran parte de tu esfuerzo y la sangre de tu corazón…

Lie Chengchi detuvo los movimientos de sus manos y miró a Leng Yuehuan. Sintió que la conversación tomaba un rumbo incomprensible, sin entender el profundo significado detrás de sus palabras.

—Mira a este zorro —dijo Leng Yuehuan, agitando la talla en su mano—. Por naturaleza es astuto, codicioso y desconfiado en su forma de actuar… Pero tu hermana aún espera que puedas perdonarlo. Después de todo, esa es su forma de sobrevivir en la jungla.

Lie Chengchi la escuchaba totalmente desconcertado, sin saber por qué Leng Yuehuan decía semejantes cosas.

Leng Yuehuan sonrió y levantó la mano para acariciarle la cabeza. Este cachorro crecía verdaderamente rápido, ya era casi tan alto como ella.

Lie Chengchi le entregó el trozo de tela, y solo abandonó la habitación tras verla envolver la talla de madera con sumo cuidado.

Un día, poco después, mientras Lie Chengchi seguía en la escuela privada haciendo sus deberes, Fu Yan no lo llamó y se dirigió solo al Pabellón Fengming.

La danza sobre los tambores de la bailarina de belleza inigualable conquistaba el mundo con su elegancia, y personas de los Cuatro Mares viajaban desde lejos, atraídos por su fama.

Fu Yan se quedó de pie en el segundo piso, fuera de la habitación de ella, que llevaba el nombre “Melocotonero Verde”. Se apoyó en la barandilla y miró hacia abajo en silencio; podía percibir un ligero aroma a colorete. Leng Yuehuan no sabía que él había venido.

En el centro del Escenario del Espejo de Flores había un tambor cilíndrico de doble cara. Debajo del escenario se congregaban visitantes de las Nueve Provincias, todos con ojos llenos de admiración por tanta belleza. El salón rebosaba de algarabía; aquellos que no conseguían silla se quedaban de pie, apiñándose y empujándose hasta la puerta, subiéndose a taburetes en un intento por vislumbrar aunque fuera una esquina del vestido de la hermosa mujer.

Sonó un acorde de las cuerdas del arpa Konghou, como el grito de un fénix estallando desde un valle profundo.

La Doncella de la Cigarra Dorada, descalza, pisó el tambor. De sus muñecas colgaban hilos de oro ensartados con perlas, las cuales tintineaban al compás de los golpes sobre la piel de bestia del tambor y las notas del Konghou.

El sonido de la cítara y la flauta también competían por resonar en las vigas. La figura de la bailarina era tan fluida como el agua, sus dos muñecas blancas como la nieve estaban envueltas en cintas de seda rojas que revoloteaban al girar sobre sus pies. Se entregaba a un romance infinito, y sus labios bermellón deslumbraban con un encanto capaz de eclipsar toda la belleza a lo largo de las eras.

El sonido de la flauta transversal se desvaneció gradualmente y el tono de la cítara se volvió grave y melancólico. La belleza arqueó la cintura y contuvo el aliento, y todo el salón quedó sumido en un profundo silencio. De repente, la melodía de la cítara se volvió apresurada y, desde el segundo piso, se escuchó abruptamente el sonido de una flauta de bambú Dongxiao. Al oírla, ella detuvo sus movimientos por una fracción de segundo y bajó la mirada con cierto rastro de tristeza; luego, acompañando la música de la flauta, dio pasos de loto girando como el viento.

El sonido de la flauta fluía sin cesar como un hilo de seda, integrándose en la melodía. En medio de la danza, la Doncella de la Cigarra Dorada inclinó su cintura de sauce, se cubrió la mitad del rostro con la mano y levantó la mirada. Sus ojos se encontraron con los de Fu Yan. Bajo las luces brillantes, la marca de flor de ciruelo entre sus cejas se veía aún más encantadora y conmovedora.

Fu Yan la miró en silencio, y sus pensamientos retrocedieron a unos días atrás.

Desde que Leng Yuehuan había conocido a aquel sacerdote taoísta, a menudo lucía como una doncella suspirando por amor; sonreía a todo aquel que se cruzaba, con una sonrisa que lograba ponerle los pelos de punta incluso a los transeúntes. Fu Yan sabía que el taoísta se alojaba temporalmente en la Villa Zhu, al sur de la ciudad de Jinyou, y ella lo visitaba un día sí y otro también.

Hace unos días, Leng Yuehuan le había dicho con cierta alegría: 

—He escuchado que un Demonio Primordial ha aparecido en el reino humano. La Secta Qingxiao ha llamado urgentemente al sacerdote para que regrese a la secta y les ayude a exterminar demonios.

Fu Yan frunció el ceño al escuchar eso y le respondió: 

—Los taoístas exterminan demonios, ¿qué hace un demonio como tú metiendo las narices a ciegas en esto?

—Soy un buen demonio, nunca he lastimado a nadie —enfatizó Leng Yuehuan. Al ver que Fu Yan aún mantenía el ceño fruncido, añadió—: Vamos, no sabes lo difícil que fue lograr que el sacerdote aceptara que lo acompañara. Finalmente me he cansado un poco de mis días como la cortesana estrella; ahora quiero vagar por el mundo, viajando del sur al norte.

—Tú solo quieres pasar más tiempo con él. —Fu Yan expuso sus verdaderas intenciones con una sola frase—. He visto a ese taoísta; su mirada es verdaderamente tan fría que no parece humano. Temo que sea alguien que está decidido a cortar con las siete emociones y los seis deseos. ¿Qué resultado positivo podrías tener al seguirlo?

—Si vivir fuera solo por obtener un resultado, sería demasiado aburrido; mejor sería morirse de una vez. —Leng Yuehuan le sonrió, con una luz vivaz en los ojos y una sonrisa franca—. De verdad quiero caminar por el mundo de los ríos y lagos, y presenciar algunas leyendas.

Fu Yan no dijo nada, sabiendo en su corazón que Leng Yuehuan ya había tomado una decisión firme.

Ella apartó con dulzura un mechón de cabello rojo de la frente de Fu Yan y le dijo: 

—A-Chi ha crecido y el bosque de melocotoneros también se ha vuelto frondoso. En este mundo, ¿qué lugar no es propicio para un reencuentro1? Nos volveremos a ver en el futuro.

Notas del Traductor

  1. Cita de un antiguo poema que expresa que el mundo es un pañuelo; las montañas y los ríos no se mueven para encontrarse, pero las personas siempre terminarán volviendo a cruzar sus caminos.
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