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Traductora: Plutommo
Durante medio mes, Xiao Chiye se mantuvo alejado de los problemas. Cuando por fin recibió la confirmación de Ji Lei de que el campo de entrenamiento militar había sido asegurado, salió de inmediato junto a Chen Yang para inspeccionarlo. El terreno sin usar había sido originalmente una fosa común, abandonado desde que trasladaron a otro sitio la plataforma de ejecuciones.
Chen Yang desmontó y echó un vistazo alrededor.
—Sabía que este lugar estaba al otro lado del monte Feng, pero esto ya es pasarse un poco.
—Son solo tres horas a caballo antes del amanecer —dijo Xiao Chiye, señalando con su fusta hacia un extremo del claro—. Tenemos que invitar a esos viejos zorros del Ministerio de Obras a una buena comida si queremos que nos consigan algunos materiales para rellenar este lado. Con un poco de arreglo, podremos apañarnos. Este lugar está tan apartado que ni siquiera las patrullas de los Ocho Grandes Batallones llegan hasta aquí.
—No puedo explicar lo desagradable que se siente gastar dinero en ellos —dijo Chen Yang.
—Toléralo —respondió Xiao Chiye—. Aunque se nos suban a la cabeza y se meen encima, necesitamos este sitio.
—Sí, mi señor. —Chen Yang no volvió a quejarse.
Xiao Chiye no regresó hasta el anochecer. En cuanto entró en la ciudad, divisó a un guardia de Li Jianheng esperándolo en la puerta. Xiao Chiye tiró de las riendas y detuvo su caballo.
—¿Qué pasó?
—Su alteza está ofreciendo un banquete en la Taberna Huixiang, en la calle Donglong. Está esperando que su excelencia, el comandante supremo, se le una.
Xiao Chiye lo pensó un momento, luego espoleó su caballo y cabalgó en esa dirección.
La calle Donglong corría junto al río Kailing. Caía la noche, y las linternas resplandecían a lo largo del camino. Tabernas y casas de placer se alineaban a ambos lados de la calle, mientras toda clase de barcos pintados y canoas ligeras flotaban sobre el agua.
Xiao Chiye desmontó frente a la Taberna Huixiang, y el propio encargado lo condujo escaleras arriba. Solo al levantar la cortina y echar un vistazo al interior se dio cuenta de que no se trataba de un simple banquete. Cada invitado era una figura reconocida por derecho propio o un joven maestro cuyo padre o hermano mayor ocupaba un cargo oficial en la corte. Junto al príncipe Chu se sentaba un joven eunuco de rostro delicado y piel clara: sin duda, el «nieto» que Pan Rugui se había agenciado tras la muerte de Xiaofuzi.
—¡Ce’an ha llegado! —exclamó Li Jianheng—. ¡Siéntate, siéntate! ¡Te estábamos esperando!
Xiao Chiye ocupó el primer asiento libre.
—Vaya concurrencia —dijo con una sonrisa.
—Permíteme presentarte. Este es el ahijado nieto de Pan-gonggong, Fengquan, ¡Feng-gonggong! —Li Jianheng se volvió hacia Fengquan—. Este es mi buen hermano, el segundo joven maestro del clan Xiao de Libei y comandante supremo del Ejército Imperial, Xiao Ce’an.
Fengquan resultaba mucho más agradable a la vista que el difunto Xiaofuzi. Se inclinó respetuosamente ante Xiao Chiye.
—He oído hablar mucho de usted, su excelencia.
Xi Hongxuan estaba sentado frente a ellos, con una pierna cruzada sobre la otra. Su corpulencia ocupaba dos asientos, y el sudor le perlaba el rostro redondeado.
—Dejémonos de formalidades. ¿Estamos esperando a alguien más, su alteza? Si ya estamos todos, ¡empecemos con el banquete!
Li Jianheng alzó una ceja en dirección a Xiao Chiye.
—Invité a un último invitado de honor, a quien todos han querido conocer.
Xiao Chiye le devolvió la mirada, desconcertado, justo cuando un asistente tras él levantó la cortina y anunció:
—¡Ha llegado el distinguido invitado!
Un breve silencio cayó sobre la sala.
Xiao Chiye se giró justo a tiempo para ver a Shen Zechuan cruzar el umbral ataviado con el uniforme de la Guardia del Uniforme Bordado. Shen Zechuan se quedó visiblemente perplejo al verlo allí; la sorpresa se reflejó tan claramente en su rostro que Xiao Chiye no se la creyó ni por un segundo.
Todos en la sala conocían la enemistad entre ellos, y por un instante, una tensión peculiar se apoderó del ambiente. Algunos invitados, con la esperanza de presenciar un espectáculo, intercambiaron miradas cargadas de intención.
—Él es Shen Lanzhou —lo presentó Li Jianheng con entusiasmo—. Todos lo conocen, ¿verdad? Toma asiento, Lanzhou. ¡Tabernero, que comience el banquete!
Xiao Chiye sospechaba que Li Jianheng debía estar hechizado por el atractivo de Shen Zechuan para haberlo invitado a este banquete. Y de todos los lugares posibles, Shen Zechuan fue a elegir justo el asiento a lado de Xiao Chiye. Sus miradas se cruzaron cuando se sentó.
—Así que este es Shen Lanzhou, de quien tanto se ha hablado últimamente en Qudu —comentó Xi Hongxuan, clavando la mirada en Shen Zechuan—. Ver realmente es creer.
—Escuché que la madre de Lanzhou fue una belleza sin igual en Duanzhou en su juventud —dijo Li Jianheng—. ¡Shen Wei apostó la mitad de su mansión antes de conquistarla! ¿Cómo no iba a ser encantador Lanzhou?
Risas dispersas se alzaron mientras los invitados, ya abiertamente, ya a escondidas, lanzaban miradas a Shen Zechuan. Incluso Fengquan chasqueó los labios con aprecio y comentó:
—Si este hombre hubiera nacido mujer…
—¡No habría sitio para las damas del clan Hua!
El grupo de jóvenes maestros ociosos estalló en risas cómplices. Por el rabillo del ojo, Xiao Chiye miraba a Shen Zechuan con la cabeza ligeramente inclinada y el rostro inescrutable.
La nuca de ese hombre, bañada por la luz tenue de la lámpara cercana, emergía de su cuello como jade blanco y cremoso. Parecía indefensa, como si esperara el roce de una mano ajena, como si al acariciarla, uno pudiera tocar el éxtasis. Los contornos de su perfil eran suaves y hermosos, y el puente de su nariz descendía con un encanto sutil. Pero lo más devastador estaba en las comisuras de sus ojos: todo lo que podía hacer que el corazón hormigueara se encontraba allí, y en el extremo de esas medias lunas ascendentes descansaba la sombra de una sonrisa.
Xiao Chiye lo miró una vez más. Shen Zechuan, en efecto, estaba sonriendo.
—¿Me ha confundido con otra persona? —Shen Zechuan desvió la mirada hacia Xiao Chiye.
—Solo te estoy viendo bajo otra luz —dijo Xiao Chiye, apartando la mirada.
Shen Zechuan alzó la vista y sonrió obsequiosamente a los comensales sentados a lo largo de la mesa.
—Son todos muy generosos con sus palabras. Esta apariencia mía es, en el mejor de los casos, del montón.
Al oír esto, quienes aún se aferraban a la decencia se relajaron, y la conversación se tornó cada vez más vulgar.
—¿No había un nuevo juego que se está poniendo de moda en la calle Donglong? Se llama «jugar a las copas» —dijo Xi Hongxuan—. Llenas una copa con buen vino, la colocas dentro del zapato perfumado de una belleza, y se la pasas a los demás. Su alteza, ¿usted ya lo ha probado?
Li Jianheng soltó una carcajada.
—Tengo el vino, pero me falta la belleza.
—¿Acaso no tienes una sentada justo aquí? —dijo Xi Hongxuan, agitando la mano en dirección a Shen Zechuan.
Shen Zechuan actuó como si fueran completos desconocidos y forzó una sonrisa cortés.
—No soy digno de que me llamen belleza. Si de verdad quieren jugar con beldades, esta noche los invito al burdel; diviértanse todo lo que quieran.
Por muy hermoso que fuera su rostro, Shen Zechuan seguía contando con el respaldo del clan Hua. Los demás no se atrevieron a tentar demasiado la suerte. Solo Xi Hongxuan parecía decidido a ofenderlo, y continuó hostigándolo y menospreciándolo.
Se rumoreaba que Xi Gu’an había caído en desgracia ante la emperatriz viuda. No era de extrañar, pensaban los invitados, que Xi Hongxuan desahogara su rabia con Shen Zechuan en nombre de su hermano mayor.
Shen Zechuan estaba a punto de replicar cuando Xiao Chiye intervino a su lado.
—¿Cómo pueden pedirle a su alteza, el príncipe Chu, que juegue algo tan común? El juego de las copas es una banalidad centenaria. Ni las prostitutas del sur lo encuentran ya interesante. ¿Qué tal si le damos un giro distinto? Quítate los zapatos, segundo joven maestro Xi, y podemos usarlos como barcas.
Todos estallaron en risas; los pies de Xi Hongxuan eran, en efecto, mucho más grandes que los de un hombre promedio. Normalmente, nadie sería tan osado como para decirlo, mucho menos burlarse de él.
—También sirve —dijo Xi Hongxuan, aceptando el reto y levantando el pie—. ¡Hombres! ¡Quítenme los zapatos!
Ante esto, Li Jianheng soltó una carcajada y le lanzó un insulto jovial.
Shen Zechuan no esperaba que Xiao Chiye saliera en su defensa; él y Xi Hongxuan solo estaban montando un espectáculo. Ahora volvió a mirar a Xiao Chiye. Este lo ignoró, tomó sus palillos y se dedicó a comer.
Al cabo de un rato, cuando Fengquan vio que los platillos estaban en su mayoría servidos, dijo:
—Ya que ustedes, caballeros, han venido a darse el gusto, permítanme añadir un plato más a la mesa esta noche. —Aplaudió una vez, y los asistentes que aguardaban abajo acudieron de inmediato a su llamado.
El plato en cuestión resultó ser un burro joven y vivo.
—De todas las delicias del mundo, la carne de burro es la más exquisita —declaró Fengquan—. Caballeros, ¿alguna vez han probado el «asado de burro»?
El bullicio en la sala se apagó. Todos miraron fijamente al burro en el centro.
—¿Qué es un «asado de burro»? —preguntó Li Jianheng.
Los asistentes arrojaron tierra al suelo y la amontonaron con destreza hasta formar un montículo ordenado. Luego, obligaron al burro a subir, hundiendo sus pezuñas en la tierra mientras su vientre rozaba la superficie. Después, cubrieron al animal con una gruesa manta.
—Ahora, caballeros —dijo Fengquan con cortesía—, observen y vean.
Un sirviente se agachó ligeramente mientras vertía sopa hirviendo, recién sacada del fogón, sobre el burro. Sus ayudantes sujetaban la manta sobre la cabeza del animal, que relinchaba desesperado. El pelaje se desprendió al instante. Pero aún no habían terminado: el asistente que había echado el caldo hirviendo dejó a un lado el cucharón y comenzó a cortar trozos de carne de la piel chamuscada del burro, que seguía vivo. La carne se depositó en una bandeja para otro asistente, que la asó al instante junto al fogón antes de repartir los platos entre los presentes.
Los alaridos del burro se volvían cada vez más angustiosos; incluso los invitados del piso de abajo se sobresaltaron. Li Jianheng palideció al mirar la carne. Se cubrió nariz y boca con una mano.
—Feng-gonggong, ¿no será este plato un tanto… excesivo?
—¿Por qué no lo prueba primero, su alteza? La carne de burro es más exquisita cuando se corta inmediatamente después de verter el caldo. La comida debe consumirse fresca —dijo Fengquan—. Hay un significado más profundo tras este asado de burro. Si un hombre cae en manos ajenas, queda a merced de su dueño: si el amo le ordena arrodillarse, debe arrodillarse; si el amo desea que llore, debe llorar; y si el amo codicia su carne, debe permitir que lo descarnen.
Shen Zechuan supo que él era ese burro. Mientras observaba la sangre escurrir bajo la manta y empapar la tierra, hasta que el hedor saturó el aire, fue como si estuviera viendo a Ji Mu cinco años atrás, o a su propio yo del pasado.
Xi Hongxuan comió unos trozos y, como si no hubiera captado el trasfondo de nada, exclamó:
—¡Delicioso!
Los palillos de Xiao Chiye nunca tocaron la carne. Shen Zechuan ni siquiera tomó los suyos.
El discursito del eunuco había perturbado a Li Jianheng, quien, nervioso, dijo:
—Esto es demasiado depravado. ¡Retírenlo!
—Un momento, por favor. —Finalmente, Fengquan miró a Shen Zechuan—. Mi padrino me pidió específicamente que sirviera este plato, Shen-gongzi. ¿Por qué no lo ha probado?
Si Pan Rugui era su «gran padrino», entonces ese «padrino» del que hablaba debía ser Ji Lei. Era algo ciertamente curioso: ¿qué conexiones tendría este hombre para ganarse tan rápido el favor y la confianza de Pan Rugui? No solo había asumido los deberes de Xiaofuzi, sino que ya gozaba del aprecio de Ji Lei.
Ji Lei había perdido su oportunidad de matar a Shen Zechuan, y ahora que este estaba bajo su mando, no podía tocarlo. Así que había ideado esta humillación repugnante, dejando claro un mensaje: su rencor estaba lejos de terminar.
Shen Zechuan alzó los palillos.
—Yo…
Antes de que pudiera terminar, la silla a su lado chirrió contra el suelo cuando Xiao Chiye se puso de pie. Tomó el plato de carne de burro y lo arrojó en dirección a Fengquan, estrellándolo contra el suelo.
Li Jianheng se levantó de un salto.
—C-Ce’an…
Xiao Chiye clavó la mirada en Fengquan. No era asunto suyo a quién Fengquan quisiera humillar por encargo de Ji Lei. Pero en ese momento, él también era una bestia acorralada en Qudu, no diferente de ese burro. Aquello era también una bofetada para él. Y dolía.
Fengquan lo miró, perplejo.
—¿Acaso este plato no es del agrado del comandante supremo?
Xiao Chiye asió la empuñadura de Colmillo de Lobo en su cintura. Se alzaron gritos cuando desenvainó su espada; su brazo subió y bajó, la cabeza del burro rodó. Sus lastimeros rebuznos cesaron mientras la sangre empapaba la tierra y se extendía por el suelo, tiñendo las tablas de carmesí.
La asamblea contuvo el aliento, esperando lo que Xiao Chiye haría a continuación.
Silueteado en la tenue luz, Xiao Chiye limpió el filo de su espada con el mantel. Solo entonces se volvió con despreocupación y sonrió a los invitados de Li Jianheng.
—Caballeros, por favor continúen.
Li Jianheng miró fijamente la hoja.
—Ce’an, Ce’an —dijo con voz suave—, p-puedes guardarla.
Xiao Chiye envainó Colmillo de Lobo y le lanzó una mirada desafiante a Fengquan. Con el pie arrastró una silla y se sentó con audacia en medio del salón.
—Adelante, asen el animal entero. Esta noche me quedaré aquí sentado a ver cómo Feng-gonggong se lo come.
Poco después, Fengquan mandó apresuradamente por su palanquín y se marchó. Li Jianheng, ya bastante afectado por el vino, se volvió hacia Xiao Chiye con el rostro cubierto de lágrimas y mocos.
—De verdad no sabía que esto pasaría, Ce’an. ¿Quién iba a imaginar que ese bastardo castrado sería tan despreciable? ¡Tú y yo somos buenos amigos! No permitas que esto se interponga entre nosotros.
La comisura de Xiao Chiye se curvó levemente.
—Hay una diferencia entre conocidos y amigos. Lo entiendo. Ya vete.
Li Jianheng tiró de su manga, queriendo decir más, pero Xiao Chiye hizo un gesto a Chen Yang para que lo metiera a la fuerza en su palanquín.
—Asegúrate de que el príncipe Chu regrese intacto —dijo Xiao Chiye—. Yo caminaré
Al notar el humor tempestuoso de Xiao Chiye, Chen Yang no objetó. Montó su caballo y partió con el palanquín del príncipe.
Xiao Chiye se quedó solo bajo la luz de las linternas. Tras un momento, lanzó una patada a una maceta. La indefensa planta –bastante valiosa, por cierto– se balanceó en un suave arco antes de rodar escaleras abajo.
Una mano pálida la enderezó con cuidado.
Desde la parte baja de las escaleras, Shen Zechuan lo miró y dijo con tono sereno:
—¿Tienes dinero? Porque tendrás que pagar por esto, ¿sabes?
—Tengo de sobra —respondió Xiao Chiye con voz fría. Hurgó en los bolsillos de su cinturón, pero no encontró nada.
Shen Zechuan esperó un momento antes de volverse hacia el tabernero.
—Apúntelo a la cuenta del buen señor. Tiene dinero de sobra.