Capítulo 2

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El tiempo que tarda en quemarse una varilla de incienso¹ después…

Una enorme disputa sobre la identidad de Chen Xing había estallado en la mansión del gobernador. Uno tras otro, expresaban que las intenciones del joven eran dudosas y que debía ser investigado a fondo.

—¡Es poco probable que el documento oficial emitido por Xie An sea falso! —dijo Zhu Xu—. ¿Qué quieren que haga?

—¡Un solo documento no es suficiente para justificar que se lleve a un prisionero condenado a muerte! —replicó un general.

—¡Puede que sea un espía de fueras enviado a la ciudad! —acusó otra persona—. Los condenados a muerte son capaces de cometer todo tipo de atrocidades. ¡Aunque la ciudad caiga, no debemos dejarlos vivir!

Jadeando, Chen Xing se sentó en el umbral de una habitación de invitados tras haber colocado al hombre dormido sobre la cama. Se limpió el rostro, salió a buscar un poco de agua y luego extrajo una píldora carmesí de la pequeña bolsa de medicinas que colgaba de su cintura. Intentó abrir la boca del hombre a la fuerza, pero, por desgracia, este mantenía los dientes fuertemente apretados. Entre eso y el temblor incesante de su cuerpo, Chen Xing no logró darle el medicamento.

Meditó el problema durante un buen rato; al final, tuvo que recurrir a masticar la píldora, beber un poco de agua fría para disolverla, pellizcar la mandíbula del hombre y luego dársela a la fuerza, boca a boca.

«¿Es él?». Chen Xing frunció el ceño mientras estudiaba el rostro del hombre y recordaba lo que había visto en su sueño. La nieve se arremolinaba por toda Xiangyang, y la mansión del gobernador se alzaba justo en el corazón de la ciudad; no había discrepancias. La Lámpara del Corazón había destellado tres veces: la primera para guiarlo al calabozo, la segunda frente al calabozo, y la tercera cuando había entrado en la celda más profunda.

—¿Quién eres? —murmuró Chen Xing, mientras limpiaba el rostro del inconsciente—. ¿Por qué te eligió la Lámpara del Corazón?

Justo en ese momento, alguien apareció para entregarle un mensaje: Zhu Xu quería verlo. Chen Xing todavía no había terminado de ordenar sus pensamientos y quiso pedirle al mensajero que aguardara un momento, pero este permaneció firme fuera de la puerta. Al final, Chen Xing no tuvo más remedio que salir de prisa tras él.

La nieve seguía cayendo. Zhu Xu estaba de pie en el tercer piso de la mansión del gobernador, contemplando toda Xiangyang. Chen Xing se acercó por detrás y se encaró con las luces de la ciudad. A lo lejos se percibía, débil, la música de una flauta, como si quien la tocara llorara de pena.

—Explícamelo lo más claramente posible —dijo Zhu Xu—. De lo contrario, no puedo dejar que te lleves al prisionero, seas un «exorcista» o no.

Chen Xing estudió a Zhu Xu por un momento.

—Mi señor, ¿cree que existen los seres sobrenaturales y los monstruos?—preguntó de repente—. ¿Cree que tengo poderes mágicos? Mi intuición me dice que en realidad no.

Zhu Xu suspiró.

—Mis acciones de hoy fueron solo para aparentar, para estabilizar la moral del ejército —admitió—. Solo dime la verdad. No más mentiras. Tu verdadero objetivo es ese prisionero, ¿correcto? ¿Quién te pidió que te lo llevaras? No puede ser Xie An. ¿Te envió el pueblo Hu²?

Su rostro se endurecía con cada palabra.

—Piensa antes de hablar. Una palabra equivocada y tu cabeza rodará. Aunque esta ciudad caiga mañana, hoy sigo siendo su señor; puedo decapitarte en cualquier momento.

Chen Xing miró la espada en la cintura de Zhu Xu, y luego se encontró con su mirada. Sabía que Zhu Xu había comenzado a sentir que algo andaba mal; para otras personas, él era solo un joven que jugaba a hacerse el misterioso. Se había cubierto los ojos con una tela negra para poder sentir la Lámpara del Corazón con más agudeza, no porque quisiera engañarlos. Ni siquiera el propio Chen Xing había esperado que la persona que buscaba resultara ser un prisionero en el corredor de la muerte.

—Está bien, se lo contaré todo —dijo—. Si quiere desenvainar su espada, hágalo después de que termine de hablar.

Zhu Xu se dio la vuelta y lo miró a los ojos.

—Habla —dijo fríamente—. ¡Veamos qué clase de mentira puedes inventar!

—Si empiezo desde el principio, lo dejaré pensando seriamente: «La vida es demasiado corta para una historia tan larga». Pero ya que insiste en escucharla, señor gobernador, no hay nada de malo en contársela. Hubo maná en el mundo… hace trescientos años.

Zhu Xu frunció el ceño ligeramente. No esperaba que Chen Xing comenzara de nuevo con esas tonterías de «magia».

—Hace trescientos años, el mundo estaba plagado de yao³, maná y practicantes de magia… —Chen Xing vio la expresión de Zhu Xu pero fingió no darse cuenta. Se hizo a un lado y comenzó a explicar lentamente.

Aquel año, el emperador Zhang de la Dinastía Han estaba en el trono. El general Ban Chao fue enviado a las Regiones Occidentales⁴ en una misión diplomática para establecer una política de cien años. Todos en la Tierra Divina vivían una vida próspera y contenta; guerreros, refinadores de píldoras y fangshi⁵ –sanadores, adivinos, alquimistas y astrólogos– eran todas profesiones florecientes. Según la leyenda, las llamadas «tribus yao» fueron desterradas por poderosos exorcistas a una región con cien mil montañas enormes en el suroeste de Yizhou y el país de Yelang. Establecieron capas de encantamientos para atraparlos allí hasta que perecieran por sí mismos, para que ya no pudieran entrometerse en los asuntos de las Llanuras Centrales.

Después de que los yao fueran exterminados, a los humanos solo les quedaba una misión: buscar la inmortalidad.

Los fangshi creían que una persona podía vivir para siempre mientras se comunicara con los cielos y la tierra, absorbiera el qi espiritual y cultivara su magia. Sin embargo, un día, todo el maná del mundo desapareció de la nada.

Cuando el maná desapareció sin previo aviso, todos los artefactos mágicos del mundo quedaron reducidos a chatarra en un instante, y los tesoros sagrados destinados a exorcizar a los yao se volvieron ordinarios. Los encantamientos y toda forma de magia perdieron su efecto: desde aquellos hechizos poderosos capaces de mover montañas y llenar mares, hasta los menores, como invocar fantasmas para la buena fortuna. No importaba cómo se intentara activarlos, la magia simplemente no funcionaba.

—Se fue. —De cara a Zhu Xu, Chen Xing hizo un gesto que abarcaba todo—. Desde entonces, no ha habido maná en la Tierra Divina. Esto es lo que los exorcistas llaman el «Silencio de Toda Magia».

—¿Ah, sí? —La sonrisa de Zhu Xu no llegó a sus ojos—. ¿Y luego?

—Algunos dicen que la Puerta Xuan que libera el Qi Espiritual de los Cielos y la Tierra se ha cerrado —dijo Chen Xing con pesar.

Laozi había dicho una vez: «Alcanzar desde el Misterio hacia el Misterio más Profundo es la Puerta al Secreto de Toda Vida». La gente de aquella época pensaba que el qi espiritual del mundo se liberaba desde la invisible Puerta Xuan en el vacío de los cielos. Creían que la desaparición del maná quizás significaba que la Puerta Xuan se había cerrado, y por eso ofrecían sacrificios al cielo y adoraban a las montañas y los ríos. Agotaron todos los medios posibles, pero nada funcionó.

Afortunadamente, las tribus yao no lanzaron ninguna insurrección a gran escala. Después de todo, en los años en que los exorcistas habían estado activos, todos los monstruos habían quedado lisiados. Para que las nuevas bestias terrestres y aéreas se cultivaran hasta convertirse en yao, tenían que absorber el qi espiritual de los cielos y la tierra; sin qi espiritual, naturalmente no tenían forma de incitar problemas. Si usaban energía yao para hacer cosas malas sin consumir parasitariamente la energía de otros, estarían gastando energía sin sustento. Sería muy agotador.

Había pros y contras en el Silencio de Toda Magia. Sin monstruos, naturalmente no habría necesidad de exorcistas en el mundo humano. El problema residía en otra parte: aunque los yao no podían cultivarse, no ocurría necesariamente lo mismo con los demonios.

—Los demonios son la encarnación del resentimiento del mundo —dijo Chen Xing—. Aquellos que mueren en circunstancias trágicas guardarán rencor. Todas las cosas nacen en los cielos y volverán a la tierra; cuando una persona entra en el saṃsāra⁶ de las venas celestiales después de la muerte, el resentimiento que deja atrás no puede disiparse. Para decirlo sin rodeos, cuanta más gente muere durante plagas, guerras y hambrunas, más fácil es que se acumule el resentimiento.

Durante el reinado del emperador Hui hace quinientos años, la familia imperial Sima compitió por el trono, y ochocientas mil personas murieron en la guerra civil. Hubo años de severa sequía en las Llanuras de Guanzhong, causando frecuentes hambrunas, y más de dos millones de personas perecieron de inanición y enfermedad.

Durante el período Yongjia⁷, Liu Yuan, del pueblo Xiongnu, atravesó el condado de Huguan y capturó Luoyang, mientras que Liu Yao rompía las defensas de Chang’an. En Guanzhong, Guanlong y otros lugares, murieron casi dos millones de personas. El pueblo Jin huyó hacia el sur, hacia Jiankang⁸, pero fue aniquilado por la barrera natural del río Yangtsé.

Shi Le, del pueblo Jie, sometió el condado de Jinyang y su provincia, hiriendo y matando a más de dos millones de personas.

El clan Murong de los Xianbei y el general Jin, Heng Wen, se enzarzaron en una batalla colosal, matando a cuatrocientas mil personas. Las tribus Xianbei, Xiongnu y Jie saquearon sin piedad las Llanuras Centrales. Nunca llevaban provisiones con ellos y consideraban al pueblo Han como «ovejas de dos patas» que podían ser utilizadas como provisiones militares en el camino. Cuando se realizó un censo de las Llanuras Centrales por la Dinastía Jin veinte años antes, el total era de veinte millones. Para cuando Ran Min⁹ mató a Jie Zhao, la población tuvo que ser recalculada: quedaban menos de cuatro millones de personas.

Sin embargo, la victoria de Ran Min no duró mucho. Su ciudad cayó, y fue asesinado por el clan Murong. El condado de Jishou se perdió, y la gente fue masacrada y sus posesiones saqueadas una vez más.

—Haga los cálculos y quite el resto —le dijo Chen Xing a Zhu Xu—. Señor gobernador, hay al menos veinte millones, de los cuales más de diez millones son gente Han que murió bajo la caballería de los Cinco Hu. Millones de Hu también se asesinaron entre sí, lo que exacerbó aún más el nacimiento del resentimiento.

Aunque estaba seguro de que Chen Xing mentía, Zhu Xu cayó en trance mientras escuchaba.

—El mundo está en caos, y la vida de un mortal es tan frágil como la hierba —murmuró.

—Remontémonos a una época aún más antigua —continuó Chen Xing—, cuando las familias Wei, Shu y Wu se dividieron la tierra bajo los cielos. Guerras interminables surgieron durante esos cien años, y el número de personas que murieron por ellas se cuenta por decenas de millones. Por lo tanto, en los últimos trescientos años, más de treinta millones de personas han muerto en la Tierra Divina. El resentimiento de estos treinta millones de personas vagando entre los cielos y la tierra, sin irse nunca, ya ha superado con creces el límite que la Tierra Divina puede albergar. Si esto continúa, se engendrarán demonios en pocos años. En cuanto al proceso de nacimiento, nunca lo he visto ocurrir, y los registros históricos sobre ello son escasos. Dejando eso de lado por ahora, discutiré los puntos clave. Alguien tiene que estar preparado de antemano y permanecer en guardia contra la aparición de demonios en todo momento.

»Mis antepasados eran de Jinyang, y mis padres murieron cuando yo era joven. Después de la guerra entre Fu Jian y el clan Murong en el condado de Huguan, me mudé al Monte Hua para vivir en reclusión.

Tenía solo siete años en ese momento, pero Chen Xing aún podía recordar vívidamente la guerra de hacía nueve años. Su casa fue incendiada, y su abuela ordenó a un sirviente leal que lo enviara con un viejo amigo y subordinado en las profundidades del Monte Hua para estudiar las numerosas estrellas bajo el cielo y cultivar el método para exorcizar demonios. En esta era en la que la magia había sido silenciada, los textos antiguos transmitidos de generación en generación ya no tenían ninguna utilidad y solo acumulaban polvo.

A los dieciséis años, Chen Xing tuvo un sueño: una gran ciudad que nunca había visitado. Se lo contó a su shifu¹¹, quien reflexionó durante mucho tiempo y concluyó que debía ser Xiangyang. Le dijo a Chen Xing que los sueños eran una guía de la Lámpara del Corazón y que su Dios Marcial Protector lo esperaba allí. Lo primero que tenía que hacer era encontrar a su protector, ya que no podría completar su misión sin su ayuda.

—Y así, he venido a presentarme ante usted —concluyó Chen Xing.

—¿Terminaste de hablar? —Zhu Xu desenvainó lentamente su espada—. Esperé tanto tiempo, ¿y lo que obtengo es esta historia absolutamente ridícula que te has inventado?

Chen Xing no retrocedió. Se enfrentó a la punta de la espada de Zhu Xu de frente, colocando su mano derecha sobre el pecho, encima del corazón. Luego levantó la mano, y una gloriosa luz blanca brotó de su palma, moviéndose hacia Zhu Xu. Zhu Xu pensó que el joven había estado planeando salir del paso con un farol, por lo que se sorprendió por esta luz que surgió de la nada. En un instante, quedó tan deslumbrado que no pudo abrir los ojos.

—¿Qué… qué clase de truco es este? —Zhu Xu empuñó su espada, momentáneamente incapaz de bajarla.

—Esta es la Lámpara del Corazón —dijo Chen Xing.

Zhu Xu se quedó atónito.

—De verdad eres… un mago. ¿Puedes emitir luz? ¿De qué sirve esta luz?

—No sirve de nada —respondió Chen Xing con franqueza—. Todo lo que puedo hacer es brillar de vez en cuando.

Estupefacto, Zhu Xu inmediatamente se volvió suspicaz.

Chen Xing se encogió de hombros con resignación mientras la luz se retiraba.

—Leí los registros históricos y aprendí que una gran calamidad sobrevendrá al mundo. Cuando la Tierra Divina llegue a su fin, el portador de la Lámpara del Corazón, acompañado por el Dios Marcial Protector, saldrá a exorcizar demonios. La aparición repentina de la Lámpara del Corazón en este mundo significa que el resurgimiento de los demonios es inminente. Debo encontrar al Dios Marcial, despertar su fuerza y ayudar a la humanidad a resistir la calamidad del descenso de Mara¹⁰ a este mundo.

»Las disputas entre los pueblos Hu y Han son asuntos triviales. Una vez que aparezca Mara, la Tierra Divina será completamente vencida: todos los seres vivos serán erradicados, y la tierra será limpiada y devuelta a los tiempos primordiales. Todo se reiniciará desde el principio. Seas un Hu o un Han, nadie podrá escapar.

—Tú… tú… —Zhu Xu se quedó momentáneamente sin palabras.

—Yo tampoco quiero esto, ¿de acuerdo? —dijo Chen Xing con impotencia—. Señor gobernador, por favor, entienda al menos esto. ¿Cree que quería venir a Xiangyang? Después de que mi shifu muriera, empaqué rápidamente mis cosas, abandoné el Monte Hua, alquilé un carruaje y corrí hasta aquí. De algún modo logré subir a un barco e ingresar a la ciudad sin encontrar peligro alguno, y llegué a la mansión del señor de la ciudad, convencido de que este era el lugar. De todas las personas, me tocó a mí ser quien heredara la gran empresa de la unificación y restaurara la práctica del exorcismo en el mundo humano. Aun así, lo acepté. Sin embargo, por alguna razón, los hombres sanos disponibles fueron ignorados, y tuve que ir a los calabozos a buscar a un tipo que parecía más un espectro que un ser humano. ¡Y ahora también debo hallar la manera de salir de la ciudad!

En ese instante, el registrador entregó el registro. Zhu Xu envainó la espada para recibir el documento y comenzó a examinarlo de inmediato.

—Se ha encontrado el directorio con las identidades de los prisioneros —informó el registrador—. El nombre del prisionero es Xiang Shu. Es del pueblo Hu.

Zhu Xu frunció el ceño profundamente. Por la luz que había emitido Chen Xing, decidió creerle, al menos por ahora.

Chen Xing pensó por un momento.

—Que sea un Hu o un Han… no es realmente tan importante para mí —decidió—. De acuerdo, en realidad no me gustan mucho los Hu. Bueno, esto será difícil de manejar, pero por otro lado, no parece uno. Eh… ¿un Hu? ¿Algún Hu tiene el apellido Xiang? ¿De qué tribu?

Zhu Xu pasó a la última página del registro; era una página suplementaria del directorio de detención traída por el oficial de escolta hacía medio año. La primera fila de palabras destacó de inmediato: «Malhechor, Xiang Shu».

—Hace un año, el comandante de la Guardia Jianwei quería que este hombre fuera escoltado a Jiankang y decapitado después de un interrogatorio detallado —informó el registrador—. Pero no importaba cuán severamente lo torturaran en el camino, nunca pronunció una palabra. El oficial de escolta murió de una enfermedad al pasar por Xiangyang, por lo que Xiang Shu fue encarcelado en esta ciudad. Su intención inicial era transferirlo a Jiankang, pero fue olvidado momentáneamente porque había demasiados prisioneros en el corredor de la muerte. Ha estado encarcelado desde entonces.

—En el momento de su captura, hubo una masacre de gente inocente en Guanzhong, ofrecida como sacrificios de sangre a los cielos —dijo Zhu Xu—. Un total de dos mil fueron asesinados, tanto Hu como Han. Hombres, mujeres, viejos y jóvenes, ni siquiera los pollos y los perros se salvaron. Nuestros soldados del Gran Jin hicieron grandes esfuerzos para capturar al culpable.

Zhu Xu aceptó a regañadientes la palabra de Chen Xing sobre la Lámpara del Corazón, pero ahora tenía una nueva pregunta:

—¿Por qué elegirías a esta persona?

—¿Por qué fue elegido? —repitió Chen Xing con incredulidad—. ¡Yo tampoco lo sé, ¿de acuerdo?! —Empezaba a sentirse preocupado. «No me digas que la luz que destelló ante mis ojos fue una alucinación».

Chen Xing tomó el registro para verlo por sí mismo. Solo había unas pocas líneas: Xiang Shu. Masacró al menos a dos mil personas. Un feroz general de las tribus Hu. Se especula que es un oficial militar, la tribu a la que pertenece es desconocida…

«¡¿Qué?!»

—Ya le he dado toda mi medicina, ¿y ahora me dicen que se ha cobrado miles de vidas? —dijo Chen Xing.

—¿No te dije que no lo liberaras? —dijo Zhu Xu—. Elige a otro y ya.

—¿«Elige a otro»? ¡No funciona así! Espere, creo que todavía tendré que… considerar este asunto más a fondo. Le preguntaré en detalle cuando se recupere. ¿Y si fue acusado injustamente?

Chen Xing se sintió intranquilo; se dio la vuelta y se retiró apresuradamente.

Frunciendo el ceño, Zhu Xu se dio la vuelta y miró hacia abajo. Desde la mansión en la parte norte de la ciudad, contempló más allá de las murallas; una densa masa de tropas de Qin en el lejano norte cubría toda la extensión.

Al mismo tiempo, en una habitación de invitados de la mansión del gobernador, el hombre en cuestión soltó un repentino y pesado jadeo y volvió a la vida.

Chen Xing regresó a la habitación, se asomó al pasillo exterior, cerró la puerta y volvió a mirar al hombre. «Está vivo ahora. ¿Qué hago? ¿Tengo que estrangularlo? Pero no importa lo que digan todos, al menos se le debería permitir defenderse, ¿verdad? ¡Y es mi Protector!». Ya había llegado a considerar a este hombre, este Xiang Shu, como «suyo», por lo que difícilmente podría estrangularlo.

Decidió preguntarle cuando pudiera hablar. Luego preparó una palangana de agua caliente para ayudarlo a limpiar su cuerpo.

—¿Tu nombre es Xiang Shu? —Observó el rostro del hombre—. ¿Un Hu?

El hombre tenía un puente nasal alto, ojos profundos y rasgos faciales definidos. La delgadez había dejado su rostro hundido. No se había afeitado la barba en seis meses y su cabello era un desastre enmarañado. Todo su cuerpo estaba plagado de cicatrices, todas heridas antiguas.

Chen Xing simplemente lo limpió por encima; el propio Xiang Shu podría limpiarse después de recuperarse. Mientras limpiaba su cuerpo, Chen Xing notó que tenía dedos delgados, nudillos definidos, extremidades largas y pies anchos, y sus piernas parecían robustas y fuertes.

Estaba encantado. «El protector de mi familia parece ser excelente en la lucha».

Chen Xing sacó una aguja de plata de su bolsa de medicinas y la insertó en un punto de acupuntura en la cintura del hombre. Xiang Shu abrió los ojos de golpe. Chen Xing se retiró de inmediato, levantando la aguja hasta su nariz para olerla.

—Has sido envenenado —dijo tentativamente—. Te di una píldora de reanimación. No podrás moverte ni hablar durante las próximas doce horas. A esta hora, mañana por la noche, tu cuerpo volverá a la normalidad. Entonces podrás recuperarte poco a poco si comes algo.

Los ojos del hombre permanecieron abiertos, mirando a Chen Xing. Sus orbes eran muy brillantes, pero tenía una mirada peligrosa que recordaba a una bestia. Chen Xing inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado, frunció el ceño y recordó lo que cierto protector había dicho una vez.

—Tú eres el elegido por la Lámpara del Corazón —dijo—. A partir de este momento, eres el Dios Marcial Protector. Yo soy el Gran Exorcista llamado Chen Xing, nombre de cortesía¹² Tianchi. Pero he oído que has… matado a mucha gente. ¿Es eso cierto? —Chen Xing pensó un poco, y luego continuó a regañadientes—: No importa lo que hiciste antes, esta ciudad caerá en unos días, y si no te hubiera salvado, no habrías sobrevivido. Eso es algo que deberías saber, ¿de acuerdo? No puedes hacerme nada.

El hombre no podía hablar, pero su mirada se desvió. Chen Xing acercó la manta, lo cubrió con ella y lo arropó un poco. Se preguntó si debería simplemente atarlo con la manta primero, en caso de que fuera realmente un maníaco homicida que explotaría tan pronto como el efecto de la medicina desapareciera; no sería fácil de controlar si eso sucediera. Pero si eso realmente ocurriera, sería el primer exorcista en ser asesinado por su propio protector. Eso sería demasiado estúpido.

Pasó mucho tiempo reflexionando sobre ello, y finalmente llegó a una conclusión: él era el salvador de este tipo, ¿no? No parecía un perro rabioso, así que probablemente no cortaría en pedazos a su propio salvador… Chen Xing bostezó. Tenía demasiado sueño. Se sentó a la mesa y se apoyó en ella, girando la cabeza para mirar a Xiang Shu.

Después de dejar el Monte Hua hacía medio mes, atravesó tierra y agua para llegar a Xiangyang, que estaba completamente rodeada por el ejército de Qin. Había gastado mucha energía solo para entrar en la ciudad, y después de varios días de ansiedad y miedo, todavía tenía que pensar en una forma de salir lo antes posible. Chen Xing estaba, honestamente, demasiado cansado; ni siquiera podía reunir la fuerza para hallar una cuerda para atar a este Xiang Shu. Solo pretendía tomar un breve descanso, pero de alguna manera, terminó quedándose dormido.

Un estruendo despertó a Chen Xing en un instante, sin tener idea de cuánto tiempo había estado dormido.

—El ejército de Qin está asediando la ciudad…

—¡La ciudad ha caído!

Chen Xing se incorporó, todavía en un estado de desorientación. Afuera, un fuerte ruido resonó: una cacofonía de lamentos, gritos y los clamores de los que participaban en la batalla.

«No puede ser, ¿qué clase de coincidencia es esta?». Chen Xing se levantó de inmediato y se dirigió al exterior. Todo lo que podía oír eran los gritos de la gente luchando y matándose unos a otros mientras entraban en el patio. Sobre su cabeza pasó silbando un proyectil incendiario que fue a estrellarse contra el tejado de la mansión del gobernador, prendiéndole fuego. Al avanzar un poco más, alcanzó a vislumbrar a hombres y mujeres envueltos en llamas que corrían desesperados.

Un soldado irrumpió gritando:

—¡La ciudad ha caído! ¡Váyanse! ¡El gobernador se dirige al lado sur de la ciudad! ¡Allí se enfrenta al enemigo! ¡Váyanse! ¡No se demoren!

Situada en el norte, la mansión del gobernador fue el primer lugar en soportar el embate del ataque. Tan pronto como rompieron la muralla de la ciudad, la caballería enemiga la había asaltado sin descanso.

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