Capítulo 2

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Unos días después, Xie Jiulou mandó a llamar a Tideng.

Sentado ladeado en su silla, con un codo apoyado en el reposabrazos y las yemas de los dedos sosteniéndose la sien, miró al hombre que estaba abajo con la cabeza gacha y en silencio: 

—Levanta la cabeza.

Tideng volvió a levantar la cabeza.

Xie Jiulou lo miró fijamente: 

—Déjame ver esa linterna que llevas en los brazos.

Tideng subió los escalones, caminó hasta la plataforma imperial y colocó la linterna en el escritorio frente a Xie Jiulou. Al hacerlo, alcanzó a ver sobre la mesa una caja de colorete y un delineador de cejas Luozidai1.

—Siéntate —dijo Xie Jiulou.

Tideng retrocedió un paso: 

—Sería una insolencia.

Xie Jiulou se inclinó hacia adelante, apoyándose en el escritorio. Con una mano se sostuvo la mejilla y con la otra tomó la caja de colorete para jugar con ella. 

—La primera vez que te vi hace unos días, te habías delineado las cejas y llevado colorete en los labios. ¿Por qué no te lo has puesto hoy?

Tideng dijo: 

—El Noveno Salón vio mal.

—Fui yo quien vio mal. —Xie Jiulou soltó una carcajada—. Y pensar que creí que no tenías suficiente, así que envié a alguien a conseguirlo especialmente para ti. Ahora dices que vi mal y que no es importante. Que estas cosas buenas se desperdicien sin motivo, ¿no cuenta también como un desprecio a mis buenas intenciones?

En los Diez Salones del Yinsi2, nadie se atrevía a desobedecerlo. Si la flor del álamo tenía la intención de caer en la zanja, aunque el agua corriera lejos, tenía que hacerla regresar a él.

—No sé cómo usarlo. —Tideng levantó la mirada, recorriendo la mano de Xie Jiulou, para luego mirarlo con lentitud y ladear la cabeza—. ¿Sabe acaso el Noveno Salón?

Rápidamente, volvió a bajar la mirada.

—Si lo supiera y me lo enseñara, tampoco sería un desprecio a las intenciones del Noveno Salón.

Xie Jiulou detuvo el movimiento de su mano, fijando la caja de colorete sobre la mesa. 

—Ven aquí.

Tideng se acercó y se sentó.

Xie Jiulou se giró. Levantó una pierna y apoyó un pie en el suelo y el otro al costado de Tideng. Inclinándose, comenzó a delinearle las cejas.

Al terminar, retrocedió para tomar el colorete, sumergió la punta del dedo haciendo un movimiento circular y lo aplicó primero en el centro del labio inferior de Tideng.

—Abre la boca.

Tideng abrió ligeramente los labios y Xie Jiulou esparció el colorete de manera uniforme hasta llegar a las comisuras. Xie Jiulou tenía la cabeza ligeramente ladeada. Con su mirada fija en aquella pizca de pasta rojiza sobre los labios de Tideng, la punta de su nariz ya rozaba la mejilla del otro.

La llama de la vela chisporroteó con un chasquido.

Tideng mantuvo la mirada cabizbaja, mientras los labios entreabiertos de Xie Jiulou rozaban de vez en cuando su rostro.

Pudo escuchar a Xie Jiulou preguntar en voz baja junto a su oreja: 

—El colorete… ¿A qué sabe?

Tideng respondió: 

—Pruébelo, Noveno Salón.

Al despertar al día siguiente, lo primero que hizo Tideng al abrir los ojos fue tocar el colgante en su cuello; luego, miró su mano izquierda y, finalmente, tanteó su cabeza, tocando las dos horquillas para el cabello que había en ella. Así supo que las instrucciones que había dado antes de desmayarse la noche anterior habían sido escuchadas por Xie Jiulou.

Le había pedido a Xie Jiulou que no tocara estas cosas en particular. Había pasado toda la noche y, a pesar de que su cuerpo había sido atormentado hasta quedar en un estado lamentable, solo estas pertenencias estaban intactas, ni siquiera se habían movido un milímetro de su lugar.

—¿Despertaste? —preguntó Xie Jiulou, quien estaba detrás de él, estirando el dorso de su mano hacia adelante para tocarle la frente—. Lo de anoche fue realmente extraño. ¿Cómo puede alguien sentir tanto frío y al mismo tiempo no dejar de sudar?

Tideng se sentó apoyándose, y, al ver que Xie Jiulou ya estaba completamente vestido y de pie frente a la cama, dándose cuenta de que hace un momento solo se había inclinado hacia dentro de las cortinas para mirarlo, agachó la cabeza con la intención de buscar su ropa. Fue entonces cuando descubrió que la túnica interior que llevaba puesta ya había sido cambiada.

Levantó la mano para atarse los cordones de la prenda y respondió con indiferencia: 

—En el futuro, cuando me acostumbre, ya no tendré frío a menudo.

—¿En el futuro?

De reojo, notó cómo la figura que estaba a punto de erguirse se tensó de manera imperceptible. Acto seguido, Tideng escuchó a Xie Jiulou darse la vuelta y salir caminando.

—Esa linterna tuya está sobre la mesa. —Xie Jiulou ya había desaparecido, dejando solo un rastro de su voz—. En el futuro, vivirás aquí.

Esa noche, Xie Jiulou había regresado más temprano de lo habitual. Tan pronto como entró, se topó con una escena que fue suficiente para hacer palpitar su corazón.

Dado que la noche anterior había atormentado a Tideng hasta el amanecer antes de dejarlo descansar y, considerando que en el Wujiechu los días ya eran cortos y las noches largas, Xie Jiulou había asumido que el otro probablemente aún estaba durmiendo o que recién se había despertado. Su intención era entrar sigilosamente para ver si Tideng seguía sintiendo aquel frío incesante, pero nunca esperó que la persona dentro de la habitación ya se hubiera levantado y hubiera traído un recipiente de agua consigo. Se encontraba de pie junto a él, de espaldas a la puerta, y ni siquiera se había percatado de que Xie Jiulou había entrado.

—¿Qué estás haciendo?

Al escuchar la voz que provenía desde la entrada, Tideng se volvió lentamente hacia él.

Xie Jiulou sintió un zumbido en los oídos. Su respiración se detuvo de golpe y la sangre se le subió a la cabeza.

Tideng solo llevaba puesta, de manera descuidada, una túnica interior de satén oscuro; en el resto del cuerpo, no tenía ni un hilo de ropa. La prenda no era de su talla: le quedaba ancha y le llegaba más allá de los muslos. Era de Xie Jiulou, la misma que se había quitado la última vez que intimaron.

Nada de esto habría importado tanto. Si se dijera que Tideng había recogido la primera prenda que encontró sin mirar bien, se habría pasado por alto.

Pero Tideng estaba allí, bañado en la tenue luz de las velas, sosteniendo la mirada de Xie Jiulou con una expresión indiferente. Por el interior de sus piernas largas y esbeltas, varios hilos de líquido ya habían escurrido hasta detrás de las rodillas.

Xie Jiulou contuvo la respiración y con gran esfuerzo estabilizó su voz para volver a preguntar: —¿Qué estás haciendo?

El rostro de Tideng no mostró la menor alteración. Se giró nuevamente hacia su propio asunto y respondió: 

—No deja de salir, es incómodo.

—¿Entonces simplemente te presionas para sacarlo a la fuerza? —Xie Jiulou se acercó rápidamente, se agachó para agitar el agua y le reprochó—: El agua también está fría. ¿Ahora no tienes miedo del frío?

Y como si esto no fuera suficiente, Xie Jiulou agarró un trapo limpio que Tideng había dejado en el borde de la palangana, lo apretó con fuerza y lo puso frente a los ojos del otro, exclamando con prisa: 

—¿Y esto para qué es? Este trapo es tan áspero, ¿cómo puedes usarlo para limpiar esa zona?

Tideng guardó silencio.

Xie Jiulou arrojó el trapo al agua, levantó el recipiente y salió. 

—Cúbrete en la cama, no te resfríes.

Cuando regresó con agua caliente, vio que Tideng seguía de pie en el mismo lugar, sin haberse movido ni un centímetro.

Xie Jiulou colocó el agua y levantó la barbilla hacia el otro extremo de la habitación. 

—¿No te dije que fueras allá?

—No hay necesidad. —Tideng sacó del agua el pañuelo de brocado que Xie Jiulou había cambiado y, sin molestarse en pelear si se lo arrebataban, añadió—: Solo ensuciaré la cama en vano y tendrás que limpiar de nuevo.

Xie Jiulou iba a aconsejarle otra cosa, pero sus ojos se desviaron de repente y cerró la boca, limitándose a soltar una risa fría. 

—Entonces, quédate bien quieto.

Después de ese episodio, Xie Jiulou aprendió qué debía hacer tras consumar el acto; nunca más se limitó a abrazar a la otra persona y dormirse como solía hacer.

Solo había un detalle: Tideng a menudo sentía frío en su día a día, aunque no de manera severa. Sin embargo, tan pronto como llegaba la hora de ir a la cama, incluso antes de empezar, comenzaba a temblar por todo el cuerpo. Este problema persistió durante mucho tiempo sin mostrar mejoría.

Como esos encuentros sucedían todos los días, Tideng sufría por el frío a diario. Menos mal que en el Wujiechu no había estaciones; de lo contrario, Xie Jiulou realmente temía que, al llegar el invierno, tuvieran que dormir en habitaciones separadas. Todo para evitar que, en un momento de descontrol, a Tideng le tocara entregar la vida en una fría noche de invierno.

A Xie Jiulou le preocupó esto durante mucho tiempo.

Un día, Chu Kongyao lo buscó con actitud misteriosa y le deslizó un pequeño frasco en la palma de la mano. 

—Dices que empieza a sentir frío en cuanto esto comienza. Es muy probable que sea algo psicológico y no un verdadero problema físico. Mientras está consciente, se congela apenas te acercas. Pero ¿qué pasaría si no estuviera consciente?

Xie Jiulou consideró que esto tenía sentido.

Recordó la advertencia que Chu Lao’er le hizo antes de irse: Con solo una gota de esto en un cuenco de agua, la persona perderá la razón por la medicina. Al caer la noche, apretó los dientes y vertió tres gotas en el cuenco del que bebería Tideng.

Tideng bajó la mirada para observar el cuenco que Xie Jiulou le ofrecía. 

—No voy a beber.

Xie Jiulou supo que había sido descubierto, por lo que no intentó disimular. Aún sosteniendo el recipiente, le dijo: 

—Es algo para animar el ambiente. Bébela y no sentirás frío.

Tideng seguía renuente, pero finalmente lo tomó.

Tras ver cómo se bebía la medicina hasta la última gota, Xie Jiulou salió con tranquilidad a bañarse, dejando a Tideng esperando en la habitación.

Al escuchar que era «para animar el ambiente», Tideng sintió una leve precaución, pero también guardaba esperanzas. Después de todo, no era la primera vez que se usaba algo similar; usualmente, causaban un efecto relajante, afrodisíaco o dejaban a la persona débil. Al alcanzar el clímax, él se volvía un poco más proactivo. Al fin y al cabo, más allá de lo que estuviera haciendo, si se pasaba de la raya o si podía resistirse, su mente siempre lograba mantenerse clara.

Sin embargo, a la medida de lo que tarda en consumirse una vara de incienso, Tideng comprendió que se había equivocado.

Esta medicina no menguaba sus fuerzas, sino que inducía al desorden en sus pensamientos. Las barandas talladas y las vigas pintadas que veía por la ventana se superponían con los paisajes del pasado y, con la brisa fresca acariciándole la almohada, apenas podía distinguir en qué momento del tiempo se encontraba.

Sin importarle los zapatos, con solo una prenda ligera y aprovechando la poca fuerza que le quedaba, Tideng se arrojó de la cama. Corrió descalzo y tropezando hacia la puerta, solo para descubrir con espanto que Xie Jiulou la había cerrado con llave por fuera al salir.

Justo cuando volteaba la cabeza, debatiendo si debía saltar por la ventana, sonó un tintineo proveniente del exterior. Xie Jiulou empujó la puerta con una mano y ambos cruzaron sus miradas.

Tideng se pegó a la puerta con la intención de salir corriendo, pero Xie Jiulou lo atrapó con un brazo y lo hizo regresar: 

—¡A dónde vas!

La razón de Tideng se estaba desprendiendo de su cuerpo, hilo por hilo. Si se demoraba un poco más, sucumbiría por completo.

Se quedó mirando a Xie Jiulou aturdido por un momento, como si estuviera distraído. En una fracción de segundo, sacudió fuertemente la cabeza, agarrando los brazos de Xie Jiulou con ambas manos en un intento por alejarlo y sacudió la cabeza, diciendo con pánico: 

—No se puede… No se puede…

Xie Jiulou adivinó al instante que el efecto de la medicina había comenzado. Si Tideng quería marcharse, naturalmente no lo iba a permitir, y, con más fuerza, lo empujó hacia el interior de la habitación: 

—¿Qué es lo que no se puede?

Tideng forcejeó apresuradamente, agitando las manos y los pies, pero el brazo de Xie Jiulou lo rodeaba por la cintura de tal manera que no podía quitárselo de encima. Ansioso y con sudor en la frente, levantó la mirada hacia él. En sus ojos, de manera sorpresiva, había un rastro de súplica: —De verdad no se puede…

La mirada de Xie Jiulou se oscureció de repente y le preguntó: 

—¿Sientes frío?

Tideng no tenía tiempo para hacerle caso; su único propósito era irse. Aferró el antebrazo del otro con todas sus fuerzas, exigiendo que lo soltara. Inesperadamente, Xie Jiulou bajó el cuerpo, cargó a Tideng con un solo brazo y se dirigió hacia la cama, lanzando una patada hacia atrás para cerrar la puerta.

Con los ojos nublados por las lágrimas, miró a Xie Jiulou sin emitir sonido alguno, mientras gotas caían incesantemente por las comisuras de sus ojos hasta perderse entre las sienes. Aprovechando el desconcierto de Xie Jiulou, alzó su mano repentinamente y, con extrema delicadeza, trazó con un solo dedo desde el extremo de la ceja de Xie Jiulou hasta la comisura de su ojo.

Entonces, con voz suave, dijo: 

—Ahaihai.

Xie Jiulou quedó atónito por un instante. 

—¿Qué?

—Ahaihai.

Tideng jadeaba, y el fondo de sus ojos se veía más claro que nunca. Cualquier rastro de confusión había desaparecido de su expresión. Frunciendo el ceño, llamó a Xie Jiulou una y otra vez: —Ahaihai.

La mente de Xie Jiulou se quedó en blanco por un momento. Sosteniendo la mano que Tideng apoyaba en la comisura de su ojo, le preguntó con paciencia: 

—¿Quién es Ahaihai?

Tideng lo abrazó y, usando un tono de voz y una postura que nunca antes había adoptado al apoyarse en su hombro, dijo: 

—Ahaihai… es solo Ahaihai.

Ya no cerraba los ojos como de costumbre. En cambio, levantó la cabeza, frunciendo el ceño a propósito para mirar a Xie Jiulou. Mientras abría la boca para llamarlo, lo observaba con los ojos llorosos desde abajo. Miraba el rostro de Xie Jiulou con tal intensidad que sus ojos parecían no querer apartarse jamás.

Esa noche, Xie Jiulou descubrió cómo era Tideng cuando se entregaba a alguien por voluntad propia. No era la fría frase «Pruébelo, Noveno Salón» ni tampoco la advertencia al final de «No toques estas tres cosas». Una mirada tan apasionada y ese sonido, similar al de un gato, Tideng nunca había estado dispuesto a concedérselos; su voluntad de entregarlos estaba reservada solo para aquella persona llamada Ahaihai.

La escarcha solo se forma en el invierno más crudo, pero él no era su primavera.

Tideng pensaba, envuelto en la confusión, a quién había ofendido esa noche para que no pudiera contentarlo ni siquiera haciendo todo eso.

Se quitó la horquilla del lado derecho de su peinado. Estaba a punto de perder el aliento de tanto llorar cuando, temblando, se la acercó al rostro de Xie Jiulou, sin dejar de llamar: 

—Ahaihai. 

Con eso, pensaba, sin duda lograría calmarlo.

Inesperadamente, Xie Jiulou tomó la horquilla, la miró con desdén y la arrojó a un lado. 

—Lo que normalmente no me dejas tocar, aunque me lo des ahora, no lo quiero.

Aquella noche, Xie Jiulou se levantó de la cama para buscar agua. Al regresar para limpiarle el cuerpo, Tideng ni siquiera tenía fuerzas para incorporarse apoyándose en los brazos; apenas flexionaba las rodillas, la base de sus muslos temblaba con violencia.

Aunque el otro había cruzado todos los límites, Tideng no mostró ni la más mínima molestia. Observó a Xie Jiulou salir y lo recibió con los ojos llenos de nerviosismo al volver a entrar.

Xie Jiulou sabía que el efecto de la droga aún no había pasado; aún lo estaba confundiendo con esa otra persona.

Cuando llegó el momento de dormir, Tideng se acurrucó con cuidado en los brazos de Xie Jiulou. Aunque estaba exhausto, se obligaba a mantener los párpados abiertos, levantando la cabeza para mirar hacia arriba sin pestañear. Miraba la línea definida de la mandíbula de Xie Jiulou, la tensión en las comisuras de su boca y sus ojos cerrados, sin entender el motivo de su enfado.

Xie Jiulou abrió los ojos y lanzó una mirada hacia abajo. Al ser descubierto, Tideng se frotó aún más contra su pecho. Su expresión mostraba un poco de agravio por no entender lo que sucedía, pero más aún, un profundo deseo de ser correspondido.

Esto le recordó a Xie Jiulou cuando tenía ocho años y aún vivía en el mundo de Sahāloka. Había ido al Bosque de las Tumbas de las Perlas Colgantes y había salvado a un ciervo espiritual.

Probablemente, el ciervo espiritual había tropezado accidentalmente con una barrera de perlas colocada por un maestro espadachín de alto rango, dejando una de sus patas traseras destrozada, con los huesos blancos a la vista.

Como estaba acostumbrado a andar suelto por ese bosque, Xie Jiulou inmediatamente cortó un pedazo de su ropa, regresó para buscar ungüento y salvó al ciervo. Durante los siguientes días, continuó yendo para revisar si las heridas del ciervo espiritual habían sanado.

Más tarde, ingresó a la Mansión del Hijo del Cielo y pasó muchos días sin ir al Bosque de las Perlas. En el instante en que pudo salir, corrió a ver a aquel ciervo.

El ciervo espiritual había esperado un sinnúmero de días y noches en el lugar donde solían encontrarse. La hierba tierna crecía alrededor de donde se refugiaba, siendo esa única área de tierra amarilla y barro viejo el único claro.

Xie Jiulou le aplicó la medicina por última vez y se quedó con el ciervo espiritual hasta que cayó la noche antes de regresar.

Por cada paso que daba, el ciervo espiritual lo seguía, como si temiera que no fuera a volver nunca.

Esa noche caminaba volteando a mirar en cada paso que daba. Al llegar a casa y acostarse, sus sueños seguían llenos de los ojos resplandecientes del ciervo espiritual. En su último paso fuera del bosque de las tumbas, el ciervo permanecía erguido en la oscuridad entre los árboles que destellaban con la luz fragmentada de las perlas. Solo se veían esos ojos incapaces de hablar.

Esa sola mirada al ciervo había dejado en Xie Jiulou una impresión más profunda y persistente que muchas de las cosas que los demás le habían dicho.

Y, ahora, sentía que esos ojos parecían haber renacido en Tideng. A pesar de que lo abrazaba, Tideng lo miraba fijamente, como si, igual que aquel ciervo, temiera que Xie Jiulou no fuera a regresar.

Xie Jiulou dejó escapar un suspiro y, finalmente, abrazó a Tideng con fuerza. Apoyando la barbilla en la parte superior de su cabeza, acarició suavemente su nuca una y otra vez y susurró: —Duerme. Ahaihai siempre estará aquí.

Notas del Traductor

  1. Antiguo cosmético usado en China para pintar y definir las cejas. Era muy valioso porque provenía del extranjero (generalmente del Imperio Persa) y se presentaba en pequeños bloques oscuros con forma de caracola (luozi).
  2. En la mitología china, el inframundo (Diyu) está dividido en diez cortes o tribunales, cada uno gobernado por un Yanluo Wang (Rey del Inframundo) encargado de juzgar diferentes pecados y aplicar castigos específicos.
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