Capítulo 2 | Sombras del Pasado

Libro 1 | Belleza Vulpina

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Qing Xiong agarró a Hongjun y se lo quitó de encima. Le hizo cosquillas, arrancándole carcajadas, antes de obligarle a ponerse de pie. 

—¿Has vuelto a causar problemas?

Hongjun aún tenía las manos cubiertas de ceniza, que había pasado por toda la cara de Qing Xiong. Señaló las manchas oscuras y soltó otra carcajada. Mientras Qing Xiong permanecía desconcertado, Hongjun relataba los acontecimientos del día con todo lujo de detalles. Qing Xiong no pudo reprimir una carcajada cuando Hongjun describió la forma en que Chong Ming había perdido la compostura.

Se rieron juntos durante un rato antes de que Hongjun volviera a mirarle seriamente. —¿Qué me has traído esta vez?—, preguntó. —¡Dámelo!

—No he traído nada—. respondió Qing Xiong.

Escéptico, Hongjun se adelantó para palpar él mismo a Qing Xiong. Qing Xiong siempre iba con el torso desnudo; el único lugar donde podían ocultarse los regalos eran los bolsillos de sus pantalones. Hongjun estaba a punto de empezar a rebuscar cuando Qing Xiong dijo solemnemente: 

—Esta vez realmente no he traído nada.

—Ni libros, ni comida…—. A Hongjun se le descompuso la cara.

Qing Xiong se rió. 

—¿Ya has terminado los libros que te di la última vez?

—Los he leído tantas veces que se están cayendo a pedazos.

Viendo la decepción de Hongjun, Qing Xiong no pudo resistirse a burlarse de él. —¿Dónde está tu Zhao Zilong?

—Está aquí.— Hongjun gritó y la carpa yao saltó hacia él.

El aspecto de la criatura, mitad carpa y mitad hombre, era el resultado de un intento fallido de cultivar la forma humana. Hongjun se había topado con él en las montañas Taihang hacía cinco años y lo había acogido. La aparición de la carpa yao se había producido justo antes de una de las visitas de Qing Xiong, durante la cual éste había regalado a Hongjun una colección de relatos cortos sobre los héroes de los Tres Reinos del reino humano. Entusiasmado, Hongjun no tardó en bautizar a la carpa con el nombre del legendario general de Shu Han, Zhao Zilong, y declaró que algún día saltaría la Puerta del Dragón para convertirse en un poderoso dragón.

Con una maniobra de mago, Qing Xiong finalmente sacó algo de sus bolsillos: un tesoro que colgaba de una cadena de oro y que mostró a Hongjun. En el momento en que Qing Xiong lo sacó, todo el patio se iluminó con un resplandor que hacía juego con el sol abrasador del cielo.

—¿Qué es?— preguntó Hongjun con asombro.

De la cadena pendía un colgante de metal y piedra delicadamente labrado, rodeado de componentes mecánicos que encerraban un diminuto orbe de cristal, que brillaba con una suave luz blanca como una lámpara.

—Dejo esto bajo tu cuidado por ahora—. Qing Xiong sonrió mientras desenredaba la cadena y colocaba el collar en las manos de Hongjun. 

—Es un dispositivo espiritual. Aunque no me atrevo a enseñarte cómo funciona… Tu padre me daría una paliza. El cristal es frágil, ten cuidado de no romperlo. Luego te enseñaré qué hacer con él.

Deseoso de examinar inmediatamente su exquisito regalo, Hongjun se apresuró a asentir con la cabeza antes de salir corriendo con el colgante entre las dos manos.

 

—Ya tiene dieciséis años.

Chong Ming estaba bebiendo té cuando Qing Xiong entró en la sala auxiliar. Qing Xiong se arrodilló ante la mesa y lanzó una mirada a Chong Ming.

—Decidió volver a hacer estragos hoy, así que está siendo castigado—, explicó Chong Ming de manera imparcial.

—Un joven como él está obligado a causar problemas—, dijo Qing Xiong. —Nosotros dos y Kong Xuan fuimos la fuente de muchos caos en nuestros días.

—Todavía no está preparado— arqueó una ceja Chong Ming. 

—Anoche recibí una carta del Departamento de Exorcismo Demoníaco del reino humano—, respondió Qing Xiong. 

—Faltan menos de cuatro años para que el demonio celestial Mara regrese a este mundo. La carta es una convocatoria llamando a jóvenes exorcistas con talento a reunirse en Chang’an presumiblemente en preparación para la resurrección de Mara.

Qing Xiong intentó entregarle la carta a Chong Ming, pero este se negó siquiera a mirarla. Con un chasquido de sus dedos, una bola de fuego ardiente salió disparada de su mano. Qing Xiong retiró rápidamente la carta para salvarla de ser consumida por las llamas.

—Chong Ming, los yao han hecho estragos en la Tierra Divina mientras que, año tras año, los capaces de detenerlos en la dinastía Tang son cada vez menos. Nos hemos quedado sin tiempo.

Chong Ming finalmente se giró para mirar directamente a los ojos de Qing Xiong.

—No olvides que nosotros también somos yao.

—Ah, así que sí lo recuerdas —dijo Qing Xiong. —Y yo que pensé que mi señor, el rey de los yao, lo había olvidado.

El entrecejo de Chong Ming se frunció con furia mientras fulminaba a Qing Xiong con la mirada.

 

En el estudio, Hongjun intentaba abrir el colgante con dos de sus cuchillos arrojadizos. Como no funcionó, trató de cortar los anillos mecánicos con unas tijeras afiladas. Finalmente, recurrió a golpear el colgante con un martillo, pero, incluso tras golpearlo hasta que el sudor le chorreaba por la frente, no logró extraer el pequeño cristal en su interior.

—¡Ahhhh! —Hongjun levantó un jarrón de bronce, tentado de aplastar con él el maldito colgante.

—¿Por qué estás tan empeñado en desmontarlo? —intervino el yao carpa, a su lado. 

— Su Alteza Qing Xiong te dijo que tuvieras cuidado con eso.

—Solo quiero sacar el cristal —respondió Hongjun. —Quiero colocarlo en la empuñadura de mi espada.

—Esa luz que emite no es algo común—. El yao carpa se subió a la mesa, brincó sobre un libro y se dejó caer. —El resplandor del colgante se refleja en sus ojos de pez.

Hongjun examinó el collar.

—Los anillos exteriores tienen un encantamiento, pero ¿para qué? ¿Son un sello? Esta luz es muy agradable.

—Solo con mirarla ya me siento cálido y cómodo —dijo el yao carpa. —Mi humor ya está mejorando.

Hongjun tomó el colgante.

—Vamos a preguntarle a Qing Xiong sobre esto.

—¡Aún no terminas tu castigo! —le recordó el yao carpa, pero Hongjun ya había desaparecido con el colgante en la mano.

El sol poniente teñía el cielo y las montañas de rojo mientras el canto de los pájaros iba y venía entre los picos. Al acercarse al salón auxiliar, Hongjun oyó una fuerte discusión en su interior. Alarmado, se ocultó tras una columna.

—¡Ese jiao negro no es más que un usurpador, un falso dragón! ¡Jamás será un rey yao! ¡Como si un reptil salido de una cloaca fuera digno de tal título!

—Pero nos derrotó en combate, eso es un hecho irrefutable —dijo Qing Xiong con gravedad. 

—A menos que regresemos y lo destruyamos por completo, el reino humano arderá el día que Mara regrese a liderar a los vao.

—¡¿Y qué tiene eso que ver conmigo?! —gritó Chong Ming.

—¡Los humanos abandonan los principios por el beneficio propio! ¡Se llevaron a Lao-san y dejaron a su hijo mestizo a mi cuidado durante doce años! ¡¿Por qué tuve que criar yo a un huérfano con sangre humana en las venas?!

—¡Sigue siendo hijo de Kong Xuan! —respondió Qing Xiong, con voz baja y cargada de reproche. —¿Acaso no tuviste ningún remordimiento después de que Kong Xuan se marchara?

—¿¡Qué se supone que debería lamentar yo!? —rugió Chong Ming. 

—¡Hongjun ni siquiera sería huérfano si ese humano no hubiera llevado a Kong Xuan a su muerte!

—Sí, hay humanos ingratos que abandonan sus principios por codicia, ¡pero también hay amigos como Di Renjie!

—¿Amigos? ¡¿Qué amigos?! —Chong Ming bufó con desdén. 

—¡Aunque existan, no permitiré que Hongjun haga nada por esos humanos! ¡Mi respuesta es no!

La voz de Qing Xiong temblaba.

—Kong Xuan poseía el poder de lo demoníaco y lo divino. Como su hijo, Hongjun ha heredado su luz sagrada de cinco colores. Tiene el poder de ayudar a los yao a erradicar al jiao negro, vengar a su padre y destruir la reencarnación de Mara. Incluso si intentas retenerlo aquí toda su vida… ¡es solo cuestión de tiempo antes de que descubra la verdad!

—El día que dejamos las Llanuras Centrales —empezó Chong Ming, con voz baja, — te dije que no me importaría más la supervivencia de los yao. ¿Y Mara? Solo deseo que regrese y extermine a esos malditos humanos de una vez por todas.

—¡¿No puedes ser honesto contigo mismo por una vez, Chong Ming?!

Qing Xiong dio un paso al frente, su aura se expandió. El ambiente dentro del salón se tornó peligroso. Las tazas de té sobre la mesa tintineaban entre sí y las ventanas de celosía temblaban en sus marcos mientras los dos reyes se enfrentaban con la mirada.

Fueron interrumpidos por el leve sonido de pasos fuera.

Qing Xiong y Chong Ming retiraron sus auras y se giraron al unísono. Qing Xiong corrió hacia la puerta justo a tiempo para ver la figura de Hongjun alejándose en la distancia.

Suspiró.

—Las últimas palabras que le dijiste a Kong Xuan hace tantos años fueron “lárgate”, y lo siguiente que supiste fue que se habían separado para siempre. Si tan solo hubieras dicho algo —lo que fuera— para convencerlo de quedarse, hoy no estaríamos en este desastre.

Dicho eso, Qing Xiong se marchó del salón, dejando a Chong Ming mirando en silencio el crepúsculo más allá de la puerta.

 

Cayó la noche y el cielo se llenó de estrellas, su luz plateada caía como una cascada sobre las montañas Taihang.

El sonido de pasos se alzó detrás de él, pero Hongjun permaneció inmóvil sobre una losa de roca cerca del acantilado Sheshen. La superficie de la roca se inclinaba hacia el borde del precipicio; un solo descuido y caería en el abismo sin fondo.

Qing Xiong subió y se acostó a su lado, ambos contemplando en silencio el cielo estrellado.

—¿Es cierto? —preguntó de pronto Hongjun.

—En tu corazón, ya conoces la respuesta.

La respiración de Hongjun se entrecortó y Qing Xiong alzó la mano para cubrirle los ojos. Hongjun se aferró a su mano y secó sus lágrimas contra su palma.

—¿Mi papá me odia? —su voz se quebró entre sollozos.

—Lo que dice rara vez refleja lo que siente —dijo Qing Xiong con tono pensativo—. No debes tomar sus palabras al pie de la letra. Si realmente no quiere hacer algo, no hay ser en el mundo que pueda obligarlo. Lo que te entregué antes… ¿lo tienes contigo?

Hongjun, tembloroso, sacó el colgante.

—Siempre has querido visitar el reino humano, ¿no es así?

Qing Xiong tomó el colgante. Su suave resplandor iluminó la montaña, brillando como si rivalizara con el cielo estrellado.

Bañado en aquella luz, Hongjun recuperó poco a poco la compostura.

—Cada vez que venía de visita, armabas un escándalo, rogándome que te llevara conmigo al reino humano —continuó Qing Xiong. 

—Ahora que has crecido, yo digo: muy bien, adelante. ¿Qué tienes que temer?

La primera reacción de Hongjun fue de alegría, pero al pensar en Chong Ming, su expresión se ensombreció. Miró en silencio a Qing Xiong, que ya se había girado para observar la luz del colgante.

—En el reino humano hay buena comida, mucha diversión… mujeres hermosas, amigos con quienes beber, música que resuena por decenas de millas, luces que arden toda la noche… Así que ve. Ve a esa vasta tierra de mortales. No te arrepentirás.

 

Al día siguiente, el salón auxiliar había sido limpiado y los tres tronos colocados temporalmente. Chong Ming ocupaba el asiento central, con Qing Xiong a su izquierda. La expresión de Chong Ming era tan fría como siempre, cuando Hongjun se acercó.

Hongjun lo saludó antes de colocarse respetuosamente en una esquina.

—Papá.

—Yo no soy tu padre —dijo Chong Ming, con voz carente de emoción.

—Sí lo eres —respondió Hongjun, incómodo al mirarlo. 

—Eres mi papá.

Pero Chong Ming desvió la mirada, fijando sus ojos en el tercer trono, vacío.

—Una vez me preguntaste a quién pertenecía este último asiento —dijo Chong Ming solemnemente. 

—Ahora te daré la respuesta. Tu padre biológico una vez se sentó en esta silla. Su nombre era Kong Xuan. Al igual que Qing Xiong y yo, era uno de los maestros del Palacio Yaojin. Después de su muerte, Qing Xiong te trajo aquí. Ahora que has crecido, es hora de que regreses.

—¿Regresar a dónde? —preguntó Hongjun.

—A donde sea que viniste —respondió Chong Ming, con voz apagada.

—Yo pertenezco aquí —dijo Hongjun. 

—No me iré a ningún lado.


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