PARTE II: PASADO
Editado
—¿Dónde estás? —preguntó Fu Liling, furiosa—. ¡Mira qué hora es! ¿Por qué todavía no has vuelto a casa?
—… ¿No regresaste a Shanghái?
—¿Estabas esperando a que me fuera para que nadie te controle, eh?! —Fu Liling elevó la voz—. ¡La mamá de An Yun ya me lo dijo! ¡¿Ustedes tres se volvieron a pelear?! ¡¿Estás herido?!
Tang Heng suspiró para sus adentros.
—No, estoy bien.
—Vuelve ahora mismo.
—Esta noche me quedaré en casa de Jiang Ya.
—Te estoy diciendo que vuelvas. ¡Déjame ver cómo te dejaron!
—De verdad —dijo Tang Heng, frunciendo el ceño—, de verdad estoy bien.
—¡Tang Heng!
Tang Heng dejó de responder.
—Ya no puedo hacerte escuchar, ¿verdad? Entonces, ¿crees que puedes mandarte solo? —Fu Liling hablaba cada vez más rápido.
Tang Heng escuchó un par de frases y arrojó el teléfono sobre la mesa. Con el rostro helado, se quedó mirando el aparato mientras la voz acelerada de Fu Liling seguía saliendo de él.
—Quieres irte al extranjero, dices que el ambiente académico allá es mejor, ¡está bien! ¡Entonces al menos muestra un poco de dedicación al estudio! ¿Has visto lo que haces todo el día? Si incluso bajo la mirada de tu tío eres capaz de meterte en tantos problemas, ¡en el extranjero acabarás volviéndote loco! ¡¿Tang Heng?!
Tang Heng bajó la mirada y respondió en voz baja:
—Te estoy escuchando.
—Ya tienes más de veinte años, Tang Heng —suspiró ella, adoptando un tono serio y lleno de preocupación—. No eres un niño de quince o dieciséis años al que una pelea no le trae mayores consecuencias. Ya eres un adulto, ¿entiendes? Si un día te hieren gravemente, o tú hieres gravemente a alguien, ¿qué harás? ¿Y yo qué haré? Trabajo tan duro solo por ti. Solo si vives sano y feliz todo esto tiene sentido, Tang Heng, tú…
—Mamá —Tang Heng respiró hondo—. Lo sé.
—Si lo sabes, ¿por qué sigues haciéndome enfadar? Te pedí que vinieras a Shanghái y no viniste. Con lo difícil que fue sacar tiempo para volver, ¿y regreso solo para pasar corajes contigo?
—… Mamá, ¿tu único deseo es que yo esté sano y feliz?
—Claro. No espero que logres nada extraordinario. Mientras vivas sano y feliz, eso es mejor que cualquier otra cosa.
—Yo solo seré feliz si admites esa cosa.
—¿Qué?
Tang Heng guardó silencio. Al lado, An Yun y Jiang Ya tenían expresiones de horror. Una negaba con la cabeza mientras el otro agitaba la mano, ambos gesticulando con la boca: «¡No lo hagas!».
Tang Heng dijo:
—Que soy gay.
El otro lado del teléfono quedó en silencio.
Jiang Ya y An Yun también dejaron de moverse, como si se hubieran congelado.
Tang Heng prosiguió:
—No me gustan las chicas y no me casaré con una en el futuro. Mamá, ¿me entiendes?
Todavía no se escuchaba ningún sonido desde el otro extremo del teléfono. Tang Heng abrazó sus brazos y esperó con calma.
Tras un largo silencio, Fu Liling esbozó una sonrisa forzada.
—Eres muy joven. ¿Para qué hablar ahora de casarse o no casarse? Bebé, ¿es esto lo que está de moda entre ustedes, los chicos que tocan en bandas? Nosotros también éramos así cuando éramos jóvenes. En nuestra época estaba de moda el amor libre; lo que más detestábamos era que la familia nos organizara citas. Pero míranos a tu padre y a mí: al final fue la familia quien nos presentó… Bebé, dentro de unos años, cuando seas más sensato, cambiarás de idea.
—Esto no tiene nada que ver con la edad, mamá. Te lo dije antes. Desde la secundaria supe que no me gustaban las chicas. Antes era así, ahora es así y en el futuro también lo será…
—¡Tonterías! —lo interrumpió Fu Liling—. ¡La homosexualidad no existe! ¡Ustedes, los jóvenes, aprenden un par de palabras nuevas en esas películas extranjeras y vienen aquí a decir disparates!
En realidad, él había adivinado que esto sucedería. No tenía ninguna esperanza en absoluto, después de todo, no era la primera vez. Tang Heng resopló.
—Puedes fingir que no existe. No voy a casa esta noche. Adiós, mamá.
—¡Tang Heng, regresa aquí!
Tang Heng colgó y apagó el teléfono.
Jiang Yan y An Yun se quedaron boquiabiertos.
Tang Heng no dijo nada. Su expresión era sombría.
Las voces murmuraban a su alrededor. Solo su mesa estaba en silencio, como en un funeral. Después de un rato, Jiang Ya se secó el sudor de la frente y se golpeó el pecho.
—Gracias a Dios soy heterosexual.
An Yun le echó una mirada asesina.
—¿Se puede saber qué dices?
Jiang Ya rectificó al instante:
—Gracias a Dios no tengo una mamá así.
—Anda, mejor cállate… —dijo An Yun.
—Oye, no, pero esto ya es muy fuerte. —Jiang Ya se acercó a Tang Heng, con la cara llena de desconcierto—. ¿Qué significa lo de la tía? ¿Que está en negación? ¿Como si así pudiera librarse? Yo pensaba que iba a montar un drama de los gordos y a romper contigo para siempre, en plan madre e hijo, cada uno por su lado…
—Ella cree que, mientras no lo reconozca, no existe —dijo Tang Heng.
—¿Qué? Pero eso…
—La jugada de tu madre es dura. —An Yun dio una calada al cigarro y habló en voz baja—. Más dura que oponerse de frente. Hace como si no supiera nada, no lo admite, no responde. Y así es imposible sentarse a hablar con ella.
Jiang Ya seguía sin entender nada.
—¿Qué quieres decir?
—¡Eres tan tonto! —dijo An Yun—. Piénsalo: para oponerte a algo, primero tienes que reconocer que existe. Si no, ¿a qué te estás oponiendo?
—Ah… claro… ¡Maldición! O sea que tu madre ni siquiera reconoce que exista la homosexualidad. ¡Como para hablar ya de aceptarla o no! —De pronto, Jiang Ya agarró las manos de Tang Heng con dramatismo—. Hijo mío, tu vida apesta.
—Vete al diablo. —Tang Heng se soltó de un tirón—. Y comete tus malditos cebollines asados.
Jiang Ya agarró varios pinchos de cebollines asados y le pasó la mitad a An Yun.
—Venga, An-ge, aumentemos nuestro nivel de testosterona. —Dio un par de mordiscos y añadió—: Pero entonces, ¿no es eso engañarse a sí misma? ¿Cómo que la homosexualidad no existe? A ver qué pasa el día que Tang Heng llegue a casa con un novio…
An Yun puso los ojos en blanco.
—¿Y a quién va a llevar? ¿A ti?
—¡Vamos, no seas así! —Jiang Ya levantó el meñique y, con voz afectada, respondió—: ¡A mí me gustan las chicas, eh! Pero si se trata de Heng-gege, entonces…
—Sería mejor que me llevara a mí. —An Yun se pasó los dedos por el cabello—. La marimacho más guapa de Hongshan.
Dos joyas preciosas.
Tang Heng sonrió con resignación.
—Jódanse.
Cuando terminaron la barbacoa, bajo la llovizna fina, se fueron a casa de Jiang Ya. Nada más entrar, An Yun subió directo al cuarto de invitados en el segundo piso para darse una ducha. Jiang Ya y Tang Heng se quedaron abajo, sentados descalzos en el suelo.
Jiang Ya sacó dos cervezas del refrigerador. Se pusieron a beber mientras charlaban sin prisa, medio recostados, con desgana.
—¿Cuándo saliste del closet? —preguntó Jiang Ya.
—Tercer año de preparatoria.
—Maldición, tan pronto.
—¿Y tú cuándo empezaste a llevar chicas a hoteles?
Jiang Ya soltó un eructo y se quedó callado.
Pasaron unos minutos en silencio antes de que volviera a hablar:
—Y entonces, ¿cómo se lo dijiste a tu madre?
—Sospechaba que yo estaba saliendo con una chica en la prepa. Le dije que no y de paso salí del clóset.
Jiang Ya chasqueó la lengua, impresionado.
—Tienes lo tuyo, ¿eh? Vaya huevos.
Tang Heng no le respondió; recordó la escena. Había anticipado muchas posibilidades en su mente. ¿Fu Liling lloraría? ¿Lo agarraría a escobazos? ¿Se derrumbaría gritando? ¿O incluso lo acusaría de haberle fallado a su difunto padre? Pero al final no ocurrió nada de eso. Fu Liling simplemente sacudió la cabeza y dijo con indiferencia: «Bebé, todavía eres joven. No digas esas cosas a la ligera».
Tal vez sus expectativas para él eran, en verdad, que llevara una vida tranquila y estable. Ser gay y marcharse al extranjero no entraban dentro de lo que ella consideraba «estabilidad».
Al poco rato, An Yun terminó de ducharse. Se puso una camiseta holgada y pantalones cortos, y salió haciendo chlip-chlap con las chanclas.
Luego, Tang Heng se fue a duchar. Pasaban la noche en casa de Jiang Ya con frecuencia, por lo que siempre había ropa para ellos en el armario. Cuando Tang Heng salió del baño con una camiseta y pantalones cortos, al igual que An Yun, Jiang Ya también entró a bañarse y se cambió a un conjunto de ropa nueva.
El problema era que… era demasiado nueva.
Era un traje azul pavo a medida, con un broche de ónix blanco de Van Cleef & Arpels en el pecho. También llevaba un par de zapatos de cuero blanco, aunque la marca no estaba confirmada. Inefablemente llamativo.
—¿Qué haces? —An Yun lo miró, desconcertada—. ¿Tienes una cita esta noche? Entonces deberíamos… ¿ir a otro lugar?
—¡Pero qué estás pensando! —Jiang Ya se encogió de hombros y se plantó frente a Tang Heng—. ¿Qué tal me queda esto?
Tang Heng se quedó sin palabras.
—Mientras me bañaba estuve debatiéndome un poco. Pensé que, con la relación que tenemos, debería echarte una mano.
—¿Y qué relación tienen ustedes dos? —preguntó An Yun.
—¡Somos como padre e hijo! —Jiang Ya se hizo a un lado de un salto, esquivando sin esfuerzo la patada que le lanzó Tang Heng—. Si solo es fingir que soy tu novio un rato, ¡yo puedo hacerlo!
Por un instante, Tang Heng de verdad tuvo ganas de matarlo para silenciarlo.
An Yun se mordía los labios para no reírse y, fingiendo seriedad, dijo:
—Creo que no hace falta, la verdad.
—¿Cómo que no hace falta? Tang Heng puede llevarme con la tía y entonces nosotros… Uh…
—¿Ustedes qué?
Jiang Ya frunció los labios, como si estuviera reuniendo un valor inmenso.
—Puede darme un beso en la mejilla… Solo en la mejilla, ¿eh? ¡En la boca no!
An Yun se le quedó mirando fijamente. Dos segundos después, dijo:
—Voy a vomitar.
Tang Heng, en silencio, agarró el muslo de pollo que había sobre la mesa.
—Jiang Ya, ven aquí.
Jiang Ya retrocedió varios pasos.
—Oye, no pagues mi buena intención con violencia, Tang Heng.
Los tres jugaron varias rondas de cartas, interrumpidas ocasionalmente por risas, y escucharon dos CDs completos. Jiang Ya ya estaba roncando. Su casa era un loft y la sala de estar era muy grande, con tres largos sofás a lo largo de las paredes. Jiang Ya estaba durmiendo en el sofá central; Tang Heng y An Yun ocuparon los de la izquierda y la derecha.
Al otro lado de la mesa de café desordenada, An Yun susurró:
—¿Todavía vas a ir al extranjero?
—No sé. —Este tema molestaba a Tang Heng—. Iré si puedo.
—¿A los Estados Unidos?
—Síp.
An Yun dejó de hablar. Tang Heng pensó que ella continuaría con algo como «¿Qué pasará con la banda si te vas?». ¿Qué pasará? Quizá encontrarían un nuevo cantante, quizá disolverían la banda. Su grupo era puramente para divertirse. Ninguno de ellos planeaba hacer carrera de ello. An Yun y él probablemente continuarían en la academia, mientras que Jiang Ya había mencionado que tenía que heredar el negocio de su familia.
—La verdad es que Jiang Ya tiene razón —dijo An Yun—. Si consigues novio, la tía no va a poder seguir fingiendo que no pasa nada, ¿no?
—¿Y quieres que agarre a cualquiera que me cruce por la calle?
—Ay, pues date más vueltas por los bares gays.
—No tengo tiempo.
—Pues eso te pasa por complicado —suspiró An Yun—. Los que te tiran la onda no te gustan, y cuando te dicen que salgas tú a buscar, tampoco quieres.
Tang Heng guardó silencio, como dándole la razón. Aunque se dio cuenta de que le gustaban los hombres desde muy joven, nunca había tenido novio ni le había nacido realmente las ganas de enamorarse.
No pasó mucho tiempo antes de que An Yun también se durmiera; su respiración se volvió suave y regular. La lluvia seguía cayendo afuera de la ventana, mientras la habitación estaba fresca debido al aire acondicionado.
En el silencio, Tang Heng volvió a pensar en el rostro de Li Yuechi. Un momento después, se incorporó en la oscuridad y, valiéndose de la tenue luz que entraba desde fuera, buscó su teléfono.
Lo encendió. Había cuatro llamadas perdidas de Fu Liling y una de su tío.
Nada más. De pronto, Tang Heng se dio cuenta de que ni siquiera le había dado su número a Li Yuechi.
Entonces pensó en otra cosa; su mente enlazó de manera extraña dos hechos:
Li Yuechi necesitaba dinero.
Pero él no.