No importaba si tenía que cerrar los ojos tapados y hacerse el tonto. Sobrevivir era lo más importante, aunque fuera con descaro. Una vez que llegó a esa conclusión, Abel llamó a Richt.
—Lord Devine.
Por un instante estuvo a punto de reaccionar.
«Eso fue peligroso».
Richt inhaló despacio y relajó la tensión del cuerpo. Luego, contando hasta cinco con respiraciones lentas, alzó la cabeza.
—¿Sí?
«Hazte lo más dócil posible, dócil. Blando como tofu». Richt cerró los ojos y esbozó una sonrisa.
—¿Me habla a mí? —Al sonreír forzadamente, le temblaron la comisura de los labios, pero aguantó.
Antes de haber sido poseído solía sonreír bastante bien; parecía que su cuerpo aún no se había acostumbrado al cambio y fingir ingenuidad no era tan fácil.
Abel miró fijamente a Richt y soltó una risita pequeña.
—¿Me pregunta porque no lo sabe?
—No, no lo sé.
—No pensé que Lord Devine fuese tan tonto. ¿Acaso olvidó su propio nombre?
Aunque su oponente tenía el mismo rango, al ser un duque, el trato fue despiadado.
«Aguanta, tienes que soportarlo».
Ahora mismo él era un plebeyo que pasaba por allí.
—Mi nombre no es ‘Lord Devine’.
—¿Ah no? —Abel, como dando a entender que fuera a decirlo, señaló a Richt con la barbilla.
—[¿Qué pasa? ¿Estás enfadado? ¿Quieres que le dé una bofetada?]
Uno de los espíritus más valientes dio un paso adelante, pero Richt lo aplastó en silencio con un dedo contra su pequeña cabeza. Ahora no era momento de que los espíritus intervinieran. Sintió el aleteo debajo del dedo, pero fingió no verlo.
Confesar que veía espíritus también sería problemático. Miren a Loren. ¿No se había vuelto el perro de Abel solo por ser capaz de tratar con los espíritus? Así que tenía que actuar como si no estuvieran ellos.
Hasta donde él sabía, Abel podía percibir algunos rastros de los espíritus, pero no era capaz de verlos ni oírlos. Así que bastaba con negarlo.
—Mi nombre es…
De repente, al inventarse un nombre no se le ocurría nada. Entonces le vino a la mente una merienda que solía disfrutar con té.
—Tigre. Me llamo Tigre.
Era una de las galletas horneadas cuyo patrón recordaba a las rayas de un tigre, por eso la llamaban de esa forma. Tenía un sabor profundo por la mantequilla quemada; en su vida anterior le gustaba mucho.
—Ah, Tigre, ¿eh? —Abel miró a Richt con ojos burlones—. Bien, ¿Y tú apellido?
Incluso los plebeyos tenían un apellido.
—Wizwell.
Era el nombre de la compañía de hornos en los que se solían hornear ese tipo de galletas
—Qué apellido tan curioso.
No podía evitarlo. Normalmente el apellido de un plebeyo está muy ligado a su oficio. Wizwell sería un apellido raro entre ellos.
«¡Es la marca de un horno después de todo!»
El ambiente se volvió sofocante. Abel cruzó los brazos con calma y miró a Richt. Bajo esa mirada, le dieron ganas de confesar un crimen que ni siquiera había cometido.
—[¿Tigre? ¿Tu nombre es Tigre?]
—[¡Suena delicioso!]
Mientras tanto, los espíritus se arremolinaban y parloteaban. De repente, una ventana se abrió y algo voló por la rendija.
—¡Puf!
Era una hoja pequeña y redonda. La hoja voló rápidamente y se pegó con un chasquido en la mejilla de Richt.
—[¡La traje!]
No era solo una hoja. Cada espíritu que se había ido había traído una hoja, aparentemente de un árbol entero. Por la ventana abierta se acumuló un torrente de hojas verdes.
—[¡Con esto se va a curar pronto!]
Los espíritus volaban de un lado a otro apilando hojas sobre las rodillas de Richt. Al ver la pila de hojas, Richt lentamente alzó las manos y se cubrió el rostro.
Eran sumamente adorables y estaba agradecido, pero a la vez eran una molestia. Hacer algo que incluso un ignorante de los espíritus consideraría extraño, y encima hacerlo delante de Abel que sí lo sabía, era imprudente. Richt respiró en silencio un rato. No sabía cómo explicárselo a Abel.
«Debería haber gritado».
Debería haber fingido sorpresa. Pero ya había perdido la oportunidad. Gritar ahora no serviría de nada. Inspiró hondo y bajó las manos del rostro. Entonces su mirada se encontró con la de Abel.
—Tigre.
—…Sí.
—Parece que sabes manejar a los espíritus.
—No es así. —Negó con desesperación, pero no parecía que lo escucharan.
—Me gustan las personas capaces.
—Yo solo quiero vivir en paz.
—¿Por qué piensas que no vas a vivir en paz? ¿Sabes quién soy?
—¿No es usted un noble?
—Sí, soy un noble. Entonces solo hay una cosa que debes hacer.
Un sudor frío le recorrió la espalda.
—Trabaja para mí. Te pagaré generosamente.
Estaba jodido.
—Ah, será mejor que no intentes escapar. No me gustan los que me desobedecen.
«Sí, claro». Richt, con un cuenco vacío en la mano, se dejó caer como quien se desmaya. Las hojas apiladas volaron por el impacto y luego cayeron otra vez.
Su cuerpo y su mente estaban exhaustos.
En conclusión, las hojas que los espíritus trajeron fueron muy eficaces contra el resfriado. Al ver la valiosa cantidad de hierbas, el médico brilló de emoción, pero no las codició. Parecía saber bien qué les pasaba a los que codiciaban las posesiones de los nobles.
«Pero no tengo un uso inmediato para esto».
Guardó las hojas que el médico procesó y le entregó, pero no tenía dónde usarlas de momento.
«Bueno, siempre puedo venderlas luego».
Cómo parecía una medicina valiosa, las guardó. Cuatro días después se levantó de la cama, con el cuerpo dolorido. Se cambió y, al salir, encontró a Loren justo delante de la puerta.
—¿Se ha levantado? —Loren saludó a Richt y miró sus hombros con expresión afligida.
En cada hombro había tres espíritus sentados. Ahora que lo pensaba, la mitad eran espíritus de Loren; ¿por qué no habían vuelto con él?
Loren observó largo tiempo a los espíritus aferrados a Richt y finalmente se soltó.
—Lord Abel lo está llamando. —dijo con voz apesadumbrada, mientras dejaba caer los hombros.
«No quiero ir».
Richt caminó lo más lento que pudo, pero solo consiguió ganar un poco de tiempo.
—Estás aquí.
Abel se había quitado la camisa y blandía la espada. En la novela decía que la espada era mucho más grande y pesada que las que usan los caballeros habituales. Al manejarla con mucha más rapidez que otros, su poder destructivo era inmenso.
Además de la espada, había algo más igualmente demoledor: su pecho cubierto de músculos. Con esa musculatura podría parecer tosco, pero gracias a la cintura esbelta y las piernas largas no daba esa impresión. Y encima su apariencia era notable, por lo que los ojos de las mujeres del pueblo que observaban brillaban. Si no fuera por su condición de noble, se pegarían a él sin dudar.
«Su cuerpo está bastante bien».
A pesar de que la espalda estaba hecha un desastre por culpa de cierto bastardo, en general sus músculos bien formados eran sumamente atractivos. Si Richt pudiera renacer, deseaba tener un cuerpo así.
—Tu mirada es impura. —Abel tomó la toalla que le ofreció un caballero cercano.
—No es lo que crees.
—Bueno, como sea. Hoy te he llamado porque quiero que hagas algo.
—¿Qué es?
—Corre alrededor.
—¿Perdón?
Loren añadió una explicación a las palabras de Abel.
—Quiere que corra por el patio.
—… ¿Por qué tengo que correr?
—Porque vamos a estar juntos a partir de ahora, así que es bueno saber hasta qué condición física tienes.
«¿Eso ya estaba decidido así de repente?», Richt apretó los dientes. Realmente era un hombre arbitrario.
—Acabo de levantarme de la cama.
—Lo sé. El médico dijo que poco a poco puedes empezar a moverte.
«¿Correr por el patio es “poco a poco”?»
Richt contuvo la respuesta que afloraba en su boca y se estiró ligeramente. Aunque su condición fuera pésima, ¿no podría dar una vuelta por el patio? En su día había recibido entrenamiento de esgrima. Al pensar de esa manera, salió adelante confiado.
Una vuelta. Lo hizo bien.
En la segunda vuelta, comenzó a cansarse.
Al parecer su cuerpo aún no se había recuperado, además, el patio era más grande de lo que parecía.
A la tercera vuelta, sus pasos se ralentizaron. Al correr miró casualmente a Abel, que lo observaba con mirada burlona y le vino un coraje obstinado. Aunque el aliento le faltara, Richt no detuvo los pies. Su cuerpo estaba hecho un desastre, pero tenía determinación.
—[¡Ánimo!]
—[¡Vamos!]
Los espíritus del viento lo animaban.
Loren miraba a Richt con una mirada melancólica. Más exactamente, miraba a sus espíritus que colgaban del cuerpo de Richt.
—¿Pero está bien esto? —preguntó bajando la voz y fijando la vista en los espíritus.
—¿Qué quieres decir?
—Que ‘él’ es Devine.
—Sí, es Devine.
Aunque se había presentado como Tigre, no era difícil para Abel darse cuenta de la mentira. Por mucho que intentara ocultarlo, el cuerpo no miente. El corazón que latía más rápido de lo habitual, las pupilas dilatadas. La diferencia era mínima respecto a otras personas, pero no tanto como para no ser detectada.
—Aunque lo sabes ¿seguirás haciendo que corra por el patio?
—Él lo negó ¿o no?
—¿Y con eso cambia que ese tipo sea un Devine? No sabemos qué alboroto puede armar más tarde. ¿No pretendes fingir que te crees la farsa y llevarlo discretamente a la capital?
—Eso es lo que pensaba.
—¿De verdad?
—Sí.
Loren lanzó una mirada de duda, pero no pasó de eso. Aunque Abel se interesara y castigara a Devine hasta la muerte, lo que él podía hacer era muy poco.
Solo fingiría que intentaba detenerlo.