Capítulo 23. Azul y violeta

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Volumen IV .- La habitacón del ángel

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Volumen IV— La habitación del ángel

Capítulo 23 — Azul y violeta

Un mes después. Aeropuerto Internacional John F. Kennedy, Nueva York.
Leo y Li Biqing salieron de la terminal arrastrando sus maletas y subieron a un taxi detenido a la entrada del aeropuerto.
—103 East 86th Street, Manhattan —dijo el agente federal, vestido de civil—. Y, por favor, ¿podría bajar un poco la música?
El conductor, un hombre negro con la cabeza llena de trencitas finas, no pareció oírlo. Movía los hombros al ritmo del estruendo que salía de la radio, y los colgantes de su cuello tintineaban como si fuera un rapero satisfecho de su propio arte. Solo cuando la canción entró en un pequeño interludio abrió la boca para responder:
—¿Bajar la música? ¿Oiga, cree que esto es Bandari? Amigo, tu sentido musical necesita refuerzo. No gastes toda tu energía en escoger ropa de marca —añadió, lanzándole por el retrovisor una mirada cargada de desprecio hacia la ropa evidentemente cara del pasajero—. Las apariencias no importan. ¡Lo que importa es el alma! ¿Sabes? ¡El alma! Solo el hip-hop puede liberarla, dejarla volar. Como Tyler, The Creator. Escucha esta parte…
Se puso a rapear, golpeando el volante con los dedos a un ritmo frenético. Un SUV adelantó por el carril contiguo y su conductor asomó la cabeza por la ventana para gritarle:
—¡Vas ocupando medio carril, idiota!
—Ese… ¿cómo? ¿The Creator? —preguntó Biqing en voz baja, sentado junto a Leo—. ¿Es… “el Creador”? ¿Como un dios?
Leo meditó un instante.
—Quizá algún líder de secta rara. Qué más da. Creencias así no son asunto nuestro… a menos que acaben con gente quemándose viva.
El conductor les dedicó una expresión que gritaba: “Estos ignorantes no tienen salvación”.
Cuando bajaron del taxi, Leo pagó la tarifa y luego golpeó con fuerza la puerta del conductor.
—Eh, músico. Cómprate un ambientador y limpia el olor de este coche. Y la próxima vez que fumes marihuana aquí, o que veas a un pasajero fumando sin avisar a la policía, les entregaré tu nombre y tus placas.
El insulto que el conductor estaba a punto de soltar se quedó atrapado en su garganta cuando vio la identificación del agente: fondo blanco, letras azules, y el águila dorada.
—¡Ha sido mi error, señor! Lo juro, no volverá a pasar. Lo juro por Dios… no, por el bebé que mi novia lleva en el vientre. ¡No me arreste! Si lo hace, seguro que ella le buscará otro padre a mi niña… bueno, quizá un niño travieso… ¡Lo juro, es la última vez! Me olvidaré para siempre de la marihuana, de la ketamina… ¡hasta de cómo se deletrean!
Tras una ronda frenética de disculpas, el taxi salió disparado entre el tráfico.
Biqing se doblaba de la risa.
—Siempre siento que estos afroamericanos vienen con un humor absurdo incorporado. Es imposible hablar en serio con ellos. ¿Eso es… no sé, un rasgo cultural?
—¿Un rasgo cultural? Quizá —rió Leo, dándole un golpecito en la visera de la gorra—. Igual que los chinos son buenos para calcular hasta el último centavo. Pero no lo digas delante de ellos, o te ganas un puñetazo.
Entre bromas, entraron en un edificio de dos plantas con buhardilla. Leo sacó la llave y abrió la puerta; un aire rancio y húmedo, propio de un lugar tiempo sin habitar, los envolvió. Abrieron todas las ventanas, corrieron las cortinas y, una vez el aire circuló, la atmósfera resultó mucho más amable.
El sol del verano entraba a raudales por los amplios ventanales, bañando el interior blanco del apartamento con una luz cálida y brillante. Biqing observó la decoración: sofás de diseño, muebles de alta gama, alfombras de cachemira de patrones sobrios, pequeños ornamentos exquisitos y adornos de madera rústica en las paredes. Todo se unía para crear un ambiente que mezclaba hogar y arte con naturalidad. En pleno Manhattan —ese pedazo de tierra donde el metro cuadrado cuesta una fortuna—, aquel apartamento se mantenía firme, elegante y lleno de personalidad.
—¡Es increíble! —exclamó Biqing—. ¿Es tu casa, Leo?
—No. Es la casa de mis padres —respondió con seriedad—. Están de vacaciones por Europa, así que podemos hospedarnos aquí por un tiempo.
Biqing frunció el ceño.
—¿La casa de tus padres no es tu casa? Si yo le dijera a mis padres “oye, voy a tomar prestada la casa un rato”, me caerían a gritos.
Leo vaciló unos segundos antes de encogerse de hombros.
—Diferencias culturales. Es difícil de explicar.
—Vale, entonces no expliques —dijo el muchacho con comprensión.
Leo sonrió.
—Pero tienen dos dormitorios. Me dijeron que siempre los mantienen tal y como estaban cuando yo y Molly éramos adolescentes. ¿Quieres verlos?
—¡Por supuesto! —dijo Li Biqing, entusiasmado, mientras le tomaba de la mano—. Guía tú, quiero ver los restos de su juventud.
Leo se quedó ligeramente desconcertado. La suavidad cálida que rozó el dorso de su mano era tan agradable que resultaba casi adictiva. Instintivamente, devolvió el gesto y estrechó aquella mano algo delgada, encerrándola en su palma como un viajero exhausto que, tras perseguir durante largo tiempo a un cervatillo, por fin logra atraparlo: ansioso por hincarle los dientes, por devorarlo entero, pero al mismo tiempo incapaz de profanar la belleza de su pelaje y el fulgor vivo de sus ojos. Aquella mezcla de emociones era tan contradictoria, tan extraña, que él mismo no llegaba a comprenderla, mucho menos a aceptarla.
Como si sostuviera una castaña dulce recién sacada del fuego —ardiente y tentadora a la vez—, retiró la mano con dolor y desgana, adelantó el paso y abrió una puerta cerrada.
Li Biqing miró a su alrededor, curioso. Era el típico dormitorio de un chico adolescente: cortinas, sábanas y muebles en tonos de azul limpio; pósteres deportivos y militares pegados en paredes y techo —al fin y al cabo, esas cosas siempre fascinan a los muchachos—. Sobre el escritorio había una lámpara de mesa con una forma extraña, que a primera vista parecía el esqueleto reducido de un alienígena: púas afiladas, una cola de escorpión y una belleza oscura y siniestra, con un brillo rojizo palpitando en las cuencas de los ojos.
—¿Qué es esto? —preguntó mientras tocaba los ganchos afilados del soporte metálico, que parecían sacados de un animal real.
—Son huesos de gato. Cuando tenía diecisiete años encontré en la carretera el cadáver de un gato atropellado. Me vino una idea: quité la piel y la carne, saqué el esqueleto completo, lo blanqueé, lo monté de nuevo y le añadí una bombilla, los cables y la base metálica. Y salió… esto. —Leo se rió de sí mismo, como si aquel trabajo artesanal le pareciera ahora tosco, muy lejos de lo “genial” que le pareció entonces.
—Tienes muchísimo talento, Leo. Esta cosa parece tomada de una película de terror. ¿No te daba pesadillas encenderla por las noches? —preguntó el chico de origen chino, admirado.
—Para nada. Creo que corro con más valor del promedio… quizá sea una de las razones por las que acabé en este trabajo. Y hablando en serio, no me gustaría que aceptaras la recomendación del doctor Claremont. Estar siempre en contacto con la parte más oscura del mundo —sangre, cadáveres, asesinatos, deseos retorcidos—… antes de que te des cuenta, esas emociones negativas empiezan a corroer la mente. Como los soldados que vuelven del campo de batalla incapaces de apagar los disparos que resuenan en su cabeza, viendo enemigos entre civiles y actuando sin control… Los compañeros del departamento de homicidios, casi todos, tienen algún problema psicológico, aunque sea leve.
—¿Y qué hacen ustedes?
—Terapia. La sanidad pública cubre las consultas. Además, nos someten a evaluaciones psicológicas y test psiquiátricos con regularidad.
—¿Y si alguien no pasa esas evaluaciones?
—Ahí se complica. Pueden suspenderlo del servicio, dejarlo en casa hasta que el psicólogo le firme un certificado que le permita volver al trabajo.
Li Biqing suspiró con cierta solemnidad.
—Vaya, parece que cada profesión tiene lo suyo. Ser un flamante agente del FBI no es tan fácil como lo pintan.
Leo sonrió y luego preguntó:
—¿Quieres ver la habitación de Molly?
—Si me dices que su habitación de cuando tenía dieciocho estaba llena de minifaldas escotadas y ositos rosados, no te creo —respondió el futuro cuñado.
—Parece que la conoces mejor de lo que imaginaba —dijo Leo mientras avanzaba por el pasillo y abría otra puerta—. Puedes comprobarlo tú mismo.
La estancia estaba teñida de un tono violeta tan oscuro que rozaba el negro. Los muebles eran de líneas simples y angulares, sin volantes, sin lazos, sin adornos frívolos; todo colocado con precisión, en el lugar exacto. El conjunto destilaba una elegancia sobria, eficaz y modernidad, casi aristocrática, una estética difícil de asociar a una adolescente.
Li Biqing soltó el aire.
—Lo sabía. La habitación de Molly tenía que ser así —murmuró, como si a través de aquella penumbra violeta contemplara los años que habían convertido a la muchacha en la mujer que pronto sería su esposa. Sus ojos brillaban con una mezcla de comprensión y ternura.
Aquel brillo lo alegró por Molly… pero al mismo tiempo le clavó en el pecho una punzada desconocida.
Leo cerró el puño, las uñas marcándole la palma.
¿Qué demonios estás pensando, Leo? se reprendió. ¡Es el prometido de Molly! No, aunque no lo fuera… no puedes permitirte esta absurda ilusión por otro hombre.
¿Sería un efecto secundario por haber aumentado la dosis del medicamento sin permiso? Sentía que un rincón de su cerebro empezaba a desmoronarse como un castillo de arena donde el viento derriba, grano a grano, los muros firmes hasta convertirlos en polvo disperso.
—…Leo. ¡Leo!
Volvió en sí de golpe.
—Leo, ¿estás bien? —preguntó el otro, inquieto—. Llevas minutos sin moverte, ni siquiera parpadeabas. Me asustaste.
Leo respiró hondo.
—Estoy bien. Solo pensé en algo y me quedé en blanco.
—¿En qué pensaste?
—…Ya no lo recuerdo.
Li Biqing lo miró sorprendido, luego rió.
—Debes de estar agotado. No pienses en cosas que te rompan la cabeza. Estamos de vacaciones, ¿sí? Vacaciones. Así que descansa, relájate. Puedes elegir: dormir, escuchar música, jugar en el ordenador… o acompañarme al supermercado a comprar suministros y comida.
Leo lo meditó un momento.
—Me quedo con la última opción. Vas a necesitar un coche para llevar lo que compres. Estoy seguro de que será más de lo que puedas cargar tú solo.
—Sí que lo es. De verdad parece una ciudad solitaria: preciosa hasta morir, pero sin la menor pizca de vida cotidiana. Jamás había visto una nevera tan vacía; si no la lleno, me siento incómodo. Menos mal que le pediste a la vecina que limpiara antes, porque si no hoy habría tenido que hacer una limpieza a fondo… —el chico de origen chino murmuraba sin parar mientras se ponía los zapatos en la entrada.
Leo lo seguía de cerca. Lo escuchaba hablar, uno tras otro, de todos los planes además de la compra, y sentía que aquella vida le resultaba a la vez extraña y cálida, como una melodía suave y delicada, de esas que uno podría escuchar cientos de veces sin cansarse.
A él le encantaba la música ligera.
Esa noche, se acurrucaron en el sofá a esperar la transmisión en directo de la NBA, rodeados de cervezas y aperitivos sobre la mesa de centro. Los anuncios eran tan aburridos que Leo no paraba de bostezar; extendió la mano y tomó media edición del New York Times para distraerse.
Li Biqing, en cambio, se batía contra un artículo larguísimo que lo abrumaba; el inglés denso aún le imponía cierto respeto. Muy pronto sus ojos se posaron en los cuadrados de anuncios, mucho más amigables.
—…¿Destino vacacional? ¿Cabañas junto al lago? “Protegidas por el bosque, rodeadas por el gran lago; disfrute del paseo en bote, la pesca, la caza; disfrute de la tranquilidad y de la abundante…” ¿De la abundante qué? —levantó la vista, perplejo.
Leo acercó el rostro para leer.
—Anion: iones negativos.
—Oh —el muchacho siguió leyendo—. “Tanto si le interesa la vida saludable, el descanso familiar o la exploración al aire libre, somos su mejor elección… Noroeste de Nueva Jersey, cerca de las montañas Kittatinny, muy cerca de Nueva York”. ¿Qué opinas? ¿Te interesa? —preguntó, moviendo las pestañas con curiosidad, con una expresión clarísima: vamos, vamos, yo quiero ir.
Leo no se contuvo y revolvió el cabello castaño del otro, sonriendo.
—Está bien, vamos.
—¡Genial! —exclamó él, saltando del sofá, olvidándose hasta del partido—. ¡Tú llama para reservar y yo voy preparando las cosas!
—Es de noche. Tendrás que esperar hasta mañana para llamar —Leo lo atrapó y lo devolvió al sofá—. Mira la televisión con calma y luego a dormir temprano. Mañana haces las llamadas y preparas lo que quieras. Tenemos mucho tiempo.
—Es cierto, todavía falta un mes… Tenemos tiempo de sobra —dijo Li Biqing, algo cohibido—. Y además, tu herida aún no está bien. Deberías descansar. Mejor no vamos.
Leo frunció el ceño.
—¿Qué descansar ni qué niño muerto? ¿Quieres atarme a la cama? Vamos, que conozco mi propio cuerpo. Esos huesos ya soldaron hace tiempo. No tengo ningún problema.
—Tonterías. ¿Cómo van a soldar tan rápido? Ya sabes lo que dicen: “lesión en los huesos, cien días de reposo”.
—Eso es para la gente normal. Yo no soy normal. Además… ¿respirar más iones negativos no es bueno para la salud?
—…Está bien, tus iones negativos ganaron. Pero prométeme que tendrás cuidado. Nada de moverte demasiado, sobre todo el área del corte y la fractura.
—Tendré cuidado. Oh, mira, ya empezó el partido —dijo Leo, señalando la pantalla con la barbilla—. A ver, ¿quién gana? ¿Los Rockets o los Thunder?
—¿Vamos a apostar? Yo voy por los Rockets. ¿Y la apuesta?
—Yo apuesto por los Thunder. El perdedor lava la ropa del otro por una semana.
—¿Incluye calzoncillos y calcetines?
—Claro que sí.
—OK, trato hecho.
Hora y media más tarde, Leo lanzó un alarido:
—¡Thunder! ¡Qué vergüenza dan!
—Ja, 107 a 100. Perdiste —canturreó Li Biqing—. Me lavarás la ropa una semana entera. Incluidos calzoncillos y calcetines. Ni se te ocurra retractarte.
—Soy un herido. Pido un trato especial. ¿Un día?… Bueno, tres días. ¿Tres días está bien?
—Petición denegada. ¿No eras tú el que decía que “no tenías ningún problema”? Una semana es una semana.
Leo enterró la cara en el cojín del sofá y gimoteó:
—Dios mío, odio lavar la ropa…
—Si quieres, podemos cambiarlo por lavar los platos una semana.
—…Mejor la ropa. Al menos existe la lavadora.
—¡Pero los calzoncillos y los calcetines deben lavarse a mano!
—¡¿Por qué?! ¡También son ropa! ¡Esto es discriminación por especies!
—Sin peros. Y si no te gusta, mañana podemos apostar de nuevo. Así pones en juego la ropa de la semana siguiente.
—…Más bien mañana cambiemos de apuesta.
—Jajaja.
Después del partido, tras acabar con todas las cervezas y aperitivos, ambos regresaron a sus habitaciones con el estómago lleno.
Leo se detuvo ante la puerta de su cuarto. Observó a Li Biqing caminar hacia la habitación de Molly, conteniendo como podía el amargo brote de celos que le subía al pecho. Sonrió.
—Buenas noches.
—Buenas noches —respondió él, volviéndose.
La luz tenue del pasillo lo envolvía; bajo la sombra del flequillo, sus largas pestañas caían sobre los ojos como la niebla sobre un lago, ocultando corrientes invisibles de emoción.
Por un instante, Leo creyó que él avanzaría un par de pasos, que lo abrazaría… o quizá algo más. En aquella bruma había vislumbrado algo familiar. Como un relámpago atravesándole la mente, un recuerdo que había sellado con esmero emergió desde las profundidades.
«Su rostro, bajo el cabello negro, aparecía pálido como el papel a la luz de la linterna; la sangre en sus labios era de un rojo desgarrador, y sus ojos oscuros lo miraban desde abajo, colmados de ternura y de deseo.
»Su rostro, acercándose lentamente. No sabía quién había tocado a quién primero. El sabor metálico de la sangre se extendía entre ambos, ardiente hasta quemar la lengua, dulce hasta doler.
»Él lo había besado.
»Estaban cubiertos de sangre y sudor, con el olor a pólvora impregnado hasta en los mechones de cabello. Se besaban frente a aquella pared llena de agujeros de bala, con una fuerza estremecedora, casi salvaje, pero a la vez perfectamente sincronizada, excitante y serena».
En ese instante, el chico que tenía delante le recordó a un asesino en serie. A uno al que había perseguido durante un año entero, decidido a llevarlo ante la justicia, y que, aun así, terminó tratando con indulgencia cuando por fin lo atrapó.
Sha Qing.
En ese mismo momento, el otro se volvió, y su mirada desapareció. La magia se disipó. La ilusión se desvaneció en un suspiro.
Leo se quedó inmóvil en la puerta de su habitación, avergonzado de sus propios pensamientos desbocados: ¡había llegado a ese punto de desesperación! Si Li Biqing no se hubiese girado justo a tiempo, probablemente habría perdido toda razón, lo habría empujado contra la pared y lo habría besado sin medir consecuencias. Solo de imaginar los problemas que vendrían después, la confusión y el desconcierto del muchacho, sus propias explicaciones sin pies ni cabeza, la dificultad para mirarse a la cara después, la incredulidad y la furia de Molly, solo con pensarlo, la cabeza le dolía como si fuese a estallar.
La suerte, dentro de lo malo, era que nada de eso había llegado a suceder.
Lo malo, dentro de lo bueno, era que, si no resolvía ese desorden inexplicable dentro de sí, tarde o temprano ocurriría.
Recordó entonces a Rob. Poco después de empezar a trabajar juntos, una vez que Rob se emborrachó en un club nocturno, él intentó meterlo en el coche; aquel idiota lo agarró del cuello de la camisa, borracho perdido, y le preguntó:
—Leo, eh… ¿tú eres… recto o torcido?
—¡Torcido tu maldita madre! —le había respondido él, dándole un puñetazo en el estómago que hizo que Rob vomitara como una cascada.
Ahora aquella frase resonaba de nuevo en su cabeza: “Leo, ¿eres recto o torcido?”
Y descubrió que ya no tenía el valor de contestar con tanta seguridad.
¿Había algo más trágico? Como cuñado, estaba desarrollando sentimientos que superan con creces lo aceptable hacia su futuro cuñado… No, quizá había algo aún más trágico: como policía, había cruzado un límite emocional inadmisible con un asesino en serie.
Leo no sabía cuál de las dos cosas era más oscura y desesperante.
Solo sabía que necesitaba acudir a un psicólogo. Y, desde luego, no al que ofrecía el departamento de forma gratuita.

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