El rey del Ártico – Oso polar
Tras lo que Odys había hecho, la suavidad deliberada de su consuelo y la fatiga de casi todo el día, hicieron que Qiao Qixi finalmente cayera en un sueño profundo.
Pero, antes de dormir, su corazón estaba inquieto.
Acostumbrado a recibir los cuidados meticulosos de Odys, Qiao Qixi casi llegaba a olvidar la verdadera naturaleza de aquel oso: un rey solitario del hielo. Su fuerza no estaba en duda; en su esencia, era competitivo y despiadado.
Los machos de oso polar atacan a los cachorros no solo por hambre, sino porque instintivamente saben que deben eliminar cualquier amenaza o competencia, aunque sea un pequeño aún en crecimiento. Era un instinto salvaje, inscrito en los genes, como un recuerdo hereditario. Como un gatito que busca el pezón de su madre sin siquiera haber abierto los ojos, estas memorias se transmiten de manera casi inconsciente.
El potente rugido de Odys no solo estuvo a punto de asustar a Qiao Qixi hasta hacerlo orinar, sino que también le recordó algo esencial: como pequeño oso macho, él sería el rival de Odys en el futuro.
No era presunción; era la cruda realidad.
A ojos de Odys, Qiao Qixi era un competidor que arrebataba recursos vitales y posibilidades de reproducción. Que Odys no lo hubiera devorado y, en cambio, lo criara, ya era un fenómeno extraordinario.
Pero, ¿hasta cuándo duraría esa “anomalía”?
La intuición de Qiao Qixi coincidía con la mayoría de los investigadores: el verdadero punto de inflexión de esta amistad poco convencional sería el primer celo de Odys.
Del verano a la primavera, apenas faltaba medio año.
Pronto, Odys descubriría que había cometido un negocio perdedor: criar a un cachorro inútil que le reduciría su propio espacio vital y, seguramente. lo expulsaría de su territorio… o al menos, le daría una buena paliza antes de hacerlo.
—…Qué miedo.
El pequeño oso, acurrucado en el regazo de Odys, era un alma cargada de preocupaciones. El rugido ensordecedor había creado un abismo invisible entre ellos. Una cercanía aparente, pero con corazones separados. Odys estaba en guardia ante un futuro rival; Qiao Qixi, ante la posibilidad de que Odys despertara de su paciencia y lo devorara.
Pensarlo así le resultaba doloroso. Como en los antiguos tiempos, entre reyes y vasallos: una relación marcada por el afecto y la desconfianza a la vez.
Al final, la mente de Qiao Qixi se relajó y sucumbió al sueño.
Cuando despertó, el sol brillaba igual que siempre y la brisa marina traía un calor suave. La madre osa y sus crías habían desaparecido; Odys no estaba a su lado.
Solo él, un pequeño oso, descansaba bajo la sombra, custodiando su terreno de descanso en solitario.
Las situaciones así eran raras. Una mínima separación podía significar pérdida de favor y, después, la temida expulsión.
Qiao Qixi buscó su pequeño cubo amarillo, su única posesión privada que podía llevarse consigo. Encontrarlo le dio un alivio momentáneo.
Mientras lo buscaba, vio a Odys. El gigante estaba en la superficie del mar, agazapado, paciente, esperando a su presa. Su imponente silueta transmitió a Qiao Qixi una chispa de seguridad.
Pero sabía que no debía sentirse así.
Qiao Qixi miró el enorme lomo de Odys con un dejo de preocupación. No quería depender tanto de él y se reprochaba su propia cobardía. Ayer había estado demasiado asustado para enfadarse, y ahora, al recordarlo, sentía tristeza y frustración.
¿Cómo podía Odys rugir con tanta ferocidad? Todavía, en su memoria, el sonido retumbaba con fuerza.
El pequeño oso polar, recostado de lado bajo la sombra, abrazó sus patas y reflexionó seriamente: ¿podría sobrevivir si algún día se separara de Odys?
¿Cuál era la probabilidad de supervivencia solo hasta el invierno? Qiao Qixi se palmeó su redondeado vientre y, con un brillo travieso en los ojos, pensó que valía la pena intentarlo.
Aunque los días junto a Odys eran tranquilos y cómodos, no ayudaban a convertirse en un verdadero rey del hielo. Salir a explorar, probarse a sí mismo y enfrentar peligros era, sin duda, un buen entrenamiento.
Claro que debía admitirlo: la idea de escapar surgía también de su pequeño ego y su exagerada sensibilidad. Un ser con pensamiento y raciocinio como él no podía depositar su afecto en Odys, cuya vida dependía casi por completo del instinto. Sería injusto para él… y también para Odys, que nunca había prometido soportar expectativas humanas.
Si la separación era inevitable, si esa distancia estaba marcada por el destino, mejor sería tomar la iniciativa, dejar que la emoción guiara la decisión.
—Bien. Hoy me voy de viaje, con mi pequeño cubo amarillo —se dijo Qiao Qixi, respirando hondo.
El ruido del mar y el viento jugaba a su favor, aumentando sus probabilidades de escapar sin ser descubierto. Para no alertar a Odys, que aún estaba concentrado en la caza, Qiao Qixi desplegó toda su habilidad de sigilo: patas y hocico ligeros, respiración contenida, movimientos tan silenciosos como un susurro.
Con delicadeza tomó su cubo, un movimiento tras otro… y entonces surgió un problema: aún no había decidido la dirección de su travesía.
Levantó su redonda cabeza, observando la entrada del afluente. Podría cruzar hacia la otra orilla y aventurarse más lejos, pero la corriente era amplia y fatigosa para un pequeño oso.
El interior del afluente llevaba hacia tierra firme; el agua era más estrecha, más fácil de nadar, pero el peligro acechaba en el territorio desconocido. Un oso sin experiencia, sin fuerza, corría riesgos graves.
Tras meditarlo varias veces, decidió regresar al afluente por donde había llegado. Aunque podría toparse con la madre osa, sus crías y no sabía si eso le acarrearía un regaño, no había otra opción segura. La vida raramente ofrecía garantías, así que… había que intentarlo.
Con su cubo en la boca, Qiao Qixi avanzó sigilosamente.
Odys, desde la superficie del mar, mantenía sus ojos grandes, circulares y penetrantes fijos en las aguas, concentrado en las ballenas que nadaban cerca. A diferencia del pequeño oso, que a veces actuaba con impulsividad, Odys nunca se movía sin tener absoluta certeza de su objetivo. Cada acción debía ser eficiente; cada movimiento calculado.
Además, no tenía tanta hambre; su salida era más por precaución, para asegurarse de que Qiao Qixi no pasara hambre mientras dormía.
No podía imaginar que, en ese instante, el pequeño se escabullía sin hacer ruido, fuera de su campo visual. Mientras no atrapara a la ballena que había marcado como objetivo, Odys no desviaría su atención; cualquier movimiento extraño debía ser casi inevitable para que él lo notara.
Gracias a esa concentración, Qiao Qixi logró mantenerse fuera de su vista. En el camino se encontró con la madre osa y sus crías, pero estos no parecieron notar su presencia.
—¡Perfecto! —pensó, dando pequeños saltos de alegría—. ¡Libertad, allá voy!
El viento jugaba con su pelaje, la luz del sol brillaba sobre su pequeño cuerpo. Incluso las hierbas a su alrededor parecían inclinarse en reverencia ante su decisión valiente. Su corazón latía con fuerza; la sensación de aventura llenaba cada fibra de su ser.
De pronto, un chapoteo rompió la calma del agua. Una gran silueta blanca se zambulló con velocidad, causando caos entre las ballenas cercanas. Solo una de ellas era el objetivo de Odys; el resto no le importaba. Su atención era total, y su instinto letal impecable.
A diferencia de Qiao Qixi, que cerraba los ojos cada vez que se sumergía, Odys nunca los cerraba. Después de cada caza, sus ojos mostraban un leve enrojecimiento. La eficiencia era su protección: cuanto más preciso fuese, menor daño sufrirían sus ojos por el agua salada.
Odys había aprendido que después de los cuatro años su tasa de fallo era mínima… aunque hoy había fallado.
Y Qiao Qixi, ajeno a todo, continuaba su pequeña travesía hacia lo desconocido.
El enorme cuerpo del oso polar emergió del agua con un estruendoso chapoteo, sacudiéndose rápidamente para desalojar el agua de su cabeza.
Su expresión era un misterio: tras un intento fallido de caza, era difícil adivinar si sentía frustración, irritación o simplemente resignación. Solo su mirada, al volver hacia la superficie del mar, delataba un atisbo de insatisfacción. Quizá había sido impaciente, demasiado ansioso por capturar una ballena y arrastrarla a la orilla para alimentar al pequeño oso que dormía plácidamente.
Odys, húmedo y reluciente bajo el sol, se levantó del agua. Su pelaje pegado al cuerpo musculoso reflejaba la luz, y sus pupilas se contraían, transformando su mirada de redonda a almendrada. Lame el agua de su hocico y giró la cabeza, evaluando un nuevo lugar para continuar la caza.
Mientras tanto, su instinto lo guiaba hacia la orilla: con paciencia, apoyando sus enormes patas sobre las rocas del mar, levantó la vista hacia la sombra del árbol donde esperaba encontrar al pequeño Qiao Qixi.
Pero sus ojos se abrieron más de lo normal, entre sorprendidos y desconcertados. En la memoria de Odys, el pequeño debería estar dormido allí, acurrucado bajo el árbol. Su cubo amarillo, inseparable compañero, tampoco estaba.
Un dilema breve: continuar la caza o volver a investigar. Odys dudó apenas un segundo… y sus enormes patas se dirigieron hacia la orilla, acelerando cada vez más.
El árbol estaba vacío. Qiao Qixi había desaparecido. La mirada de Odys recorrió el terreno, abarcando la playa y la orilla… y nada. El pequeño oso no estaba.
Algo inusual estaba ocurriendo. Difícil de comprender para cualquiera, pero no para Odys.
Con solo seguir el rastro del olor, pudo localizar al pequeño escapista. Sin perder tiempo, corrió tras él, húmedo y pesado, pero con pasos seguros y medidos.
Cuando su sombra pasó frente a la madre osa, ésta y su cachorro se quedaron perplejos, contemplando cómo un enorme macho perseguía a otro oso… ¡una situación que desafiaba cualquier lógica de la vida ártica! Pero, como siempre, las cámaras de los drones registraron cada detalle.
Por su parte, Qiao Qixi había logrado avanzar unos diez kilómetros a escondidas. Sí, ¡diez kilómetros! Pero aún no había salido del rango de olfato de Odys.
Al ver la silueta del pequeño, Odys aminoró el paso, vigilante y cauteloso. Sin emitir un solo sonido, su instinto lo hacía mantener el control: rodear y contener al objetivo era una estrategia instintiva, reflejo de la profunda posesión que sentía por Qiao Qixi.
El pequeño, al percibir a Odys a solo diez metros, sintió un zumbido en la cabeza: ¡estaba atrapado! Su primera reacción fue huir desesperadamente.
Pero antes de que pudiera trazar una ruta de escape, una sombra pasó sobre él… no, mejor dicho, un golpe de viento: azotó su pelaje, desordenó su pelo y, con él, sus nervios.
Odys frenó a tiempo, evitando aplastarlo con su cuerpo gigantesco. Sin embargo, la “segunda tortura” era inevitable: mordió con firmeza la piel del cuello de Qiao Qixi, presionándolo hacia abajo, asegurando que no pudiera escapar.
El cubo amarillo salió volando, golpeando la arena a lo lejos. Qiao Qixi sintió un dolor agudo en la nuca y un miedo paralizante.
—¿Por qué… por qué me haces esto? —se preguntó, con la mente entre el dolor y la confusión.
Odys, frío y calculador, solo lo miraba. Sus ojos, grandes y penetrantes, lo evaluaban, transmitiendo sin palabras un mensaje claro: —No hay escape… todavía eres mío.
El gran cuerpo de Odys, que lo había perseguido con tanta fuerza, parecía enfadado… ¿por qué? ¿Por haberse escapado? No debería ser así. Menos “un holgazán” al que alimentar, ¿no debería Odys estar feliz? Entonces, ¿por qué estaba enojado?
Qiao Qixi sabía que no obtendría respuesta alguna a estas preguntas. Pero ese no era el punto.
— ¡Ay, duele!
—¡Uuuu…!¡mmm…! —el pequeño no tenía lágrimas, pero realmente estaba llorando.
Al escuchar esos sollozos, Odys relajó los dientes sobre la nuca de Qiao Qixi y comenzó a lamer la zona que había mordido. No había heridas, ni sangre y no aplicó demasiada fuerza.
Aun así, el pequeño hizo un gran escándalo; cualquiera que lo viera pensaría que le habían arrancado el cuello.
Odys inclinó la cabeza, pegando su hocico al de Qiao Qixi, intentando mirar sus ojos o, más probablemente, analizar su estado a través del olfato. Estaba un poco desconcertado: nunca antes había visto a un pequeño oso “fingir” llorar.
Qiao Qixi también se detuvo en su fingimiento, reflexionando: ¿por qué Odys lo perseguía? ¿Acaso le importaba? No lo sabía, pero había algo que no podía negar: Odys había hecho muchas cosas contrarias a su instinto, como cuidar a un pequeño oso polar.
El pequeño, que había tenido la suerte de ser criado, lentamente se dio la vuelta y se encontró con los ojos negros y atentos de Odys. Desde hacía rato, lo estaba observando. Cuatro ojos se encontraron. No había palabras, solo comunicación silenciosa. Qiao Qixi todavía no entendía lo que Odys estaba pensando.
Parpadeó, fingiendo resistirse, pero de inmediato Odys se dejó caer sobre él, inmovilizándolo. Ahora, ni siquiera respirar libremente era fácil.
Qiao Qixi comprendió entonces: Odys tenía miedo de que escapara.
—¡Uuuu…! ¡mmm…! —El ligero lloriqueo suave consiguió que Odys aflojara un poco su peso, otorgándole un pequeño espacio. Qiao Qixi, aprovechando, se movió un poco más, y Odys, después de un momento, cedió un poco más.
Sabiendo que Odys aún se preocupaba por él, Qiao Qixi se sintió un poco aliviado. Pero no lo suficiente. Decidió vengarse a su manera: mordió el brazo de Odys con fuerza, en el mismo lugar, con más intensidad que antes.
Los ojos de Odys se entrecerraron, sintiendo dolor, pero esta vez no rugió. Probablemente ya había comprendido la razón del pequeño: el escape. Una sola advertencia era suficiente.
—¿Eh? —Qiao Qixi se preguntó si Odys no reaccionaba por el dolor o… porque había dicho algo “malo”.
El pequeño aflojó la mordida y frunció el ceño, pensando y luego repitió la “palabra” que había usado ayer: —¡Auuu!
Odys, de nuevo, no mostró señales de enfado. Incluso inclinó la cabeza y lamió la boca de Qiao Qixi, como animándolo a que siguiera si quería.
Qiao Qixi se dio cuenta de lo absurdo que era intentar interpretar sentimientos complejos en un oso polar… pero no importaba, Odys ya no estaba enfadado. Se calmó, y como señal de reconciliación, lamió suavemente a Odys en el hocico. Era la forma más directa que tenían los animales para mostrar amistad.
Los ojos negros de Odys brillaron ligeramente; al recibir el gesto, se lanzó sobre Qiao Qixi con cariño, lamiéndolo y acurrucándose contra él.
Recorrió no solo su rostro, sino todo el cuerpo del pequeño, demostrando cuidado y afecto. Qiao Qixi se sintió reconfortado: todos sus miedos y sospechas se disiparon. Odys no pensaba tanto; simplemente sentía y eso era suficiente.
Se acurrucó contra el pecho del enorme oso, escuchando un ritmo cardíaco distinto al humano.
Sí, diferente a los humanos… pero ahora, por este instante, eran iguales. No había secretos, ni temor, ni recelo: solo confianza y compañía.
Qiao Qixi se frotó contra Odys que ya se había calmado y el oso, sin necesidad de pensar, devolvió el gesto con igual cariño.
Finalmente, sus pequeños ojos parecían preguntar: —¿Ya basta, no?