Capítulo 25

Arco | Volúmen:

Lluvia, lluvia, vete 03

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

“Lluvia, lluvia, vete 03”

 

Herstal parpadeó.

Sus músculos estaban entumecidos y su visión sumergida en una oscuridad total. Luchó brevemente sobre las sábanas delgadas y desgastadas, dejando escapar un pequeño gemido de dolor entre sus labios. Fue entonces cuando descubrió que sus manos estaban firmemente atadas a la espalda, al igual que sus tobillos.

De acuerdo, evidentemente, “ser aturdido con un táser por un extraño y terminar encerrado en un lugar desconocido” no era una trama que un abogado de la mafia soliera experimentar. Se movió con dificultad y miró a su alrededor.

El aire estaba saturado de un penetrante olor a tabaco. Tumbado de lado, su mirada recorrió el borde de la cama hasta alcanzar el suelo; estaba, para ser exactos, bastante sucio: no solo había una fina capa de polvo, sino también ceniza esparcida y colillas aplastadas.

Se encontraba en un dormitorio sumamente deteriorado, acostado sobre un colchón cuyos muelles estaban a punto de colapsar. Al fondo de la habitación, sentado en un sillón orejero hundido por el uso, estaba el joven que había visto esa mañana.

El joven lo observaba con ansiedad. Tenía una mano apoyada sobre la pierna, vendada de forma descuidada; la sangre se filtraba a través de la gasa. Aquello era, claramente, obra de Herstal.

—¡Buenas tardes, por fin despiertas! —El joven, al notar que volvía en sí, saltó de la silla y llegó a su lado de un par de zancadas. Apoyó una pierna en el colchón, que emitió un crujido ominoso al hundirse. En aquel rostro juvenil, algo pálido por la falta de sol, floreció una sonrisa radiante—. ¡Llevabas tanto tiempo sin despertar que me tenías preocupado! Herstal… ese es tu nombre, ¿verdad?

*Eso es porque me diste con un táser*, pensó Herstal para sus adentros.

—¿Eres tú quien me estuvo siguiendo ayer? —Herstal se apoyó contra la pared, ignorando la pregunta inútil del otro. Con esfuerzo, usando sus tobillos atados como apoyo, ajustó su postura—. ¿Tú eres… Johnny el Cazador?

No era de extrañar que Herstal pudiera adivinarlo; después de todo, leía las noticias: un asesino en serie especializado en secuestrar hombres rubios en lugares solitarios era un tema que causaba furor en la región de los Grandes Lagos.

Y este asesino no solo lo había secuestrado, sino que obviamente lo había investigado a fondo de antemano. Tampoco era sorprendente; bastaba con buscar el nombre de su bufete de abogados en Google para que su foto apareciera de inmediato.

—Me hace muy feliz que recuerdes mi nombre. Por favor, llámame Elliot. —El joven respondió con una enorme sonrisa. Se abalanzó sobre él, rodeando los hombros de Herstal con sus brazos mientras besaba su mejilla de forma atropellada—. Bueno, ya que nos conocemos y sabes qué es lo que hacemos, ¿verdad?

Herstal reprimió con todas sus fuerzas el impulso de retroceder. Dejó escapar una risa baja, un sonido suave como un suspiro:

—¿Qué pasa? ¿Acaso piensas violarme?

****

La luz del mediodía era intensa. Tras la lluvia, era de esperar que el cielo se despejara tanto, pero evidentemente el ánimo de los inspectores del WLPD no había mejorado mucho a pesar del azul radiante.

Albariño Bacchus bajó del vehículo de investigación, seguido por Bates y Olga Morozé. No muy lejos, había al menos tres coches patrulla estacionados. Lavazza McCard y el oficial Hardy estaban de pie en medio del espacio cercado por las patrullas: en mitad de la carretera descansaba un Rolls-Royce Wraith, tan llamativo como fuera posible.

—Oh, Dios mío —dijo Bates con total sinceridad. Ya les habían contado parte de lo sucedido por el camino, pero verlo con sus propios ojos era difícil de digerir.

—Sinceramente, le están pasando demasiadas cosas a Herstal últimamente. Recomiendo encarecidamente que le asignen un programa de protección de testigos —se quejó Olga Morozé en voz baja.

Caminaron hacia la parte trasera del Rolls-Royce, que permanecía solitario en el arcén de emergencia. Hardy los miró con el ceño fruncido por la preocupación.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Albariño Bacchus suavemente.

—Un coche pinchó en este tramo y tuvo que detenerse —explicó Hardy, levantando una bolsa de pruebas que contenía un objeto metálico similar a un abrojo, cuyas puntas brillaban bajo el sol—. Alguien esparció esto por la carretera. El conductor que pinchó vio el Rolls-Royce abandonado con rastros de sangre junto a la puerta y llamó de inmediato.

—Quiero ver la sangre —dijo Albariño Bacchus.

Hardy asintió y los guió rodeando el vehículo. En el suelo, cerca del centro de la calzada, había bastantes manchas de sangre. Algunas formaban pequeños charcos, otras eran gotas desordenadas y algunas habían sido restregadas, dejando una línea larga y alarmante sobre el pavimento.

—Esta vez la víctima ha tenido suerte —comentó Lavazza McCard con aplomo—. Las llaves estaban puestas. Si la primera persona en encontrar el coche hubiera decidido robárselo en lugar de avisar, no sabríamos cuánto tiempo habría pasado hasta notar su desaparición.

Hardy asintió con dolor de cabeza: —Se han enviado muestras de ADN, pero aún no tenemos resultados. Espero que no sea la sangre del señor Amalette . Tenemos su muestra de cuando ocurrió lo de Thomas Norman por seguridad; la comparación será rápida.

Bates ya se había agachado con cuidado junto a las manchas. Sus dedos rozaron el borde seco del charco: —Aunque un análisis de patrones hemáticos no se hace en un momento, a simple vista puedo decir que aquí hubo una pelea.

Todos lo miraron.

Albariño Bacchus habló primero, pues había llegado a la misma conclusión: —El volumen de sangre no es letal, pero tampoco es poco. Esto no es lo que deja una nariz rota… uno de los dos llevaba un arma blanca.

—Las gotas están muy desordenadas; no hay proyecciones de arterias dañadas. Quizás la persona herida no está grave y estas gotas salieron despedidas mientras se movía rápido —añadió Bates, señalando puntos que otros ni notarían—. Y estas marcas de arrastre… alguien rodó sobre la sangre después de que cayera. La ropa absorbió parte y luego volvió a rozar el asfalto. Miren, aquí se quedó marcada la textura de las fibras de la tela.

—Herstal debió de luchar con todas sus fuerzas —señaló Olga Morozé con un suspiro de preocupación—. Es exactamente lo que él haría.

—Sí, el señor Amalette es un hombre valiente, ya lo vimos en el secuestro de Martin Jones —asintió Bates—. Sea como sea, el asesino logró reducirlo. El suelo es demasiado duro para sacar huellas de valor, pero por si acaso mandaré revisar el coche, aunque no creo que el asesino dejara huellas ahí.

Se levantó y volvió con el resto del CSI. Albariño Bacchus seguía mirando la sangre en silencio. Tras un momento, dijo:

—Podría ser un táser o algo similar. Varias víctimas de Johnny el Cazador tenían quemaduras de descargas eléctricas en la piel.

Hardy frunció el ceño: —Si el asesino pensaba usar un táser contra Herstal, no es muy lógico que también usara un cuchillo, ¿no? ¿Apuñalar a alguien y luego cambiar a un táser? ¿Quién haría eso?

—Entonces, ¿la sangre podría ser del asesino? ¿Herstal hirió a Johnny el Cazador durante el forcejeo? —intervino Lavazza McCard con agudeza—. ¿La víctima que conocen suele llevar armas blancas encima?

—Esto es Westland, McCard —bufó Olga Morozé con su habitual hostilidad hacia él—. Aquí todo el mundo lleva algo para protegerse. Estoy segura de que bajo el abrigo de este forense jefe hay un par de fundas para pistola.

Albariño Bacchus le dedicó una sonrisa inocente a Lavazza McCard.

—Bien. Espero que el ADN del charco pertenezca al asesino; eso nos ahorraría muchos problemas —dijo Lavazza McCard con firmeza—. No creo que haya nada más que registrar aquí. Oficial Hardy, continúe interrogando a testigos y amigos de la víctima; quizá alguien cercano notó cuándo empezó Johnny a vigilar a Herstal.

Hardy asintió y dio instrucciones rápidas a un agente.

—Schwandner debería traernos pronto novedades del laboratorio sobre las trazas para reconstruir qué pasó —continuó Lavazza McCard, mirando a Albariño Bacchus—. Doctor Bacchus, he traído de Quantico los informes de las otras víctimas de esta serie. Si está dispuesto, ¿podría revisarlos por si encuentra algo nuevo?

—Encantado —respondió Albariño Bacchus con una sonrisa.

—Morozé… —dijo finalmente Lavazza McCard, con tono inseguro.

—No —respondió Olga Morozé sin levantar la vista del suelo, como si las hormigas que pasaban fueran su única fuente de inspiración.

Tras una pausa incómoda, la voz de Lavazza McCard se suavizó: —Eres consultora del WLPD, te necesitamos. Sabes que eras la mejor de nosotros… Además, Herstal Amalette es tu amigo, ¿no?

—Para mí son transparentes como el cristal, McCard —respondió Olga Morozé frunciendo el ceño—. Mi instinto me dice que no te va a gustar este caso ni lo que vendrá después. Nunca te han gustado los locos, ¿verdad? Westland no es para ti.

—Necesitamos cerrar este caso —respondió Lavazza McCard con el rostro tenso. Asintió hacia ella y caminó hacia el vehículo de investigación.

Albariño Bacchus y Olga Morozé se quedaron allí, como rocas en medio de la corriente azul de agentes del CSI. Albariño Bacchus preguntó:

—En realidad no vas a desentenderte, ¿verdad? Vendrás con nosotros a la jefatura.

—No puedo dejar el caso solo por odio a McCard, y menos estando Herstal de por medio —suspiró Olga Morozé.

Albariño Bacchus se rió: —Supongo que ni siquiera es por Herstal. Para ti, lo imposible de ignorar es la oportunidad de buscar la verdad.

—”La verdad rara vez es pura y nunca es simple” —respondió Olga Morozé.

—Oscar Wilde —añadió Albariño Bacchus con una sonrisa que parecía una máscara fija en su rostro.

—Vámonos —dijo Olga Morozé sonriendo por primera vez en el día—. Hay que darse prisa: dada la extraña obsesión de ese asesino, en cuanto vuelva a llover, Herstal podría morir en cualquier momento.

****

Las manos de Herstal empezaban a entumecerse de estar tanto tiempo atadas a la espalda, pero no esperaba que su situación mejorara: era poco probable que un asesino en serie confiara en él el primer día. Y Johnny el Cazador —quien insistía en que lo llamara Elliot— parecía disfrutar cuidando de alguien completamente inmovilizado.

Había una mirada ardiente y tierna en los ojos del joven; la mayoría lo llamaría amor, pero Herstal prefería llamarlo locura. Elliot estaba sentado al borde de la cama con una caja de comida china para llevar.

—Hora de comer —dijo con voz alegre y suave.

Al ver la cuchara, Herstal supo que pensaba darle de comer en la boca. Todo lo que Herstal sabía sobre Johnny el Cazador era por la prensa; cuando el Pianista de Westland y el jardinero dominical no actuaban, los medios locales se centraban en este asesino interestatal.

Los periódicos decían que no torturaba deliberadamente a sus víctimas, ni las golpeaba o las mataba de hambre, siempre que se excluyera el abuso sexual de la categoría de “maltrato”. Herstal ya se había formado una idea del asesino, y la realidad la confirmaba.

No sabía cuánto tiempo estaría encerrado, así que decidió no recurrir a huelgas de hambre. Aceptó la comida de Elliot, masticando lentamente el arroz grasiento mientras el otro lo miraba radiante de felicidad por su docilidad.

En ese momento, Herstal pensó: si este hombre fuera arrestado y él fuera su abogado, usaría la enfermedad mental como defensa. Era evidente. En menos de cuatro horas, Herstal supo que Elliot era un psicótico de manual, quizá con paranoia. Johnny el Cazador era muy distinto al jardinero dominical. Albariño Bacchus podía ser un psicópata y era dudoso que pudiera empatizar con otros, pero al menos dominaba la técnica de camuflarse entre la multitud.

En cambio, el hombre que tenía delante era incapaz de integrarse. El apartamento polvoriento parecía el hogar de alguien que ha perdido el interés por la vida. Aunque Elliot era guapo, no cuidaba su aspecto, y su coche Ford también estaba sucio.

Herstal notó que Elliot tenía el pelo largo; además de la coleta, tenía mechones frontales recogidos ahora con pinzas. Seguramente, al interactuar con otros, se dejaba el pelo suelto para ocultar su rostro y evitar la mirada ajena. Alguien solitario, excéntrico, que vaga por los márgenes, pero que ahora se despejaba la frente porque quería que Herstal lo mirara.

Era fascinante; en el fondo, Herstal se burlaba. Este asesino buscaba una conexión emocional con su víctima. Eso explicaba por qué cuidaba de ellos hasta que, por alguna razón, se veía obligado a matarlos. ¿Elegía víctimas rubias, atractivas y algo mayores que él por puro afecto?

—¿También alimentabas así a los que estaban antes conmigo, Elliot? —preguntó Herstal para confirmar su teoría, evitando términos como “secuestrados”. Sospechaba que Elliot ni siquiera lo veía como un secuestro, ni veía la decapitación final como un asesinato.

Elliot soltó una risita alegre.

—¿Estás celoso?

Ahí estaba. Para el asesino, estaban en medio de un romance apasionado. Quizá mataba a sus “amantes” cuando se daba cuenta de que los pobres solo querían escapar de él.

—¿No puedo estarlo? —replicó Herstal sin inmutarse. Había dicho cosas mucho más hipócritas defendiendo a gánsteres—. Ahora no tengo a dónde ir. ¿No debería preocuparme?

—¡Oh! —exclamó Elliot. Dejó la caja de comida en una mesa plegable y se abalanzó sobre Herstal para abrazarlo por los hombros.

Sus labios secos recorrieron el mentón y el cuello de Herstal con un entusiasmo desagradable. Herstal respiró hondo, sabiendo que lo último que debía hacer era enfurecerlo tras ver cómo dejaba los cuellos de sus víctimas. Lentamente, echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta en un ángulo de sumisión calculado.

—”Ven, mi querido niño —dijo aquel hombre, con el cabello sumergido en la luz sagrada de las vidrieras —recordó Herstal de alguna lectura—. “Mi querido niño, estoy limpiando tus pecados”.

Herstal tragó sus palabras mordaces y su asco. Elliot hundió la cabeza en su cuello, lamiendo y mordiendo suavemente su piel.

—Dilo otra vez —exigió febril.

—¿Qué frase? —preguntó Herstal, hasta que comprendió—. Oh.

En su interior, Herstal sintió una alegría gélida por haber dado en el blanco. Bajó la voz hasta un susurro, ignorando la excitación física del otro. Sabía que la agresión sexual era inevitable, pero ya tenía la llave para sobrevivir y destruir al otro.

—Ahora no tengo a dónde ir —repitió Herstal con docilidad. Hizo una pausa y subió la apuesta—: Evidentemente, solo te tengo a ti, Elliot.

El joven soltó un sollozo de éxtasis. Herstal oyó el roce de la ropa y el sonido de una cremallera. Aquel hombre se restregaba contra él, manchando su pierna con líquido preseminal. El onanismo forzado contra su cuerpo le provocaba una náusea familiar, así que decidió evadirse mentalmente. Pobre paranoico, pensó, creyendo que sus presas lo amaban profundamente. Esos finales siempre son trágicos.

—Me hace tan feliz oírte decir eso —susurró Elliot al oído, con aliento caliente—. Quédate aquí, deja que yo te cuide…

Herstal se quedó un momento pensativo. Se dio cuenta de algo. El afecto de Elliot era extraño. Se excitaba ante la idea de que Herstal “solo lo tuviera a él”. Disfrutaba de la vulnerabilidad de su cautivo. “Deja que yo te cuide”, había dicho.

No era una relación de igualdad, ni siquiera en su delirio. Johnny el Cazador disfrutaba colocando a sus víctimas en una posición de debilidad para cuidarlas él mismo. Elliot gimió y terminó sobre la pierna de Herstal.

Fue un segundo de silencio. Los dedos del joven restregaron el líquido sobre el pantalón de Herstal, como si quisiera cubrir más superficie. Sus dedos trazaban círculos posesivos sobre la tela mojada, pero los pensamientos de Herstal estaban muy lejos.

Recordó lo que Albariño Bacchus le dijo una vez en una cena: “Al perseguir el placer de la belleza, los deseos irracionales superan el juicio que lleva al comportamiento recto… Se llama la intensa pasión del amor”.

El *Fedro* de Platón. ¿Por qué Albariño Bacchus citaría eso? No creía que Albariño Bacchus definiera su relación como “amor”, pero quizás era una pista. En el *Fedro*, se postula que el amante prefiere a alguien más débil que él. El amante cultiva las debilidades del amado para no privarse de su propio placer.

Johnny el Cazador amaba cuidar de sus víctimas porque las tenía atadas, indefensas, dependientes de él para comer.

—Te amo tanto —susurró Elliot.

Herstal frunció el ceño. Elliot no vio la intención asesina que se acumulaba en sus ojos, la sed de sangre del Pianista de Westland. La única pregunta era: ¿qué papel jugaba Albariño Bacchus en todo esto?

****

Notas del Autor:

“La verdad rara vez es pura y nunca es simple”. —Oscar Wilde, *The Importance of Being Earnest*.

Hefesto intentó una vez perseguir a la diosa virgen Atenea y derramó su semen sobre la pierna de ella. Atenea, enfurecida, lo limpió con un trozo de lana y lo arrojó al suelo, lo que hizo que la Madre Tierra, Gea, diera a luz a Erictonio.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x