Capítulo 25

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—Esperaré a que vuelva el señor Sheng para comer. 

—Pero tampoco ha desayunado. Si sigue así, se va a poner malo —dijo el mayordomo. 

—No tengo hambre. 

—Es que el joven amo ha salido de viaje de negocios, tardará varios días en volver.

Las tijeras de podar en la mano de Hua Yong se detuvieron. —¿Ha comenzado el período de celo del señor Sheng, verdad? El mayordomo, un Beta de edad avanzada, se quedó perplejo y no dijo nada.

Hua Yong sonrió, dejó las ramas recién cortadas en una cesta de mimbre y, agachándose, cogió una regadera para regar las orquídeas y los hibiscos del jardín.

El mayordomo y dos sirvientes estaban a su lado, pasándole las herramientas y sosteniendo una sombrilla. Aunque Sheng Shaoyou no estaba, trataban a Hua Yong como si fuera el dueño de la casa, con una actitud respetuosa e impecable.

Porque era el único Omega que Sheng Shaoyou había llevado a casa.

Parecía muy joven, pero soportaba muy bien la soledad. Rara vez salía, y pasaba el tiempo leyendo o cuidando las flores. Las pocas veces que salía era para visitar a su hermana en el hospital.

Sheng Shaoyou nunca había hablado de los orígenes de Hua Yong.

El mayordomo sabía muy poco de él, solo que tenía una hermana enferma desde hacía mucho tiempo, ingresada en el hospital privado más caro de la ciudad.

El mayordomo suponía que Hua Yong provenía de una buena familia. No solo porque sus familiares estaban en una habitación privada, sino porque este Omega, de una belleza que acaparaba todas las miradas, recibía el servicio solícito con una naturalidad educada pero relajada, sin la más mínima timidez. Se notaba que era un joven amo acostumbrado a ser servido.

En teoría, Sheng Shaoyou debería haberse llevado a Shuxin de vacaciones a una isla remota. Pero, por alguna razón, justo antes de partir, recordó la vez anterior, cuando Hua Yong olió las feromonas de otra Omega en él y sus ojos se enrojecieron al instante.

Dudó un momento y, finalmente, le pidió a Chen Pinming que hiciera que Shuxin lo esperara en el aparcamiento del aeropuerto.

Una semana después, Sheng Shaoyou volvió a casa.

Esta vez, Hua Yong no lloró, pero tampoco habló. Simplemente se quedó en la puerta, mirándolo sin expresión. Quizás porque había llovido varias veces mientras él estaba fuera, la luz sombría hacía que la silenciosa orquídea luciera con una belleza afilada, como una espada de brillo gélido, una hoja verdaderamente afilada como la escarcha de otoño.

Sheng Shaoyou se dio cuenta de que Hua Yong no estaba contento, pero por mucho que intentó consolarlo, fue inútil. Ni siquiera sus tácticas infalibles, como contar chistes o hacerle cosquillas, surtieron mucho efecto.

Esa noche, en un estado de duermevela. Hua Yong le preguntó de repente: —¿Crees que soy sucio?

Sheng Shaoyou se despertó de un sobresalto, con el corazón en un puño. Dijo entre dientes: —¡Joder, eres tú el que no me dejas tocarte! ¿Qué más quiere que haga? Si no puedo marcarlo permanentemente, ¿tengo que hacerme monje?

La cama era enorme. Hua Yong estaba lejos de él. Aunque yacían juntos, sus manos y pies no se tocaban. Cubiertos por la misma manta, seguían sintiéndose vacíos.

—Sheng Shaoyou —lo llamó por primera vez por su nombre completo. Su tono era plano—. ¿Es el sexo una necesidad? ¿Abrazarse, besarse, dormir juntos… no es suficiente?

¿¡¿¡Cómo va a ser suficiente!?!?

Sheng Shaoyou sintió que su paciencia se agotaba.

Por Hua Yong, ya se estaba guardando como un santo. Simplemente no quería dar demasiadas explicaciones o promesas, para no dar a entender, antes de tenerlo claro él mismo, que no podía vivir sin él.

Pero si hubiera sido cualquier otro Omega intentando montarle una escena, Sheng Shaoyou ya habría estallado. Pero este era Hua Yong, era diferente.

Así que, de buen humor, extendió la mano para abrazarlo y lo engatusó con voz suave: —No le des tantas vueltas.

Hua Yong no dijo nada más. Se giró, le lanzó una mirada indiferente, y su expresión era fría y afilada.

Sheng Shaoyou sintió una punzada en el corazón. Aflojó el abrazo y, tras esperar un buen rato sin que el otro se ablandara, se dio la vuelta y se arropó para dormir.

El modelo de relación de los padres suele ser el ejemplo para los hijos.

El amor de sus padres, que tuvo un hermoso comienzo pero un triste final¹, había hecho que Sheng Shaoyou nunca quisiera mantener una relación estable. Además, aunque Hua Yong ya no tuviera traumas con la intimidad, con su estado de salud actual, Sheng Shaoyou no se atrevía a marcarlo permanentemente.

Pero Sheng Shaoyou, acostumbrado a un mundo de libertinaje², sabía que no podría conformarse eternamente con un amor platónico.

Sin embargo, por Hua Yong, podía reprimir su deseo por un tiempo, e incluso estaba dispuesto a pasar solo ese maldito período de celo.

Sheng Shaoyou no sabía de noviazgos ni sabía amar, pero estaba aprendiendo poco a poco. Estaba dispuesto a intentar comprender y ceder por Hua Yong, pero no entendía por qué Hua Yong no podía comprenderlo a él.

En la oscuridad, mirando la espalda ancha y distante del Alfa, Hua Yong apretó los labios sin decir nada. Sabía que, hacía unos días, Sheng Shaoyou se había visto con Shuxin en el aeropuerto.

Al pensar que Sheng Shaoyou había quedado con otra Omega durante su período de celo, y que se había ido de casa a una isla durante siete días, la suave línea de sus labios se endureció, volviéndose completamente fría.

A las cuatro de la madrugada, en el complejo de villas más lujoso de la ciudad, un aroma floral lo impregnaba todo.

Esa noche, el viento del suroeste había soplado sin cesar. Siguiendo la dirección del viento, se descubría que esa fragancia, impropia de la estación, provenía de la villa más grande del complejo.

En el jardín de Sheng Shaoyou, ciertamente, había muchas flores, pero ninguna tenía un aroma tan extraño. El intenso olor a orquídea provenía del dormitorio principal, en el tercer piso de la villa.

En el dormitorio, Sheng Shaoyou se despertó agitado. Un aroma a orquídea, tan denso que era alarmante, envolvía su nariz. Aterrado, extendió la mano y palpó un brazo lánguido.

—Hua Yong —lo llamó. Pero no hubo respuesta.

El aroma excesivamente embriagador de la habitación era inquietante. Sheng Shaoyou, con el rostro desencajado, encendió la luz presa del pánico. Efectivamente, vio al Omega, con el rostro pálido y la frente cubierta de sudor, yaciendo de lado en la cama, inconsciente y con los labios apretados.

—¡Hua Yong! —Su mente se quedó en blanco por un instante.

Pero, por suerte, tenía experiencia. Con manos temblorosas, sacó una jeringa del cajón de la mesilla de noche, abrió una ampolla con un líquido azul pálido, la rompió y llenó la jeringa.

La palma de Hua Yong estaba helada, imposible de calentar, y cubierta de un sudor pegajoso. Las venas, de un azul pálido, flotaban superficialmente en el dorso de su mano.

Sheng Shaoyou le sujetó la mano, le dio la vuelta y, lentamente, le clavó la aguja metálica en la vena. Hua Yong era muy delicado y le tenía miedo al dolor. Cuando estaba despierto, siempre se encogía instintivamente al recibir una inyección. Cuando la aguja entraba en la vena, soltaba un gemido lánguido y perezoso, un sonido meloso y pegajizo.

Pero hoy, Hua Yong no se movió. Su rostro pálido estaba apoyado en la almohada, sus largas y densas pestañas caían sin vida, tan quieto que ni siquiera se oía su respiración.

Después de ponerle la inyección, Sheng Shaoyou no pudo evitar acariciar su rostro sin color. Se arrepintió profundamente de haberse enfadado con él. Si no se hubiera enfadado antes de dormir y lo hubiera abrazado, se habría dado cuenta de su estado al instante. El comportamiento íntimo de alto riesgo había agravado el trastorno de feromonas de Hua Yong, provocando graves complicaciones.

El médico le había dicho que, con un paciente como Hua Yong, los familiares debían tener un cuidado extremo. Si en alguna de las crisis no se detectaba a tiempo, podría morir.

La primera crisis de Hua Yong fue al mediodía del segundo día de su regreso. Estaba comiendo cuando, de repente, se desmayó.

En toda su vida, Sheng Shaoyou nunca había olido un aroma a orquídea tan trágico, como un último destello de vida antes de la muerte³. Este Omega, testarudo y orgulloso, parecía decidido a liberar hasta la última gota de feromonas de su glándula antes de rendirse.

Sheng Shaoyou, muerto de miedo, lo llevó de inmediato al hospital.

Aquella noche, en el pasillo de urgencias, el ir y venir de gente y los sollozos ocasionales creaban una atmósfera angustiosa.

—Todavía no está fuera de peligro —dijo el médico encargado de hablar con la familia, con una expresión grave y preocupada.

Sheng Shaoyou había salido con tanta prisa que ni siquiera se había cambiado el pijama; todavía llevaba las zapatillas de casa.

Las pocas veces que había estado en una situación tan patética en su vida, siempre había sido por Hua Yong.

La cortina azul claro de la sala de urgencias estaba cerrada. Las sombras de los médicos, superpuestas y en constante movimiento, se proyectaban sobre la fina tela. El ruido de máquinas desconocidas se mezclaba en un caos que crispaba los nervios de Sheng Shaoyou.

No supo cuánto tiempo pasó, pero finalmente, los médicos empezaron a salir.

—Los signos vitales del paciente se han estabilizado, pero necesita quedarse ingresado unos días en observación. —El médico jefe, aunque agotado, suspiró aliviado. Miró a Sheng Shaoyou de arriba abajo y le advirtió—: El familiar no puede bajar la guardia. Y además, ¡durante el tratamiento, la actividad íntima está absolutamente prohibida! Todavía son jóvenes, querrán tener hijos en el futuro, ¿verdad?

Sheng Shaoyou se quedó perplejo. Sin pensarlo, soltó: —Sí.

—Pues eso —lo amonestó el médico—. Usted es un Alfa, tiene que tener la cabeza fría. ¡A su Omega hay que cuidarlo y mimarlo! Si quiere que en el futuro le dé hijos, ahora tiene que aguantarse. Por muy… lo que sea, no puede dejarse llevar por el impulso, ¿entendido?

Una expresión de sutil dolor apareció en el rostro de Sheng Shaoyou. Lo pensó y, sin poder defenderse ni querer revelar sus heridas, solo pudo asentir. —Lo sé, tendré más cuidado en el futuro.

En realidad, se contenía todos los días, se contenía hasta el punto de que sentía que le iban a explotar las venas, pero nunca se había atrevido a cruzar la línea.

Pero el médico lo culpaba, y su Omega también.

Hacían que Sheng Shaoyou, que se creía en la cima de la evolución humana, se sintiera un fracasado, como si fuera el peor Alfa del mundo, incapaz de cuidar a su pareja.

Sheng Shaoyou ciertamente había decepcionado a muchos Omegas jóvenes y hermosos, incluida Shuxin.

Aquel día en el aeropuerto, no se quedó con ella. En su lugar, le dio una gran suma de dinero y un apartamento en el centro de la ciudad, y rompió con ella sin rodeos.

Shuxin aceptó el dinero y el piso, pero aun así lloró amargamente. Sin embargo, Sheng Shaoyou era inmune a sus lágrimas. Pensó al instante que, si hubiera sido Hua Yong, también habría llorado, probablemente no le habría pedido que se quedara, pero seguro que no habría aceptado el dinero.

Y si hubiera intentado dárselo a la fuerza, esa orquídea testaruda solo habría llorado más, y quizás hasta le habría dado otra bofetada.

Sheng Shaoyou, casi inconscientemente, ya consideraba a Hua Yong como su pareja, y lo usaba como vara de medir para juzgar a sus otros acompañantes, confirmando con satisfacción que ninguno estaba a su altura.

La irritabilidad del período de celo hizo que Sheng Shaoyou tuviera aún menos paciencia con los Omegas llorones. Le dijo a Chen Pinming que se encargara del resto y subió solo a su avión privado con destino a la isla.

Por Hua Yong, Sheng Shaoyou sentía que casi se había convertido en un santo del amor.

Durante la siguiente y agónica semana, pasó su período de celo solo, con una muñeca de simulación impregnada de feromonas de Omega.

A la tarde siguiente, Hua Yong recuperó la conciencia.

Cuando se despertó, Sheng Shaoyou no estaba. Pero en la habitación estaba sentado otro Alfa de clase S, alto y corpulento.

Al no ver a Sheng Shaoyou, Hua Yong frunció el ceño. Su rostro pálido y enfermizo se llenó de disgusto. —¿Qué haces tú aquí?

—Si no vengo yo, ¿quieres que venga Chang Yu? Si se topa con Sheng Shaoyou, será aún más difícil de explicar —dijo Shen Wenlang, dejando el móvil. Se giró y preguntó: —¿Qué te ha pasado exactamente?

—Estoy enfermo —dijo Hua Yong, levantando el brazo para mostrarle el dorso de la mano con la vía intravenosa. Preguntó con indiferencia: —¿No lo ves?

Llevaba el pijama de rayas azules y blancas del hospital. Su rostro estaba cansado. Realmente parecía un hermoso y frágil enfermo.

Shen Wenlang apretó los dientes. —¿Me refiero a cómo te lo has provocado?

La bolsa de suero estaba casi vacía. Hua Yong se arrancó la vía sin más, presionó el punto de la inyección y dijo con calma: —Aumenté la dosis del modificador de feromonas.

—¿Estás loco?

—Sí —dijo Hua Yong, levantando la vista—. El señor Sheng se fue a una isla con otra Omega durante su período de celo. Siete días.

—Siempre ha sido un cabrón mujeriego —dijo Shen Wenlang, rechinando los dientes al recordar a ese perro rabioso.

—¿Solo porque te pegó un par de veces? —dijo Hua Yong a la ligera—. No se te va a caer un trozo. Eres un Alfa, ¿por qué eres tan rencoroso?

—¿Y tú eres muy generoso? ¿Te da igual con qué Omega se acueste?

—Eso es diferente.

Llamaron a la puerta. La expresión de Hua Yong se endureció y levantó la vista.

La voz de un guardaespaldas sonó desde la puerta: —¿Señor Hua, está despierto? Debió de oír ruido en la habitación, pero no se atrevía a entrar sin más.

Hua Yong alzó un poco la voz, pero seguía sonando débil: —Sí, pero no entres.

El guardaespaldas respondió y añadió: —Entonces, en diez minutos, le pediré a un médico que entre a revisarlo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —dijo Hua Yong. Se giró y le preguntó a Shen Wenlang: —¿Cómo has entrado?

El rostro de Shen Wenlang se ensombreció. Levantó la barbilla e indicó con la cabeza hacia la ventana.

—¿Has trepado por la ventana? —preguntó Hua Yong, su mirada recorriendo el traje impecable y los zapatos relucientes del otro. Dijo con interés: —Esto es un cuarto piso. No sabía que te preocupabas tanto por mí.

—Me preocupaba que si te morías, me arruinaras los planes —dijo Shen Wenlang de mal humor. Miró con rabia al joven de rostro delicado y dijo con frialdad: —Sheng Shaoyou debe de estar loco también, ¡me ha arruinado varios proyectos que ya tenía casi cerrados! ¡Se me han escapado de las manos! ¿Con qué piensas compensarme?

—El señor Sheng es muy competente —dijo Hua Yong, su expresión se suavizó al mencionar a Sheng Shaoyou. Sonrió y luego añadió: —Pero no es algo nuevo. ¿Qué tengo que ver yo con eso? Además, un pato que de verdad tienes en la mano no se escapa. Wenlang, has sido tú el que no lo ha sujetado bien. ¿A quién puedes culpar? ¿Por qué tengo que compensarte yo? ¿Solo porque el Alfa que me gusta es más competente que tú?

—¡Competente mis cojones! —Shen Wenlang, enfurecido por esos dos tortolitos descarados, sintió que se le retorcían las tripas—. ¡Se atreve a amañar licitaciones públicas, a reventar los precios para joderme! ¡Eso es competencia desleal! ¡Si me das permiso, reúno pruebas y lo denuncio ahora mismo!

—Eso no —dijo Hua Yong, negando con la cabeza—. No puedo permitir que mi Alfa sufra por dinero. 

—Hagamos una cosa, las pérdidas de la empresa las cubro yo. Y la próxima vez que veas al señor Sheng, evítalo.

Evitar a Sheng Shaoyou… no hacía falta que Hua Yong se lo recordara. Desde que Sheng Shaoyou lo acorraló en aquella cena y le dio una paliza, Shen Wenlang ya se cuidaba mucho de no cruzarse con ese perro rabioso.

—Además, tú y tu equipo tienen que ajustar la estrategia de licitación. En el futuro, aunque se encuentren con un amaño, tienen que poder solucionarlo al instante. Ser un general después de la batalla⁴ no sirve de nada, solo es una pérdida de tiempo. Si quieres algo y no lo consigues, es que eres un inútil.

Shen Wenlang se quedó sin palabras. La lógica de una persona normal no tenía punto de comparación con la de este joven de apariencia frágil e inofensiva. Porque, si Hua Yong quería algo, nunca fallaba.

El móvil vibró. Hua Yong lo cogió, tecleó un par de veces y levantó la vista. —El señor Sheng está a punto de llegar. ¿Tienes algo más que hacer? Si no, vete ya.

Shen Wenlang solo había venido para asegurarse de que Hua Yong estaba bien. Al ver que no era nada grave, se tranquilizó. Por la salud de su propio sistema cardiovascular, no quería quedarse ni un segundo más.

Se levantó, abrió la ventana y saltó ágilmente.

La capacidad atlética de un Alfa de clase S era extraordinaria. Su fuerza, resistencia e incluso su capacidad de salto eran muy superiores a las de una persona normal. Trepar cuatro pisos, o incluso saltarlos, para un Alfa como Shen Wenlang era pan comido.

Shen Wenlang se colgó de la ventana con un giro de muñeca y, justo cuando se disponía a bajar, la unidad del aire acondicionado, inestable, cedió. Perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer.

Ya se estaba preparando para un aterrizaje forzoso, cuando de repente sintió que una fuerza inmensa le sujetaba el brazo.

Levantó la vista y se encontró con el rostro pálido y hermoso de Hua Yong. Un par de ojos, límpidos como cuentas de cristal, lo miraban con una sonrisa burlona.

El brazo delgado y pálido que salía por la ventana abierta no parecía hacer ningún esfuerzo. Su mano delgada sujetaba el fuerte brazo del Alfa. El joven, de aspecto frágil, dijo lentamente: —Wenlang, qué inútil eres. —Su voz era dulce y débil, como el arrumaco de un amante, pero su rostro era impasible.

Hua Yong le sujetó la barbilla con el pulgar y el índice, levantándole la cara. —Te he salvado. La próxima vez, no le pongas la mano encima al señor Sheng. La última vez, tardó medio mes en curarse. No me gusta.

¡Él me pegó a mí primero! ¡Yo también tardé más de medio mes en curarme! ¡Eso no lo dices!

Shen Wenlang, furioso, intentó soltarse y rugió: —¡La próxima vez que tengas un lío amoroso, no me pidas ayuda, que a mí tampoco me gusta!

—No —dijo Hua Yong. Su muñeca delgada, que parecía poder romperse con un soplo, estaba conectada a una fuerza de acero que lo sujetaba con firmeza—. Tienes que ayudarme, y yo te ayudaré en el futuro.

Shen Wenlang sintió que el brazo se le iba a dislocar, los músculos tensos hasta el límite. Apretó los dientes y gritó: —¿Necesito yo tu ayuda?

Hua Yong lo miró, parpadeando inocentemente. —¿No? Pues entonces, pensó, me temo que nunca en tu vida conseguirás al secretario Gao.

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