CAPÍTULO 26

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—Estaba en negación al principio… luego, la negación se convirtió en autoculpa. Creía que me discriminaban de esa manera porque era una niña mala.

Mis padres siempre me hablaron sobre nuestra situación que era difícil, probablemente no quisieron decirme eso a propósito esperando que yo los resolviera o tratará con ellos, pero al mismo tiempo, creía que no tenía más remedio que enfrentarlos.

Como era pobre, crecí antes que los demás. Tal vez ni siquiera sabía en ese momento si buscaba que me elogiaran o no, porque cuanto más madura me volvía, más orgullosos estaban mis padres de mí.

Entonces, incluso cuando mis padres eran más generosos con mi hermano menor, lo soporté porque pensé que habría sido más fácil para mi hermano menor hacer lo que les pedía debido a nuestras circunstancias familiares.

Sin embargo, finalmente no pude soportar más la creencia de ese trato distinto, porque mi hermano era “más amable” con mis padres.

¿Cuál era el estándar para ser “amable”?

—No hay niño en este mundo que merezca ser discriminado. No perdonaré a mis padres pero… ¿Sabes qué? Incluso si no los quiero perdonar, incluso si los odio o me molesta, creo que puedo perderlos.

Hay una cosa de la que estoy segura después de intentar suicidarme una y otra vez: todavía amo a mi familia.

En la medida en que, primero, me vienen a la mente las cosas buenas que me hicieron.

—Me reuniré con ellos de nuevo y les preguntaré ¿Por qué hicieron eso?

De alguna manera, me sentía a gusto.

Después de dejar ir a mi corazón que estaba tembloroso y atribulado, mi mente de repente se volvió clara. Miré directamente a los ojos de Anakin y sonreí cómo si fuera parte de mi familia.

—Voy a volver para poder preguntarles.

Anakin me miró y luego asintió como si entendiera. Se quedó pensativo, sin hacer más preguntas y volvimos a quedarnos en silencio.

Pero ya no se sentía la sensación incómoda de antes.

Cuando llegamos a Randol, el sol brillante de la mañana ya había salido. Nos registramos en el alojamiento más limpio y agradable que había cerca.

Debido a que estábamos vestidos como un atuendo relativamente modesto y también porque nadie en el campo conocía el rostro de Eris, el posadero nos confundió con una pareja recién casados. El posadero apenas dejó de intentar empujarnos a una habitación individual.

Como había estado en el carruaje toda la noche, mi cuerpo estaba adolorido. Le dije a Anakin que se relajara y luego pedí que me trajeran agua para darme un baño.

No mucho después, escuche un golpe en la puerta. Cuando la abría para dejar entrar a la persona que traería el agua, entró un niño de la mitad de mi estatura gimiendo y cargando un balde con agua tibia. Al verlo sudar mucho, sentí pena por él.

Incluso en la ciudad donde se encontraba la mansión de Eris, se desarrollaron instalaciones de suministro de agua y no solo los nobles, sino también los plebeyos ricos vivían con instalaciones similares a los baños modernos.

Ya sea en Corea o aquí, parece que es lo mismo al desarrollarse primero en la capital. Le di al niño dos monedas de plata y le pregunté:

—Es mi primera vez en Randol ¿Conoces algún lugar turístico?

—¡Por su puesto! ¡Vivo aquí desde que nací y los conozco muy bien! ¿Sabes que Randol es famoso por su lago, verdad? ¡Algunas personas vienen a ver el lago, porque es más profundo y hermoso que el mar! ¡Si pregunta en la recepción, le prestaran un bote!

De manera emocionada el niño continuó y explicó que hay un mercado nocturno y otros sitios interesantes en el pueblo. Le entregue otra moneda de plata al niño que se fue rápidamente cerrando la puerta tras de sí. El agua caliente se había enfriado un poco, por lo que esa agua tibia me envolvió de manera agradable.

Ha pasado mucho tiempo desde que pude bañarme sola. Cuando estaba en la mansión, las sirvientas armaron un escándalo y me bañaron a pesar de que les dije que deseaba hacerlo sola; para ser honesta era cómodo. Me lavaron el pelo y lo secaron… Deseaba vivir de esa forma en Corea si es que tuviera dinero.

Mi mente estaba llena de pensamientos simples que me hacían reír, y me sumergí en el agua para lavar mi cuerpo. Lavé mi pelo, me sequé y me vestí. Tiré de la cuerda para que el niño se llevará el agua y me quedé dormida acostada en la cama, acurrucada en una manta.

Cuando volvía a abrir los ojos, el sol se había puesto. Puede ver un rayo de luz brillando a través de la ventana. Debería de ser el mercado nocturno.

Llame a Anakin en voz baja y conté en mi mente.

Unos, dos, tres…

—¿Me llamó?

Sí, estaba complacida y sonreí mientras hablaba con Anakin al otro lado de la puerta.

—Voy a ver el mercado nocturno, así que prepárate.

*** ** ***

Desde su nacimiento Heebris había vivido su vida con la necesidad de aferrarse a algo. Lo primero fue el cordón umbilical de su madre. Luego el dobladillo de la túnica de los sacerdotes y cuando se dio cuenta de la lógica, había captado la verdad creada por Dios.

La razón por la que no tuvo más remedio que vivir aferrado a algo, fue porque su vida siempre estuvo al borde del precipicio. Una vida que siempre se puede salvar justo antes del accidente.

La vida de Heebris fue peor que ese precipicio.

Dado que su padre nunca estuvo en su vida, era natural para él creer que no existía tal cosa cómo un padre. Un día, cuando se dio cuenta de que todas las familias tenían un “padre”, Heebris le preguntó a su madre quien era su padre.

Su madre lo abofeteó tan pronto cómo escuchó la pregunta. Era la primera vez que le golpeaba. Su madre parecía más sorprendida que el propio Heebris de haberlo golpeado, pero ella no se disculpó. En cambio, ella solo le recordó una y otra vez que nunca más volviera a mencionar a su padre.

Así nació su primer tabú.

Heebris de vez en cuando se miraba en el espejo, tratando de encontrar rastros de su padre, pero todo fue en vano.

Heebris se parecía mucho a su madre, que era una bailarina exótica. Piel oscura, cabello incluso más oscuro que el de Eris y labios un poco más gruesas que el de los demás.

Cuando salían a la calle, todos podían reconocer a Heebris y eso volvía a atormentarlo de vez en cuando. No, en realidad muy a menudo.

Lentamente, su madre comenzó a perder la cabeza. Era muy joven cuando dio a luz a Heebris; tuvo que renunciar a una carrera prometedora y la vida cómo bailarina después de que él nació.

Mientras estaba embarazada, temía que el marqués la descubriera y perdiera a su hijo, por lo que escapó.

Correr todo ese camino no fue fácil. La compañía en la que trabajaba y su empleador contrataron a gente para que la persiguiera sin descanso, y para evitar ser capturada, se ganó los gastos del viaje mendigando en el frío suelo. Finalmente, logró llegar al templo del campo en plena floración. Ella rogó para poder vivir como sirvienta en el templo por el resto de su vida, después de dar a luz al niño.

Originalmente, eso no estaba permitido, porque la madre de Heebris era una pagana, pero fue el misericordioso Padre Prometehus quien se arrodillo a sus pies. Le puso un velo y la roció con agua bendita para lavar todos sus pecados y entonces la madre de Heebris pudo vivir cómo sirvienta en el templo.

Al renunciar al futuro prometedor cómo bailarina, tuvo que empezar de nuevo. Una persona que solo había aprendido a tocar y bailar, era torpe cuando empezó a aprender a limpiar y lavar la ropa.

Manos delicadas acostumbradas a ser suaves y adornadas con accesorios brillantes, se volvieron ásperas y callosas. A su rostro juvenil y terso comenzaron a salir arrugas. El brillo de su juventud se vio empañado por la fatiga y la irritabilidad que luego pasó a su hijo Heebris.

No necesitaba haber una justificación para sus acciones posteriores, porque la única persona que era más débil que ella en el templo era Heebris.

Ella le rogó a Heebris que muriera; ella culpó a Heebris de ser el motivo por el que su vida terminó así. A veces, no solo decía que quería morir, sino que intentaba suicidarse.

Al principio, Heebris estaba tan sorprendido que lloró a mares. Comenzó a tener pesadillas con la muerte de su madre, por lo que se quedaba despierto toda la noche para protegerla, temeroso de que intentara quitarse la vida de nuevo.

En algún momento Heebris se dio cuenta de que su madre podía controlar su depresión en la medida de que no intentaría suicidarse, lo que necesitaba era atención y afecto continuo.

Sedienta de afecto, constantemente se arrojaba por un precipicio en busca de atención y Heebris no podía culpar a su madre por su comportamiento. Sin embargo, pensó que su madre no debió de darlo a luz.

Por qué no se dio por vencida con él a pesar de que sabía que esto sucedería. Heebris todavía no sabía por qué, tal vez fue por el momento en que entró en el templo, tal vez ella amaba a su padre o tal vez necesitaba ser amada.

Pero había muchas cosas en el mundo que el afecto por sí solo no podía resolver. Su Santidad gradualmente se apagó cuando el cuerpo y la mente de su madre se desvanecieron.

Heebris le rogó postrado a los pies del Padre Prometehus, que estaba a punto de partir a la capital, pidió que lo aliviara de la carga de su madre.

—”Déjame ir contigo, quiero ser un sacerdote”

Heebris tenía poder divino y talento para ser un sacerdote. No, fue porque estaba en el punto de ruptura, que el padre Prometehus le permitió que lo acompañara.

Heebris le dijo a su madre que dejaría la habitación y el templo donde había vivido desde que nació.

Pensándolo ahora, tal vez fue porque quería huir de su madre. Él estaba cansado, así que Heebris pasó la última noche de su madre durmiendo a su lado y sosteniendo su mano, a pesar de que ya era un hijo adulto. Cuando Heebris abrió los ojos, descubrió el cuerpo frío de su madre.

Después del funeral, Heebris se sentó solo al final de la ceremonia. Se arrepintió, deseando haberla tomado una vez más. El día que fue enviado al mundo, todo el universo se expandió.

Heebris descubrió que su gusto por las cosas dulces no iba bien con su apariencia. Para él, los dulces eran su único placer permitido entre las muchas restricciones del sacerdocio. Sin embargo, debido a las miradas expectantes de los demás hacia él, siempre pedía que los bocadillos fueran empaquetados para poder comerlos por separado.

Ese día también fue igual.

Era el momento de hacer fila en una panadería que estaba concurrida y esperar con alegría.

Cómo era una panadería famosa, había mucha gente en el lugar ese día. A pesar de que la capital era grande, debido a la multitud, la gente suele empujar por aquí y por allá para poder conseguir los dulces.

Alguien empujó a una persona enfrente.

Cuando la dama tambaleante cayó en sus brazos y la miró, Heebris no pudo evitar dudar de lo que sus ojos veían.

Al principio pensó que ella era solo una ilusión, porque era increíble. El color púrpura vivo que revoloteaba con las almas amarillas.

Ella era tan extraña que él no pudo evitar agarrarla y preguntarle:

—¿Quién eres tú?

♦♦♦◊  ♦♦♦◊  ♦♦♦◊

Gracias por la ayuda, Hikari~.

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