Por mucho que la gente se preocupara, la vida de los osos polares en tierra seguía siendo igual de desesperada: soportaban el calor y el hambre, reservando la escasa energía que les quedaba para buscar algo que llevarse al estómago.
O, en su defecto, preferían quedarse inmóviles, confiando en la grasa acumulada mientras esperaban el regreso del hielo y la nieve.
Las gaviotas árticas, más listas que el hambre, acudían puntuales a la hora de comer de los osos, piando alborotadas mientras compartían los restos que Odys y Qixi dejaban atrás.
Bastaron tres visitas para que recordaran aquel nuevo punto de alimento.
El bullicio de las aves y el olor a restos en descomposición no tardaron en atraer a otros carroñeros.
Tras más de dos meses de vida terrestre, los osos polares recién llegados —viajeros agotados de tierras lejanas— mostraban en sus rostros el cansancio, en sus cuerpos la delgadez y en sus ojos la pérdida de aquel brillo inocente y juguetón.
Por suerte, la diosa Fortuna no los había abandonado: antes de que el grupo de belugas se alejara de aquellas aguas someras, los pesados y polvorientos gigantes lograron alcanzarlas.
Sí, polvorientos.
Especialmente el hocico y la frente, tan manchados que parecían pintados de negro.
Comparado con ellos, Qiao Qixi se descubría increíblemente blanco y apuesto.
Y claro, también Odys: un auténtico ejemplar entre ejemplares.
Tres osos polares machos llegaron poco a poco. Exhaustos, ya no representaban una amenaza para la osa y su cría; aún así, la cautelosa madre prefirió llevar a su pequeño a refugiarse, temporalmente, en el “territorio” de Odys.
El propósito de los recién llegados era evidente: las belugas que merodeaban por las aguas costeras.
Hambrientos tras la larga travesía, no podían lanzarse al banquete de inmediato; hacía falta paciencia y estrategia pausada.
Los drones registraron la escena: tres osos dispersos sobre la superficie marina, sin molestarse entre sí, listos para desplegar sus habilidades de caza. Con un poco de suerte, pronto disfrutarían de una comida largamente esperada.
Qiao Qixi, aburrido a la sombra de un árbol, bostezaba cuando vio venir a la osa y su cría. Se le iluminó la mirada.
—Hola, vecinitos —parecía decir—. ¿Ya comieron?
¿Sería su imaginación o el pequeño había crecido en su ausencia? Se veía más alto… ¿quizás por comer con más frecuencia últimamente?
Ah, claro. Los ositos también necesitan comer bien para crecer.
Pensando en eso, Qiao Qixi bajó la mirada hacia su propio cuerpo. No podía decir si había engordado o crecido.
Solo estaba seguro de una cosa: era el doble de alto y robusto que el osito vecino. Eso quería decir que ya no era un cachorro, sino un joven oso, casi adulto.
¿Y de qué servía?
Odys seguía tratándolo como a un bebé. A excepción de cuando cazaba —momento en que no podía distraerse—, lo vigilaba sin perderlo de vista.
Un trato que, quizás, solo había “disfrutado” cuando era humano y tenía tres años.
La llegada repentina de la osa madre despertó a Odys de su sueño ligero.
Aquel coloso, más grande que cualquier otro oso polar, abrió los ojos aún empañados de sueño, se desperezó y estiró los músculos.
Su gesto recordaba al de un felino, aunque en realidad los osos pertenecen al mismo orden que los perros. Más que una semejanza con los gatos, era un reflejo del instinto canino.
Pensado así… Odys y los perros eran parientes cercanos. Qiao Qixi se moría de la risa.
Mientras el grandullón se desperezaba, su mirada se posó en la osa con su cría y en las nuevas presencias aguas arriba.
Alzaba el cuello, olfateando, explorando.
Desde la distancia, la madre y Odys se observaban con cautela. A los ojos de Qiao Qixi, era una conversación silenciosa: la osa tanteaba la actitud de Odys y él respondía marcando su posición.
Sin palabras, pero perfectamente entendidos.
Tal como Qiao Qixi había imaginado, la madre se detuvo en el límite del territorio de Odys. Ese fue el resultado de su “negociación”.
Qiao Qixi se sintió orgulloso de su capacidad para interpretarlos. Solo llevaba cuatro meses como oso y ya entendía bastante del lenguaje corporal de la especie.
Con medio año más, seguro que él y Odys podrían comunicarse casi con naturalidad.
Los nuevos vecinos no alteraron su vida. Aunque Qiao Qixi los detectó enseguida por el olfato, no le molestaba su presencia.
Al contrario: cuantos más osos cazaran, menos posibilidades habría de que alguno muriera de hambre. Eso le parecía estupendo.
Las belugas que habían entrado en los canales costeros solo estaban de paso. Pronto regresarían al mar profundo, y con ellas terminaría aquel pequeño paraíso.
Había que comer y alimentar a los cachorros.
A mediados de agosto, la temperatura en la costa alcanzó un nuevo récord, superando la del año anterior y poniendo nerviosos a los osos polares.
Las belugas, a punto de volver al mar, eran cada vez más difíciles de atrapar.
Podían pasar todo un día esperando sin éxito.
El pequeño oso que aprendía a cazar junto a Odys empezaba a notarlo. No sabía si su mentor estaba ansioso, pero él sí: después de tanto practicar sin atrapar una sola beluga, su estrés era tal que empezaba a mudar el pelaje.
Aunque claro, eso era normal. Era temporada de muda.
Odys también tenía el cuerpo lleno de mechones sueltos, que intentaba arrancar frotándose contra árboles y rocas.
Le picaba tanto que donde alcanzaba con la boca, se arrancaba el pelo a mordiscos. Fue entonces cuando el pequeño oso —el eterno comedor— resultó útil.
Al ver a Odys rodar incómodo por el suelo, se acercó y empezó a ayudarlo, arrancándole con cuidado los mechones sueltos. Odys, sintiendo el tirón, se quedó quieto y levantó la cabeza, mirando al pequeño ayudante.
Ese tipo de gesto —ayudarse a limpiar el pelaje— no era propio de los osos polares. Ningún instinto ancestral lo dictaba. Qiao Qixi lo hacía por cariño; los humanos que los observaban pensaban que el pequeño lo imitaba.
En todo caso, eran dos criaturas inteligentes y afectuosas.
Aquel era el momento del año en que los osos polares tenían el vientre más despejado de pelo: necesitaban refrescarse.
Qiao Qixi terminó de limpiar con paciencia el abdomen de Odys y lamió la piel descubierta, donde pronto crecería un nuevo y espeso manto para el invierno.
Odys yacía de espaldas, sin moverse, disfrutando del atento servicio. Cada vez que el pequeño se detenía, él lo miraba con una expresión que decía: sigue, por favor.
Aunque no hablara, todo su cuerpo transmitía significado. Qiao Qixi interrumpió un momento para limpiarse el hocico con las patas.
—Ya voy, ya voy —parecía pensar.
Por cierto, el abdomen de Odys era puro músculo, nada de grasa.
Qiao Qixi, que jamás había lamido el suyo, podía imaginar la diferencia entre ambos: unos tres osos y medio de distancia.
Mientras meditaba sobre eso, se preguntó con humor: ¿a qué sabrá el mío cuando Odys lo lame?
Seguro que empalagoso.
—…
Los tiempos eran duros. Después de trabajar gratis para Odys —haciendo de ayudante y de compañía—, todavía tenía que dormir abrazado a él.
¿Cómo podía conciliar el sueño así, con el estómago vacío?
Esperó a que el grandullón se durmiera y se escabulló hasta la orilla, con la esperanza de sorprender a una beluga despistada.
Tenía la firme intención de atrapar una por su cuenta y compartirla con Odys.
Los usuarios del foro que seguían su historia lo sabían: su empeño y determinación eran admirables.
Aunque, claro, todos coincidían en que para un osito, no atrapar una beluga era lo normal. No hacía falta obsesionarse.
—Si te pasas el día vigilando el mar—, decían, —Odys pensará que es su culpa por no alimentarte… ¿Ya olvidaste cuando te perseguía con comida?
—#¿Atrapará hoy una beluga, Alexander?#
El hilo del foro se llenó de comentarios. El autor había publicado una foto aérea de un pequeño oso solitario sobre el agua: Alexander, el esforzado.
[—Ay, miren ese bombón redondo, sin un solo ángulo]
[—¿Y Odys? No lo veo. ¡Lo sabía! No sirve como padre]
[—No, no, Odys está descansando].
[—Ah, vale. Entonces Alexander solo está practicando].
[—Qué chico tan aplicado. Casi lloro de orgullo… aunque siga sin atrapar nada].
[—Lo importante no es el resultado, sino el esfuerzo].
[—No, lo importante es tener contactos. Yo quiero un Odys en mi vida. De padre o de marido, me da igual].
Cada vez más gente se enamoraba de aquel dúo. Odys, el silencioso y fuerte, derretía corazones.
Las mujeres, sobre todo, no podían resistirse a su aura de seguridad y ternura.
Y en la costa, tal como todos sospechaban, Odys despertó y vio a Qiao Qixi asomado al mar. Sin dudarlo, se acercó.
Creyó que tenía hambre, así que le lamió la cabeza y el hocico antes de lanzarse a cazar para él.
Qiao Qixi lo miró de reojo: ¿Otra vez?
Ay, si al menos pudiera hablar…
Llevaba medio día ahí, y las belugas cada vez eran menos.Todas se mantenían lejos, precavidas. Y claro, eso lo desesperaba. Su situación era como la de una chica esperando la llegada del periodo: lo teme, pero también lo ansía.
El recuerdo de Odys obligándolo a comer aún le daba pesadillas. Si el grandullón cazaba otra beluga —una gorda, por ejemplo—, ¿qué iba a hacer él?
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Hasta que ideó un plan.
Sabía que Odys solo atacaba cuando tenía el éxito asegurado. Si él se adelantaba, tal vez lo impediría.
Rio para sus adentros.
Pero tres intentos después, Odys lo miraba como si fuera un auténtico revoltoso. El caos terminó cuando el “revoltoso” se cansó y se quedó quieto, observando la caza en silencio.
No imaginaba que aquella beluga sería su último banquete en la costa.
Después de comer y dormir, al volver a la orilla, ya no había rastro de ellas. En un solo día, todas habían vuelto al mar profundo. El bullicioso litoral volvió a quedar en calma.
Qiao Qixi se quedó perplejo:
—¿Eh… qué pasó?
Odys, en cambio, no parecía sorprendido.
Sin apego alguno por aquel refugio, reunió sus fuerzas y llamó al pequeño para partir.
Y, para asegurarse de que lo siguiera, se llevó en el hocico su amado cubo amarillo.
—¿Cómo era? ¿“Usar al emperador para controlar a los señores”? —pensó Qiao Qixi, entre divertido y resignado.
Corrió tras él. A diferencia del pragmático Odys, Qixi sentía un fuerte apego por la costa. Le dolía dejar aquel lugar.
Pero así es la vida: cuando hay comida, se teme el exceso; cuando no la hay, se teme el hambre. Mientras estuviera con Odys, pensó sonriendo, ningún lugar sería solitario.
Corrió hasta alcanzarlo y le dio un golpecito en el trasero con el suyo.
—¡Ey, hermano!
El golpe lo hizo volverse. Odys lo miró con un brillo especial en los ojos.
Qiao Qixi, algo receloso, pensó: Con lo grande que es, espero que no quiera sentarse encima de mí. Y se alejó a toda prisa. El pequeño oso, lleno de pensamientos y energía, echó a correr delante.
Odys, claro, no pensaba aplastarlo. Solo lo alcanzó para darle otra ronda de lametones. Qiao Qixi aprovechó el momento para recuperar su cubo amarillo y se lo colocó en la cabeza.
—Jamás se sale a la aventura sin casco —parecía decir—. ¡Hay que proteger el cráneo!
Con el estómago aún lleno, avanzó animado, saltando de un lado a otro. Odys lo seguía con la mirada serena, siempre en el centro de su pequeño mundo.
El terreno era irregular; a veces había que escalar, saltar charcos o vadear corrientes.
Frente a una roca demasiado alta, Odys subió sin esfuerzo y, desde arriba, le lanzó un suave gruñido. Qiao Qixi lo miró, meneó la cabeza y decidió rodearla. Odys observó el entorno y luego volvió la vista hacia él.
Descendió y subió de nuevo, como para decir: ¿Ves? Es fácil. Qiao Qixi refunfuñó: Sí, claro, fácil… solo veo tu cabezota.
—¿Es que no hay caminos planos en este mundo? —pensó, exasperado.
Odys lamió su hocico, resignado y bajó otra vez.
El osito creyó que había ganado… hasta que el grandullón lo sujetó del cuello con la boca y lo levantó como si nada.
—¡Auuuu!
El susto, junto con el dolor sordo en la nuca, hizo que Qiao Qixi gritara como un cerdito.
Por suerte, duró apenas dos segundos. Odys lo depositó suavemente en lo alto del peñasco.
Tumbado en el suelo, con los ojos llorosos, Qiao Qixi gimoteó: Siento que me rompió el cuello. Claro que no. Pesaba un par de cientos de kilos, sí, pero para Odys —de ochocientos— era como cargar un gatito.Tras asegurarse de que seguía entero, Qiao Qixi dejó de fingir.
Odys avanzó unos pasos, se giró y lo miró con ternura y paciencia. Era evidente: quería que lo siguiera.
—¿Habrá olido comida? —pensó el pequeño, limpiándose las lágrimas imaginarias.
Por el rumbo decidido de Odys, sospechó que sí. Y así, ambos se adentraron en la tierra firme.
Qiao Qixi ya se había mentalizado: quizá pasarían una semana sin comer. En la naturaleza hay que estar preparado. Una figura grande y otra pequeña avanzaban lentamente por la pradera. Quizá caminaron cincuenta kilómetros, o tal vez ochenta; tres días, en cualquier caso.
Los drones que los seguían no sabían adónde iban y empezaban a preocuparse por el destino de aquellos dos ángeles peludos. Hasta que, tras tanto andar, una cabaña humana apareció ante los ojos de Qiao Qixi. Era la primera construcción que veía desde que había vuelto a la vida salvaje.
Su primera reacción no fue de alegría, sino de temor. Aún recordaba el disparo que había herido a Odys; los cazadores furtivos seguían presentes en su memoria. Pero, pensándolo bien, si Odys se había acercado, era porque no olía rastro de humanos.
Aun así, Qioa Qixi se quedó pasmado.
—¿No será que Odys… quiere entrar ahí?
Se sintió culpable.
Hermano oso, entrar en casa ajena es allanamiento de morada. Eso son mínimo tres años de cárcel. Ser oso no nos da derecho a hacer lo que queramos.
Pero entonces aspiró el aire. Un delicioso olor a pescado fresco le hizo rugir el estómago. Maldición. Qué bien huele.