Capítulo 27: ¡Aparecen los miembros del clan!

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Volumen 1: Niño Blanco

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La alegría del grupo se desvaneció en cuanto llegaron a su destino.

Al ver las grietas del suelo, tan ordenadas y familiares, el rostro de Em se tornó pálido de inmediato.

—¡Papá! ¡Hermano…! —gritó, acelerando el paso mientras se asomaba a la grieta, tratando de ver algo entre las corrientes de aire que soplaban desde el abismo. El viento era tan fuerte que casi lo hacía caer de cabeza, pero por suerte, Blake lo sostuvo a tiempo.

—Esto… esto antes era tierra firme… —murmuró Em con voz temblorosa, y con desesperación giró hacia Blake.

Blake no supo qué decir. A juzgar por lo que veían, aquel devastador terremoto no solo los separó de su hogar natal… sino que había hecho desaparecer por completo el hogar de Em.

El borde del continente había sido redefinido. Las tierras que antes jamás se tocaban ahora estaban unidas, y aquellas que pertenecían a una misma región habían sido violentamente partidas.

—Tal vez… tal vez se fueron hacia donde está nuestra guarida —intentó consolarlo Blake, aunque ni siquiera él sabía en cuántos pedazos se había dividido la tierra tras esa sacudida.

Em no pudo aguantar más y rompió a llorar.

Verlo así le trajo a Blake recuerdos de cuando se separó de su propio padre. Fue igual. Su padre también desapareció de esa manera. Solo de pensarlo, los ojos de Blake se pusieron vidriosos.

—Por suerte no nos perdimos en medio de ese temblor —susurró Bai, apoyando suavemente su cabeza en el hombro de Blake.

La nieve, que había cesado por un buen rato, volvió a caer con fuerza. Blake cavó un refugio en la nieve, metió con cuidado a las crías dentro, y también arrastró a Em, que aún seguía arrodillado llorando. Al ver a Meng Jiuzhao con mocos por el frío, Em se sonó la nariz y encendió una fogata. Poco a poco, el interior del refugio comenzó a calentarse.

Afuera el viento aullaba, pero dentro del agujero, Em seguía sollozando entrecortadamente. Gracias al calor de la fogata, Louis —que no sentía ni pizca de frío— estaba totalmente concentrado en lamerle el pelo a Meng Jiuzhao.

De pronto, Louis detuvo el movimiento de su lengua. Se quedó inmóvil, ladeando su cuerpo regordete por un momento, y luego lanzó unos cuantos ladridos hacia la entrada.

Bai y Blake se incorporaron al instante, en alerta, y miraron hacia afuera…

¡Y vieron monstruos que nunca habían visto!

No tenían escamas. Todos eran diferentes entre sí, pero compartían una característica: estaban cubiertos por un pelaje espeso y largo, de todos los colores, algunos incluso con complejos patrones negros. ¡Y uno de ellos tenía una nariz increíblemente larga y extraña!

—¿Qué demonios son esas cosas? —preguntó Blake, boquiabierto.

—Seguro que comerlos sería un lío… ¡Todo lleno de pelos! —fue lo primero que pensó Bai, enfocado en lo práctico.

—¡AH! —fue lo único que alcanzó a decir Meng Jiuzhao, que apenas lograba sacar la cabeza desde el cuerpo de Louis.

Con dificultad, reconoció al grupo de bestias que se acercaba: había tigres, leones, osos… ¡Dios mío, incluso un mamut!

No podía asegurar que su identificación fuera cien por ciento precisa, pero esas criaturas eran muchísimo más grandes que cualquier cosa que él hubiera visto en libros de paleontología.

—¿Eh…? —Em se restregó los ojos con fuerza, secando las lágrimas a chorros. También se limpió los mocos con el dorso de la mano.

El grupo de bestias se detuvo justo frente a la entrada del refugio.

Mientras Blake seguía mirando con incredulidad, las criaturas alzaron sus patas delanteras… ¡Y al erguirse, se transformaron en humanoides como él!

La mente de Blake se quedó en blanco.

Sin tener idea de lo que estaba pasando por la cabeza de Blake, Em se levantó lentamente y asomó la cabeza hacia fuera con cautela.

Pero esas personas no les prestaron atención en absoluto. Se dispersaron en distintas direcciones, inspeccionando cuidadosamente los bordes del precipicio. Parecían estar revisando los daños causados por el reciente terremoto.

Em se atrevió a hablar:

—N-nosotros somos del clan de los conejos de nieve…

Sabía quiénes eran. Em reconoció de inmediato a estas personas. Eran miembros de un clan, de un verdadero clan. Depredadores de la cima de la cadena alimenticia del continente, cuya mera presencia lo hacía temblar de miedo. Le temblaban tanto las piernas que no podía salir.

Pero al ver que ya se iban, que estaban a punto de marcharse sin ellos, Em no pudo aguantar más y saltó hacia adelante para detenerlos.

—¡P-por favor! ¿Podrían llevarnos con ustedes? Ese temblor fue demasiado… Mi familia… todos… —Eran aterradores, pero no tenía otra opción. Mientras hablaba, las lágrimas volvían a acumularse en sus ojos, así que bajó la cabeza rápidamente para intentar secarlas.

—Nosotros… —El que parecía ser el líder del grupo estuvo a punto de rechazarlo con frialdad: ¡En nuestro clan no necesitamos conejos! ¡Ni para rellenar un diente sirven!

Pero de repente, vio a Bai y a Blake detrás de Em…

Y su rostro se puso rojo.

Un segundo después, los rostros de todos los que estaban detrás de él también se tiñeron de rojo.

—¡E-estamos aquí para llevarlos a vivir al clan! —anunció el gigantón, rojo como un tomate, con la voz llena de orgullo y convicción.

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