Capítulo 27. Los fantasmas de la memoria.

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Volumen IV .- La habitacón del ángel

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Capítulo 27 — Los fantasmas de la memoria

En la sala de interrogatorios de la comisaría del condado, Leo y Biqing vieron a la mujer que la prensa local llamaba “la Madre Demonio”. Sus manos estaban esposadas a la mesa metálica. Seguía ausente, perdida en su propio mundo, indiferente a todo, sin reaccionar a las preguntas de los dos hombres.
—No pierdan el tiempo —dijo un policía del condado—. No va a hablar. Cuando mató a su hijo menor, también estaba así. Sabe que mientras no diga nada… nada puede tocarla.
Biqing la examinó con minuciosidad, de la cabeza a los pies, buscando cualquier indicio. Notó que sus manos estaban llenas de viejas heridas. El índice derecho había perdido un segmento; la piel que lo cubría había cicatrizado y parecía la punta desnuda de una rama. Otros dedos mostraban marcas irregulares de desgarros antiguos, ya cerrados.
—Belairy, ¿qué te pasó en las manos? —preguntó suavemente.
No hubo respuesta, como si hablase a un maniquí.
Leo miró al policía corpulento. El otro se encogió de hombros.
—Quién sabe. Los locos tienden a hacerse daño solos.
Li Biqing volvió a revisar el expediente y sus ojos se detuvieron en unas líneas perdidas entre el papel amarillento de los años. Empujó los documentos hacia Leo y, señalando con un dedo, preguntó:
—¿Esto fue una violación? Ocurrió hace cuatro años. Aquí dice que, además de violarla, el agresor la dejó llena de heridas y le mordió un dedo hasta arrancarle una falange.
Leo lo leyó por encima y asintió:
—Debe de haber sido por ese incidente. Como tenía problemas mentales y no pudo dar un testimonio claro, al final no atraparon al culpable. El caso quedó sin resolver.
Li Biqing entornó los ojos, pensativo, y de pronto le preguntó al policía del condado:
—Hace dos años y nueve meses, cuando ella ahogó a su hijo menor, ese niño tenía seis meses, ¿cierto?
—Sí, no llegaba a los siete.
—…Si lo calculamos así, el momento en que se quedó embarazada coincide justo con la fecha del ataque sexual. ¿Nunca sospecharon que el padre biológico del niño pudiera ser el agresor?
El policía abrió los ojos, estupefacto.
—¿Qué? No… nadie se fijó en eso. Después del divorcio, su marido se marchó del condado. Volvía de vez en cuando para ver a la hija mayor. Su segunda hija nació tras el divorcio, así que supusimos que el pequeño también era…
—Nunca les importó ella, ¿verdad? —dijo el joven chino, con frialdad—. Ni a ustedes, ni a los vecinos, ni a los voluntarios, ni a su familia. Como era una enferma mental, una loca fuera de la sociedad, un estorbo… Ni siquiera podía defenderse con palabras, y eso les ahorraba muchos problemas, ¿no?
El agente se mostró incómodo, incluso algo irritado. De no ser por la presencia del FBI, ya habría puesto al muchacho insolente en su lugar.
Leo miró sorprendido a Li Biqing. Jamás lo había visto expresarse con tanta dureza. En su recuerdo, el joven siempre trataba a todos con suavidad y modestia, con una sonrisa discreta que parecía filtrada por un cristal esmerilado decorado con motivos culturales. Pero no importaba: así, incluso así, le resultaba adorable. El agente federal pensó, sin remedio, que cualquier tono en él le quedaba bien.
Li Biqing se volvió hacia Leo:
—Si el hijo menor de Belairy era realmente hijo del violador, pensemos en esto: es muy probable que ella supiera quién era el padre, pero aun así decidió tener al niño. Con el paso de los meses, a medida que crecía, empezó a ver cada vez con más claridad en su rostro los rasgos de su agresor. Ese descubrimiento debió de sacudir sus nervios ya de por sí frágiles. Cada segundo cuidando de él era un tormento, una tortura constante. La presión y las sombras se acumularon hasta que un día algo activó el “interruptor del estallido”. Mi hipótesis es que ocurrió mientras lo bañaba, cuando él le mordió el dedo. Un bebé de más de seis meses empieza a tener comezón por la salida de los dientes y muerde todo lo que encuentra… pero esa mordida quebró la débil fachada que ella trataba de sostener. Fue la última gota. Los recuerdos sangrientos de la violación la inundaron y su estabilidad mental colapsó. En ese instante, actuó de forma instintiva para hacer desaparecer el dolor. Y ahogó a ese niño inocente. Tal vez incluso hoy cree que luchaba contra el reflejo del violador… y no siente culpa alguna por ello.
Leo reflexionó largo rato y finalmente asintió.
—Tiene bastante sentido.
—Entonces —intervino el policía—, sigue siendo una loca que mató a su propio hijo, ¿no?
Li Biqing no respondió.
—Terminemos por hoy —dijo Leo, levantándose—. De momento pueden retenerla. Hay muchas dudas en este caso, seguiremos investigando.
El policía se encogió de hombros, desinteresado:
—También estamos esperando los resultados del equipo de búsqueda. Si no aparecen más cadáveres, no hace falta que se meta el FBI. Podemos arreglárnoslas solos.
—Desde luego —respondió Leo con tono burocrático.
Antes de salir de la sala de interrogatorios, Li Biqing volvió la vista hacia la mujer encadenada a la silla metálica. Sus ojos gris azulado parecían un erial de espinas secas; sus dedos mutilados, sin embargo, se movían levemente, como si siguieran un ritmo nervioso y extraño. Él se detuvo, observándola con atención, y dijo de pronto:
—¿Pueden quitarle las esposas?
—¿Qué? —el policía frunció el ceño—. ¡Eso va contra las normas!
—Solo un momento. Unos segundos. Quiero ver qué intenta hacer su cuerpo de forma inconsciente.
Leo lo miró con severidad. Aquel gesto decía claramente: “Haz lo que te pide”. Incapaz de soportar la presión de esa mirada, el policía cedió, sacó la llave y abrió las esposas, con la otra mano bien firme sobre la culata de su pistola.
Incluso sin las esposas, Belairy no reaccionó. Pero sus manos, libres, se movían con más fluidez: los dedos se entrelazaban una y otra vez, siguiendo un patrón paciente y mecánico. Li Biqing se acercó, la examinó largo rato y, de repente, exclamó:
—¡Está trenzando el cabello!
Barajó la distancia de sus manos en el aire: más o menos a la altura de un niño de diez años.
—…Está peinando a Renee. Ella no sabe que su hija está muerta. Aunque alguien se lo haya dicho, esa información no puede entrar en su mente. Su memoria la lleva a pensar que Renee está frente a ella. Le está haciendo una trenza.
El policía miró el vacío bajo las manos de Belairy y un escalofrío le recorrió la espalda. Los temas de fantasmas siempre eran inquietantes, aunque nadie hubiera visto uno jamás.
—Está usando la única forma que le queda para demostrar amor a su hija —dijo Li Biqing—. ¿Aún cree que asesinó a Renee?
El policía apartó la mirada y bufó:
—¿Quién sabe? Quizá ni siquiera recuerda si la mató. Igual que cuando ahogó al bebé. Los enfermos mentales, cuando pierden el control, no reconocen a nadie.
Sin decir una palabra más, Li Biqing salió de la sala.
Ellos se alejaron de la comisaría y condujeron de vuelta al motel. Durante todo el camino, el chico no dijo ni una palabra. Al entrar en la habitación, el agente federal se plantó frente a él con una seriedad absoluta en su postura y expresión.
—Dilo —ordenó con suavidad firme—. Lo que dejaste a medias antes. Quiero escucharlo. Te estoy escuchando.
Li Biqing guardó silencio un momento. Luego, con voz baja, preguntó:
—¿Por qué? Si alguien enferma del cuerpo, o pierde una mano, o se queda ciego, la gente lo compadece, lo ayuda. Pero, si alguien enferma por dentro… entonces solo recibe rechazo y abandono. No lo entiendo, Leo. Las personas se lavan las manos una y otra vez o revisan el gas compulsivamente, le dan vueltas a un pensamiento hasta perder el sueño, se hunden en la depresión por una ruptura, un despido o un fracaso… En realidad, todos tenemos algún problema psicológico, algún trastorno emocional, más leve o más grave —alzando la mano, lo agarró con fuerza del brazo—. Si es así, ¿por qué no podemos tener más comprensión y más compasión hacia las enfermedades mentales?
Leo sintió que el lugar donde lo sujetaba casi le ardía.
—Sé a qué te refieres… Gracias, Biqing. La verdad es que, para mí, esas cosas no han llegado a ser tan terribles como imaginas. Ansiedad, depresión… ya sabes, es duro, pero no insoportable.
—No quiero meterme en tu intimidad, Leo. Solo estoy preocupado. Muy preocupado —el chico alzó hacia él sus claros ojos castaños, llenos de angustia y súplica—. Quiero saber qué originó todo eso… quiero saber qué te pasó. Tal vez no quieras contárselo a nadie. Tal vez, aunque lo supiera, ni siquiera pudiera ayudarte. Pero… no puedo mirar hacia otro lado.
—No tienes porqué preocuparte —respondió Leo con el rostro inexpresivo—. Es mi asunto.
—Pero yo me siento mal —Biqing soltó su brazo, retrocedió un paso y se sentó en el borde de la cama, abatido—. Solo de recordar tu mirada de entonces… siento que no puedo respirar. Incluso pensé que, si hubieras tenido un arma en la mano, tal vez habrías apuntado a tu sien y apretado el gatillo… No debería ser así.
Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos palidecieron.
—Leo, tú eres el mejor policía que he conocido. Eres valiente, íntegro, con principios. Aborreces el mal con todas tus fuerzas, y eres tan blando con los inocentes que a veces desespera. Cuando corres detrás de un criminal, pareces un cuerpo celeste ardiendo… No deberías cargar con esa sombra, ni con esa presión, venga de donde venga. Y sé… sé que no fue tu culpa.
Como si un bloque de hielo eterno se resquebrajara, las emociones empezaron a desbordarse. Los labios pálidos de Leo temblaron. Dio un paso adelante y rodeó la cabeza del chico con los brazos, inclinándolo contra su abdomen y su pecho; justo ahí, donde una bestia protegería su punto más vulnerable. Y, sin embargo, él lo ofrecía sin reservas.
—…No. Fue mi culpa, Biqing. No soy como tú dices. Ni de lejos. Traicioné mis creencias. Cometí un pecado imperdonable. Nadie lo sabe, pero yo sí… puedo engañar al mundo entero, pero no a mí mismo. Ni a ti…
—¿Un crimen? No. Leo, no lo creo. Tú no eres ese tipo de persona…
—¡Ni siquiera sé qué tipo de persona soy! ¿Justiciero? Sí. Ese es mi trabajo, mi fe. Siempre creí que si hubiera menos malhechores, habría más gente buena. Pero jamás imaginé que un día lo que yo hiciera también iba a contarse entre los actos de un villano…
—¡Leo! —Biqing lo abrazó, alarmado. Era la primera vez que lo veía tan al borde del llanto, tan deshecho, incluso más que durante sus episodios. Siempre había sostenido, aunque fuese por los pelos, la última línea de su dignidad—. Ya está, no hablemos de eso. Cambiemos de tema, ¿sí…?
—No. Ya no puedo seguir huyendo. Algún día tendré que decirlo. A alguien. O a Dios.
El agente de cabello negro tomó el rostro del chico entre las manos. Aunque lo miraba desde arriba, Biqing sintió como si fuese él quien buscara ser elevado. En sus ojos temblaba un brillo decidido y húmedo.
—¿Crees en los fantasmas que regresan? —preguntó—. Alguien que murió… y años después vuelve a pararse frente a ti. Con el mismo rostro, la misma voz… incluso el mismo nombre.
—No creo en esas cosas —negó Biqing—. Solo creo en lo que veo con mis propios ojos.
—Pero yo la vi —susurró Leo—. Estaba frente a mí. Vestida de blanco, con el cabello largo, rizado como algas oscuras, y aquellos ojos azul claro… Todo coincidía. Pero estaba muerta. Lleva muerta cinco años. ¡Y fui yo quien apretó el gatillo! La sangre empapó su vestido. Antes de morir estiró el brazo hacia mí, abrió la boca… parecía que quería gritar su último “sálvame”…
—¿Esa “ella”…? ¿La niña? ¿La hija de cinco años de Belairy? ¿Debbie?
—¡Ese nombre! Debbie… ese nombre no lo olvidaré ni muerto —los ojos de Leo se perdieron en algún punto inaccesible, donde depositaba todos sus recuerdos más insoportables—. Cinco años atrás, el asesino serial al que perseguíamos la tomó como rehén y la sostuvo frente a su pecho. Yo sabía que no debía disparar. Las reglas lo prohibían. Pero él… él era un monstruo. Un demonio. Si escapaba con ella, la violaría, la torturaría, la despedazaría y enviaría sus restos en cajas a la policía. Le daba igual si tenía cinco años o cincuenta. Así que disparé. Con menos del cincuenta por ciento de probabilidades de acertar. Ella lloraba y forcejeaba contra él… la bala atravesó su arteria carótida y destrozó mi última esperanza de que nada saliera mal. Enloquecí. Le vacié el cargador entero al fugitivo…
—¡Eso no fue culpa tuya, Leo! —Li Biqing le sujetó con fuerza las manos que él aún mantenía sobre su rostro, con los ojos llenos de lágrimas—. Fue solo un accidente. En esa situación no tenías otra opción que disparar; de lo contrario, para ella el final habría sido aún más terrible…
El agente de cabello negro negó con un dolor profundo.
—No. La raíz del problema no está ahí. Lo peor fue lo que ocurrió después… ¿Sabes qué hice? Borré mis huellas del arma, la metí en la mano del fugitivo y después fabriqué toda la escena para que pareciera que él me había arrebatado la pistola, había matado a la niña y luego yo lo abatí. Y mientras montaba todo aquello estaba tan frío… tan sereno… como un demonio. Sabía que la policía iba a creerme, y que el forense no examinaría nada con atención, porque yo era uno de ellos. La idea preconcebida los pondría de mi parte. A día de hoy, cuando lo recuerdo, sigo temblando de rabia y de miedo.
Como si no pudiera sostener el peso de la culpa, su cuerpo se deslizó sin fuerzas por el borde de la cama. Enterró el rostro en los muslos del muchacho, y su voz se volvió turbia, como un murmullo escapado de una pesadilla.
—Ni siquiera sé por qué hice algo así… ¿Para escapar del castigo de la ley y de la condena moral? No quería destruir mi futuro por un error involuntario. Creía que mi vida tenía un valor que aún no había demostrado, así que me lancé desesperado a erradicar el mal, a defender la justicia… Pero por dentro…
Leo continuo:
—Por dentro yo era un criminal podrido y oscuro, cubierto únicamente por la piel brillante de un funcionario ejemplar. Aunque pueda engañar a todo el mundo, no puedo engañar al fantasma de esa muerta. Por eso aparece cada noche en mis sueños. Cada noche revive aquel instante horrible y me acusa, me señala con esos ojos azules y helados…
La voz del agente se quebró. Al final solo pudo emitir un gemido largo, desgarrado, semejante al lamento de una bestia herida.
Li Biqing se inclinó para abrazarlo, apretándolo con toda la fuerza que poseía. Pegó la mejilla a la nuca de Leo; los cabellos castaños y negros se mezclaron como dos cisnes enlazados. Sabía que, en un momento así, cualquier palabra de consuelo palidecía; solo un contacto directo, cálido y absoluto podía hacerle sentir que era necesitado, que estaba siendo retenido.
Su mano recorrió la ancha espalda del agente, una y otra vez, hasta que las emociones se fueron apaciguando. Entonces, le susurró al oído:
—Leo, puedo ver tu alma. Es hermosa. Muy hermosa…
El agente federal lo aferró con fuerza por la cintura, como si todo su cuerpo fuese un nudo tenso.
—¿Es… otro consuelo lleno de compasión? —preguntó, esforzándose por articular las palabras.
—No. Tú no necesitas compasión alguna —replicó el muchacho—. Eres más fuerte y más bueno que nadie. Tomaste la decisión correcta. Si hubiese sido yo el rehén aquel día, preferiría que me enviaras al cielo de un solo disparo, antes que caer al infierno destrozado, después de un sufrimiento indecible, arrastrando un odio eterno hacia un monstruo. Y lo que vino después… eso fue puro instinto, Leo. Todos los animales buscan evitar el daño y orientan las cosas hacia el mejor resultado posible. Los humanos no somos una excepción. Si lo piensas con calma, lo ocurrido ya no podía deshacerse; aun si te hubieras entregado y hubieras sido juzgado, nada habría cambiado. Habría sido un desperdicio enorme. Piensa: en estos cinco años, ¿cuántos criminales has capturado? ¿Cuántas vidas has salvado? Si te hubieras entregado entonces, si te hubieran despedido o encarcelado, toda esa gente habría muerto.
Las palabras de Biqing eran claras, firmes, como un golpe seco que dio justo en el punto débil de Leo: su incapacidad para tolerar la muerte de inocentes.
—¿Crees que… quedándome aquí, hago más bien que mal? ¿Más bien que si estuviera en prisión? —Leo levantó el rostro, mirándolo como quien encuentra una salida en medio de la desesperación.
—Sin ninguna duda —dijo el muchacho, sosteniéndole la nuca y mirándolo con sinceridad absoluta—. La gente te necesita, Leo. Mucha gente. Incluida esa pobre madre de hoy… y su niña de cinco años. Ellas te necesitan para atrapar al verdadero asesino, para que esa alma que vaga en el fondo del lago pueda por fin descansar.
—Lo atraparé —dijo el agente, con una firmeza que parecía renacer desde lo más hondo.
—Yo te ayudaré —respondió Li Biqing—. En cuanto a Debbie, no le des tantas vueltas. Fue solo una coincidencia. Si ahora no puedes enfrentarla, puedo encargarme yo. Aunque sea pequeña, quizá pueda darnos alguna pista, algo que haya visto u oído.
Leo guardó silencio un instante. Luego, como reuniendo toda su valentía, murmuró:
—No. Puedo enfrentarla. Debo enfrentarla.
Li Biqing pareció por primera vez en toda la noche, respirar con alivio. Sonrió.
—Entonces iremos juntos mañana. Pase lo que pase, estaré a tu lado.
Leo se puso de pie despacio. Sentía los dedos, antes helados, recobrar el calor. No quería apartar la mano del cuerpo del muchacho.
—Esta noche… ¿podrías dormir a mi lado? —preguntó sin saber muy bien por qué. Y se dio cuenta, sorprendido, de que no había nada de ambigüedad ni vergüenza en su tono; era como una loba que pide a otra compartir su calor durante la noche.
—Claro —respondió Biqing, natural y sin dudar.

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