Capítulo 29

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Después de aquel día, Ning Yu fue a verlo con menos frecuencia. Pero de vez en cuando seguía apareciendo para buscar a A-Chong y traerle cosas extrañas: algunas comestibles, otras útiles, libros, o pequeños hombres de madera que él mismo tallaba. Ning Yu decía: “Solo paso por aquí de casualidad, es costumbre. No te sientas obligado”.

A A-Chong tampoco le importaba; con que no fuera una molestia, estaba bien. No tenía problema en considerarlo un amigo. De todos modos, por ahora Ning Yu no se estaba pasando ni siendo demasiado evidente; su modo de relacionarse seguía dentro de los límites normales, todo era manejable.

Si no se trataba de una relación, A-Chong ocasionalmente estaba dispuesto a tener un amigo así. Ning Yu era prudente en lo que hacía, era una persona recta y bondadosa, del tipo en el que se podía confiar. Solo que lo de la relación, era mejor descartarlo. No era problema del otro, era él mismo quien consideraba que no era necesario.

Ese día, al volver a casa, vio a Ning Yu charlando con una tía que vendía frutas al pie del edificio. Ning Yu llevaba una mochila en la espalda, probablemente acababa de salir del instituto de formación, y en la mano traía una bolsa con piñas baby.

A-Chong le dio unas palmaditas en el hombro. Ning Yu se volvió, al verlo, esbozó una sonrisa y le dijo: —Hola. Vengo a molestarte de nuevo.

Él dijo: Hola.

Ning Yu estaba un poco más bronceado y se le veía mucho más saludable que antes. Tal vez porque se veían con más frecuencia, A-Chong descubrió que este tipo en realidad era bastante agradable a la vista.

Tampoco era que siempre girara en torno a A-Chong. Parecía que Ning Yu la estaba pasando bien en Bangkok, tenía su propio ritmo de vida. A través de los pequeños detalles de la vida que el otro compartía, A-Chong podía sentir que estaba mucho más feliz que antes.

—¿Qué vas a darme hoy?

—Hice galletas, mis estudiantes dicen que saben bien —Ning Yu sacó una caja de galletas para A-Chong y empezó a repetir su línea de siempre—. ¿Quieres que comamos algo juntos?

A-Chong sentía que ellos eran como dos actores. A cualquiera le fastidiaría que cortaran una escena cuatro o cinco veces, pero Ning Yu no parecía cansarse nunca de esto, podía repetirlo una y otra vez.

—No, esta noche tengo planes, voy a ir en bici con unos amigos.

—Ah, ya veo —asintió Ning Yu—. También quería preguntarte si querías que te leyera algo esta noche.

A-Chong siempre decía lo mismo:—No, déjalo para la próxima.

—Mañana no tengo nada que hacer, y pensaba salir a correr al amanecer —dijo Ning Yu—. Mañana tú también descansas, ¿verdad? Ya que estaré por ahí, ¿te llevo el desayuno? Los fideos de arroz con carne de res de ese lugar que me recomendaste estaban muy buenos.

—Bueno, entonces ponle más salsa de pescado y albahaca para mí —podía aceptar un desayuno, A-Chong asintió—. Puedes venir a mi casa y lo comeremos juntos.

Ning Yu se veía muy contento: —Bien. También compraré un poco de arroz glutinoso.

—Bueno, trato hecho.

Cuando A-Chong terminó de hablar, volvió a mirar la bolsa que llevaba Ning Yu en la mano y preguntó: —¿Me das una piña?

Ning Yu asintió, sacó con cuidado una piña baby con la mano y la extendió esperando a que A-Chong la tomara. A-Chong originalmente alargó la mano, pero el movimiento se atascó a mitad de camino y se detuvo.

Bajó la cabeza, agarró la muñeca de Ning Yu, abrió la boca y le dio un mordisco a aquella pequeña piña de un amarillo brillante.

Ning Yu no se atrevió a moverse en ese instante. Se quedó pasmado, viendo cómo A-Chong, sujetando su mano, se la comía mordisco a mordisco, y además lo hacía con parsimonia.

La vendedora de frutas, una señora regordeta a su lado, apartó la mirada sonriendo.

Para cuando se terminó aquella piña baby, a Ning Yu se le había enrojecido la cara por completo. Cuando A-Chong comió el último trozo, sus labios rozaron continuamente sus dedos, produciéndole una comezón que le hacía temblar todo el cuerpo.

Al terminar de comer, A-Chong dio su opinión: —Muy dulce, está deliciosa. Me voy, adiós.

Dicho esto, giró y subió las escaleras.

No tenía otra intención. Simplemente no quería ensuciarse las manos, nada más. A-Chong pensó para sus adentros. Lo principal era que provocar a este pedazo de madera todavía era bastante divertido.

Parecía que tampoco podía corregir su costumbre de provocar gatos y pinchar perros.

La temperatura era muy alta. Ning Yu, de pie bajo la luz del sol, sintió que el jugo residual en sus dedos se secó al instante. Aunque A-Chong ya se había ido hacía rato, el calor en su rostro no bajaba, y seguía plantado ahí, atontado y paralizado.

No fue hasta que la vendedora del puesto de frutas a su lado lo llamó a gritos, que Ning Yu reaccionó.

Vaciló un momento, e intentó oler el aroma en sus dedos. Una fragancia frutal, pegajosa y empalagosa. Al olerla de nuevo, esa dulzura se transformó en el olor de A-Chong, como el aroma de los mercados nocturnos en las calles de Bangkok: húmedo, cálido, y ligeramente sofocante… No era fácil describirlo con precisión.

Ning Yu exhaló un suspiro y decidió regresar a casa. Había dado solo un paso cuando escuchó que alguien, sobre su cabeza, gritaba su nombre.

Alzó la vista y vio a A-Chong recostado en el antepecho de la ventana, con la mitad de su rostro oculto entre las ramas del árbol de mango, luciendo borroso y entre sombras, como si le estuviera sonriendo. En el siguiente instante, Ning Yu vio que la persona en su campo visual, casi sin pensarlo, arrancó un mango dorado que colgaba junto a la ventana y, de repente, se lo arrojó hacia abajo.

Ning Yu se agitó y revolvió para atraparlo; por suerte, sus reflejos deportivos no eran malos, y logró atrapar el mango con una postura incómoda.

A-Chong, al ver la torpe reacción de Ning Yu, se rió a carcajadas desde arriba y le gritó: —¡Te devuelvo tu piña con un mango!

Ning Yu vio cómo A-Chong desaparecía del antepecho. Sosteniendo aquel mango, sonrió al pie del edificio y se fue a casa de buen humor.

En realidad, A-Chong no tenía planes esa noche. Se comió unas cuantas galletas hechas por Ning Yu, tomó su teléfono, hizo varias llamadas y fijó algunas citas. Planeaba primero probar la nueva motocicleta de su amigo, y luego, por la noche, ir a divertirse un rato al ONYX1, hacía tiempo que no iba.

Sin embargo, no llegó a ir al ONYX.

Algo salió mal al probar la moto.

En realidad, A-Chong había revisado la moto y confirmado que no tenía problemas. Sin embargo, al subir a la carretera y andar un rato, al acelerar, sintió que el sonido del motor era algo raro. Distraído pensando en eso, se despistó. Al tomar una curva, A-Chong sintió que en medio de la calzada había como una masa viva. Al mirar con atención bajo la luz del faro, descubrió que, sorprendentemente, era un gato.

La moto era ligera; a esa distancia, frenar de golpe habría causado inevitablemente levantando la rueda delantera y una caída con las patas por los aires. A-Chong, por instinto, intentó desviarse hacia un lado, pero la calle era estrecha y adelante había un camión grande cargado de mercancía. En esa situación no tuvo otra opción que virar hacia la pendiente del costado. La moto fue a dar contra la orilla del camino, el casco se le salió violentamente de la cabeza y él salió despedido, arrastrándose tres o cuatro metros por el suelo.

Esos pocos segundos dolieron demasiado, y perdió la conciencia por completo. En medio del caos, A-Chong sintió que escuchaba, tenue y vagamente, el sonido de las campanas del Templo del Buda de Esmeralda.

En ese momento pensó: si me muero, en esa maldita siguiente vida, ese gato tendrá que cuidarme bien. Que no me haga pasar hambre de pequeño, que no me obligue a robar las ofrendas a Buda.

Un grupo de personas, atropellándose y agitándose, lo llevó al hospital. Mientras le tomaban las radiografías, su amigo, por su propia cuenta, llamó a San-jie. Para cuando salió para que le vendaran la mano, ya había comenzado a recibir un torrente de insultos furiosos.

Esta mujer normalmente nunca tenía buenas palabras que decir, y siempre repetía cosas como: —“Si quieres matarte, muérete de una vez y no me llames para interrumpir mi sueño de belleza”— “Juega, sigue jugando, hasta que te rompas las manos y las piernas, y entonces estarás contento”— “Cuando vuelva, te quitaré todas las llaves de la moto, a ver con qué juegas entonces”.

Tenía un fractura en la mano derecha, una leve conmoción cerebral, y raspones por todo el cuerpo. De no ser por su reacción oportuna y un golpe de suerte, habría perdido la vida.

En realidad, las heridas tampoco eran tan graves. Es solo que el sermón de San-jie era demasiado fastidioso…

Cuando San-jie lo llevó en auto a casa, se arrancó el pañuelo de seda rojo del cuello, se remangó y comenzó a hurgar en busca de las llaves de su moto. A-Chong no se atrevió a decir nada; se quedó mirando fijamente cómo esta mujer se llevaba todas sus llaves y, antes de irse, le rugió con ferocidad: —¡En los próximos tres meses, ni se te ocurra tocar una moto!

Bueno, sí, era un poco feroz, pero a fin de cuentas se preocupaba por mí.

Esa noche estaba demasiado agotado, y le dolía todo el cuerpo a horrores. Después de tomar la medicina, se desplomó en el sofá y se quedó dormido. Al día siguiente, mientras en su sueño el calor lo tenía medio aturdido, escuchó sonar su celular, pero no quiso contestar. Cuando ya estaba cabeceando otra vez, oyó que alguien tocaba la puerta.

A-Chong, frunciendo el ceño y con los ojos todavía pesados por el sueño, fue a abrir.

Afuera estaba Ning Yu, vestido con ropa deportiva y sosteniendo en la mano fideos de arroz y arroz glutinoso. Al verlo, A-Chong recordó el acuerdo de ayer.

Aún no había abierto la boca, Cuando descubrió que todo el cuerpo de Ning Yu comenzaba a temblar. Para acto seguido, la comida que Ning Yu llevaba en la mano —paf— cayera al suelo.

La reacción tan intensa del otro realmente asustó a A-Chong.

Ning Yu estaba muy agitado, mirando fijamente las heridas en su rostro durante un largo rato, parecía querer alargar la mano para tocar su brazo escayolado, pero no se atrevía del todo. No pasó mucho antes de que A-Chong viera como los ojos de este tipo se enrojecían.

A-Chong, en realidad, no lo entendía muy bien. El dolor lo sentía él en su propio cuerpo, ¿cómo era posible que en este mundo hubiera alguien que llorara antes de que él mismo se sintiera mal?

—¿Qué te pasó? —solo después de un largo rato Ning Yu logró preguntar, conteniendo la voz—. ¿Te metiste en una pelea o qué? ¿De dónde son esas heridas?

A-Chong echó un vistazo al desastre de fideos de arroz que había a los pies de Ning Yu y pensó: qué desperdicio de comida. Suspiró: —Tú… tú primero limpia la entrada de mi casa y luego hablamos.

Solo después de que Ning Yu hubo limpiado aquel montón de comida, A-Chong le permitió entrar.

No había dormido lo suficiente. A-Chong, bostezando, relató los sucesos del día anterior de manera ligera y despreocupada. No se imaginaba que, mientras hablaba, el semblante de Ning Yu se fuera poniendo cada vez más sombrío, hasta que llegó a la parte en que dijo: —… tampoco es muy grave, solo me rompí una mano. Pero salvé a un gatito, ¿sabes? En un principio quería traerlo conmigo, pero en ese momento el dolor era demasiado y…

—¿Así que tú también sabes lo que es el dolor? —Ning Yu lo interrumpió, con el rostro congestionado de rojo—. ¿Y si hubieras tenido mala suerte y te hubieras estrellado justo contra el auto de adelante? A esa velocidad… tú… fuiste muy imprudente, tú… ¿Qué clase de gato es ese tan desobediente, cómo pudo…?

Era la primera vez que A-Chong veía a Ning Yu alterarse así con él, y hablar de una manera tan fuera de sí.

Cuando se ponía nervioso, se le enrojecía la cara hasta las orejas y hablaba muy rápido. Era bastante gracioso.

—Bueno, ya basta. Con que el gato esté bien, es suficiente —lo interrumpió A-Chong—. Debe de ser un gato callejero, sin hogar. Las heridas no son graves, no importa.

—No puedes seguir así. Te lastimaste la mano derecha, comer, bañarte, todo va a resultarte incómodo. Ni siquiera puedes cambiarte el vendaje tu solo —Ning Yu le hizo caso omiso, y con el rostro serio había empezado a planear—. Pediré un permiso, durante el día vendré a cuidarte, puedo cocinar en tu casa…

A-Chong lo interrumpió por segunda vez: —Ning Yu.

Ning Yu, frunciendo el ceño, alzó la vista y vio a A-Chong sonriendo, apoyando la cara en una mano mientras lo miraba.

—¿Todos los días sales a correr vestido así? —A-Chong cambió de tema directamente—. ¿A quién quieres seducir?

El tema se había desviado por completo. Con expresión perpleja, Ning Yu pensó: ¿acaso no llevo ropa deportiva normal? ¿No es solo un poco más corta?

A-Chong era ese tipo de persona que, incluso con la cara magullada e hinchada, con solo sonreír, hacía que Ning Yu no tuviera ninguna resistencia contra él, olvidando al instante lo que originalmente iba a decir.

Así que, para su propia vergüenza, respondió: —… A ti.

A-Chong sonrió y dijo: —Ahora mismo tú no puedes seducirme. Pero los fideos de arroz con carne de res me seducen aún más.

Ning Yu se puso de pie de inmediato: —Voy a comprarlos otra vez, espera.

A-Chong dijo que sí, e incluso le dijo que se llevara las llaves.

Ning Yu salió corriendo a comprar el desayuno de nuevo. Apretaba las llaves de la casa de A-Chong, sosteniéndolas con fuerza, como si sujetara un diamante.

Mientras el vendedor preparaba los fideos de arroz, Ning Yu llamó al instituto de formación para pedir permiso con anticipación para la semana siguiente. Pensó para sus adentros que, esta vez, fuera como fuese, tenía que convencer a A-Chong; al menos hasta que sanara, definitivamente debía cuidarlo bien.

En el modo de pensar de Ning Yu, si le gustaba algo, iba directamente y con firmeza a buscarlo, sin importar el método. Así que mientras el amor no correspondido de otros quizás era agrio y amargo, el suyo era apasionado y desbordante. El proceso de espera intensificaba la anticipación; él se estaba enamorando día a día de Bangkok, y también cada día le gustaba más A-Chong, sin sentir ninguna frustración.

Cuando regresó a casa de A-Chong cargando la comida, descubrió que en la sala no había nadie.

Ning Yu vaciló un momento, luego, con sumo cuidado y en silencio, dejó las cosas en su lugar y entró al dormitorio de A-Chong.

A-Chong, en la habitación, dormía en una postura extraña, encogido como un arco y abrazando una almohada; parecía dormir profundamente.

Ning Yu se agachó frente a la cama, se apoyó la cara en las manos y comenzó a observar a A-Chong dormir.

Entraba luz del sol, y a medida que pasaba el tiempo y el ángulo cambiaba, algunos rayos dieron directamente en el rostro de A-Chong. A-Chong pareció sentirse deslumbrado, incómodo, y sus pestañas se movieron varias veces.

Ning Yu alzó una mano y ayudó a A-Chong a bloquear aquellos rayos de sol desconsiderados.

Mantuvo la mano alzada, mirando en silencio a A-Chong, como si él también hubiera entrado en el dulce sueño del otro.

Notas del Traductor

  1. un club nocturno, está entre los cien mejores del mundo, es muy famoso en Bangkok
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