Los gritos de batalla del exterior se acercaban cada vez más, así que Chen Xing volvió corriendo a la habitación.
Bolas de fuego silbaban en el aire mientras volaban hacia la ciudad. El ejército de Qin realmente había roto las defensas. Chen Xing ya había visto la masacre a gran escala que ocurría una vez que las defensas de una ciudad caían. Tenía que encontrar una manera de escapar lo antes posible.
Entró para despertar a su recién nombrado protector, que no podía moverse ni hablar. Xiang Shu, sin embargo, ya se había despertado y ahora yacía allí, mirando fijamente a Chen Xing.
—Encontraré la manera de escapar de la ciudad contigo a cuestas —prometió Chen Xing—. Espera aquí.
No es que necesitara decirle que esperara: Xiang Shu no podía moverse y, para colmo, estaba envuelto en una manta.
«No hay forma de que pueda huir con Xiang Shu a la espalda», pensó Chen Xing. Estaba a punto de salir a buscar un caballo, cuando se le ocurrió que los merodeadores podrían entrar a robar el lugar y terminar matando a Xiang Shu a machetazos. Levantó a Xiang Shu de la cama, junto con la manta en la que estaba envuelto, y lo metió debajo para que no lo descubrieran.
—No te preocupes —le aseguró Chen Xing—. Tengo la bendición de Sui Xing¹. Siempre he sido capaz de escapar del peligro, sin importar cuán grave sea la situación.
Luego fue en busca de un caballo.
Pero cuando salió al patio, descubrió que los establos estaban vacíos. Se habían llevado todos los caballos de guerra, así que no tuvo más remedio que buscar uno fuera.
Las calles estaban llenas de los cuerpos carbonizados de inocentes. Los soldados habían sembrado la destrucción a su alrededor, los dos ejércitos completamente absortos en su lucha mutua. Toneles de aceite volaban desde fuera de las murallas de la ciudad, uno tras otro, incendiando todo lo que tocaban.
—¡Oh, qué bien huele! —El estómago de Chen Xing empezó a rugir al oler la carne quemada.
No pudo encontrar un caballo, pero logró localizar una carretilla. Tendría que servir. Chen Xing la empujó hasta la puerta del patio, pero se atascó allí; tuvo que correr de vuelta a la habitación para cargar a Xiang Shu a la espalda.
Estaba arrastrándolo de debajo de la cama cuando, de repente, ¡la puerta de la mansión del gobernador se abrió de golpe y las tropas de Qin irrumpieron!
Un destello de inspiración fruto del pánico golpeó a Chen Xing. Inmediatamente volvió a meter a Xiang Shu bajo la cama, volcó los estantes de la habitación y arrojó las almohadas y la ropa sin cuidado por el suelo. Luego descolgó la cortina, la lanzó sobre la viga del techo y ató un nudo. Arrastró una silla, se subió a ella, pasó ambos brazos por dentro del lazo, dejó que la cuerda se le incrustara en las axilas y de una patada apartó la silla.
Apenas la silla cayó al suelo, dos soldados de Qin entraron corriendo.
Chen Xing quedó suspendido de la viga, con los ojos bien abiertos, mirando a los soldados sin parpadear. Estaba completamente oscuro, por lo que los soldados no podían discernir dónde estaba atada la cuerda; todo lo que vieron fue a alguien que se había ahorcado. Después de echar un vistazo, supusieron que el lugar ya había sido saqueado. Maldiciendo su mala suerte, patearon la mesa y se marcharon.
Una vez que las tropas de Qin se fueron, Chen Xing se apresuró a bajar y arrastró a Xiang Shu fuera. Sin embargo, solo había llegado a la mitad del camino cuando otro grupo de soldados de Qin irrumpió desde el patio trasero. Chen Xing se colgó de nuevo a toda prisa. El segundo grupo de soldados entró, miró a su alrededor y también se fue.
Observando todo esto, Xiang Shu se quedó sin palabras.
Chen Xing permaneció colgado allí durante aproximadamente quince minutos para asegurarse de que no viniera nadie más, luego desató el nudo y bajó. Se echó a Xiang Shu al hombro y corrió hacia el patio trasero, jadeando.
Alguien se había llevado la carretilla, pero a cambio, un caballo de guerra había aparecido de la nada. Parecía un caballo de Qin; el cadáver de un soldado de Qin atravesado por una flecha colgaba del estribo.
—¡Esto es genial! —dijo Chen Xing, subiendo a Xiang Shu al caballo—. ¡Definitivamente podremos escapar ahora!
Sin embargo, había olvidado una cosa importante: él tenía mucha suerte, pero la suerte de Xiang Shu era simplemente promedio.
Tras montar, Chen Xing aseguró el cuerpo de Xiang Shu bajo la manta y espoleó al caballo, que salió disparado del callejón hacia una calle lateral. Pero apenas dobló la esquina, se encontró rodeado de flechas incendiarias y granadas de fuego, como si los cielos hubieran volcado una palangana ardiente sobre la ciudad. En un instante, Xiangyang se había convertido en un purgatorio de llamas.
El caballo de guerra relinchó y echó a galopar, sacudiendo a ambos con violencia. Chen Xing, rebotando de un lado a otro en la montura, se giró para decirle algo a Xiang Shu. Entonces, con un sobresalto, lo descubrió: ¡Xiang Shu ya no estaba allí!
—¡So! ¡So! —Chen Xing tiró inmediatamente de las riendas para detener el caballo—. ¡Maldita sea! ¡Se cayó!
Chen Xing dio la vuelta al caballo y se apresuró a regresar por el camino para buscarlo. Encontró a Xiang Shu tirado en el suelo en la esquina del callejón y la calle principal. La mitad de la manta se había soltado cuando se cayó, pero al menos Chen Xing lo había encontrado. Chen Xing pensó que atarlo al caballo era probablemente su mejor opción, y justo cuando el pensamiento cruzó su mente, ¡encontró una cuerda que casualmente estaba en la silla de montar!
«Las sillas de los soldados de Qin están bien equipadas con lo necesario», pensó.
Chen Xing volvió a envolver a Xiang Shu con la manta y lo sujetó con una cuerda. Con gran esfuerzo, consiguió alzarlo de nuevo sobre el caballo y lo aseguró firmemente en la montura. Apenas terminó de apretar los nudos, un grupo de soldados de Jin lo divisó y cargó contra él.
—¡¿Qué estás haciendo?! ¡¿Estás secuestrando a una mujer civil?!
—¡Es un hombre! —dijo Chen Xing rápidamente—. ¡Este es mi padre, que ha estado medio paralizado durante muchos años! —Agarró a Xiang Shu por el cabello para mostrarles su rostro.
Los soldados de Jin estaban a punto de colocar sus flechas y dispararle, pero se detuvieron cuando vieron que, en efecto, era un hombre.
—¡Vaya rápido hacia el lado sureste! —les gritaron a los dos—. ¡No vayan hacia el norte! ¡La mansión del gobernador ha sido tomada, y el lado norte de la ciudad está invadido por soldados de Qin!
—¡Tengan cuidado! —les gritó Chen Xing en respuesta.
Los soldados de Jin se fueron. Chen Xing estaba preocupado de que Xiang Shu volviera a caerse, así que envolvió la cuerda alrededor de él dos veces y anudó fuertemente los extremos. Ahora estaba seguro de que Xiang Shu no se caería. Se secó el sudor y estaba a punto de montar el caballo cuando, de la nada, una flecha perdida voló y se clavó en la grupa del caballo.
Un instante después, el caballo de guerra soltó un prolongado relincho, y sus cuatro patas patearon el suelo con locura antes de lanzarse hacia el norte.
—¡Oye! ¡Oye! ¡Vuelve! —Chen Xing lo persiguió rápidamente, pero el caballo de guerra galopó con Xiang Shu a la espalda y desapareció en el mar de fuego sin dejar rastro.
Chen Xing estaba estupefacto. Miró a su alrededor. Las tropas de Jin se adentraban en la parte norte de la ciudad, avanzando sobre el ejército de Qin con toda su fuerza y envolviéndolos en una feroz batalla. La matanza los había vuelto a todos locos de sed de sangre. Los ciudadanos de Xiangyang tuvieron, en cierto modo, la fortuna de que Chen Xing los hubiera alterado brevemente al caer la tarde; aunque más tarde se dispersaron, nadie había conciliado aún el sueño. De haber estado dormidos, no habrían podido reaccionar con tanta rapidez cuando el ejército de Qin lanzó su asalto contra la ciudad.
Soldados y civiles, jóvenes y ancianos, todos sabían que, si Xiangyang caía, habría una masacre dentro de las murallas. No habría supervivientes. Por eso, cada uno de ellos luchaba ahora con todas sus fuerza para seguir con vida.
Chen Xing corrió casi un li² entero por la calle principal. Las llamas envolvían las casas a ambos lados, y los cadáveres cubrían las calles.
—¡¿Dónde está el caballo?! —gritó Chen Xing, enfadado—. ¡¿A dónde se fue?! ¡Vuelve aquí, maldito jamelgo!
Comenzaba a amanecer. El día parecía que iba a ser nublado, y el humo negro de la ciudad en llamas tapaba el cielo y hacía que Chen Xing se ahogara. Las lágrimas brotaban de sus ojos y no podía dejar de toser. Cruzó corriendo el campo de piedras hincadas erigido en la calle principal y se encontró en el frente de batalla entre las tropas de Qin y Jin. Un jinete lo vio de inmediato y cargó hacia él, levantando su larga espada y blandíendola hacia abajo.
Chen Xing soltó un chillido y se agachó, cubriéndose la cabeza. El jinete falló, y justo cuando miraba hacia atrás para ver si había alcanzado a su objetivo, su caballo galopó hacia adelante y lo embistió directamente contra un tendedero colgado en lo alto fuera de una casa. El jinete cayó, aterrizando de cabeza, chocando contra el suelo. Su cuerpo convulsionó incontrolablemente, la sangre brotaba de sus ojos, nariz y boca.
«¡Excelente!», pensó Chen Xing. Corrió hacia allí y estaba a punto de tomar el arma del hombre cuando el sonido de cascos golpeando el suelo llegó desde atrás. Chen Xing se tumbó rápidamente en el acto y se metió debajo del jinete muerto.
Cuando la caballería de Qin entró, se dirigieron directamente a la fortaleza en la ciudad de Xiangyang, preparándose para luchar contra las tropas de Jin en las calles. Nadie se fijó en Chen Xing en medio del caos.
Otra oleada de tropas de Qin pasó. Chen Xing sabía que si iba por allí buscando a Xiang Shu con el aspecto que tenía ahora, sería lo mismo que ofrecer su cabeza en bandeja de plata. Arrastró el cadáver del jinete a una casa y le quitó la armadura y la ropa interior para ponérselas él.
En este punto de la historia, la Guerra de los Ocho Príncipes³ ya había tenido lugar en el norte. Después de que los restos de la corte Jin huyeron al sur, los Han de Liu Cong, los Zhao de Shi Le, los Yan de Xianbei Murong, los Wei de Ran Min, y ahora los Qin de Fu Jian, todos tomaron su turno en el escenario, un intérprete tras otro. Cada uno fundó sus propios países donde las líneas de sangre de los pueblos Hu y Han se entremezclaron, por lo que muchos en el ejército de Qin eran Han. Chen Xing no resaltaba especialmente después de cambiarse a un conjunto de equipo de Qin, excepto porque el casco y la armadura le quedaban ligeramente grandes.
A pesar de su completo agotamiento, Chen Xing se abrochó sin demora la correa de su casco y corrió hacia el norte. Mientras, vigilaba en busca de caballos de guerra abandonados para ver si podía encontrar a Xiang Shu. Cuando pasaba velozmente junto a la Terraza Zhaoming⁴ en el centro de la ciudad, un comandante de Qin lo detuvo de repente.
—¡Oye, tú! —le gritó el comandante—. ¡¿De qué unidad eres?!
—¿Yo? —preguntó Chen Xing—. ¿Me hablas a mí?
Chen Xing habló en el dialecto Ya⁵, por lo que el comandante asumió que era un guardia de Chang’an.
—¡¿A qué vienen tantas prisas?! —gritó—. ¡Dirígete al noroeste!
—¡Ya me dirigía hacia allí! —dijo Chen Xing—. ¡Dame un caballo!
—¡No tenemos ninguno!
Con eso, el comandante le metió un escudo en las manos. Chen Xing no tuvo más remedio que sostenerlo. El comandante lo empujó de nuevo.
—¡Después de pasar la Terraza Zhaoming, dirígete al oeste para proteger el carro de inflamables! —gritó—. ¡Todo el ejército Jin ha sido desplegado, así que ahora es nuestra oportunidad! ¡Empuja el carro hasta la torre del tambor! ¡Ten cuidado!
Por lo tanto, Chen Xing tuvo que apresurarse para alcanzar el enorme carro que tenía delante. Los dos caballos que tiraban de él se encabritaban inquietos en sus posiciones y relinchaban de miedo mientras dos soldados de Qin intentaban calmarlos. El comandante empujaba desde atrás, gritando:
—¡Deprisa, vamos! ¡Rápido!
Un silbido sonó en lo alto. ¡Decenas de millones de flechas en llamas salieron disparadas de la mansión del gobernador en el centro de la ciudad y llovieron sobre las cabezas de todos en un diluvio de fuego!
Chen Xing quería aprovechar esta oportunidad para robar un caballo. Corrió, con el escudo delante de él, pero el comandante gritó:
—¡Sube al carro! ¡Entra en el carro! ¡No te preocupes por mí!
Chen Xing saltó al carro. Una franja de flechas en llamas que tapaba el cielo cayó en cascada como gotas de lluvia. El comandante fue alcanzado y todo su cuerpo se incendió al instante.
—¡Ayuda! ¡Ayuda! —gritó de agonía.
¿Cómo podía Chen Xing ser tan cruel como para abandonarlo? Se lanzó a sofocar las llamas que devoraban al comandante, pero este cayó hacia atrás, arrastrando consigo los recipientes llenos de aceite. El líquido se derramó sobre su cuerpo y, con un fuerte ¡zas!, se encendió, soltando un chillido espeluznante desde dentro de las llamas. Los dos soldados vieron que las cosas habían empeorado y se volvieron para ayudar, pero Chen Xing les gritó:
—¡Es demasiado tarde para salvarlo! ¡Vuelvan!
El fuego estalló en todas direcciones. Chen Xing saltó al carro; debía apartarlo, cargado de recipientes incendiarios, de las llamas. Apenas se sentó en el asiento del conductor, los contenedores abiertos comenzaron a prender fuego detrás de él. Los dos caballos que tiraban del carro se asustaron y no obedecían las instrucciones de nadie. Arrastraron el carro hacia adelante, con los recipientes incendiarios en plena llamarada, y con ellos a Chen Xing, que lo guiaba en su carrera desbocada.
—¡Hacia el norte! —gritó Chen Xing.
Tiró de las riendas, tratando de controlar la dirección de los caballos al galope. Cuando los desvió de oeste a norte, se estrelló directamente contra la primera línea de la batalla entre los ejércitos de Qin y Jin. En medio de un incendio brillantemente ardiente, irrumpió en la retaguardia del ejército de Qin.
—¡¿Dónde está Xiang Shu?! —Chen Xing miró hacia atrás y vislumbró un desastre total: los recipientes de fuego escupían llamas, uno tras otro, y había muy poca gente alrededor. Pasó a través de un muro de fuego y escuchó los gritos de pánico de una pequeña unidad de caballería.
—¡¿Qué estás haciendo?! ¡¿De dónde has salido?! ¡Para! ¡Para!
—¡Yo también quiero parar! —les gritó Chen Xing por encima del hombro—. ¡Pero no me hacen caso!
Chen Xing buscó por todas partes a su caballo perdido, pero para su alarma, el carro en llamas se precipitó a la calle principal. Todos los jinetes de patrulla se asustaron de muerte al verlo, y todos empezaron a perseguir a Chen Xing. Sin embargo, por mucho que los jinetes espolearan desesperadamente a sus caballos de guerra, su velocidad era limitada. Por otro lado, los caballos que arrastraban el carro de Chen Xing tenían el fuego lamiéndoles el trasero, por lo que galopaban a una velocidad superior a la que cualquier caballo normal podría alcanzar. Realmente era cierto que un caballo quemado por el cochero dejaría atrás a diez mil jinetes. Los caballos pisotearon todo bajo sus cascos mientras corrían por la larga calle como rayos, dirigiéndose de nuevo a la mansión del gobernador en el norte.
Cuando el ejército de Qin rompió las defensas de la parte interior de Xiangyang hacía seis horas, tomaron la mansión del gobernador como su primer bastión temporal, utilizándola como base para transportar toneles de aceite y flechas, reunir tropas e iniciar batallas callejeras. Mientras su línea de defensa avanzara de manera ordenada, tomar Xiangyang en tres días sería pan comido. En ese momento, un gran número de generales y consejeros militares de Qin estaban discutiendo la logística de las operaciones dentro de la mansión.
—¿Aún no hemos localizado a Shulü Kong?
—… debe estar en esta ciudad…
—¡El campamento está bajo ataque! ¡El campamento está bajo ataque!
Estos comandantes reunidos estaban a punto de sufrir la peor suerte de sus vidas. Entre ellos se encontraban el gran general Murong Chui, el general Zhonglang Shi Yue y el príncipe de Changle, Fu Pi. Los tres estaban estudiando un mapa sobre el escritorio. Un grupo de consejeros había propuesto quemar Xiangyang o derrotar al enemigo capturando a su líder, y estaban enfrascados en un acalorado debate.
Era demasiado tarde para instalar campos de piedras hincadas, ya que el frente de batalla ya había sido empujado hasta la Terraza Zhaoming en el centro de la ciudad. La mayoría de los guardias que defendían la retaguardia no eran diferentes de perros rabiosos. Se apresuraron al sur de la ciudad para luchar por quién podía recoger más cabezas humanas y ganar la mayor recompensa. ¿Quién podría haber imaginado que el enemigo los atacaría aquí en un momento así?
—¡¿Quién se atreve?! —gritó Fu Pi, furioso, levantando su espada mientras se preparaba para enfrentarse al enemigo de frente.
Los tres comandantes principales, incluyendo a Murong Chui y Shi Yue, eran todos generales poderosos que podían enfrentarse a cien enemigos por sí solos. Los asesinos individuales no eran nada a sus ojos, así que, ¿quién podría tener las agallas para atacar su campamento? ¡Qué absoluto idiota!
—¿Dónde está el enemigo? —preguntó Murong Chui.
—¡En la entrada! —gritó el mensajero.
Apenas las palabras salieron de su boca, Chen Xing gritó:
—¡Apártense! ¡Viene el aceite! ¡AHHH!
El carro en llamas hizo su gran entrada. Murong Chui acababa de salir corriendo por la puerta cuando se encontró cara a cara con Chen Xing. Pensó para sí mismo que un desastre era inminente y se dio la vuelta para huir por su vida. A Chen Xing ya no le importaba contra quién iba a chocar; saltó al patio y se lanzó a un estanque, rompiendo la fina capa de hielo para esconderse en el agua.
Antes de que pudiera enfrentarse directamente al enemigo, el carro derribó a Fu Pi. Las ruedas tropezaron con el umbral y todos los toneles de aceite ardiendo del carro volaron hacia el salón.
Chen Xing no se atrevió a mirar por encima del hombro y se apresuró a escapar. Se dio la vuelta en medio de las explosiones y salió tropezando, y justo a tiempo, porque detrás de él, toda la mansión estalló en llamas con una fuerte explosión. Gritos de pánico resonaron mientras la gente salía corriendo. El techo se derrumbó por las explosiones y toda la caballería se retiró a la fortaleza para rescatar a la gente de la catástrofe.
—¡El campamento de Qin fue incendiado!
El ejército Jin presenció todo esto desde la distancia frente a la Terraza Zhaoming, y su moral se disparó de inmediato. Zhu Xu reunió a sus ocho mil hombres restantes y se abrieron paso a machetazos por la calle principal. Chen Xing se quitó el casco, completamente perdido mientras observaba la escena ante él. Las tropas de Qin habían sufrido de repente una aplastante derrota y se estaban retirando. Los lugares que los Qin habían tomado –la Terraza Zhaoming, la calle principal, la calle Lutai al sur de la ciudad, y todas las demás calles y callejones– estaban siendo recapturados por los feroces soldados de Jin que no temían a la muerte.
—¡¿Pero dónde está él?! —Chen Xing se estaba impacientando. Tiró su casco al suelo y miró a su alrededor, aturdido.
Un denso humo negro tapaba el sol. El rostro de Chen Xing estaba sucio de hollín y humo. De repente, se le ocurrió algo: cerró los ojos y se quedó quieto. En un instante, su mundo quedó en un silencio sepulcral. Los gritos de batalla parecían resonar desde muy lejos, y una luz distante brilló en la oscuridad.
Otro destello.
En medio de la tranquilidad, Chen Xing se dio la vuelta bruscamente, y pisando el suelo empapado de sangre, giró rápidamente hacia un callejón. Pasó por el patio trasero de una residencia, y allí estaba: ¡su caballo de guerra!
El caballo, con Xiang Shu todavía atado firmemente a su lomo, quedó atrapado en la entrada. El cuerpo de Xiang Shu sobresalía demasiado por ambos lados, por lo que golpeaba una y otra vez contra las paredes mientras el caballo intentaba entrar.