Capítulo 3 | Toda la vida

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La leyenda cuenta que por encima de los nueve cielos existen inmortales. Los cuentos populares y las novelas sobre ellos son tan vastos como el mar: que si esta hada se fugó con un muchacho pobre, que si aquel monje o taoísta se entrometió en asuntos ajenos y golpeó a los patos mandarines1, que si las grandes constelaciones conspiraron entre sí luchando por el favor y el poder… Pero si uno investigara de verdad, nadie se atrevería a decir que realmente ha visto a un inmortal.

De boca en boca, las historias se reducen a frases poco fiables como siempre he escuchado, un anciano dijo una vez o se rumorea mucho por aquí.

Desde que la tierra de Yinsheng tiene registros de más de treinta mil años, aún no se ha escuchado de nadie que realmente haya ascendido para convertirse en inmortal.

Esos cultivadores inmortales, que son como el dragón divino que muestra la cabeza pero no la cola, no han logrado más que ganarse la reputación de ser personas ociosas, libres y en paz con el mundo.

Se rumorea que Jianghua Sanren provenía de una familia de grandes comerciantes. Entre eruditos, campesinos, artesanos y comerciantes, los comerciantes ocupaban el estrato más bajo. Aunque su familia poseía montañas de oro y plata, su anciano padre seguía sintiendo que su linaje no era lo suficientemente alto, por lo que pasó toda su vida persiguiendo ansiosamente el prestigio. No solo gastó grandes sumas de dinero para comprarse un cargo oficial, sino que también obligó a sus descendientes a estudiar, practicar artes marciales y buscar el dao, implorando a maestros famosos por todas partes.

Sin embargo, su preciado hijo legítimo, Jianghua, resultó ser un trozo de madera podrida que no servía ni para las letras ni para las armas. Fue arreado a palos por su anciano padre hasta la montaña Jiulu. No pasó ni medio mes cuando, debido a su extrema rebeldía y negativa a ser educado, durante una lectura de las escrituras del Dao, se puso de pie frente a todos los discípulos e interrogó al maestro hasta dejarlo sin palabras. Finalmente, fue expulsado de la montaña.

Como no se atrevía a volver a casa y no tenía nada que hacer, tal vez el destino lo quiso así, se topó con un viejo inmortal errante, excéntrico y de barba y cabello completamente blancos, y lo siguió para cultivar la inmortalidad. Se marchó durante trescientos años, y quién sabe qué nivel de cultivo alcanzó, pero al menos el etéreo y misterioso nombre de Jianghua Sanren comenzó a ser pronunciado por la gente. Es de suponer que su anciano padre, quien deseaba con todo su corazón cambiar el estatus de la familia, finalmente pudo cerrar los ojos en paz bajo los nueve manantiales.

Ahora Shi Wuduan estaba preocupado, pensando en su interior que ese Jianghua Sanren era como un petardo encendido, corriendo de un lado a otro sin quedarse quieto un solo instante. Quién sabe a qué lugar donde los pájaros no cagan había ido ahora a causar estragos, pero ¿dónde se suponía que debía buscarlo?

¿Acaso este viaje no le tomaría tres o cinco años?

Justo en ese momento, un trueno repentino cayó del cielo. Shi Wuduan se quedó atónito, levantó la vista y vio que el clima en el valle Cangyun cambiaba en un instante. Hacía un momento el cielo estaba despejado y sin una nube, pero ahora se había cubierto repentinamente de nubarrones oscuros. En un abrir y cerrar de ojos, gotas de lluvia del tamaño de frijoles comenzaron a caer con estruendo. El pájaro Cuiping encogió el cuello y, olvidando los rencores anteriores, esponjó sus alas y se escabulló dentro de la ancha túnica de Shi Wuduan, pero este lo agarró del cuello y lo sacó de un tirón.

Shi Wuduan agarró a Baili y corrió hacia la cueva más cercana, sin olvidar levantar al enorme pájaro Cuiping para colocarlo sobre la cabeza de Baili y protegerlo del viento y la lluvia, mostrando lástima por la fragancia y aprecio por el jade2 de manera sumamente responsable.

Pobre pájaro Cuiping de cuerpo emplumado; al no haber nacido con la capacidad de poner los ojos en blanco, en ese momento no sabía cómo expresar su frustración interna.

La mayoría de las cuevas en el valle Cangyun eran las moradas de pequeños demonios. Algunos, que llevaban más tiempo cultivando, se daban una apariencia humana para demostrar su profunda base de cultivo, e incluso colgaban una placa estrafalaria en la entrada de su cueva. A pesar de ello, estos pequeños demonios aún conservaban hábitos bestiales y siempre tenían sus propios territorios delimitados. En este valle Cangyun, entrar sin permiso en el territorio ajeno era un gran tabú.

Shi Wuduan era joven y nadie se lo había advertido, por lo que no conocía la gravedad del asunto. Al ver que no había ninguna placa en la cueva, pensó que estaba vacía y arrastró a Baili hacia el interior.

Estaba ocupado sacudiéndose el agua de lluvia del cuerpo cuando, con torpeza, sacó un pañuelo de su ropa. Buscó el lado limpio y limpió cuidadosamente una gota de agua que había quedado en la frente de Baili. Por eso, no vio que en el fondo de la cueva, un par de pupilas bestiales que brillaban con una luz verde fantasmal los observaba.

La lluvia apretaba. El pájaro Cuiping se liberó furiosamente de las garras demoníacas de Shi Wuduan y comenzó a saltar, persiguiéndolo para picotearlo. Shi Wuduan soltó un quejido y, mientras corría asustado cubriéndose la cabeza dentro de la estrecha cueva, no pudo evitar soltar su lengua afilada:

—Ni siquiera tienes plumas, no necesitas ni sacudirte cuando te mojas, qué… ¡Ay! Ya basta, no creas que por ser el pájaro del viejo no me atrevería a asarte y comerte… ¡¿Por qué no te detienes?!

Baili lo miró y sonrió. Luego, aprovechando que Shi Wuduan no prestaba atención, giró la cabeza y miró a la bestia escondida en el rincón. Al encontrarse con su mirada, que contenía una sutil advertencia, la bestia se encogió, dudó por un instante y, desde lejos, bajó la cabeza en señal de sumisión. Con la cola entre las patas, retrocedió lentamente hasta esconderse detrás de una gran roca que bloqueaba el paso.

Baili formó un sello con las manos y, sin que nadie lo notara, levantó una barrera alrededor de los dos, aislándolos de cualquier cosa del exterior.

Luego, Shi Wuduan pasó corriendo como un deslizamiento de tierra y un tsunami, con el pájaro Cuiping persiguiéndolo ferozmente por detrás. Sin que pareciera hacer gran cosa, Baili simplemente extendió una mano y detuvo al pájaro Cuiping que aleteaba, recogiéndolo en sus brazos. Con una mano sostuvo el cuerpo del gran pájaro y, con la otra, acarició suavemente su cuello hacia abajo, como si lo estuviera consolando.

A los ojos de Shi Wuduan, el pájaro Cuiping se tranquilizó repentina y milagrosamente, recostándose dócil en los brazos de Baili. Él se frotó la nariz, extendió la mano, le dio un ligero golpecito en la cabeza al pájaro y lo regañó:

—Tsk, pájaro pervertido, saliste ganando.

Luego, su atención volvió rápidamente a su hermosa y pequeña esposa, y preguntó con insistencia:

—¿Te mojaste? ¿Tienes frío?

Mientras hablaba, se dispuso a quitarse la túnica exterior para dársela a Baili. Cuando ya la tenía a medias, se dio cuenta de que la prenda estaba empapada y goteaba agua. Se frotó la cabeza con cierta incomodidad y murmuró confundido:

—Vaya, ¿por qué chorrea como si fuera sopa?

Shi Wuduan estaba justo en la edad de transición entre la niñez y la juventud. Su estatura empezaba a aumentar, pero sus mejillas aún conservaban la inocencia de un niño. Solo la punta de su barbilla comenzaba a mostrar sutilmente los contornos de sus huesos. Dos mechones de cabello mojado se pegaban a su frente, dejando al descubierto un par de ojos claros que parpadeaban mientras miraba de forma boba su propia túnica empapada. Baili se echó a reír.

Shi Wuduan no sabía de qué se reía, pero sintió que su sonrisa era hermosa, así que se tocó el cabello mojado y también empezó a reírse tontamente. Por eso, no se dio cuenta de que el pájaro Cuiping, que parecía descansar tan manso en los brazos de Baili, en realidad temblaba ligeramente.

Sorprendentemente, en la cueva había algo de leña seca esparcida, traída por quién sabe qué. Shi Wuduan reunió la leña, extendió un dedo, frotó hábilmente un pequeño encantamiento para invocar el fuego y una llama suave comenzó a bailar. En cuestión de minutos, encendió una pequeña fogata. Las dos personas y el pájaro se sentaron alrededor. Fue entonces cuando la mirada de Baili se posó en la carta medio mojada, con la tinta corrida, y preguntó:

—¿Por cuánto tiempo te irás?

—Quién sabe. —Shi Wuduan se soltó el cabello, lo escurrió y lo alborotó un poco—. Si tengo suerte, quizá me lo cruce nada más bajar la montaña. Si tengo mala suerte y resulta que se metió en algún bosque antiguo y profundo, no sería raro que tarde tres o cinco años en encontrarlo.

Apenas terminó de hablar, notó un leve rastro de tristeza en el rostro de Baili, por lo que no pudo evitar añadir:

—Pero no te preocupes, en el fardo que me envió mi maestro también hay un pequeño disco estelar. Aunque mis habilidades no sean perfectas y mis cálculos quizá no sean del todo precisos, al menos podré obtener la dirección general. Además, no es que me falte la boca; preguntando por ahí, seguro lo encontraré en uno o dos meses. Definitivamente iré y volveré rápido.

Estaba en una edad en la que solo pensaba en jugar, así que creyó que Baili estaba triste porque, al irse, ya no tendría con quién divertirse, por lo que propuso:

—La última vez escuché a la pequeña hermana marcial de la maestra Kuruo decir que el mercado al pie de la montaña es muy animado, venden de todo… Oye, ¿qué tal si le avisas a tu madre y bajamos la montaña para ir a jugar juntos?

Baili dudó un momento, sacudió la cabeza y respondió:

—Mi madre dice que en el inmenso mundo al pie de la montaña hay muchísimas personas, y que por cada persona buena hay una mala. El corazón humano es más complejo que los senderos de los bosques de este valle, donde es tan fácil perderse. A las personas de nuestra secta no se les permite bajar la montaña a la ligera.

Shi Wuduan estaba acostumbrado a no respetar la ley ni al cielo, y las reglas de las sectas le importaban un comino. Agitó la mano y dijo:

—Nos escaparemos a escondidas, no dejaremos que tu madre se entere.

Lo dijo con tanta naturalidad que Baili no pudo evitar quedarse atónito.

Shi Wuduan continuó, ansioso por intentarlo:

—He crecido todo esto y todavía no he bajado la montaña. He oído que la gente de abajo tiene ciudades y pueblos, y un tráfico incesante de carruajes y caballos. Las mujeres salen en literas llenas de flores frescas. ¡Ah, cierto! Cuando tenga dinero, también te compraré una, y te compraré las telas estampadas más hermosas para hacerte ropa, pasteles de osmanto y begonia para comer, y campanillas tejidas de hierba dulce para jugar, ¿qué dices?

Los ojos del joven brillaban intensamente. Por un instante, Baili estuvo casi a punto de asentir, pero de pronto bajó la mirada y vio su propia manita infantil apoyada sobre el pájaro Cuiping. Dudó por un momento y, al final, sacudió la cabeza:

—Pero mi tribulación celestial todavía no ha pasado…

Shi Wuduan sintió como si le hubieran echado un cuenco de agua fría en la cabeza. Se tocó el cabello alborotado y murmuró:

—Ah, es verdad.

Los separaba la mitad de una fogata. Baili inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera sumido en sus pensamientos, y, bajo la luz parpadeante del fuego, su rostro lucía un poco sombrío. Shi Wuduan seguía creyendo que estaba triste y no soportaba verlo deprimido, así que se devanó los sesos tratando de hacerlo reír. Se levantó, arrancó unas cuantas hojas de hierba en la entrada de la cueva, las secó sosteniéndolas sobre el fuego, las dobló y entrelazó, y en un abrir y cerrar de ojos, tejió un pequeño saltamontes.

Shi Wuduan sostuvo el saltamontes por un extremo de hierba que sobraba en la cola y lo acercó debajo de la nariz de Baili:

—Oye, oye, Pequeño Li, dame una sonrisa.

Baili lo tomó y, obedeciendo, le dedicó una sonrisa. Sin embargo, sus ojos seguían bien abiertos, sin arrugarse en absoluto por las esquinas; a simple vista se notaba que era fingida.

Shi Wuduan puso los ojos en blanco, juntó las manos, dio dos palmadas y murmuró un conjuro en voz baja. Este era el conjuro de marioneta que acababa de aprender, una técnica para controlar objetos. Tratándose simplemente de hierba u objetos de madera comunes, las variaciones del conjuro superaban las ocho mil. A menos que fuera para jugar, no tenía mucha utilidad, y nadie se pondría a estudiar algo así sin motivo. Probablemente, en toda la montaña Jiulu, el único ocioso e ignorante que se lo había memorizado de principio a fin era Shi Wuduan.

En ese momento resultaba perfecto para entretener a Baili. Sorprendentemente, el saltamontes de hierba se puso de pie tambaleándose en la palma de Baili. Como si acabara de aprender a caminar, avanzaba de forma inestable, cojeando de una pata. Sacudiendo la cabeza y meneando la cola, trepó por su muñeca, rodando y dando volteretas hacia atrás sin cansarse de jugar.

—Este se llama el burro rodando. 

—Este se llama el mono practica el puño borracho. 

—Este se llama…

El saltamontes de hierba trepó hasta el hombro de Baili y, sorprendentemente, estiró la cabeza y le dio un picotazo en la comisura de los labios, como si le hubiera dado un beso. Baili se quedó helado, y luego escuchó a Shi Wuduan reír con un par de risitas. Su expresión era un poco maliciosa, pero tenía las mejillas rojas mientras explicaba:

—Este se llama robar fragancia y hurtar jade. Belleza, regálale una buena sonrisa a este pequeño maestro.

Baili no pudo evitar que asomara cierta diversión en sus ojos, pero mantuvo el rostro serio a propósito. Extendió la mano, atrapó a aquel saltamontes especialmente lascivo de su hombro y lo regañó:

—¿De dónde aprendiste esas palabras tan desvergonzadas?

Shi Wuduan se rascó el cabello y dijo con una sonrisa apenada:

—Esto, Pequeño Li…

Baili lo ignoró.

Shi Wuduan pensó un momento, se dio la vuelta, recogió un puñado de barro negro del suelo y se lo untó en la cara durante un buen rato, quién sabe haciendo qué. Al rato se giró de nuevo: con barro negro se había dibujado un estrafalario carácter Wang en la frente3, se había embarrado círculos oscuros alrededor de los ojos y se había pintado unos bigotes a ambos lados de la boca. Infló las mejillas y miró fijamente a Baili; luego, de repente, levantó las cejas exageradamente, abrió un ojo grande y otro pequeño, peló sus pequeños dientes blancos, inclinó la cabeza y puso una mueca increíblemente tonta.

Baili y el pájaro Cuiping se quedaron mirándolo fijamente, estupefactos.

Un instante después, el pájaro Cuiping cayó de lado con un sonido sordo, a punto de rodar hacia la fogata. Baili finalmente no pudo contenerse y soltó una carcajada. Shi Wuduan sintió que le concedían un indulto; solo entonces extendió la mano para masajearse las mejillas adoloridas y se rió tontamente junto a él por un rato.

Luego, sacó el disco estelar que el patriarca le había metido en el fardo. Suspendió una mano sobre el disco y aquellos finos hilos parecieron cobrar vida, enredándose en sus dedos sucios y manchados de barro. Shi Wuduan tomó un pequeño palo de madera, trazó en el suelo cercano una serie de fórmulas deslumbrantes y dijo:

—Ven, déjame calcular por ti el origen y las consecuencias de esta tribulación celestial. Pequeño Li, ¿cuáles son tus ocho caracteres de nacimiento?

La mirada de Baili brilló. Shi Wuduan no conocía los tabúes; aunque en el fondo sabía que Baili era un demonio, al jugar con él a diario, ya lo consideraba un compañero igual a él, por lo que le preguntó con total naturalidad.

Los ocho caracteres4 de un demonio eran un asunto extremadamente privado que involucraba innumerables conexiones kármicas. Desde siempre, solo el cielo, la tierra y los padres debían conocerlos; después de ellos, aparte de aquella única persona predestinada a ser la más íntima en toda su vida, no se le decían a nadie más.

Al verlo en silencio, Shi Wuduan levantó la vista confundido y preguntó:

—¿Qué pasa?

Baili lo miró fijamente durante un momento. En sus ojos había una complejidad que Shi Wuduan no lograba comprender. Tras un largo rato, como si hubiera tomado una decisión, dijo en voz baja:

—Año Bingchen, tercer día del duodécimo mes lunar, hora Zi, tercer cuarto5.

Notas del Traductor

  1. Los patos mandarines son un símbolo tradicional chino para el amor verdadero y duradero entre parejas, ya que se cree que se aparean de por vida.
  2. Proverbio que describe la actitud de un hombre muy tierno y protector que valora y cuida a las mujeres hermosas o delicadas.
  3. Significa “Rey”. En China, se asocia comúnmente con las rayas en la frente de los tigres. Wuduan intentaba pintarse la cara como un tigre de manera torpe.
  4. Conocido como BaZi. Se refiere al año, mes, día y hora de nacimiento de una persona. En el mundo del cultivo, se cree que tener esta información permite a otros maldecirte, calcular todo tu destino o vincular sus vidas kármicamente. Compartirlo voluntariamente es un acto de la mayor intimidad y confianza posible.
  5. Sistema del calendario sexagenario chino. La “hora Zi” corresponde al período de tiempo entre las 11:00 p.m. y la 1:00 a.m.
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