Cuando Ban se levantó y caminó hacia Richt, el ambiente en el comedor cambió. Al principio su identidad era un secreto a voces, pero ahora había quedado al descubierto. Todos los presentes sabían que Richt era el cabeza de la familia Devine.
—No parecía tener un carácter cruel y complicado.
—¿No sería porque estaba ocultando su identidad?
—¿Eso crees?
—Claro. El duque Devine es famoso por tener un temperamento difícil.
Aunque lo decían con suavidad, todos conocían de oídas que el duque Devine era un hombre quisquilloso y de mal genio. Aunque los sirvientes y doncellas de las casas nobles fueran discretos, no existían secretos eternos. Además, él nunca se esforzó demasiado por ocultarlo.
Los caballeros no apartaron la mirada, pero sí agudizaron el oído. Por eso, los que estaban comiendo empezaron a hacerlo más despacio.
—Lord Richt—. Ban se acercó a él con naturalidad, se arrodilló, pero la postura era extraña.
Que un caballero se arrodillara ante una dama o su señor no era inusual, pero nunca lo hacía con ambas rodillas. Normalmente doblaban una y mantenían la otra erguida. Apoyar las dos rodillas en el suelo solo se hacía para jurar obediencia o cuando uno se rendía. Pero Ban se arrodilló con total tranquilidad.
Los caballeros se miraron entre sí.
«Parece que el rumor era cierto.»
Se decía que Richt torturaba constantemente al comandante de los caballeros Leviatán, que había sido un esclavo. En esta situación, no era difícil para Richt percibir el cambio de ambiente.
«Esto es algo incómodo».
No podía fingir amabilidad para aliviar el ambiente, y aunque lo hiciera, nadie le creería. Sobre todo, cuando Ban se había arrodillado con ambas rodillas y se inclinaba como un esclavo sumiso.
«Qué fastidio».
Richt, sin darse cuenta, levantó la mano y la colocó sobre su pecho. El corazón, que había logrado calmarse, volvió a latir con fuerza.
En realidad, para Richt, las personas a su alrededor no significaban nada. No le importaba que lo consideraran un villano. Solo podía ver a Ban.
Había intentado evitarlo, y ahora él venía a comportarse de manera tan adorable. El deseo que había intentado reprimir volvía a despertar poco a poco.
Richt carraspeó suavemente.
Por más que el deseo lo invadiera, no podía llevarse a Ban a otro lugar para satisfacer ese deseo creciente, así que debía contenerse.
—¿Qué ocurre? —preguntó brevemente.
Ban alzó la cabeza para mirarlo. En sus ojos había una devoción ardiente, como la de un creyente frente a su dios.
—Quisiera peinarle el cabello.
«¿Y por qué tú?».
Cuando vivía en la mansión Devine, Richt dejaba su cabello en manos de una doncella experimentada. No le gustaba el contacto físico, pero los nobles no hacían nada por sí mismos. Vestirse, bañarse o comer eran tareas realizadas por los sirvientes, y ni siquiera Richt podía escapar de eso.
Por eso, Richt entrenó a sus sirvientes con rigor: debían tocarlo lo menos posible, trabajar en silencio y con rapidez.
Como era de esperar, Ban, un ex esclavo, nunca había tenido permiso para tocarlo. Al menos, no hasta que la persona que habitaba en el cuerpo de su amo cambió y comenzó a curar las heridas que tenía en su espalda.
Richt se tocó el cabello sin pensar. Desde que había cambiado, se vestía y se peinaba solo sin dificultad, y siempre lucía impecable. Pero esa vez, por culpa del enfrentamiento con Abel, no había podido arreglarse bien.
«¿Y ahora Ban quiere ayudarme con eso?»
Algo no encajaba. Richt ladeó la cabeza.
«¿Acaso lo hacía para pedir castigo otra vez?». Mientras intentaba averiguar sus intenciones, Abel habló.
—Creo que puedo encargarme de peinarlo.
—No quiero —respondió de inmediato.
—Siempre dices que no a todo.
«¿Y tú dirías que sí?». Richt chasqueó la lengua en silencio.
Luego hizo un leve gesto con el dedo para que Ban se levantara. Era cómodo que entendiera sus órdenes con tan poco.
—Bien, aceptaré algo de ayuda entonces.
De lo contrario, Abel realmente tomaría el peine comenzaría a peinarlo.
—¿Rechazas mi propuesta?
—El caballero Ban preguntó primero ¿no es así?
Podría suprimir sus deseos por un momento.
«Aun así… No era un niño, deja de aferrarte». Richt le dio la espalda con frialdad.
—Subamos.
La cena era importante, pero prefería arreglarse el cabello primero y Abel lo molestaría durante toda la cena.
—Sí—. Ban lo siguió obedientemente, pero Abel le bloqueó el paso.
—No quiero que entre otra persona en mi habitación.
—Entonces iremos a otra. ¿Dónde está tu habitación? —Richt preguntó alegremente, y con una seña indicó a Ban que encabezara el camino.
Abel intentó seguirlos con naturalidad, pero esta vez fue Ban quien habló.
—Yo tampoco quiero que otra persona entre en mi habitación.
Eran exactamente las mismas palabras que Abel había dicho antes. Eso hizo que el ambiente de Abel se volviera hostil.
—[Otra vez con eso.]
—[Sí. ¿Por qué estará tan molesto?]
—[Ni idea.]
Los espíritus se inclinaron hacia adelante, como si quisieran proteger a Richt. Los caballeros también estaban visiblemente tensos. Pero lo que todos temían no ocurrió. Abel chasqueó la lengua y se echó atrás.
—Solo péinale el cabello, nada más —dijo eso y se sentó en la mesa más cercana.
Loren, que estaba sentado allí, parecía ligeramente preocupado, pero fue ignorado. La posadera, que observaba desde un rincón, suspiro de alivio y sirvió la comida rápidamente. El ambiente, que se había tensado, volvió poco a poco a la normalidad.
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—La habitación es pequeña. —comentó Richt al ver el cuarto de Ban.
Parecía que la posadera solo había decorado bien la mejor habitación; la segunda en calidad resultaba bastante pobre en comparación.
—Lo siento. —se disculpó por costumbre. Richt asintió y se sentó en la cama.
—No es ese lado.
—¿Qué?
—Esa es la cama de Sir Louis. —dijo con firmeza Ban. Lo miraba de forma obstinada.
«¿Me está diciendo que no me siente aquí por que no es su cama? Eso son… ¿celos? Qué adorable». Al pensar eso, Richt se mordió el interior de la mejilla.
El dolor lo devolvió a la realidad.
«¿En qué estoy pensando?». Carraspeó y cambió de lugar. Solo entonces Ban, regresó a su actitud sumisa. Sacó una pequeña bolsa blanca de su equipaje.
Dentro había dos peines: uno de dientes gruesos y otro fino y tallado con detalle, además de un pequeño frasco de aceite aromático. Nada de eso parecía pertenecerle.
Ban llevaba el cabello corto y apenas se lo arreglaba. Nunca había olido a perfume, así que seguramente no usaba aceites.
—¿Los usas tú? —preguntó Richt, por si acaso, y Ban negó con la cabeza.
—Los compré.
—¿Por qué?
«¿Para qué compraría algo así? ¿Tendría alguien con quien usarlo?». Por un instante, Richt sintió que todo se oscurecía. Un pensamiento escalofriante le cruzó por la mente.
«No puedo. Si lo toco, dejaré de ser humano.»
Se mordió de nuevo para resistir y preguntó con un tono más ligero:
—¿Para qué los compraste, entonces?
Ban dudó un momento antes de responder.
—Pensé que tal vez usted los necesitaría, mi señor.
Como no había nadie más escuchando, cambió rápidamente la forma de dirigirse a él.
«Mi señor».
Qué forma tan encantadora de llamarlo.
—¿Para mí?
—Si.
—Bien, entonces te lo dejó a ti.
—Será un honor.
Ban se colocó detrás de Richt, que estaba sentado en la cama. Como la cama no era de buena calidad, chirrió al subirse.
Después, Richt sintió cómo su cabello se elevaba suavemente. Ban parecía tener cuidado de no tocarlo con las manos. Tomó un poco de aceite y lo aplicó en su cabello.
«¿Es lavanda?»
Era el aroma que Richt prefería, ya que, debido a su temperamento y su cuerpo débil, a menudo tenía problemas para dormir.
«Dijeron que ayudaba a conciliar el sueño».
Aunque no había contacto directo, el peinado cuidadoso y delicado le resultaba agradable. Primero lo desenredó con el peine grueso y luego lo alisó con el fino. El cabello, antes enredado, volvió a brillar y a caer como seda.
El aroma que solía acompañar su descanso le produjo somnolencia. Aunque no había montado él mismo el caballo, el viaje de medio día había sido agotador. Mientras cabeceaba, sintió algo duro y áspero rozar su nuca.
—Perdóneme. —Ban se disculpó rápidamente.
—Está bien.
No sabía dónde había aprendido a peinar, pero le gustaba, así que decidió ser indulgente. Tal vez por el sueño, su autocontrol comenzaba a desvanecerse, sin que él mismo lo notara.
Un largo cabello negro cayó sobre sus hombros.
—He terminado. —Aunque Ban anunció el final, la mente de Richt no volvió enseguida— ¿Está cansado?
Parecía haber asentido sin darse cuenta.
—Entonces, ¿quiere descansar un momento aquí? —Susurró Ban.
«¿Aquí?». Pensó un instante.
Había una habitación mejor, pero la compartía con Abel. Aunque esta fuera modesta, se sentía mucho más cómodo aquí.
Recordó que Abel le había dicho que solo le peinara el cabello, pero no tenía intención de obedecer. Si él no respetaba sus deseos, ¿por qué Richt debería respetar los suyos? Se recostó en la cama.
—Solo dormiré un poco —dijo eso y cerró los ojos.
No pasó mucho antes de que un sueño irresistible lo envolviera.
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