Capítulo 31

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 «Debía de estar muy cansado».

Ban cubrió con una manta a Richt, que dormía profundamente. Luego se arrodilló junto a la cama y contempló su rostro. El sentimiento que poco a poco crecía en su interior empezaba a tomar forma y nombre.

Un sentimiento dulce y amargo al mismo tiempo: tener a alguien en el corazón y no poder mirar a nadie más. Incluso alguien como Ban, que había vivido como esclavo, lo comprendía. En circunstancias normales, no debería permitirse sentir algo así, pero ya no podía detenerlo.

«Lo amo».

Al pronunciarlo en silencio, la presa que había estado conteniendo sus emociones se rompió y estas se desbordaron.

Ban, que observaba fijamente a Richt, extendió lentamente la mano hacia él. Si la estiraba un poco más, podría tocarlo. Era la primera vez en su vida que intentaba tocarlo por voluntad propia, y su corazón latía con una fuerza descontrolada.

Si Richt despertaba y lo descubría, lo regañaría duramente, pero no le importaba. Después de todo, siempre lo curaba después de castigarlo.

Todo le parecía bien.

Justo cuando estaba a punto de tocarlo, alguien llamó suavemente a la puerta.

—Mmm.

Ante el repentino sonido, Richt frunció el ceño y giró ligeramente el cuerpo. Por suerte, no despertó. Ban miró hacia la puerta y vio que estaba entreabierta.

—No he dicho que pueda entrar.

—Y yo no he dado permiso para que hagas algo más que peinarlo.

—Todo lo decide mi señor.

—‘Mi señor’, ¿eh? Bien. Supongamos que sí. Pero dime, ¿crees que ese ‘señor’ aceptaría de buen grado lo que estabas a punto de hacer?

—¿Y sabe usted acaso lo que estaba intentando hacer?

Al oír eso, una de las comisuras de los labios de Abel se alzó.

«Qué descarado».

Algunos caballeros admiraban a Ban, diciendo que era una flor que había brotado del fango, pero Abel no compartía esa opinión.

«Un caballero serio, devoto solo a su amo»

Así lo llamaban, el modelo perfecto de caballero. Pero a ojos de Abel, Ban no lo era.

«Mira esos ojos llenos de codicia».

¿Cómo podían ser esos los ojos con los que se mira a un señor?

—Creo que sé perfectamente lo que intentabas.

—Está equivocado. —Ban, como si nada, acomodó la manta que cubría a Richt. No hizo nada más, pero la mirada de Abel no se apartó de él.

—Ahora que lo pienso, dicen que eres bastante hábil.

Esta vez Ban no lo negó. Podía negar cosas sobre sí mismo, pero nunca menospreciaba nada que tuviera relación con Richt.

—Luchemos.

La Orden de Caballeros Leviatán debía ser la mejor. En las palabras de Abel se notaba su intención de establecer jerarquía, y Ban no lo rechazó.

—Sí—. Empuñó su espada y siguió a Abel fuera de la habitación.

Junto a Richt, que dormía profundamente, Ban era capaz de percibir tres presencias. No sabía exactamente qué eran, pero su instinto le decía que no eran hostiles a su amo. Por eso podía marcharse con tranquilidad. No sería fácil, pero pensó en resolverlo cuanto antes y volver.

~ ◊◊◊ ♦♦ ◊◊◊ ~

Teodoro había hecho lo posible, pero no logró encontrar a Richt.

Incluso envió gente a la mansión de la familia Devine, pero no obtuvo ningún resultado. Los sirvientes que quedaban allí no sabían nada. El mayordomo asistente poseía algo de información, pero no fue de gran ayuda.

—El mayordomo viajó a la casa principal para encargarse de la administración del territorio, y tengo entendido que Lord Richt partió a descansar debido a un deterioro de su salud.

—¿Y no saben dónde está ese lugar de descanso?

—No, señor. Quizás el mayordomo lo sepa.

Como no pudo obtener información en la mansión, el noble enviado por Teodoro viajó hasta el territorio Devine. Pero el resultado no cambió.

—No creo que tenga la obligación de responderle eso —contestó el mayordomo Ain con tono irritante.

—La persona que le pregunta es Su Alteza el príncipe heredero.

—¿Y eso justifica presionar a una casa ducal? ¿Para qué quiere saber el paradero de alguien que se encuentra descansando por motivos de salud?

Ain actuaba como si tuviera varias vidas. Sin embargo, el noble enviado por Teodoro no podía tratarlo con rudeza. El duque Devine no había cometido ningún crimen, además de ser familia materna de la emperatriz. Poseían un gran poder, así que no podían ser tocados a la ligera.

«A menos que cometieran traición».

No podía hacer mucho. Solo transmitir lo que había averiguado a Teodoro.

—Así que está descansando por problemas de salud. —murmuró Teodoro al escuchar el informe.

Ciertamente, Richt no parecía gozar de buena salud. En comparación con otros caballeros y nobles que había visto, su cuerpo era delgado y su rostro, pálido.

«¿Acaso estaba realmente enfermo?». Al pensarlo, el corazón se le hundió.

La idea de que Richt sufriera en algún lugar que él desconocía le resultaba insoportable. Viendo su expresión, Alione, que estaba a su lado, habló:

—Alteza, ¿acaso cree las palabras de esos hipócritas?

—A mí también me pareció que estaba enfermo.

—El duque Devine siempre ha tenido ese aspecto. No hay manera de que de repente haya contraído una enfermedad terminal. Y aunque así fuera, ¿qué importa? Recuérdelo, alteza.

Aun con el apoyo de su confiable y poderosa familia, la casa Devine, Maia siempre los mantenía bajo vigilancia. Sabía que su hermano menor era tan ambicioso igual que ella. Alione lo sabía todo.

—La familia Devine ahora es nuestra enemiga. Son una existencia innecesaria. Pronto Su Alteza se convertirá en Emperador, y cuando eso ocurra, ellos solo serán un obstáculo.

—No hables así.

—¿Acaso Su Alteza no escuchó muchas cosas de su madre?

Sí, las había escuchado. Pero la persona que había conocido en realidad era amable y gentil, muy diferente de la persona que había escuchado.

—Dejemos ese tema. Es hora de la comida. Después de comer, debe volver a sus asuntos.

Las comidas habían vuelto a ser como antes de que llegara Richt. Frías y sin sabor. Pero ese no era el único cambio. Alione se esforzaba por borrar todo lo que Richt había hecho.

Por eso, el poco peso que Teodoro había recuperado empezó a desaparecer nuevamente. Aun así, creía que era lo correcto.

Teodoro no fue capaz de detenerla, tampoco tenía ánimos para hacerlo.

Comió solo lo suficiente para no escuchar rugir su estómago y se sentó ante su escritorio. Miró fijamente el libro colocado con cuidado a un lado y lo acarició con la mano. Era el libro que Richt solía leer cuando vivía allí.

“Historia del Imperio”.

Era un libro de bolsillo hecho para ser fácil de llevar, dirigido principalmente a jóvenes nobles. Pero Richt lo leía sin reparo alguno, y nadie se atrevía a señalarlo.

«Muy propio de Richt».

No podía imaginarlo preocupándose por las miradas ajenas. Teodoro acercó el libro y lo abrazó contra su pecho. Aunque eso lo entristecía, no podía hacer otra cosa.

«Quisiera tener más, más cosas suyas».

Cuando Richt se fue, borró por completo cualquier rastro de su presencia. Solo ese libro, que por casualidad había quedado en la habitación de Teodoro, permanecía.

«Debí haber guardado algún postre para él».

¿Por qué lo había comido todo como un cerdo?

Teodoro, que aún abrazaba el libro, revisó los documentos sobre su escritorio. Cuando terminó su trabajo, le quedó algo de tiempo libre. Normalmente estaría ocupado estudiando muchas cosas, pero tras el funeral de su madre le habían permitido descansar un tiempo.

Se dejó caer en la cama, todavía abrazando el libro. Su cuerpo cansado empezó a relajarse poco a poco. Parpadeó varias veces y finalmente se quedó dormido.

Era una tarde cualquiera, sin Richt.

—Mmm… — Teodoro gimió al abrir los ojos. Debió haberse quedado dormido sin querer, aunque solo pensaba recostarse un momento. Al incorporarse, sintió algo extraño.

«¿Qué pasa?»

Miró alrededor, pero el libro que había abrazado mientras dormía ya no estaba. Pensó que tal vez había caído debajo de la cama, pero no lo encontró. Tiró con urgencia de la cuerda del llamador.

—Sí—. Poco después apareció una doncella.

—¿Entró alguien en mi habitación mientras yo no estaba? —preguntó Teodoro.

La doncella dudó un instante antes de responder.

—La señora Alione pasó por aquí brevemente.

Junto al dormitorio había un pequeño salón de recepción. En circunstancias normales, ella debería haberlo esperado allí, pero era Alione. Desde la muerte de Maia y la desaparición de Richt, había cruzado la línea varias veces. Teodoro justo estaba pensando en advertirle.

—¡Tráela ahora mismo!

—Sí, alteza. —La doncella se retiró rápidamente.

No pasó mucho tiempo antes de que Alione entrara en la habitación. De su ropa emanaba un olor extraño, como si hubiera quemado algo; no era perfume.

—Alione.

—Sí, alteza. ¿Ha dormido bien la siesta? No debería hacerlo, pero lo vi tan cansado que no quise despertarlo. No debe repetirlo. El tiempo es limitado y Su Alteza tiene muchas obligaciones.

—¡Alione!

—¿Qué ocurre? —Ella parpadeó con expresión inocente.

—¿Entraste en mi dormitorio?

—Sí, solo un momento, para ver si se encontraba bien.

—¿Y no viste un libro?

—¿Uno con cubierta púrpura y letras doradas en el título?

—¡Sí! ¿Dónde está? — Teodoro preguntó con urgencia y la mujer frunció el ceño.

—¿Por qué tenía usted un libro así? Si mal no recuerdo, el duque Devine solía llevar uno de ese tipo. No será el mismo, ¿verdad?

—Soy yo quien hace las preguntas.

Al endurecerse su tono, Alione soltó un leve suspiro.

~ ◊◊◊ ♦♦ ◊◊◊ ~

Gracias por la ayuda~

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