Capítulo 32

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—Quemé el libro.

—¿Qué? —Por un momento, todo se volvió negro ante sus ojos—. ¿Que-quemaste el libro? ¿De verdad?

—Sí, lo quemé. —Alione respondió con calma.

—¿Dónde lo quemaste?

Aunque decía que lo había quemado, quizás no se había consumido por completo. ¡Si pudiera salvar, aunque fuera una parte! Teodoro se apresuró a salir de la habitación, pero Alione alzó la voz.

—¡Recapacite, alteza! ¡Solo es un libro!

«¿Solo un libro? No». Alione no entendía nada. Ese libro era un recuerdo impregnado del toque de Richt. ¿Cómo podía haberlo quemado? Involuntariamente, la mandíbula de Teodoro se tensó.

Alione, sin saber si él comprendía o no, lo reprendió con severidad.

—Esa persona fue quien lo corrompió, alteza. Si ahora recobra la razón y vuelve a ser como antes…

En ese punto, Alione se detuvo de golpe. Los ojos de Teodoro que siempre eran dóciles, ahora mismo la observaban con frialdad.

—¿A-alteza? —Cuando lo llamó con cautela, él preguntó con una voz helada.

—Alione, ¿acaso crees que eres de sangre real?

—P-por supuesto que no.

—¿No lo crees?

—No, ¿cómo podría siquiera pensar tal cosa? —Alione, dándose cuenta de que la situación se torcía, negó desesperadamente, pero ya era demasiado tarde.

Teodoro estaba furioso. Su madre, Maia, le había enseñado a reprimir siempre sus emociones. Le había dicho que un buen emperador debía estar siempre sereno, y él había seguido esa enseñanza.

No reía, aunque estuviera feliz, ni mostraba enojo. Incluso cuando se sentía triste, evitaba las lágrimas. Había soportado todo eso… pero ahora no podía.

—Si no lo eres, ¿cómo es que una condesa se atreve a dar órdenes al príncipe heredero?

—No es eso. No le di una orden, solo deseaba que su alteza volviera a ser como antes.

—No quiero oírlo.

—¡Alteza!

—No alces la voz.

Solo entonces Alione bajó el tono, aunque no logró ocultar su inquietud.

«Su alteza está actuando extraño. Y todo era culpa de Richt, de ese maldito hombre. ¿Cómo se atrevió a convertir a alguien tan digno en esto? Inaceptable».

Alione mordió con fuerza su labio inferior, un hábito que había abandonado hacía tiempo por no ser propio de una dama noble.

«Debo convencerlo de alguna manera». Mientras pensaba en qué decir, Teodoro habló primero.

—Condesa Alione, te destituyo de tu puesto como tutora del príncipe heredero. Y hasta nueva orden, te prohíbo la entrada al palacio.

—¡Alteza!

—Considéralo un favor en memoria de mi madre. Solo por eso no te estoy echando del todo.

—¡No puede hacerme esto!

—Llévense a la condesa. —Teodoro ignoró la voz suplicante de Alione.

—¡Suéltenme, suéltenme!

Las doncellas intentaron sacarla, pero Alione se resistió con tal violencia que ni dos pudieron contenerla. Solo con la ayuda de un caballero lograron finalmente arrastrarla fuera. Sus gritos se desvanecieron poco a poco hasta desaparecer por completo, señal de que la habían llevado lejos.

Teodoro miró la puerta por donde Alione había salido y luego bajó la vista a su propia mano. Le temblaban los dedos.

Por primera vez, había rechazado a alguien que lo había reprimido toda su vida. Había desobedecido la voluntad de su madre. Y, aun así, no sentía miedo. Ese temblor no venía del terror, sino de una satisfacción profunda.

«¿Siempre fui así?»

Quizás nunca había sido el candidato perfecto a emperador que su madre deseaba.

–¿Y qué con eso? —Una voz interior susurró—. Se sintió bien, ¿verdad?

Aunque seguía triste por la pérdida del libro de Richt, expulsar a Alione le produjo una sensación de liberación. Sentía su cuerpo, antes atado, completamente libre.

Teodoro apretó el puño. El temblor pronto desapareció.

—Guíenme al lugar donde la condesa Alione quemó el libro.

La doncella lo condujo a una habitación cercana. Al parecer, Alione había salido de su habitación con el libro y lo había quemado allí. Todavía quedaban brasas en la chimenea. Sin dudarlo, Teodoro metió la mano, haciendo que la doncella gritara.

—¡Alteza!

«Qué ruidosa». Pensó Teodoro mientras sacaba de la chimenea un trozo del lomo del libro parcialmente quemado.

—¡Su mano, su mano! ¡Llamen a un médico!

La doncella le envolvió la mano con un pañuelo. La piel delicada se había enrojecido por una leve quemadura. Aun así, gracias a eso había recuperado un fragmento de lo que Richt había dejado.

«No es suficiente para estar satisfecho, pero…»

Extrañaba a Richt. Quería que estuviera a su lado, sonriéndole y diciéndole que era adorable. Pero por ahora no podía ir a buscarlo.

«He sido demasiado ingenuo hasta ahora».

Era el príncipe heredero, sin embargo, estaba rodeado solo por gente de su madre. Primero debía ganarse a todos ellos, convertirlos en sus aliados. Luego consolidar su poder, y solo entonces ir a buscar a Richt.

Ningún duque podía desobedecer una orden imperial. Se haría más fuerte, lo traería de vuelta a su lado y viviría con él por siempre. Solo debía resistir un poco más.

—¡Alteza! ¡¿qué ha sucedido?! —El médico llegó corriendo y atendió apresuradamente la mano de Teodoro—. Por suerte, la quemadura no es profunda. Si se trata bien, no dejará cicatriz.

—No me importaría si deja cicatriz.

El médico lo miró sorprendido. En el pasado, Teodoro se habría preocupado por la reacción de los demás, pero ahora no. Desvió la mirada, ignorando al médico.

Tenía mucho trabajo por delante.

~ ◊◊◊ ♦♦ ◊◊◊ ~

¡Clang!

El sonido metálico de un choque lo despertó. Aunque fuera poco, había descansado lo suficiente para sentirse más liviano. Richt se frotó los ojos y bajó de la cama. Arregló su ropa arrugada y salió de la habitación, pero no había nadie en el primer piso. Solo quedaban los platos a medio comer; las personas habían desaparecido.

«¿Dónde se ha metido todo el mundo?»

Intrigado, abrió la puerta y vio las espaldas de varios caballeros reunidos en grupo. Todos observaban con atención, los puños apretados.

Curioso por saber qué miraban, Richt se asomó. Louis empujó discretamente a un caballero para dejarle espacio, y cuando el caballero vio que era Richt, se quedó quieto sin protestar.

Richt dudó un instante, pero la curiosidad fue más fuerte. Cuando se colocó en el hueco, Louis le preguntó amablemente:

—¿Desea sentarse?

—No.

Si se sentaba, no vería nada. Al notar eso, Louis tuvo otro gesto amable: presionó la cabeza del hombre de enfrente para despejarle la vista a Richt. El pobre caballero soltó un ruido raro, pero ambos lo ignoraron.

—¿Qué están haciendo esos dos? —Richt señaló a los hombres que destrozaban el patio frente a la posada. Uno era Ban y el otro Abel.

—Están en un duelo.

—¿Por qué?

—No lo sabemos. Quizás solo querían medir sus habilidades.

«Imposible. Ban no era de ese tipo».

Con toda probabilidad, Abel lo había provocado. Hacer pelear así a alguien tan tranquilo… definitivamente, el carácter de Abel tenía problemas.

—¿Quién crees que ganará?

Louis respondió con una expresión incómoda.

—Supongo que el lord Abel. Es uno de los mejores espadachines del imperio.

—Ban también lo es.

—Cierto, pero el norte es un lugar muy duro. Es perfecto para mejorar las habilidades.

Parece que quería creer que su propio bando ganaría. Richt entrecerró los ojos y lo miró, y Louis comenzó a moverse nervioso, esquivando la mirada, hasta que de repente, como si recordara algo urgente, se levantó de un salto.

—¡Debo ausentarme un momento! ¡Perdóneme!

Ni siquiera terminó la frase antes de desaparecer corriendo. En su lugar se sentó Loren. Sin pensar, se metió en el hueco vacío, pero al notar que tenía a Richt al lado, se estremeció.

—[¡Hola!]

—[¡Aquí estabas!]

—[¡Qué gusto verte!]

Tres espíritus que siempre seguían a Loren comenzaron a revolotear emocionados. Parecía que querían saltar directamente hacia Richt, pero Loren los sujetó con la mano.

—[¡No bloquees la vista!]

Aun con las quejas de los espíritus, se mantuvo firme.

—[Ja, ja, ja.]

Los espíritus que acompañaban a Richt se rieron abiertamente.

—[¡No pueden venir!]

—[¿No pueden venir?]

Parece que los espíritus también sabían cómo burlarse de los demás.

—Por favor, basta ya —suplicó Loren, pero los espíritus no se callaron.

—[¡No quiero!]

—[¡Yo tampoco quiero!]

—[¡Bleh!]

Richt decidió dejar de prestarles atención, tanto a los espíritus como a Loren.

Lo que realmente le preocupaba era Ban. Tocó la espalda del caballero frente a él con la punta del dedo y, cuando el sorprendido caballero se volvió, Richt le preguntó con calma.

—¿Cuánto tiempo llevan luchando?

—Bastante. Comenzaron durante la comida.

Así que por eso todos habían dejado sus platos para venir a mirar. Abel y Ban siguieron peleando durante largo rato, acumulando heridas, sin que nadie gritara para detenerlos. A ese paso, podrían seguir hasta la noche.

Richt suspiró.

—Apártense.

En cuanto lo dijo, Loren se lanzó entre los caballeros, abriéndose paso para dejar el camino libre. Al parecer, prefería sacrificarse antes que presenciar una de las famosas explosiones de mal genio de Richt.

~ ◊◊◊ ♦♦ ◊◊◊ ~

Gracias por la ayuda~

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