A A-Chong en realidad no le gusta dormir con otras personas.
Ning Yu dijo que era una persona cautelosa, pero si realmente lo era o no, era difícil de afirmar, lo que desconcertaba a A-Chong era el por qué una persona tan cautelosa podía dormirse tan fácilmente en la cama de otra.
Desde luego, no se consideraba un extraño, y además parecía dormir muy cómodamente. Eso ya debería ser suficiente, pero Ning Yu, sin importarle la muerte, todavía lo abrazaba contra su pecho. A-Chong sentía que la postura era un poco incómoda. Él era un poco más alto que Ning Yu, y siempre tenía la sensación que la postura con que Ning Yu lo abrazaba era como si estuviera sosteniendo a un niño. Lo empujo para apartarlo, pero a los dos segundos esos brazos lo enredaron de nuevo. Volvía a empujar, pero seguían enredándose… joder, qué fastidio.
En el pasado, siempre eran otros los que usaban su brazo como almohada hasta entumecerlo, pero hoy sorprendentemente se había cambiado de persona y era él el que se apoyaba en el otro; era un poco absurdo. Pero A-Chong descubrió que en realidad no lo rechazaba del todo; al fin y al cabo, que alguien lo abrazara era cómodo, y además, no era su brazo el que se dormía. Después dejó de moverse, se encogió un poco más en el hueco del hombro de Ning Yu, relajó su cuerpo y se durmió.
Mientras su conciencia se difuminaba, sintió que Ning Yu pareció besarle la frente. Muy suave, quizás fue una ilusión. A-Chong sintió que esto se parecía un poco a lo que hacen las madres en la televisión… cuando arrullan a un niño para dormir.
En esa noche, ese beso parecía no tener relación con el amor o el deseo. Se parecían más a dos personas que no encontraban su hogar y se topaban la una con la otra; él le dio a un extraño un cigarrillo para aliviar la soledad, y el extraño le devolvió un beso suave y cortés.
Ese beso llevó su conciencia a un lugar seguro, y A-Chong se durmió rápidamente.
Tuvo un sueño muy muy largo.
El sueño era muy extraño. En realidad, debería saber quién era, pero ese sueño estaba lleno de demasiadas escenas que parecían reales y a la vez falsas; a veces sentía que era la persona dentro del sueño, otras veces sentía que era solo un espectador; luego, en un momento de distracción, comenzó a ser incapaz de distinguir si era el presente o el pasado.
Flotaba a la deriva en el río, siguiendo la corriente. El agua era tibia, muy agradable. A-Chong podía sentir su cuerpo encogido; suspiro cómodamente, dormido, como un bebé durmiendo en el líquido amniótico. Pero después de un rato sintió que el agua se volvía caliente, y algún sonido lejano intentaba despertarlo…
A-Chong recibió unas palmaditas en la cabeza.
Abrió los ojos y vio a su shifu —con una mirada distante— sentado en una pequeña barca, mirándolo. Y a su alrededor, hombres, mujeres, ancianos y niños bañándose desnudos en el río.
A-Chong de repente recordó: este era el viaje de visita que su shifu hizo con él a India el año en que alcanzó la mayoría de edad.
En el sueño, él estaba desnudo, con una cuerda atada a su cintura cuyo otro extremo estaba atado a la pequeña barca de su shifu.
El shifu en la barca preguntó: —Chong, levanta la vista y mira, ¿dónde estamos?
A-Chong, que estaba en el agua, levantó la vista.
Echó un vistazo al edificio frente a él, y comprendiendo, dijo: —Shifu, es Mrigadāva (Sarnath), estamos en el río Ganges.
El shifu asintió: —Sigue descansando, aún no hemos llegado al lugar.
A-Chong cerró los ojos.
Escuchaba a su shifu recitar sutras en voz baja en la pequeña barca, pero no se atrevía a dormirse de verdad. Comenzó a sentir que la temperatura del agua era cada vez más caliente, tan caliente que resultaba incómoda, como si fuera a cocer su cuerpo por completo.
Se sentía muy incómodo; el sonido de los sutras recitados por su shifu no podía tranquilizar su mente, sino que en ese momento más bien la perturbaba. En el agua, se agitaba inquieta la ardiente corriente del Ganges, pero temiendo el castigo de su shifu, nunca se atrevió a abrir la boca ni una sola vez para decir: No me siento bien.
Después de un buen rato, el shifu dijo con calma: —Abre los ojos.
A-Chong abrió los ojos.
Hasta donde alcanzaba su vista, había hileras de plataformas para la cremación de cadáveres. Un río trazaba las dos orillas; en la orilla, las personas lloraban y gritaban, llevando cadáveres uno tras otro hasta las altas plataformas, para destruirlos con un fuego intenso. Sobre el Ganges, flotaba un olor extraño, penetrante y desagradable, el hedor fétido de los cuerpos calcinados. Las llamas eran muy brillantes. Bajo el cielo abierto, aquello era un funeral despiadado.
A-Chong pensó que lo había olvidado, pero la memoria es honesta. Sus ojos no pudieron evitar empezar a sentirse agudos y doloridos, un sentimiento de pesar y dolor lo invadió en el corazón, y de hecho surgió el impulso de dejar caer lágrimas calientes. Incluso miles y millones de veces, él seguiría siendo conmovido por esta escena.
En ese momento, no sabía si todo aquello era real o falso, si era un sueño o el presente… después de todo, no entendía por qué, habiendo pasado tanto tiempo, aún podía ser conmovido por la escena que presenció el año en que alcanzó la mayoría de edad.
Río arriba, la gente se bañaba en el río; río abajo, la gente quemaba cadáveres en la orilla. Era una escena que ponía los pelos de punta, pero el shifu hizo que A-Chong la viera de principio a fin. [Nota]
El shifu le preguntó a A-Chong: —¿Quieres bajar a la orilla?
A-Chong atónito, negó lentamente con la cabeza.
El shifu dijo: —Chong, el cuerpo se convierte en carbón calcinado, el alma ya ha pasado a la siguiente vida. Así que, ¿has alcanzado la iluminación?
¿La ha alcanzado?
A-Chong miraba atónito las llamas que se elevaban hacia el cielo en ambas orillas.
El color del cielo era oscuro y pesado, con un tono amarillento sucio, como cubierto por una capa de niebla impura. Solo aquellos fuegos funerarios en la orilla eran tan deslumbrantes, tan brillantes, como farolas en el mundo de los vivos que señalaban hacia el reino de los muertos.
A-Chong miraba, miraba sin apartar los ojos, su consciencia estaba perdida y desconcertada.
El joven, confuso e ignorante, aún no había vivido lo suficiente para comprender, cuando su shifu lo arrastró con firmeza a este lugar de tránsito parecido al infierno. Su shifu quería que mirara, que comprendiera, que aguantara, que eligiera, que entendiera.
Y entonces, al siguiente instante… A-Chong vio a una persona.
Al principio no estaba seguro. Miró con atención y finalmente confirmó que esa persona… era su San-jie.
Ella era diferente a los demás; los otros cadáveres eran llevados a las plataformas funerarias firmemente envueltos, pero esas personas no le pusieron nada a ella. Estaba completamente desnuda, todo su cuerpo sucio fue colocado sobre una pila de madera. Separados por la distancia, A-Chong vio que esta mujer, a la que tanto odiaba como amaba, tenía los ojos abiertos; su mirada estaba vacía y fría, mirando en su dirección, con un par de ojos que aún en la muerte se negaban a cerrarse.
—No…
A-Chong le gritó a la persona que levantaba la antorcha, gritó con la voz desgarrada, nadó hacia adelante con todas sus fuerzas, pero el otro extremo de la cuerda estaba atado a la barca de su shifu, fijándolo en las aguas del Ganges. Al final, no pudo llegar a la orilla.
El fuego tragó los ojos de San-jie.
En el sueño, su shifu tiró un poco de la cuerda, llamando de vuelta al pequeño discípulo que había perdido el control de sus emociones. A-Chong volvió la cabeza, y en los ojos del maestro vio algo de solemnidad, algo de contención y una compasión apenas perceptible.
—Chong, ¿has alcanzado la iluminación?
Un fuego ardió hasta consumir alegrías y tristezas, encuentros y separaciones, un puñado de lágrimas apagó el amor y el odio. El shifu se dedicaba a cultivar el Mahayana1 dentro del Theravāda2, era alguien de gran sabiduría. El shifu le enseñó esa gran sabiduría, le enseñó a ver a través de la muerte y también a aprender la vida.
Aferrarse con afán, viviendo una vida mediocre y ocupada. Al final, parece no ser más que eso.
A-Chong vio en el sueño a ese otro yo suyo, con el rostro empapado de lágrimas y una expresión profundamente afligida.
Ese él, con la voz entrecortada, respondió en voz baja:
—He alcanzado la iluminación.
La he alcanzado.
Tomaste una gran obra ceremonial que conmemora la vida y la muerte y me la regalaste como rito de iniciación a la adultez, ¿cómo me atrevería a no alcanzar la iluminación?
En el sueño, los fuegos funerarios en la orilla se avivaban cada vez más, conectándose para formar una cortina de fuego que llenaba el cielo… El fuego se extendía desde la orilla, entraba en el Ganges, y lentamente también alcanzaba la pequeña barca donde estaba sentado su shifu.
A-Chong, en su aturdimiento, miraba cómo el fuego del sueño los engullía a él y a su shifu.
La barca fue consumida por el fuego, la apariencia de su shifu cambió, volviéndose de cejas bondadosas y mirada amable, su semblante dhármico era solemne. Desaparecida la barca, bajo el asiento de su shifu creció un trono de loto; su shifu se elevó flotando, y sacó a A-Chong del Ganges cubierto de destellos de fuego.
Mientras flotaba en el aire, A-Chong vio que su yo del sueño volaba dentro de un hermoso gran salón. Su shifu había desaparecido.
El gran salón era espléndido y resplandeciente, de una belleza incomparable. En el alto trono estaba sentado un hombre vestido ligeramente, que parecía ser el amo de este lugar. A-Chong no podía distinguir el rostro de ese hombre, pero vio que alrededor de este rey había sirvientes con ropas lujosas y bordadas, y montañas de exquisitos manjares.
A-Chong pensaba y pensaba… recordaba la escena frente a él, que le resultaba algo ajena, pero a la vez familiar… antes de que pudiera comprenderla, A-Chong vio que, por detrás, volaba hacia él un águila de aspecto feroz y malévolo.
A-Chong se levantó alarmado para esquivarla. Fue justo entonces cuando descubrió que, donde deberían estar sus manos, habían crecido unas alas blancas… y que él, sorprendentemente, estaba volando.
Al volar hacia el gran salón, A-Chong miró el suelo, tan brillante que podía reflejar la figura humana, y descubrió que se había convertido en una paloma.
A-Chong aterrizó en el hombro izquierdo del hombre que estaba en la cabecera del gran salón. El águila que lo perseguía aterrizó en el hombro derecho del hombre.
El águila intentó picotear a A-Chong, pero A-Chong la esquivó. El hombre de rostro aún borroso que tenía frente a él protegió con su mano a la paloma que tenía en la palma y preguntó al águila: —¿Qué estás haciendo?
El águila de mirada siniestra y feroz del sueño, sorprendentemente, habló.
El águila dijo: —Esta paloma es mi alimento, llevo mucho tiempo hambrienta, devuélveme mi alimento.
El hombre dijo: —Este rey una vez hizo un voto de tratar a todos los seres del mundo con igualdad, ¿cómo podría permitir que mataras a un ser viviente ante mis propios ojos?
¿Este rey?
A-Chong miraba asombrado a ese hombre… la escena del sueño era a la vez ilusoria y real. Poco a poco se dio cuenta de que esta era… una historia que él había escuchado antes.
El águila, sin ningún temor, dijo burlonamente con una sonrisa: —Rey, la ley del más fuerte es natural y justa. Si no me dejas comer, entonces, ¿cómo se resuelve que yo muera de hambre? ¿Acaso no soy yo también un ser viviente? ¿Tratar a todos por igual es acaso una simple frase vacía?
Ese hombre guardó silencio un momento. Dijo: —Puedo usar otra cosa para intercambiar, pero no puedes comerte esta paloma. Dime, ¿qué quieres?
A-Chong sintió que su yo del sueño estaba temblando.
Sabía que algo estaba a punto de suceder.
—Solo como carne cruda —dijo el águila. —Solo como carne recién cortada, que aún tenga sangre, que aún este caliente.
El rey miró alrededor del gran salón.
En todos los lugares alcanzados por su mirada, cada persona se encogía y retrocedía un paso, como temiendo que el rey hablara y los designara para el sacrificio.
A-Chong quería hablar, pero su yo del sueño no podía decir nada. Aleteaba sus alas, pensando: ¿Por qué no puedo hablar como ese águila?
—Bien—. A-Chong oyó decir al rey, cuyo rostro no podía distinguirse: —Ya que hice el voto de salvar a todos los seres vivientes, y no hay razón para matar a otras criaturas. Entonces, tómame a mí a cambio de esta paloma. ¡Traigan un cuchillo!
¿Traer… un cuchillo?
A-Chong sintió que empezaba a temblar.
El águila no estaba satisfecha. Dijo: —Aunque pertenezco al reino animal3, tampoco quiero aprovecharme de ti. Si el rey desea salvar la vida de esta paloma, debe intercambiarla por una cantidad equivalente de carne cruda…
El rey dijo que estaba bien.
Ordenó a sus sirvientes que trajeran una balanza, acarició las plumas de A-Chong, y luego lo colocó en un lado de la balanza.
A-Chong vio a ese hombre desabrochar su prenda superior y comenzar a cortar la carne de su brazo.
A-Chong vio la sangre, oyó los gritos de alarma de la gente bajo el gran salón. A-Chong comenzó a no comprender… en qué tipo de sueño se había metido. Su dolor de cabeza se intensificaba, veía cómo el hombre cortaba un trozo tras otro de carne ensangrentada y los arrojaba al otro lado de la balanza.
Pero sucedió algo extraño. El hombre cortó un trozo, dos trozos de carne, la carne de un brazo, la carne de ambos brazos y la puso en la balanza. Siguió cortando hasta que apenas le quedaban fuerzas y carne en su cuerpo, pero esa balanza seguía sin equilibrarse. A-Chong permanecía inmóvil sobre la balanza, no entendía: ¿era él tan pesado? ¿Por qué esa balanza simplemente no se movía?
A-Chong veía cómo ese hombre cortaba una y otra vez; el hombre quizás no sentía dolor, pero A-Chong comenzó a sentirlo. Miraba y miraba, observando detalladamente el sueño, en la nebulosa confusión del mundo onírico… justo cuando A-Chong sentía que el dolor lo ahogaba, finalmente pudo ver con claridad el rostro de ese hombre.
Resultaba que… era el rostro de Ning Yu.
Ning Yu lo estaba mirando.
A-Chong, bajo esa mirada, sintió un escalofrío; en ese instante solo sintió que su alma se desprendía y se dispersaba.
Habiendo cortado tanta carne, el hombre en el sueño ya no tenía fuerzas. Al levantarse tambaleándose, parecía querer subir a la balanza, y usarse a sí mismo para intercambiar por A-Chong.
A-Chong oyó que esa águila le preguntaba al Ning Yu que ya se había convertido en un esqueleto: —Te cortaste los tendones, y te rompiste los huesos solo para salvar a una paloma. ¿Te arrepientes?
En el sueño, no se sabía si él mismo era un huésped, no se podía distinguir quién era quién. A-Chong, asustado por esta escena sangrienta, comenzó a sentir pánico; aquel esqueleto ensangrentado se desplomó frente a él, e incluso sus ojos parecían inyectados de rojo sangre. Él, sonriendo, le dijo:
—…No me arrepiento.
La balanza se equilibró lentamente, pero su conciencia nuevamente se distanciaba gradualmente; A-Chong ya no podía ver este sueño con claridad, en su mente solo quedaba el cuerpo mutilado e incompleto de Ning Yu, y una frase teñida de rojo sangre: “No me arrepiento”.
No me arrepiento. No me arrepiento. No me arrepiento.
Claramente había ausencia de arrepentimiento, pero A-Chong lo escuchaba con unos ojos que parecían a punto de reventar, y esas palabras se alojaban en su cerebro, giraban en él, tan ruidosas, tan fuertes… A-Chong se alejó gradualmente de ese sueño.4
Despertar sobresaltado era inevitable.
Este sueño era disperso y prolongado, ordenado y desordenado, lleno de imágenes aterradoras y espeluznantes. Al despertar, A-Chong descubrió que estaba empapado en sudor, abrió los ojos y vio que fuera de la ventana el sol ya estaba alto en el cielo.
Le picaban los ojos: era Princesa, acostada junto a su rostro, lamiendo las lágrimas que le quedaban en el rabillo del ojo.
A-Chong se apartó un poco para esquivarla. No había nadie junto a la cama; era la primera vez que, al despertar, estaba solo y A-Chong sintió que su corazón se quedó vacío por un instante.
Ese sueño era falso, pero inexplicablemente lo llenaba de pánico.
A-Chong se quedó un rato aturdido. Con la mano, atrajo a Princesa hacia su pecho, y luego enterró su rostro en la espalda de Princesa.
Esperó a que su respiración se calmara para luego levantarse. Tenía la garganta seca, quería beber un vaso de agua.
Al llegar a la sala, vio a Ning Yu con una chaqueta puesta, de espaldas a él, inclinado arreglando algo en su vientre; no sabía qué estaba haciendo.
A-Chong miraba esa espalda y pensaba para sí: ¿Cómo puede ser esto mi karma?
Él pasó junto a mí, atravesó mi vida, ¿cómo se convirtió entonces en mi karma? Buda, ¿por qué no lo dices claramente, por qué es esto?
A-Chong, abrazando al gato, pensaba y pensaba, absorto durante mucho tiempo. Recordó la imagen del sueño, con Ning Yu cubierto de sangre, cortando su carne para alimentar al águila. Pensó en su San-jie, muerta con los ojos abiertos entre las llamas, pensó en todo aquello.
No entendía por qué había tenido un sueño así. Familiar y a la vez extraño, cercano y distante, verdadero y falso, difícil de discernir. Incluso el gato que ahora tenía en brazos, y el Ning Yu que estaba a unos pasos de distancia, también parecían un sueño.
Vio que Ning Yu notó el movimiento, volvió la cabeza y preguntó: —Ah, ya estás despierto.
A-Chong asintió: —… Buenos días.
—Te llamé una vez, pero vi que dormías cómodo y no volví a llamarte —dijo Ning Yu. —Espera unos diez minutos más y podremos comer. Hoy preparé un caldo de huesos.
A-Chong solo pudo asentir con la cabeza.
No se sabía por qué Ning Yu hablaba con un cierto aire tímido. A pesar de ser un clima insoportablemente caluroso, esta persona llevaba una chaqueta holgada, una sudadera deportiva que A-Chong había tirado en un rincón del armario. Ayer, al ordenar la casa, A-Chong recordaba que Ning Yu la había sacado para lavarla.
A-Chong preguntó: —¿Para qué llevas mi ropa?
Después de un rato, Ning Yu con algo de vergüenza, dio media vuelta y se acercó hacia él.
Fue entonces cuando A-Chong vio que el vientre de Ning Yu estaba abultado y protuberante, a primera vista parecía embarazado.
—¿? ¿Qué haces? —A-Chong empezó a dudar de verdad si aún estaba soñando. —¿Qué le pasa a tu vientre?
Ning Yu lo miró de reojo, su mirada era evasiva: —En mi vientre está el baobei del gran baobei.
A-Chong, abrazando al gato, pensó: ¿Qué está tramando esta persona? Luego, Ning Yu se acercó, y él fue arrastrado por Ning Yu hacia la habitación, para sentarse cerca de la cama.
A-Chong finalmente no pudo evitar preguntar: —… Disculpa, ¿qué le pasa exactamente a tu vientre?
Ning Yu hizo un esfuerzo por poner una expresión muy serena, dijo: —… Oh, no es nada, solo que tengo tu hijo.
Ning Yu estaba un poco nervioso, A-Chong podía verlo, podía oírlo. Tenía las orejas rojas, y también algo de vergüenza. OK, si el objetivo era lograr ser gracioso, ciertamente había tenido éxito; un hombre de aspecto tan formal haciendo esta escena, por donde se mirará era torpe y contenido, era realmente gracioso.
A-Chong cooperó muy bien y se dejó hacer reír. Cuanto más nervioso estaba el otro, más fácil le resultaba relajarse a él.
Cooperando, soltó un —¿Ah, sí? no se notaba, ¿tienes puntos de habilidad para embarazarte? ¿De cuántos meses está? ¿Ya le pusiste un apodo cariñoso?
Esta vez, la mirada con que Ning Yu lo enfrentó directamente se volvió un poco más firme. Tomó la mano izquierda de A-Chong, que no estaba herida, la puso sobre la cremallera de la sudadera y dijo: —… Ábrela y mira.
A-Chong soltó un “oh”, —¿Te hago una cesárea? ¿Ya está a término para nacer?
—… —Ning Yu cerró los ojos un momento, ni él mismo pudo evitar reírse. —¡Está a término! ¡No es como si estuviera embarazado de Nezha! ¡Abre rápido y mira!
La cremallera solo se abrió unas pulgadas, pero A-Chong vaciló.
Su movimiento se detuvo, y cambió de tema de manera brusca diciendo: —Anoche, antes de dormir, parece que te salió el dibujo, así que hoy no podemos salir.
La expresión de Ning Yu se tensó un momento, antes de responder: —… Mm, mi suerte es muy mala.
Vivir el amor día a día, y compartir noche tras noche. El día que te canses, que te aburras, será como si el juego terminara; ya no nos volveremos a ver, y así no nos haremos daño mutuamente. Es bueno para ti, también es bueno para mí. La moneda es nuestra causa, el vínculo que formamos es nuestro efecto; si el problema surge de esta moneda, entonces todos los asuntos molestos también se los dejaremos a ella.
¿No es así?
Después de escucharlo, Ning Yu parecía bastante contento; chasqueó los dedos y aceptó de inmediato: —¡Muy bien! ¡Gracias, jefe, por darme la oportunidad!
—De nada—. A-Chong le respondió cortésmente, con la expresión de un jefe y el tono de un novio. —Es lo que corresponde.
Ning Yu parecía muy seguro. Su mirada era clara, su expresión serena, y apremió diciendo: —¡Abre rápido y mira! ¡A ver si mi cortejo de hoy ha tenido éxito!
A-Chong inclinó un poco la cabeza; tampoco sabía qué tipo de pócima estaba vendiendo este Ning Yu en su vientre. Tiró de la cremallera hacia abajo con fuerza, y solo vio rodar de dentro de la ropa unas tras otras… gelatinas del tamaño de la palma de la mano de un hombre adulto.
A-Chong se quedó pasmado.
Olvidó atrapar esos postres de gelatina que caían y que Ning Yu había metido dentro de la ropa. Al fijar la vista, vio que eran de la marca X-Zhilang, del tipo de aspecto bonito, que él no había comido de niño. Unos pocos que Ning Yu no alcanzó a recoger rodaron por el suelo.
En el instante en que las gelatinas salieron despedidas, A-Chong tuvo de pronto la ilusión de que, en realidad… aquello eran fragmentos de su pasado, que Ning Yu había extraído de su propio vientre. Y además quería que él mismo lo abriera, que los tomara, que no fuera cortés en lo absoluto.
Ning Yu dijo en voz baja: —Mira, ¿no son cosas buenas que te gustan?
… Sí.
¿Qué sintió en ese momento? A-Chong pensó que tampoco era tan exagerado como para llorar, ni una conmoción que te mate o te dé vida, realmente no era tan dramático. La crueldad del mundo adulto hace tiempo enseñó a A-Chong a endurecer el corazón y a convertirse en un espectador del mundo. La ley del mundo real es: guardar las emociones y los latidos inexplicables, y aprender a analizar con la cabeza fría, como un hombre, de forma racional y serena, qué es exactamente lo que esa persona puede darle.
¿Qué puede darme él? A-Chong pensó: parece que lo da todo.
Entonces si… le pidiera su carne, ¿la daría?
A-Chong levantó la vista.
De repente preguntó: —Ning Yu, abandonar tu propia vida para buscarme, ¿te arrepientes de ello?
—¿Eh?
—Te pregunto si al conocerme, al venir a buscarme, te arrepentirías.
Ning Yu se quedó atónito un momento, y luego, sorprendentemente, se sonrojó.
No tiene sentido, qué hay para sonrojarse en esto. A-Chong no podía entenderlo; claramente ya habían dormido juntos, ¿cómo es que cada vez que hablaban así, Ning Yu lograba que pareciera su primer despertar del amor?
A-Chong lo vio con una mano sosteniendo las gelatinas, mientras que con la otra empezaba a rebuscar en sus bolsillos. Después de hurgar un buen rato, sacó su cartera y extrajo una tarjeta.
—¿Por qué me arrepentiría? Ya dije que iba en serio… —Ning Yu hablaba con un poco de tartamudeo. —Esto, la verdad es que tampoco tengo mucho dinero, solo he trabajado un año, tengo un poco más de cincuenta mil, que conté como dote de compromiso… eh, quiero decir es, tampoco sé bien qué darte, pero voy en serio, ¡desde el principio hasta el final voy muy en serio! Solo que… tampoco es que quiera usar esto para secuestrar tu voluntad, tú quieres estar conmigo como yo… no, lo que quiero decir, en fin, cuidaré bien de ti, aprendo rápido las cosas, también puedo cuidarte bien…
Su voz se hacía cada vez más baja, como si le faltara seguridad. Con una mano sostenía la tarjeta, con la otra una gelatina. Sus movimientos eran poco naturales, parecían un poco torpes y cómicos.
A-Chong sacó esa tarjeta con dos dedos y la miró. Dijo sonriendo: —Ni siquiera es más de lo que yo gano en un mes. Un pobre diablo no es digno de mí; tienes que ganar más dinero, amigo.
Ning Yu suspiró, quizás también sintió que perdía dignidad, y dijo en voz baja: —Lo haré… ganaré mucho dinero para ti y además te ayudaré a administrarlo, ¿sí…?
A-Chong sonrió, le devolvió la tarjeta a Ning Yu, y volvió ligeramente el rostro para mirar por la ventana.
El Ning Yu frente a él sintió que el ambiente se había vuelto raro. Apretando la tarjeta bancaria, fingió un “ay” y se agachó para recoger las gelatinas que habían caído al suelo. Sintió que A-Chong no estaba tan conmovido como había imaginado, y empezó a buscar una excusa: —… Las gelatinas llegaron esta mañana por mensajería, pensé en cómo dártelos y… eh, ¿no es bastante gracioso…?
A-Chong le agarró el brazo.
Ning Yu volvió la cabeza; vio que la mirada de A-Chong caía sobre él con cierto peso.
Esa mirada era muy grave, y Ning Yu solo pudo retirar su sonrisa.
—Ning Yu —, A-Chong preguntó por segunda vez, —¿te arrepentirás?
¿Arrepentirse de qué?, A-Chong tampoco sabía por qué hacía esa pregunta, pero simplemente quería hacerla.
Tampoco distinguía muy bien si le preguntaba al Ning Yu del sueño, o al Ning Yu que en ese momento sostenía cuidadosamente las gelatinas.
Ning Yu se quedó un momento atónito. Frunció el ceño y levantó la cabeza. Ese rayo de sol tan intenso cayó sobre la mitad de su rostro, y uno de sus ojos parecía un pequeño sol, brillando bajo la luz de una forma increíble.
Ning Yu dijo: —No lo haré.
A-Chong sintió que su respiración se tensaba un poco.
Le preguntó por tercera vez.
—¿Te arrepentirás?
Ning Yu no indagó sobre qué quería decir A-Chong con esa frase sin sentido, ni de qué se arrepentiría. Parecía que Ning Yu también captó algo, y la fuerza con que apretaba la gelatina en su mano aumentó gradualmente.
El viento se filtraba, húmedo y caliente. Qué silencio, A-Chong incluso sentía que podía oír los latidos del corazón del otro, era el mismo ritmo, golpeando sobre dos almas que se acercaban lentamente.
A-Chong oyó a Ning Yu decir, palabra por palabra: —No lo haré, créeme… simplemente me gustas, estoy dispuesto a hacer cualquier cosa por ti, de buena gana, sin arrepentimientos.
Lo repitió una vez: —No me arrepiento.
La voz de Ning Yu en realidad era muy suave, pero aún así cayó sobre él como un aluvión. La misma frase, en un instante, hundió de nuevo a A-Chong en ese sueño sin resentimientos ni arrepentimientos.
Las cortinas habían sido abiertas por Ning Yu al levantarse temprano. La luz del exterior también se precipitaba hacia adentro, golpeando sus rostros.
La luz de la Ciudad de los Ángeles estaba fragmentada, como un espejo roto; las esquirlas de cristal se esparcían sobre sus caras, sus cuerpos, pinchando un poco, picando un poco, doliendo un poco. Algunos de esos fragmentos arañaban la piel, otros se convertían en nutrientes, del dolor surgían cosas nuevas, como si estuvieran dando una advertencia, diciendo: Debes ser una mejor persona.
Era la primera vez que A-Chong comenzaba a gustarle esta ciudad calurosa y contradictoria. Esta ciudad no tenía ángeles con alas, pero en las nubes debía de vivir un dios, o un buda, y también debía haber un rincón tranquilo donde depositar el pasado.
El amor tiene mil formas; puede hacer que algunos se derrumben, que otros se derritan, que algunos descuiden una cosa por atender otra, que otros se pierdan en la indulgencia. Pero A-Chong sentía que, debido a ciertas entregas y confianzas inexplicables, se estaba reestructurando a sí mismo, volviendo a crecer.
Sentía como si… él mismo también estuviera experimentando su primer amor.
A-Chong sonrió. Mirando las gelatinas en la mano de Ning Yu, de repente sintió mucha felicidad, tenía que hacer algo.
Así que extendió la mano y tocó la oreja completamente enrojecida de Ning Yu, diciendo: —Hoy apenas has aprobado, ¡vamos a salir! ¡Novio!
Ning Yu aún no reaccionaba al cambio de tema tan rápido: —… ¿Eh?
A-Chong abrió los brazos y, sonriendo, miró al joven frente a él: —¡Digo que salgamos, eh! ¡Desde ahora, si alimentas a esta persona con una gelatina, obtendrás un beso con sabor a X-Zhilang! Ganancia segura sin pérdidas, liquidación a precio de saldo. Por aquí se recomienda que te apresures y actúes; cada vez que dudes, perderás un besito, qué pérdida, qué pérdida.
Ning Yu fue provocado al instante y río a carcajadas. Los dos estaban sentados en la cama rodeados de luz solar; antes de darle la gelatina, Ning Yu se inclinó primero, rompiendo las reglas, y con una sonrisa, besó a su novio de hoy, A-Chong.
[En un tiempo remoto, el Bodhisattva nació como el rey Sibi, un monarca justo, compasivo y enormemente generoso. Su fama se extendió por todo el mundo, y tenía el firme voto de dar cualquier cosa que le pidieran, sin negarse jamás. Su reino era próspero y pacífico gracias a su virtud. Los dioses (devas) en los cielos, especialmente Indra (rey de los dioses) y Agni (dios del fuego), decidieron poner a prueba la legendaria generosidad del rey Sibi. Agni se transformó en una gran águila que perseguía a una asustada paloma e Indra tomó la forma de esa paloma.
La paloma, temblando de miedo, voló directamente al regazo del rey Sibi y suplicó: “¡Gran rey, sálvame! El águila quiere devorarme”. El rey, movido por una profunda compasión, respondió: “No temas, te protegeré. Un ser que busca refugio en mí nunca será abandonado”.
En ese momento, el águila llegó y habló ante el rey: “Esta paloma es mi presa legítima, cazada con mi propio esfuerzo. El dharma dice que cada uno debe poder disfrutar de su alimento. ¡Oh rey, no robes lo que es mío! Si la privas de mí, yo moriré de hambre. ¿Es justo salvar una vida a costa de otra?”.
El rey Sibi, deseando salvar a ambos, propuso: “No tomes la vida de esta criatura temerosa. En su lugar, te daré carne de mi propia cocina o incluso carne de otros animales en la cantidad que desees”. El águila respondió: “Oh rey, solo necesito carne fresca para saciar mi hambre. Si tu compasión es tan grande, dame una porción de carne de tu propio cuerpo, que pese lo mismo que la paloma.”
Sin dudarlo ni un instante, el rey Sibi aceptó. Ordenó traer una balanza. Colocó a la paloma en un platillo y empezó a cortarse trozos de carne de sus propios muslos y brazos para colocarlos en el otro platillo. Para su asombro, por más carne que cortaba, la paloma siempre pesaba más, y el platillo de la carne no bajaba. El rey, ya debilitado y sangrando profusamente, vio que la tarea parecía imposible. Entonces, con una determinación absoluta y una alegría pura en su corazón por la oportunidad de dar todo por otro, se subió él mismo a la balanza, ofreciendo su cuerpo entero. En ese momento de total y desinteresada entrega, la ilusión mágica se rompió.
El águila y la paloma recuperaron sus formas divinas de Agni e Indra. Los dioses, llenos de asombro y admiración, curaron milagrosamente las heridas del rey Sibi, restaurando su cuerpo e incluso haciéndolo más radiante que antes. Le elogiaron diciendo que su acto de generosidad sin límites era una hazaña sin igual que resonaría a través de los eones. Indra le concedió una bendición, y el rey Sibi continuó gobernando con aún mayor sabiduría y virtud.]