Capítulo 39

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—Hace tiempo que no nos veíamos —Jin saludó con la mano a Ar, quien parpadeó con elegancia.

—Siempre he estado al lado de Lu.

—Lo sé, pero yo no puedo verte.

—Aun así, deberías esforzarte—. Ar reprendió a Jin y luego volvió a desaparecer.

Al parecer, se cansó de gastar energía para mostrarse.

—Parece que está agotado.

—Bueno, no ha pasado mucho desde que usó un gran poder.

Jin asintió tranquilamente.

—Lo más importante, ¿cómo está el sir Ban?

—Igual que antes. ¿Será que la cantidad de medicina fue demasiado poca?

—¿Quieres que consiga más?

—No, tenemos que movernos antes de que el suelo mojado se seque.

Normalmente es más fácil borrar las huellas en suelo seco, pero ellos contaban con un espíritu de agua. Por eso, moverse en suelo húmedo era más conveniente.

—¿Y si muere en el camino?

—Entonces tendremos que dejarlo.

—¿Crees que él lo soportará?

—No, pero ¿qué más puedo hacer? No soy un dios—. Jin se encogió de hombros.

—No es alguien que pase por alto un fracaso solo porque lo intentaste.

—Déjame encargarme de eso.

—¿¡Cómo!? —Lu estuvo a punto de alzar la voz, pero se contuvo.

No serviría de nada desahogar su frustración con Jin. Mientras Richt tuviera el control de sus vidas, nada cambiaría. Al parecer comprendiendo su estado de ánimo, Jin le dio una palmada en el hombro.

—Por ahora, pensemos en cómo mover a este grandulón.

—Yo lo cargaré.

El escondite aún estaba lejos.

—¿Podrás hacerlo?

—Soy más fuerte que el capitán. —dijo Lu y con ayuda de Jin, cargó a Ban sobre su espalda.

Luego se agachó y salió de la cueva. La lluvia había cesado, y la luna brillaba en el cielo despejado. Tan brillante, que no hacía falta encender fuego. Ambos cruzaron el bosque con cuidado.

~ ◊◊◊ ♦♦ ◊◊◊ ~

—¡Uegh! —Loren vomitó sangre, habiendo forzado demasiado su poder.

Incluso los espíritus que lo acompañaban lucían distintos de lo habitual: más pequeños, más difusos. Solo evitó desaparecer porque se retiró rápidamente a mitad del combate.

«¿De dónde sacaron un espíritu así?»

Jamás habría imaginado que entre las Sombras habría un invocador de espíritus. Por eso fue tomado completamente por sorpresa.

—¡Loren!

Loren apartó a un nervioso e inquieto Louis y miró a Abel. Este, con la espada goteando sangre, observaba la dirección en que Ban había desaparecido. Sus ojos azulados con destellos dorados estaban hundidos en una frialdad aterradora.

—No podemos.

No debían perseguirlos de inmediato. Teniendo en cuenta las habilidades de las Sombras de la Casa Devine y el poder del espíritu, era necesario esperar al menos hasta que la lluvia se disipara.

Cuando Loren habló, la mirada de Abel se dirigió hacia él. Sentir ese contacto visual hizo que su cuerpo se encogiera involuntariamente. Aunque sabía que no lo mataría, el miedo lo paralizaba.

Sin decir palabra, Abel se dio la vuelta y entró en la posada. Eligió el comedor del primer piso, la parte menos dañada. Sentía hervir las entrañas. Si no hacía algo pronto, saldría corriendo en ese mismo instante, así que sacó su espada. Pero ni siquiera al limpiarla se calmó. La rabia seguía aumentando.

Mientras la pasaba por un paño, su sed de sangre se agudizó. El aire se volvió opresivo. La lluvia cesó, las nubes que cubrían la luna se disolvieron. Abel se levantó y salió al exterior.

En el claro frente a la posada, los caballeros ya estaban preparados. A ellos se sumaban cazadores y perros. Loren había actuado con rapidez mientras llovía.

—Encuéntralos—. A la orden de Abel, los caballeros se dispersaron velozmente. —Ustedes, vengan conmigo.

Abel avanzó con Loren, Louis, un cazador y dos perros. Había hecho muchas persecuciones antes: cazando bárbaros que huían tras perder una batalla, a veces siguiendo hasta sus aldeas para exterminarlos por completo.

Sus nervios estaban al límite. Los perros fueron los primeros en captar el olor.

—Tienen un olfato increíble para la sangre.

Tal como el cazador había asegurado, los perros siguieron bien el rastro. Al final del camino hallaron un pequeño animal con el cuello torcido. Las Sombras habían usado múltiples métodos para confundir la persecución.

Por eso nadie había tenido éxito. Ni siquiera Abel. La rabia le hervía por dentro. Pasó todo el día rastreando los alrededores sin resultado. Amplió el área de búsqueda durante varios días más.

—Ofreceré una recompensa—. Abel tomó su decisión.

—¿Por quién? —Loren preguntó con cautela, observando su semblante.

Podía ofrecer recompensa por Ban, que ya no tenía afiliación, pero no por Richt. Este seguía siendo un duque, y aunque Abel había hablado de traición, no tenía la aprobación del imperio.

—Por Richt—. Al oír la respuesta que temía, Loren cerró los ojos con fuerza— ¡No puede hacerlo!

—Si no mencionamos su título, no habrá problema.

—¡Aun así no puede! Aunque no escriba la palabra ‘duque’, ¿cree que la gente no lo reconocerá? Si corre el rumor, solo nosotros nos meteremos en problemas. Si realmente quiere poner recompensa, obtenga el permiso imperial.

La expresión de Abel mostró un destello de fastidio. Había cedido el trono y se había retirado al norte por pereza, pero en momentos como este, lo lamentaba. Un gran duque y un emperador no tenían el mismo poder.

El emperador podía hacer mucho más.

—Bien. Entonces pediré permiso al imperio.

Desde su ubicación, el viaje a la capital tardaría una semana. Para entonces, Richt estaría aún más lejos. Pensar en ello lo irritaba, pero no había alternativa. Si lo hubiera sabido, habría traído a los guardabosques del norte. Eran mejores rastreadores que los caballeros; seguramente habrían encontrado a Richt o a Ban.

—Partamos de inmediato—. Abel se levantó.

Solo llevaría unos pocos caballeros a la capital. El resto continuaría la persecución junto a los lugareños.

~ ◊◊◊ ♦♦ ◊◊◊ ~

Jin respiró con dificultad. Habían salido del bosque y llegado al lugar donde escondieron los caballos. De inmediato montaron rumbo a su destino, confiando en que las otras Sombras cubrirían su retirada.

Cabalgando cruzaron el río y alcanzaron una pequeña aldea, una que ni siquiera aparecía en los mapas. Era un asentamiento de campesinos fugitivos del imperio, así que no temían filtraciones. Jin mantenía contacto con ellos desde hacía tiempo y usaba ese lugar como escondite ocasional.

Al entrar al poblado, una chica conocida corrió hacia él con pasos cortos. En esa pequeña aldea vivía un solo médico, y ella era su ayudante y única hija.

—Mary.

—¡Jin! ¿Qué ha pasado? —preguntó con una expresión alarmada.

Llevaba ropa más bonita de lo habitual y el cabello bien peinado. Jin se preguntó por qué, hasta que lo comprendió al ver a Richt acercándose detrás de ella.

«Ah, claro».

Richt poseía una belleza poco común en un lugar así. Si uno no conocía su maldito temperamento, era natural que Mary se sintiera atraída.

De pronto, Richt empezó a correr. Era la primera vez que Jin lo veía hacerlo por voluntad propia; las únicas veces que lo había visto correr antes habían sido cuando Abel lo forzaba.

—¡Ban!

Al parecer, estaba preocupado por su esclavo destrozado. En realidad, Jin no sentía mucho aprecio por Ban, que no tenía deseo alguno de liberarse de la esclavitud, ni se rebelaba; simplemente aceptaba su destino.

Era lo opuesto a Jin, que deseaba escapar de Richt. A veces le daba lástima verlo maltratado, pero eso era todo.

«Supongo que le tiene algo de afecto, después de todo».

Jin observó con indiferencia cómo Richt examinaba a Ban. Con ayuda de Lu, lo trasladaron a la casa del médico.

—¿Me traen un cadáver? —El médico preguntó con una expresión exasperada.

—Aún vive.

Así que no había desobedecido la orden de Richt. El duque miró el cuerpo maltrecho de Ban, apretando los labios. Luego giró ligeramente la cabeza hacia su propio hombro y murmuró algo en voz baja.

Los ojos de Lu se abrieron de par en par.

—Tres espíritus de viento sobre su hombro—. Lu informó a Jin lo que había visto.

Cuando Richt terminó de hablar, una brisa ligera pasó junto a ellos.

«¿Tenía ese hombre afinidad con los espíritus?» Jin se llenó de dudas.

Había oído que los invocadores de espíritus no podían ser personas malvadas, ya que los espíritus eran seres puros que respondían al alma. Pero si se trataba del alma de Richt, ¿no estaría completamente negra?

—¿No te habrás equivocado? —Jin preguntó, pero Lu negó con la cabeza.

Mientras tanto, el médico se movía con rapidez: limpió y desinfectó las heridas, aplicó ungüentos y vendajes. Luego intentó darle hierbas por la boca, pero Ban no podía tragar.

Tras dudar un instante, el médico las molió y diluyó para que pasaran mejor. Aun así, Ban no podía tragarlas.

—Yo lo haré—. Richt tomó la medicina del médico, la puso en su propia boca y la tragó.

Jin lo observó, preguntándose qué estaba tramando. Entonces Richt se inclinó y unió sus labios a los de Ban.

Jin levantó la mano y se abofeteó al instante. Lo hizo con tal fuerza que sintió un dolor punzante en la mano. Al mirar a Lu, vio que él tenía la misma expresión de desconcierto.

La joven Mary, que ayudaba al médico, tenía los ojos a punto de salirse. Poco después, Richt se separó de Ban. Sus labios brillaban, húmedos por la saliva y la medicina. Al verlo, el corazón de Jin dio un vuelco.

«Maldita sea…»

¿Por qué se veía tan bonito? Jin se abofeteó otra vez.

El dolor lo ayudó a recuperar la razón. Ese hombre era cruel. Solo había que recordar todo lo que había hecho.

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