Capítulo 42

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El Alfa que amaba había cerrado los ojos, dejando claro que no quería volver a verlo.

Hua Yong se sintió un poco decepcionado y su sonrisa se desvaneció.

Rechazó la camilla y, tras ver cómo se llevaban a Sheng Shaoyou en una ambulancia, se subió a otra por su propio pie.

—El señor Sheng está con el secretario Chen, no se preocupe —lo consoló Chang Yu, con el corazón en un puño—. Usted está muy grave, sería mejor que le hicieran los primeros auxilios.

Hua Yong, sentado junto a la ventanilla, con la espalda delgada y erguida, no apartaba la vista de la ambulancia que se llevaba a Sheng Shaoyou.

—Ojalá pudiera ir en la misma ambulancia que el señor Sheng.

Shen Wenlang, en toda su vida, nunca se había quedado tan sin palabras. Contuvo la respiración durante un buen rato y finalmente dijo: —Deberías ir a ver a un psicólogo. Tu dependencia de Sheng Shaoyou es enfermiza, pareces un loco.

—¿En serio? —Hua Yong se giró, con aspecto muy feliz—. Siempre me preocupa no amarlo lo suficiente.

Ya es suficiente, de verdad. Si se quieren un poco más, me van a matar de un disgusto.

La planta VIP del hospital Heci recibió a un pez gordo.

Se decía que, sobre las nueve de la noche de ese día, el secretario Chang de X Holdings había escoltado personalmente a un joven de rostro delicado y hermoso.

El hospital movilizó a todo el personal y le reservó una planta entera, pero el distinguido invitado se negó a ocuparla e insistió en alojarse en otra habitación VIP del ala de hospitalización.

Casualmente, la habitación que señaló estaba justo al lado de la de Sheng Shaoyou, presidente de Shengfang Bio, que había ingresado con él.

Las heridas de Sheng Shaoyou eran mucho más leves que las de este joven, que contaba con la compañía personal de Chang Yu de X Holdings y Shen Wenlang de HS. Sheng Shaoyou solo tenía una pequeña fractura en el omóplato y algunas contusiones.

Pero al señor Hua, una barra de acero le había atravesado el hombro izquierdo por completo.

Los cirujanos, al enterarse, prepararon herramientas de corte, pero al ver al paciente, se quedaron de piedra.

Cirujano A: Disculpe, ¿y la barra de acero? 

Hua Yong: Me la he quitado. 

Todos los cirujanos: ¡¡¡!!! 

Cirujano B (sudando): ¿Cómo se la ha quitado? 

Hua Yong (mostrando la mano derecha): Con la mano.

¿Es eso posible? ¡Ni un Alfa de primera, con una herida así, tendría fuerzas para entrar caminando al quirófano después de hacerse un TAC!

Este joven y hermoso hombre estaba empapado en sangre. A juzgar por la cantidad, debería estar, como mínimo, inconsciente. Pero él, como si no sintiera dolor, se sentó despreocupadamente en la mesa de operaciones y, con su rostro pálido, le preguntó al cirujano: —¿Cuánto tardará la operación? ¿Se puede hacer sin anestesia? Mi amado también está ingresado en este hospital, quiero verlo cuanto antes, así que tengo prisa.

El objeto afilado que le había atravesado el cuerpo había sido extraído bruscamente y, debido a un manejo inadecuado, la herida era muy grave. Pero, por suerte, la barra no había dañado ningún órgano vital. Se había deslizado junto a la arteria y los nervios, evitando por muy poco todos los vasos sanguíneos y nervios importantes, a solo unos milímetros de la arteria axilar.

El cirujano jefe tenía la cara cubierta de sudor frío. El TAC mostraba que la barra había entrado por el acromion y había salido por la axila. La herida interna medía veinticuatro centímetros de largo.

Si la barra se hubiera desviado un poco más y hubiera perforado la arteria, y el paciente se la hubiera arrancado así, sin más… el vaso, sin presión y con una segunda herida, se habría dañado gravemente, provocando una hemorragia masiva que le habría costado la vida.

O si hubiera perforado un nervio, la sensibilidad y la función motora de su brazo derecho habrían sufrido un daño permanente.

La suerte, sin duda, también es una forma de poder.

Pero…

El cirujano jefe miró al joven y hermoso hombre que yacía en la mesa de operaciones, que se había negado a recibir anestesia y había firmado un documento de exención de responsabilidad.

La luz del quirófano iluminaba su rostro, tan blanco como la nieve, haciendo que sus cejas y pestañas parecieran aún más oscuras, como las plumas de un pájaro.

Le habían cortado la camisa blanca, manchada de sangre, revelando sus clavículas hundidas y su cuello largo.

Hua Yong se había negado a la anestesia, pero sus labios apretados habían perdido el color, y en su frente pálida y fina, las venas azuladas se marcaban ligeramente. Esos detalles le confirmaron al médico que, efectivamente, sentía dolor.

Pero su expresión era demasiado serena, tan serena que resultaba extraña. Como si la persona que estaba siendo operada sin anestesia no fuera él.

Era como si Hua Yong tuviera un doble que soportara todo el dolor por él. Por eso podía sostener el móvil con la mano ilesa, con la mirada fija en la pantalla.

En la pantalla, Shen Wenlang, con cara de palo, le retransmitía en directo cómo los médicos le ponían una escayola en el brazo herido a Sheng Shaoyou.

Le preguntó con sarcasmo a Hua Yong: —El médico tiene buena mano para vendar. Le ha hecho un lazo con la venda del cuello. ¿Quieres verlo?

Hua Yong dijo: —Mejor no.

—Anda, míralo —insistió Shen Wenlang—. Ya que te estoy haciendo una retransmisión en directo, ¡qué menos que mirarlo para que mi humillación valga la pena!

—Ah, bueno, pues vale —dijo Hua Yong a regañadientes. Lo pensó un momento y añadió: —¿El señor Sheng no se ha enfadado, verdad?

—¡Qué va, está encantado! —le espetó Shen Wenlang—. ¡Está tan contento que casi manda a los guardaespaldas que me echen a patadas!

Sssshh… El bisturí cortó la piel. El cirujano hizo una pequeña incisión de unos tres centímetros en el hombro. En el campo quirúrgico, borroso por la sangre, separó los tejidos, cortó la bursa subacromial.

La videollamada de Hua Yong distraía enormemente al equipo. El cirujano jefe dijo con el rostro serio: —Cuelgue el teléfono. ¡Si no, ordeno que lo anestesien! 

—Ya no le importaba quién fuera el paciente. ¡Hasta el mismísimo rey del cielo, en una mesa de operaciones, tiene que obedecer al médico!

Por suerte, Hua Yong fue muy cooperativo. Frunció el ceño y le dijo al apuesto Alfa del vídeo: —No puedo hablar más. Me están operando. Vigílame al señor Sheng, que no se haga el fuerte.

Shen Wenlang casi se cae de la silla. —¿Ya estás en el quirófano? 

—Sí.

—¡Sí un cuerno! ¿¡Quién te ha dado permiso para hacer una videollamada durante una operación!? Espera, ¿cómo es que estás despierto? 

Hua Yong: —No me han puesto anestesia. 

Shen Wenlang: …

¡Dios mío, llévatelo ya! Yo, Shen Wenlang, que he salido del fango sin mancharme¹, un ciudadano ejemplar y respetuoso de la ley, aparte de evadir impuestos, ¡tampoco he cometido ningún pecado capital! ¿¡Puedes dejar de someterme a la tortura de esta lógica infrahumana!?

Hua Yong colgó el teléfono y frunció el ceño con fuerza. Su expresión era un poco más animada que durante la llamada.

Las manos del primer asistente estaban cubiertas de sudor. Con cuidado, limpió el hueso, lo cortó y perforó varios canales con una aguja de Kirschner.

El número de canales dependía de la longitud del desgarro. Por lo general, se perforaba uno por cada centímetro. Como era una operación sin anestesia, cada movimiento conllevaba un dolor inhumano, y no podía haber el más mínimo error.

El dolor era como si le estuvieran taladrando el hueso. Hua Yong tiró el móvil y apretó los dientes. Sus sienes se humedecieron lentamente. La enfermera instrumentista, incapaz de soportarlo, se saltó el protocolo y susurró: —¿Quiere que le pongan anestesia?

Hua Yong negó con la cabeza. —¿Cuánto falta? 

La operación duraría unas tres horas, y apenas iban por la mitad. —Más de una hora. ¿Llamo al anestesista? 

Hua Yong cerró lentamente los ojos. —No es necesario.

Apenas emitió un sonido durante toda la operación. Solo el sudor y algún gemido ahogado ocasional indicaban que seguía despierto, vivo, que no se había muerto de dolor.

El modificador de feromonas aún estaba en fase experimental y tenía dos efectos secundarios principales.

El primero era que, en dosis excesivas, podía causar un trastorno de feromonas transitorio, que se manifestaba con fugas, desmayos y shock. La solución era usar supresores como antídoto.

El segundo era que, tras su uso, no se podía administrar ningún tipo de anestésico durante tres meses, ya que provocaría una reacción alérgica grave que podría causar la muerte.

El equipo de investigación de X Holdings aún no había encontrado una solución para este segundo efecto secundario, lo que impedía su comercialización a gran escala.

El tiempo se arrastraba lentamente, abrasador como la lava bajo la corteza terrestre.

El dolor se extendió desde el hombro a todo su cuerpo. Sus órganos internos le dolían. La sangre se acumulaba en su clavícula, formando un charco espantoso.

Solo oía su propia respiración agitada. Las voces de los médicos eran un murmullo borroso. —¡La saturación de oxígeno está muy baja, y la presión arterial, por las nubes! 

—¡Preparen el oxígeno! 

—¡El ritmo cardíaco del paciente es anómalo! ¡Suturen más rápido! ¡Rápido!

El dolor de una operación no es algo que se pueda superar solo con fuerza de voluntad. Lo que más preocupaba al cirujano era que el dolor extremo provocara un agotamiento tal que el paciente entrara en shock o muriera.

Pero a pesar del dolor desgarrador, este joven, tan poderoso, mantuvo en todo momento una calma absoluta y una serenidad inhumana. Ni siquiera se encogió por el dolor.

Su hombro ensangrentado yacía bajo la luz, su rostro empapado en sudor, tan pálido que era casi transparente. La larga contención le había sonrojado las mejillas. El sudor goteaba por la punta de su barbilla, una imagen de una belleza cruel.

Hua Yong imaginó los besos de Sheng Shaoyou, sus labios suaves posándose en su frente, un beso lleno de ternura. El deseo de abrazar y poseer a su amado Alfa se hizo más y más fuerte. Lo reprimió con todas sus fuerzas, aceptando pasivamente en su imaginación los besos de Sheng Shaoyou para aplacar la debilidad y el dolor. Se contuvo, se contuvo hasta casi estallar de rabia.

—¿Qué hacemos con la presión arterial? ¿La tratamos? 

—De momento no, sigamos observando.

Ah, mi amado Alfa es demasiado popular, siempre rodeado de moscas. ¿Qué hago? Lo encerraré. Para que sea solo mío. Mi Omega exclusivo, que me dé hijos que sean solo míos.

El pensamiento tiránico pasó como un relámpago, pero al recordar el rostro de disgusto de Sheng Shaoyou, sintió una punzada de dolor. No. Absolutamente no.

El bisturí afilado cortó la carne, raspó el hueso. Señor Sheng, me duele mucho. Gritó en silencio. ¿Y ahora qué? ¿Ponerse pesado? ¿Acosarlo? ¿Amenazarlo? Olvídalo, nada de eso funcionará. Mi señor Sheng responde a las buenas pero no a las malas. Para domar a un Alfa de clase S tan arrogante, para conseguir finalmente su amor y su corazón, la fuerza bruta no sirve de nada. Para atar a ese cuerpo de acero, hay que usar cuerdas de seda.

El dueño de X Holdings, el rey sin corona del País P, yacía con los ojos cerrados en la mesa de operaciones. Apretó los dientes y pensó en silencio: Ligar es muy difícil. Es más fácil ganar dinero, conquistar el mundo. La fuerza bruta es sencilla y directa; la persecución gentil es lo más difícil.

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