Capítulo 43

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Los ojos de Teodoro, al mirar a Abel, estaban cargados de envidia. Hablar con tanta seguridad de lo que desea y actuar en consecuencia parecía admirable. ¿Algún día él también podría ser así? El futuro aún se sentía muy lejano.

—Entiendo lo que quieres. ¿Cómo deseas que te ayude?

A la pregunta de Teodoro, Abel respondió:

—Quiero poner una recompensa por el duque Devine.

Por un instante, creyó haber escuchado mal y se frotó la oreja. Cuando volvió a mirar a Abel, este se lo repitió amablemente.

—Dije que quiero poner una recompensa por el duque Devine.

—… ¿Por qué?

—¿No sería más fácil encontrarlo así?

—Gran Duque Graham. No se pone una recompensa a cualquiera.

—Lo sé. Normalmente se hace con alguien que ha cometido un crimen, ¿verdad?

—¿Y aun sabiéndolo dices eso?

Sabía que Abel no era una persona común, pero no imaginó que llegaría tan lejos. Aunque Richt había liquidado parte de sus bienes y disuelto la orden de caballeros Leviatán, aún le quedaban muchas cosas: tierras heredadas por generaciones, vasallos fieles, e incluso tras vender una parte, grandes riquezas.

Aunque el patriarca había desaparecido, no podían buscarlo abiertamente por esa misma razón. ¿Y si ponían una recompensa y la casa Devine se enteraba? Entonces empezaría el desastre.

Aunque el poder del emperador se consideraba el más alto, el poder de los nobles tampoco podría subestimarse. Si alguien tocaba aquello que les era más preciado, no se quedarían de brazos cruzados. Especialmente los vasallos de la casa Devine, famosos por su fuerte lealtad.

Entre ellos, el más complicado era el mayordomo Aine. De rango bajo, pero considerado un prodigio en su juventud. Incluso tras la desaparición de Richt, mantenía la casa Devine en perfecto orden. Había recuperado a la mayoría de los caballeros Leviatán que se dispersaron.

Decía que los regresaba porque no tenían adónde ir, pero estaba claro que era para prepararse para el regreso del patriarca Richt.

—Devine no se quedará de brazos cruzados.

—Supongo que no—. Abel asintió tranquilamente.

—Me alegra que lo entiendas.

—Lo entiendo.

Una inquietud empezó a invadir el pecho de Teodoro.

—Pero no tengo intención de retractarme de mi plan.

Una punzada de dolor le recorrió la cabeza. Teodoro se frotó las sienes.

«¡Pero dijo que lo entendía!»

—Si no puedes poner una recompensa sin crimen, entonces basta con crear un crimen, ¿no?

—¿Qué crimen?”

—Precisamente hay uno perfecto para incriminarlo. Ese delito del que todos sospechan.

Con esas palabras, la mirada de Teodoro se volvió feroz.

—… Richt solo se quedó para protegerme el día que perdí a mi madre.

—¿De verdad crees eso? —Abel soltó una risa sarcástica ante las palabras de Teodoro.

«Lo sabe. Sabe que Richt no entró en el palacio por pura bondad». Pero, aun así, Richt no cruzó la línea y lo trató con amabilidad. En aquel momento, Teodoro pensó que incluso si moría a manos de Richt, no importaría.

Le había dado el tiempo más cálido de su vida. ¿Qué valor tenía la vida? Lo único doloroso era no poder estar con él un poco más.

Teodoro apretó los dientes. No debía ceder ante Abel.

—Claro.

—Es muy bueno engañando, alteza.

—Digas lo que digas, no cambiaré de opinión.

—¿Ah, sí? —Abel golpeó con el dedo el reposabrazos de la silla—. Alteza.

«¿Y ahora qué iba a decir?». Teodoro apretó las manos sobre sus rodillas. No caería bajo las palabras de Abel.

—¿No queréis ver a Richt?

Sí, quería verlo. Pero él había desaparecido porque estaba harto de todo.

—Solo sería por un momento. Cuando lo encontremos, bastará con decir que todo fue un malentendido.

—¿Crees que un crimen de traición es algo tan sencillo?

—No lo es. Pero eso ya ha ocurrido algunas veces en la historia. ¿Qué emperador era?… ¿No inculpó con traición a la familia de una concubina fugitiva para encontrarla?

«¿Pasó algo así?», Teodoro abrió los ojos por la sorpresa, y Abel soltó una risa corta.

—Parece que la emperatriz no le enseñó ese tipo de cosas. Bueno, es comprensible; era una parte vergonzosa de la historia del palacio.

—¿Y qué pasó con la concubina luego?

—El emperador la recuperó, y la traición fue declarada un malentendido.

La concubina volvió junto al emperador y vivió una vida miserable hasta morir. Pero Richt no era como aquella concubina.

—Así que algo así ocurrió.

—Es solo por un tiempo. Hasta que encontremos al duque Devine. Yo cubriré los costos de la recompensa.

—El palacio también tiene dinero.

—Pero aún es solo el príncipe heredero, no puede moverlo libremente. Y además yo seré su tutor. No tengo interés en el trono —Abel lo observó— e interpretaré el papel que deseas.

Era demasiado tentador. Ahora entendía por qué su madre desconfiaba del duque Graham. No solo poseía fuerza. Teodoro bajó, miró al suelo inmerso en sus pensamientos.

Abel por su parte, esperó pacientemente a que Teodoro decidiera. Apurarlo no cambiaría nada. Solo esperaba que el joven príncipe heredero no tomara una decisión estúpida.

—Está bien. Cooperaré.

«Perfecto». Todo avanzaba como Abel quería.

—Pero no puedes dañar a Richt.

—Tampoco es mi intención.

—Cuando lo encontremos, anunciaré de inmediato que todo fue un malentendido.

—Por supuesto.

La casa Devine protestaría salvajemente, pero mientras fuera algo temporal, podrían soportarlo.

—No podremos hacerlo por mucho tiempo, lo sabe ¿verdad?

Abel asintió.

—Si. Con solo mencionar ‘traición’, Devine se levantará en armas.

Exteriormente parecerían quietos, pero por debajo presionarían al príncipe heredero.

—Entonces declara primero que serás mi tutor. La recompensa será después.

—De acuerdo.

Un heredero tan joven no tendría el valor de engañarlo. Por eso Abel respondió con gusto.

Ese día, una noticia salió del palacio: el duque del norte, Graham, se convertiría en tutor del príncipe heredero. Algunos nobles lo negaron, pero al día siguiente la familia imperial lo confirmó oficialmente.

—Dios mío, ¿el Gran duque Graham?

—¿No detestaba a la familia imperial?

—Eso creía yo. Pensé que otro sería el tutor.

Los rumores llegaron naturalmente a oídos del conde Mentel.

¡Bang!

El conde arrojó lo primero que tenía en la mano. Le dio al mayordomo que estaba frente a él, pero no le importó.

—Maldición, solo un poco más…

No entendía por qué el duque Graham intervenía de repente.

—¿No has averiguado nada? —le preguntó irritado a su vasallo, pero la respuesta fue insuficiente.

—Dicen que fue después de un encuentro a solas con el heredero, pero no sabemos de qué hablaron.

—¿Y la doncella que soborné?!

—El duque estaba tan alerta que expulsó a todos los que estaban cerca.

—¡Maldita sea! —El conde volvió a descontrolarse. Aunque en público mostraba su cara astuta de “mapache”, en su mansión era un tirano.

El Gran Duque Graham era un hombre imposible de apartar. Era demasiado competente para asesinarlo siquiera. Su orden de caballería Redford era famosa por su fuerza. Por lo menos, antes la familia imperial lo rechazaba y no hacía falta vigilarlo demasiado.

—Que esos dos se unan… —Mientras más pensaba, más rabia sentía. Justo cuando iba a lanzar otra cosa, sonó un golpe en la puerta y alguien entró abruptamente.

—¡Señor, ha pasado algo grave!

Estaba a punto de reprender al vasallo por entrar sin permiso, pero este gritó con el rostro blanco.

—¡La familia imperial ha acusado a Devine de traición!

—¿Qué?

«¿El heredero se volvió loco?».

Ni siquiera con el duque Graham de respaldo podía jugar así con la familia Devine. Si realmente se levantaban, la familia imperial con tan poco poder en ese momento se convertiría en un títere de otros nobles.

El conde estaba tan atónito que olvidó que aún tenía objetos en las manos.

—¿Qué…? ¿Es cierto?

—¡Es cierto! También han puesto una recompensa por el duque Devine.

—¿Se han vuelto locos? —Las palabras salieron solas.

~ ◊◊◊ ♦♦ ◊◊◊ ~

 

Al oír la noticia procedente del palacio, el rostro de Ain se volvió helado.

—¿Traición?

—… Si

—¿Y una recompensa por el patriarca?

—Sí.

Su mandíbula se tensó.

—¿Cuál es el contenido?

—Se otorga oro a quien capture al objetivo vivo y lo entregue sin herirlo. Cantidad suficiente para tentar a muchos nobles.

—Solo tentará a gentuza.

Un noble con rango jamás tocaría a Lord Devine solo porque hubiera una recompensa. Quienes se moverían al principio serían los de más abajo.

«¿Qué estaba pensando el palacio?».

Creía que el príncipe heredero tenía buena impresión de Lord Devine.

—Bueno, ¿qué importa eso ahora?

El heredero ya había atacado a Devine. Así que ellos tampoco podían quedarse quietos.

—El patriarca solo quería descansar un poco—. Ain se puso el abrigo para salir.

La noticia ya habría llegado a los vasallos de Devine. Esos monstruos creados por el antiguo duque. Decían no reconocer a Richt como sucesor, pero jamás se alejaron de la sombra de la familia Devine.

Aunque su señor hubiera desaparecido, aún tenían lo que él les había concedido. Por eso Ain decidió movilizarlos. Siempre les había dado lo que querían: todo lo necesario para vivir con comodidad sin moverse demasiado. Se comportaba como la lengua dentro de su boca.

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