Después de dejar atrás un problema histórico que había desconcertado a innumerables científicos del futuro, Xita continuó felizmente guiando al grupo hacia adelante.
A diferencia de los demás cachorros que aún eran llevados en brazos por sus padres, a Louis le gustaba caminar solo. No entendía muy bien las enseñanzas de Xita, pero observaba. Siempre era el primero en captar la esencia de lo que se enseñaba, tanto así que incluso Xita admitió que Louis era el cachorro más inteligente que había conocido.
Y esta vez no fue la excepción: después de que Xita les enseñara a buscar comida bajo la nieve, ¡fue él quien primero encontró algo enterrado!
Lo que desenterró fue una fruta negra y opaca.
—No reconozco este fruto… —Admitió Xita, sorprendida ante el hallazgo de Louis. Lo examinó por todos lados, lo olió una y otra vez, pero después de un largo rato aún no podía sacar una conclusión.
—¡Yo sí lo conozco! —dijo finalmente Em—. ¡Es una fruta jing! Solo se puede encontrar bajo tierra. ¡Es uno de los principales alimentos de los conejos de nieve como nosotros!
—¡Y lo mejor de todo es que las frutas jing son deliciosas! Además, crecen en grandes cantidades. Si encuentras una, ¡seguro que hay muchas más cerca!
Tras escuchar eso, Xita decidió inmediatamente hacer una pausa para recolectar las frutas jing.
En la escasa y desolada tierra helada, cualquier alimento era valioso: cada nuevo hallazgo significaba una boca más alimentada. Como los cazadores no siempre tenían una fuente de carne estable, muchas veces debían recurrir a frutas y plantas recolectadas para alimentar a todo el clan.
Louis les mostró dónde había encontrado la fruta jing.
Al ver el pequeño y profundo agujero negro, todos quedaron boquiabiertos.
—¡Louis es increíblemente inteligente! Desde que mi papá le enseñó a hacer túneles, ¡ya cava mejor que yo! —comentó Em con admiración al ver el agujero.
Louis soltó un orgulloso “¡chiu!”.
Meng Jiuzhao permaneció en silencio: un Kantas, una criatura suprema del cielo… ¡Y su habilidad destacada es cavar túneles como un conejo! No tengo palabras…1
Aunque, viendo lo satisfecho que estaba Louis, decidió al menos felicitarlo un poco.
Y Louis, por supuesto, se puso aún más feliz.
Junto con los familiares de Em, cavaron muchos túneles, y los demás hombres bestia recogieron los frutos que encontraban. Cuando todos tenían ya una pequeña bolsa, Xita hizo una señal para regresar.
—¿Por qué? ¡Apenas hemos recolectado un poco! ¡Aún hay muchas más! —
Protestaron algunos de los jóvenes hombres bestia.
—¡Uno de los principios de la caza en la naturaleza es no ser codicioso! —los reprendió Xita—. Si recolectan demasiada comida, será difícil de transportar, y si aparece algún peligro, no podrán protegerla. Es mejor regresar en otra ocasión. Con suerte, habrá aún más frutas para entonces.
—Está bien… —La mayoría aceptó la explicación, pero dos jóvenes hombres bestia de la tribu de los renos no estaban dispuestos. Como herbívoros, las frutas jing eran especialmente importantes para ellos. Aunque podían digerir carne forma humana, preferían los vegetales, y al ver tantas frutas, no pudieron evitar querer excavar más. Así los demás renos también podrían comer un poco más, pensaron.
Con esa idea en mente, sus movimientos para retirarse se volvieron mucho más lentos.
—¡Rápido, rápido! —Xita, tras marcar el lugar donde encontraron las frutas, notó que algunos hombres bestia aún no se reunían. Hizo un conteo y descubrió que faltaban los dos renos.
—¡Phil! ¡Fili! ¿Dónde están? ¡Ya nos vamos! —gritó. Como no hubo respuesta, repitió el llamado dos veces más. Aun así, nadie contestó.
El padre de Em, un enorme conejo, de pronto agitó sus grandes orejas y emitió un chillido agudo y penetrante.
—¿Eh? ¡Es la primera vez que escucho hablar a tu papá! ¿Qué está diciendo? —preguntó con curiosidad Aida, una hembra de la tribu de los lobos.
—Papá dice… —Em escuchó con atención, y su rostro se volvió más pálido con cada palabra—. ¡Hay peligro! ¡Papá está dando la alarma! ¡Dice que aquí hay un monstruo aterrador! ¡Muy aterrador!
—¡Corran! ¡Rápido! ¡Tenemos que irnos! —Em gritó en voz baja, lleno de pánico.
—¿Un monstruo? ¿Muy aterrador? —Aida no le dio importancia. En su opinión, cualquier carnívoro podía parecer un monstruo a los ojos de un conejo. No podía confiar del todo en las palabras del padre de Em.
—¡No! ¡Por favor, créanle! ¡Papá nunca se ha equivocado con una advertencia! —Em se desesperó. Su padre y hermanos ya estaban listos para correr; solo lo esperaban a él. Pero Em sentía que no podía irse aún: ¡tenía que advertir a los demás! ¡Aunque no le creyeran!
—¡Xita, por favor! ¡Créeme! ¡Tenemos que irnos! ¡Ahora mismo! —gritó Em con todas sus fuerzas.
—Confío en tu padre —respondió Xita con gravedad.
Ella había estado atenta a los cachorros todo el tiempo. Louis, quien siempre insistía en caminar por sí mismo, de repente había saltado a los brazos de su padre, emitiendo chillidos urgentes. No sabía si por influencia de Louis, pero cinco cachorras comenzaron a llorar al mismo tiempo. En ese momento, ya había sentido que algo andaba mal. Luego, la extraña reacción del padre de Em confirmó su sospecha.
—Mi abuela decía que la experiencia no siempre es fiable, pero que en momentos críticos, siempre debes creer en dos tipos de profetas: ¡los cachorros que aún no entienden el mundo… y los conejos que han vivido más de veinte años!1
Los conejos viven poco más de veinte años, pero el 99% no llega a los quince. Cualquiera que supere los veinte es un experto en prever el peligro.
—¡Hagan caso a Em! ¡Corran! ¡Sigan al papá de Em! ¡Corran! —El grito de Xita fue como el disparo inicial en una carrera. Todos los hombres bestia comenzaron a correr, siguiendo de cerca al padre de Em.
Pero Xita no los siguió.
Estaba preocupada por los hermanos Phil y Fili, que aún no regresaban. Eran tan jóvenes… ¿Por qué no fue más estricta con ellos? Se sentía culpable.
Volvió a llamarlos, sin rendirse. Esta vez, sí recibió una respuesta… Escuchó los gritos desgarradores de los hermanos.
Sus voces transmitían…
¡Dolor! y…
¡Corran!
—¡Corran! —gritó Phil.
Xita lo vio: el joven reno se había transformado en su forma animal, un majestuoso ejemplar de dos metros de altura. Sus astas, que deberían lucir imponentes, estaban partidas por la mitad. Huía aterrorizado, perseguido por un grupo de monstruos.
Sí… monstruos.
Eran criaturas de al menos dos metros de alto. Aunque tenían una altura similar a la de Phil, sus cuerpos eran mucho más largos. Rodeado por ellos, Phil parecía tan indefenso como un conejo en una manada de leones.
Xita jamás había visto criaturas así. Eran espeluznantes y completamente diferentes a cualquier cosa conocida: con patas traseras anormalmente desarrolladas y musculosas, y unas delanteras pequeñas en comparación. Corrían con gran agilidad, usando sus colas para acorralar a Phil y, de vez en cuando, le causaban profundas heridas con sus garras y colmillos.
Phil la vio.
En los ojos del joven reno brilló una chispa de esperanza, pero rápidamente, esa luz se tornó en calma. Con determinación, ¡corrió en dirección contraria a ella!
—No… no… —murmuró Xita. Le echó una última mirada a Phil y salió corriendo en la dirección opuesta.
Phil le había cedido la oportunidad de escapar. ¡No podía desperdiciarla!
¿Y Fili? Ya no se atrevía a pensar.1
Entonces, escuchó el último grito desgarrador de Phil. Y luego…
Escuchó los pasos de los monstruos.
Xita comprendió con desesperación que, a pesar del sacrificio de Phil, algunos de los monstruos la habían visto.
¡La estaban persiguiendo!
Déjalo ser un conejo JAJAJAJ
Conejos sabios