Jin era el genio de la lámpara.
Al principio aguantó y comió la comida que le daban, pero no duró mucho. Por más que intentaba soportar y comerla, su cuerpo se rebelaba. Él, que estando sano, ya lo pasaba mal… ¿Cómo sería para Ban, que tenía aún más dificultades para comer?
Apenas ahora había podido pasar de las papillas al caldo con trocitos. Y cuando se acostumbrara a eso, podrían darle estofado y pan. No podían darle semejante comida a un paciente. Por eso Richt habló con Jin.
—Necesito harina y leche.
—¿Solo eso hace falta?
—Levadura, mantequilla, sal, azúcar y moldes para pan.
—¿Cómo son?
Richt dibujó rápidamente con carbón y se lo mostró. Al verlo, Jin trajo exactamente lo que le había pedido. Una vez llegaron todos los ingredientes, Richt se remangó y entró en la cocina.
Aunque en el pueblo horneaban pan entre todos, cada casa también tenía su propia cocina y ya tenía permiso del médico para usarla.
El horno parecía llevar tiempo sin usarse, pero con limpiarlo bastaba. Richt tomó con ánimo los utensilios de limpieza. Pero Jin, que no se había ido pese a haber traído los ingredientes, no puedo evitar preguntar:
—¿Va a limpiar usted?
—Sí.
Jin lo miró con una expresión llena de cosas que quería decir y luego le arrebató los utensilios de las manos. Después se inclinó y comenzó a limpiar el horno él mismo. Jin era alguien que usaba el cuerpo para trabajar, así que tenía bastante envergadura; verlo encogido limpiando así le dibujó una sonrisa a Richt.
—¿Qué hacen? —preguntó Mary, que pasaba por ahí y vio a Jin trastear dentro del horno.
—Vamos a hacer pan.
—¿Pan…? —La mirada de Mary se deslizó naturalmente hacia los brazos de Richt, que tenía las mangas remangadas.
Su piel era blanca y suave a la vista. Pero no era un brazo ‘femenino’; sin querer sus mejillas se sonrojaron.
—¿Le ayudo? —Mary también se remangó.
Luego apareció con un delantal y se lo entregó a Richt. El delantal, de un blanco desteñido, tenía puntillas cosidas torpemente, según el gusto de quien antes lo usaba.
—Era de mi madre. Quería probarse un delantal con encaje. Mi padre, aunque no tiene buena mano, se pasó toda la noche cosiéndolo.
—Es un buen hombre.
—¿Verdad que sí? —Mary sonrió, algo tímida.
—Terminé —dijo Jin, metiendo de golpe los utensilios entre ellos.
—¡Oye! —Mary le dio un golpe en el brazo, pero él ni se inmutó. Solo miraba a Richt con una expresión difícil de descifrar.
—Entonces es mi turno —dijo Richt, avanzando con orgullo.
Mary lo miró preocupada.
—Perdón por decir esto, pero… ¿sabe hacer pan? Si le resulta difícil, también puedo hacerlo. —A pesar de que reunió valor, fue rechazada.
—Estoy bien. Sé hacerlo.
Los ojos de Jin se entrecerraron. Debía resultar sospechoso. El Richt original no sería alguien que hiciera estas cosas. Pero este Richt no pensaba retroceder.
Primero mezcló los ingredientes para formar la masa, luego incorporó la mantequilla. Por muy frágil que fuera su cuerpo, podía hacer al menos eso. Después amasó.
Cuando terminó, dejó la masa para la primera fermentación. Exhausto, se sentó en una silla cercana.
—¿Dónde aprendió a hacer pan? —preguntó Mary cautelosa mientras esperaba.
—De forma autodidacta.
—¿Puedo preguntar por qué aprendió?
—Pues…
«Porque me gustaba que otros comieran lo que yo preparaba». En su vida monótona, eso era una alegría. Pero eso no aplicaba a Richt.
—Es un secreto —respondió sonriendo.
Mary asintió como si lo comprendiera y se apartó. El verdadero problema era Jin. Él ladeó la cabeza, observando a Richt con una mirada afilada.
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La habitación estaba silenciosa. Ni siquiera se escuchaba la respiración que siempre oía a su lado. Al darse cuenta, Ban abrió los ojos.
—¿Señor Richt?
No estaba. Ban miró la puerta cerrada y se bajó de la cama. Sus heridas aún no estaban del todo curadas, pero eso no importaba.
—Señor Richt…
Tenía que encontrarlo. Abrió la puerta y vio una pequeña sala de estar. Como era la casa de un médico, el aire tenía un extraño olor a hierbas medicinales. Al aguzar el oído, oyó voces provenientes de la cocina.
Lo primero que vio fue a Richt. Aunque no estaba tan pulcro como de costumbre, para Ban seguía siendo la persona más hermosa del mundo. Lo observaba con devoción cuando, finalmente, notó que había otras personas.
Una era Mary, la hija del médico; el otro era Jin. Probablemente era la misma forma en que ella lo había mirado a él.
«¿Por qué?»
Jin odiaba a Richt. Varias veces había dicho que quería matarlo en cuanto tuviera oportunidad, que era un villano que tenía su vida en sus manos. Ban y Jin incluso se habían enfrentado a muerte por eso. Luego Ban le había dicho a Richt que debía alejarse de él, pero Richt lo mantuvo cerca porque aún era ‘útil’.
«Entonces… ¿por qué lo miraba así ahora?» Ban apretó los dientes sin darse cuenta. Luego se colocó entre Jin y la línea de visión hacia Richt.
—¿Ban? ¿Ya puedes levantarte? —Richt lo vio y se sobresaltó, poniéndose en pie.
—Estoy bien así.
—¡Tú no decides eso! ¡Mary!
—Tranquilo, la herida no se abrió —Mary revisó rápidamente y suspiró aliviada.
—¡Vuelve a la cama! —ordenó Richt, pero Ban no quería obedecer.
—No.
—¿Qué?
—Quiero quedarme a su lado y verlo.
—Solo estoy haciendo pan.
—¿No puedo mirar de cerca?
—Bueno… no es que no puedas.
Esos ojos verdes temblaron confundidos. Mary, que veía eso, corrió a traer una silla.
—Entonces siéntese aquí.
—Sí, será mejor —dijo Richt, ayudando a Ban a sentarse.
Ban arrastró discretamente la silla para colocarse justo al lado de Richt, bloqueando la vista de Jin.
El aire se volvió incómodo. Mary, que había llevado la silla apresurada, miró la cercanía entre Ban y Richt con una expresión extraña. Mientras frotaba distraídamente la mesa, luego miró a Jin.
«¿Será que…? ¿Tenía otro competidor?». Al hombre llamado Ban parecía gustarle Richt. Pero como era hombre, quizá no era correspondido aún. Ella había estado intentando acercarse discretamente a Richt, pero la actitud de Jin también era extraña.
Ban era bien parecido y Jin también. Mirándolos a los dos, Mary empezó a perder confianza.
—Ay, olvidé recoger la ropa lavada. —murmuró y se retiró discretamente hacia el patio—. No tengo suerte con los hombres.
Se dirigió hacia el tendedero mientras refunfuñaba. La ropa aún estaba húmeda, pero no podía volver adentro, así que se sentó en una piedra.
Tras tres fermentaciones, Richt puso la masa en el molde, y luego la metió al horno.
Como no había temporizador, tendría que revisar constantemente. Observaba el horno cuando vio a través de la ventana tres pajaritos revoloteando.
Desde que los echó la vez anterior por no dejarlos entrar, estaban así. Movían sus cuerpecitos con tanta insistencia que se veían adorables y un poco lastimosos.
Cuando Richt les hizo un gesto con la mano, entraron deslizándose. El hueco era tan estrecho que ni un dedo pasaría. Ver eso hacía más real que no eran pájaros, sino espíritus del viento.
—[¡Uaaang!]
—[¡Aaaang!]
—[¡Qué malo! Snif.]
Los tres lloraron al unísono como si lo hubieran ensayado.
—Si hacen ruido, los echó otra vez —susurró, y ellos cerraron el pico enseguida.
Pero luego lo abrieron de nuevo, agraviados.
—[¿Por qué él sí puede hablar?] —El espíritu señalaba a Jin, que hablaba con Ban.
—Ban, te ves muy cansado. ¿Por qué no vuelves a descansar?
—Dije que estoy bien.
—Te lo digo porque no lo pareces.
—Debe ser que tus ojos están fallando.
—Mis ojos están perfectamente.
Ninguno daba tregua.
—[¿No están peleando?]
—[Parece que sí.]
Los espíritus dejaron de quejarse y se sentaron en fila para mirar.
—Si te cuesta moverte, puedo ayudarte.
—No necesito ayuda.
Hubo un breve silencio y Richt aprovechó para abrir el horno y revisar el pan.
Estaba bien horneado. Sacó el molde con unas pinzas y luego desmoldó el pan con éxito.
«¡Pan de leche terminado!». Richt arrancó una esquina, la dejó enfriar y luego fue hacia Ban.
—Aaah~.
Ban abrió la boca naturalmente y recibió el pan.
—¿Qué tal?
Ban tragó y respondió con una voz suave:
—Está delicioso.
—¿Puedes comer más?
—Todo lo que quiera.
Richt sonrió y colocó media hogaza frente a Ban.
Luego partió el resto en dos y le dio una mitad a Jin. Después de dudar un segundo, terminó arrancando un trocito y se lo llevó a la boca.