Capítulo 5

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En un instante, Xiang Shu agarró la bolsa de lingotes de oro del mostrador, pero Chen Xing ya había salido corriendo.

El grupo de soldados justo pasaba por allí. Con tantos refugiados alrededor, la mayor preocupación de los soldados era que la gente se aprovechara del caos en la ciudad para empezar a saquear. Con ese único grito de Chen Xing, docenas de ellos bloquearon sin demora la entrada del banco hasta el punto en que ni una gota de agua podría pasar. Mientras tanto, el instigador, Chen Xing, ya se había alejado para esconderse en el callejón de enfrente.

«¡Espera, no!». Chen Xing recordó de repente un grave problema: ese tipo era como una especie de monstruo; ¡podía matar sin pestañear! ¿Acaso provocar una escena como esta no haría que mataran a esos soldados de Jin?

Sin embargo, Xiang Shu permaneció tranquilo e imperturbable mientras salía con la bolsa de oro. Los soldados de Jin lo rodearon de inmediato, con los arcos preparados, acusándolo y exigiéndole que dejara el dinero que había robado.

Desde su escondite en el callejón, Chen Xing canturreaba en silencio: «Por favor, que no mate a esos soldados, por favor, que no mate a esos soldados, por favor, que no mate a esos soldados». Si Xiang Shu empezaba a luchar y mataba a alguien delante de sus ojos, Chen Xing resolvió que no lo emplearía como protector bajo ningún concepto.

Justo en ese momento, una voz resonó detrás de él.

—¡Oye! ¿Sabes cuánta gente murió por la codicia de la Sociedad Bancaria Dongzhe? ¿Por qué metes las narices donde no te llaman?

Chen Xing se giró y encontró a un hombre alto y de complexión sólida de pie detrás de él. Llevaba un sombrero de bambú que le cubría la mayor parte del rostro, aunque se le veía una cicatriz de cuchillo en medio de la barba descuidada de su delgada mandíbula. Estaba apoyado en una pared, con las manos ocultas en las mangas; evidentemente, este suceso también había llamado su atención.

En lugar de responderle, Chen Xing volvió a observar cómo se desarrollaba la situación. Cada vez llegaban más soldados, y todos tenían sus flechas preparadas y apuntando a Xiang Shu, que estaba en la entrada del banco. Si su comandante daba la orden, todos dispararían y convertirían a Xiang Shu en un colador en el acto. Chen Xing no pudo evitar preocuparse por su seguridad.

Sin embargo, todo lo que Xiang Shu hizo fue silbar una vez. Justo cuando el comandante, que lo había amenazado varias veces en vano, estaba a punto de ordenar a sus soldados que dispararan, Xiang Shu sacudió el fardo que tenía en las manos y, con un silbido, el oro cubrió el cielo. Las pepitas doradas brillaron con la fuerza de meteoros mientras llovían y eran recibidas con gritos espeluznantes. Xiang Shu saltó al caballo de guerra que se había acercado desde una calle larga y, sin siquiera una mirada, movió la muñeca en dirección a Chen Xing, que se escondía en el callejón.

Usar armas ocultas, montar a caballo y derribar a Chen Xing: las tres cosas sucedieron en un solo instante fugaz. «¡El protector de mi familia es tan poderoso!», alcanzó a pensar Chen Xing, aunque el cuerpo le respondió con retraso. Antes de que pudiera reaccionar, un lingote de oro le voló directo al rostro, dispuesto a dejarlo inconsciente. Fue entonces cuando el experto en artes marciales del sombrero de bambú extendió la mano y sacó un pesado cuenco de hierro para vino. ¡Clang! El cuenco atrapó el lingote, que giró a su alrededor con un zumbido metálico.

—¡Espera! —gritó Chen Xing. Salió corriendo del callejón para perseguir a Xiang Shu, pero en un abrir y cerrar de ojos, este se había alejado a caballo y había desaparecido sin dejar rastro. La gente acudió en masa para apoderarse de los lingotes de oro a su paso, y la intersección se llenó tanto que era difícil moverse. Los soldados, por su parte, habían sido golpeados en la frente por la lluvia de oro y yacían inconscientes en el suelo.

Chen Xing apretó los dientes, pero no podía hacer nada con este nuevo protector suyo. No podía vencerlo en una pelea ni alcanzarlo, así que, ¿qué opción le quedaba?

—¿Tu enemigo? —El artista marcial salió del callejón sosteniendo el cuenco de vino. Le hizo un gesto a Chen Xing para que recuperara el oro, pero Chen Xing simplemente agitó la mano.

»¿Ni siquiera quieres el oro? —dijo el artista marcial—. Entonces me lo quedo yo.

Chen Xing nunca había tenido la costumbre de ahorrar dinero. En cualquier caso, tenía tanta suerte que ni él mismo se lo creía, y eso era solo gracias a cómo Sui Xing estaba entrelazado con su destino. Cuando le faltaba dinero, los cielos inevitablemente le otorgaban algo para gastar, sin permitir nunca que muriera de hambre. Así que asintió al artista marcial, le agradeció su ayuda y entró solo en el banco. El artista marcial se acarició la mejilla, revelando la mitad de su rostro descuidado y apuesto. Se rio entre dientes y luego se dirigió a la oficina del gobierno de la ciudad de Mai.

Al mediodía, un nuevo aviso apareció fuera de la oficina del gobierno. Llevaba una descripción del atuendo y la apariencia de Xiang Shu.

SE BUSCA:

LADRÓN INFAME

A quien atrape al culpable, la Sociedad Dongzhe ofrece una recompensa de 50 taeles.

Cuando Chen Xing fue a las autoridades para obtener un documento de despacho de aduanas y vio que su protector se había convertido de nuevo en un criminal buscado, se sintió en conflicto. Xiang Shu le había arrebatado la bolsa de medicinas y el dinero, y ni siquiera tenía mucho para empezar. ¿Había asaltado el banco para costear el viaje? ¿Adónde pensaba ir? Por lo visto, se dirigía al norte. ¿Acaso planeaba regresar con su tribu?

—¡No puedes dirigirte al norte! —le dijo el oficial—. Todos los caminos han sido sellados. ¡Siguiente!

—Tengo que ir a Chang’an sin importar qué. Aquí están los documentos emitidos por el señor Xie An del Ministerio de Asuntos del Personal Oficial. ¿Podría molestarle con este favor?

—No es que no te quiera dejar ir —dijo el oficial—. La ciudad de Xiangyang ha caído. Si te diriges al norte, morirás.

—Hay una carretera de tablones en la montaña Longzhong, al oeste de la ciudad de Xiangyang —dijo una voz de hombre detrás de Chen Xing—. Después de dejar las montañas, sigue hacia el norte pasando Xingzhou. Cruza el Paso de Wu y podrás entrar en las Llanuras Centrales. Si te diriges al noroeste desde allí, llegarás a Chang’an.

Chen Xing se volvió y vio que era de nuevo el hombre robusto del sombrero de bambú. El hombre se inclinó ligeramente para mirarlo. Su sombrero de bambú le protegía la cara del sol, por lo que Chen Xing no pudo ver sus rasgos con claridad.

El oficial frunció los labios y les hizo una seña para que miraran el aviso en el patio de la oficina del gobierno.

—Una tumba milenaria fue excavada y saqueada en la montaña Longzhong —dijo—. Los ladrones han ocupado la montaña y están causando estragos allí, por lo que la carretera de tablones actualmente está intransitable. También hemos reclutado a expertos del Jianghu en Xingzhou para erradicarlos.

»Hace solo dos días, se envió un grupo a investigar, pero ninguno ha regresado. Sigue mi consejo; no vayas a tu muerte. ¿Qué quieres hacer en Chang’an en un momento como este? Los dos países están enzarzados en una guerra encarnizada. Si tú, un Han, fueras a Chang’an, serías pisoteado por el pueblo Hu. Te tratarían como a un cordero de dos patas. No fue fácil para tus padres criarte. Solo dirígete al sur.

Al final, sin embargo, Chen Xing agotó la paciencia del oficial. Este no pudo convencerlo, así que no me quedó más que sellar el documento de despacho de aduanas.

—Yo también voy a Chang’an —dijo el artista marcial—. Añádeme. Mi nombre es Feng Qianjun.

«Por fin he conocido a alguien normal», pensó Chen Xing. Tomó el documento y se fue; el artista marcial se quitó el sombrero de bambú bajo el cálido sol de primavera.

En ese instante sopló una brisa primaveral, las densas capas de nubes se dispersaron y el sol, largamente ausente, dejó escapar varios rayos de luz cálida y celestial a través de la abertura. Todo lo que Chen Xing pudo ver fue el semblante brillante del experto marcial: el puente alto de su nariz, su piel clara y sus labios bermellón, tan rojos como un punto de cinabrio. Aunque su túnica azul parecía raída, tenía la sutil elegancia de la ropa de un príncipe. Se paró frente a la oficina del gobierno con los brazos cruzados, iluminado por la luz que caía sobre él. Chen Xing sintió en su corazón un calor similar al de la brisa primaveral.

Con aire despreocupado, el experto marcial se frotó la barba incipiente de sus mejillas.

—Un encuentro casual significa que es el destino. Xiaoxiongdi¹, tendré que molestarte para que me cuides en nuestro viaje. Ven, ya que no tenemos prisa por irnos, compremos primero algo de vino para beber por el camino. ¿Puedo saber cómo te llaman en el Jianghu?

—Permíteme presentarme: mi nombre es Chen Xing. Tengo dieciséis años, mido uno setenta y tres y peso sesenta y cinco kilos.

—Entonces me presentaré yo también. Tengo veintidós años, mido casi dos metros, y no estoy seguro de cuántos kilos peso. No me he pesado en mucho tiempo…

Feng Qianjun tenía un aspecto refinado, y sus palabras llevaban un tinte de espíritu caballeresco. Compró alrededor de un litro de vino y lo colocó en la alforja de su caballo mientras Chen Xing compraba un caballo en el mercado. Chen Xing recogió al perro, que movía la cola sin parar, y lo metió también en la alforja. Con el perro asomando por la alforja, partieron hacia la montaña Longzhong como nuevos amigos. Feng Qianjun era una persona tranquila con un estilo de conversación humorístico. Llevaba una espada ancha y siempre tenía un cuenco de vino con él. Joven nativo de Huainan, practicaba artes marciales y era excepcionalmente hábil.

«¿Por qué no podía Chen Xing tener a este hombre como su protector?».

—¿Cómo se llama tu perro? —le preguntó Feng Qianjun.

Chen Xing abrió la boca para decir que lo había recogido por el camino y que no tenía nombre, pero luego cambió de opinión de golpe.

—Se llama Xiang Shu.

—¡Hasta tiene apellido!

—Ajá.

—Y bien, Tianchi, ¿a qué te dedicas? —Feng Qianjun lo miró de arriba abajo; este chico no parecía un viajero corriente. Hoy en día, cualquiera que huyera parecía descuidado, pero la apariencia de Chen Xing estaba impecable de pies a cabeza, e incluso su perro llevaba un abrigo de visón. Lógicamente, sin embargo, si fuera el hijo mimado de alguna familia adinerada, tendría a alguien cuidándolo en tiempos tan turbulentos. De lo contrario, podría ser asesinado fácilmente.

—Oh, no preguntes —dijo Chen Xing—. Es un asunto triste, así que es mejor no mencionarlo. ¿Y tú?

Feng Qianjun se desvió por un pequeño sendero.

—Soy un asesino profesional —dijo con seriedad.

Chen Xing estaba estupefacto. ¿Por qué seguía encontrándose con asesinos? Le ponía nervioso; no podía evitarlo. Realmente esperaba no haberse topado con otro perro rabioso como Xiang Shu.

—¿A cuánta gente has matado? —preguntó, preocupado.

—Todavía no he matado a nadie —respondió Feng Qianjun—. Es mi primer año como asesino a sueldo, y actualmente me dirijo a mi destino para completar mi primer trabajo.

—Oh. —Eso hizo que Chen Xing se sintiera más tranquilo.

—Voy a Chang’an a matar a Fu Jian.

—¡Te deseo un rápido éxito en tu misión, Feng-xiong²! Espera, ¿matar a Fu Jian? ¿Cuánto te pagarían por eso?

Si sus servicios no eran demasiado caros, tal vez Chen Xing podría contratarlo para capturar a Xiang Shu. No necesitaba que lo mataran, con atarlo sería suficiente. No era de extrañar que los Jin hubieran querido torturarlo; incluso Chen Xing quería darle una paliza. A estas alturas, ya había atado y azotado a Xiang Shu innumerables veces en su cabeza.

—Una cesta de bollos al vapor —respondió Feng Qianjun.

—Muy bien. —Chen Xing estaba satisfecho—. Te pagaré con dos cestas de bollos al vapor. ¿Podrías ayudarme a atrapar a Xiang Shu?

—¿Por qué quieres atrapar a tu propio perro? ¿No está aquí mismo? —preguntó Feng Qianjun, desconcertado.

Chen Xing explicó que Xiang Shu era el que había robado el banco, y Feng Qianjun respondió de inmediato:

—No se puede hacer.

—Tres cestas de bollos al vapor —contraatacó Chen Xing.

—No se trata del número de bollos. No puedo vencerlo. Incluso si lo intentara, solo te avergonzaría.

Chen Xing se quedó sin palabras. Feng Qianjun continuó explicando lo difícil que era hacer que más de treinta lingotes de oro volaran hacia sus objetivos previstos y los dejaran a todos inconscientes con solo sacudir un fardo. Habiendo visto a Xiang Shu lograr eso de primera mano, Feng Qianjun se sentía avergonzado de su inferioridad, por decir lo menos. Aparentemente, cuando Xiang Shu lanzó ese lingote de oro a Chen Xing, se había requerido casi toda la fuerza de Feng Qianjun para detenerlo con el cuenco de vino de hierro negro.

Y Xiang Shu había hecho todo eso con facilidad. Feng Qianjun y él estaban, claramente, en niveles diferentes.

Chen Xing, que no tenía la menor idea de proezas marciales, reflexionó sobre esto.

—Oh, ¿es tan fuerte?

—Ese hombre se llama Xiang Shu, ¿eh? —murmuró Feng Qianjun—. ¿De dónde salió exactamente?

Entraron a caballo en la montaña Longzhong. Tras una ola de frío a finales de la primavera, el hielo en los desfiladeros bajo las montañas se había resquebrajado y la capa de nieve sobre las copas de los árboles y las ramas se había derretido. Todos los seres vivos revivieron y florecieron, y las plantas despertaron lentamente de su letargo. Chen Xing sujetaba las riendas de su caballo frente a la carretera de tablones de varios cientos de años; decidió que, habiendo viajado con Feng Qianjun todo el camino, bien podría sincerarse sobre todo lo que había sucedido en su viaje.

Cuando se enteró de lo que había pasado en la ciudad de Xiangyang, Feng Qianjun suspiró.

—Zhu Xu, ¿eh?

—Es un buen hombre —dijo Chen Xing—. Es una pena que al final eso no le sirviera de nada.

No era que Chen Xing no quisiera ayudar a Zhu Xu a defender la ciudad, pero su misión como exorcista era más importante para él.

Pero para su sorpresa, Feng Qianjun dijo:

—Zhu Xu, eh, desertó.

—¿Ah? —Chen Xing se quedó perplejo. La corte de Jin maldeciría a Zhu Xu hasta la muerte, pero había muchos hombres que habían desertado al enemigo desde la antigüedad, así que, ¿qué más daba uno más?

—Un exorcista. —Feng Qianjun contempló esto por un momento, luego asintió—. Así que Xiang Shu es el protector que seleccionaste.

—¿Me crees? —preguntó Chen Xing, sorprendido.

—Claro que sí. ¿Por qué no iba a hacerlo? Los ojos de un mentiroso siempre los delatan. Pero ahora que tu protector se ha escapado, ¿qué haces yendo solo a Chang’an?

—Necesito encontrar lo que queda del cuartel general del Departamento de Exorcismo de la dinastía Han. Planeaba gastar algo de dinero para contratar guardaespaldas, pero contigo acompañándome en el camino, puedo ahorrar.

Cuando el exorcismo floreció durante la dinastía Han, se estableció una oficina en Chang’an. Debía haber quedado alguna información en la oficina. Se suponía que este sería el siguiente paso de Chen Xing después de encontrar a su protector. Quería ver si había alguna pista que pudiera seguir sobre el fenómeno de hace trescientos años: el Silencio de Toda Magia.

—También quería aconsejar a Fu Jian que dejara de matar gente por el camino —añadió Chen Xing—, pero como vas a matarlo tú, no perderé el tiempo intentando persuadir a un hombre muerto.

El corazón de Feng Qianjun era tan claro y brillante como un espejo.

—Incluso si Fu Jian muere —dijo despreocupadamente—, las guerras del norte no se detendrán a menos que alguien unifique el mundo.

Conversaron un rato y volvieron a especular sobre los orígenes de Xiang Shu. Chen Xing no sabía nada del jianghu de las Llanuras Centrales, así que Feng Qianjun no tenía con qué orientarse; aun así, su curiosidad era grande y formuló muchas preguntas sobre los exorcistas. Durante sus años de estudio en el Monte Hua, Chen Xing había aprendido bastante magia en los libros, aunque, desde luego, todo se reducía a teoría. En tiempos pasados, el qi espiritual abundaba en el mundo entero; los exorcistas lo tomaban prestado y lo transformaban en poder, y así podía existir la magia. Pero desde el Silencio de Toda Magia, ya no les era posible emplearlo.

—Todo lo que puedo hacer es brillar un poco. —Chen Xing le demostró este poder a Feng Qianjun—. Puedo proporcionarte algo de luz cuando caminemos de noche, para que no necesitemos usar linternas. Pero si lo uso durante demasiado tiempo, me sentiré agotado y empezaré a jadear.

Feng Qianjun no pareció muy sorprendido.

—Lo he visto antes en Huainan —dijo—. Alguien podía cortarse el brazo y volvérselo a poner. Incluso podían girar la cabeza hasta que mirara hacia atrás. ¿Puedes tú…?

—¡Para! ¡Esas son artes del Jianghu! —Chen Xing detuvo rápidamente el intento de Feng Qianjun de girarle la cabeza—. Puedes intentarlo si quieres, ¡pero una vez que la gires, se me romperá el cuello!

—¿Por qué quieres cargar con un peso tan grande? —preguntó Feng Qianjun—. ¿Por quién lo haces?

—Solo escúchate. Una vez que Mara descienda, la Tierra Divina será destruida, y toda la belleza de este mundo desaparecerá. ¿No sería una lástima?

Así como Feng Qianjun pretendía matar a Fu Jian por una simple canasta de bollos al vapor, Chen Xing había decidido cargar con aquella responsabilidad tras la muerte de su shifu, sin haberlo meditado realmente. Su razonamiento era sencillo: como mínimo, no quería que todas las flores, plantas, pájaros, insectos, peces y personas que estaban vivas murieran por causas no naturales. La gente siempre quería apreciar las cosas hermosas. ¿A quién no le molestaría verlas destruidas sin motivo?

Guiaron a sus caballos por la carretera de tablones. El camino se volvió extremadamente estrecho al acercarse a la abertura. Había un trozo de ropa rasgada de un soldado de Jin enganchado en las rocas. Al verlo, Feng Qianjun le dijo a Chen Xing que se detuviera y fue a inspeccionar la tela; las tropas que el gobierno de la ciudad de Mai había despachado para buscar noticias deberían haber pasado por este lugar no hacía mucho.

Al acercarse el final del día, el valle permanecía en calma, sin que se oyera un solo sonido. Chen Xing alzó la vista y alcanzó a distinguir una figura humana que pasaba fugazmente por lo alto del acantilado.

Algo andaba mal.

—¿Feng-xiong?

Feng Qianjun agarró a Chen Xing por el cuello de la ropa y lo arrastró tres pies hacia atrás, y no un segundo antes: dos cuerpos cayeron en vertical desde lo alto de la abertura. El primero se estrelló directamente contra la parte más débil de la carretera de madera, haciéndola astillas con un crujido audible. El cuerpo y varios trozos de madera rota cayeron por el acantilado sin fin a la vista.

El otro hombre aterrizó frente a Chen Xing y Feng Qianjun. Sus caballos relincharon con fuerza e intentaron huir, pero Feng Qianjun agarró inmediatamente las riendas y estabilizó sus monturas. Chen Xing casi gritó también, pero Feng Qianjun le tapó la boca y susurró:

—¡No tengas miedo! ¡Ya está muerto!

Chen Xing recuperó el aliento. Al mirar más de cerca, vio que la figura frente a ellos era, de hecho, un cadáver con sangre brotando de su nariz, boca, oídos y ojos. Alguien lo había arrojado desde la cima de la abertura.

Chen Xing ni siquiera pudo articular una respuesta. Feng Qianjun y él miraron hacia arriba al mismo tiempo. Chen Xing quería maldecir, pero Feng Qianjun levantó la mano para indicarle que guardara silencio.

Chen Xing pensó en la figura humana que acababa de ver pasar. Asintió.

—Hay alguien ahí arriba.

Feng Qianjun dijo:

—Hablemos cuando salgamos de este camino.

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