Tang Yuhui estaba a punto de quedarse dormido en la silla cuando Kang Zhe regresó en su motocicleta bajo el cielo estrellado.
Le lanzó un tubo verde, señalándose la nariz mientras decía:
—Póntelo en las quemaduras de sol después de lavarte la cara. Puede que arda un poco, pero sanará más rápido.
Tang Yuhui murmuró un «oh», lo agarró y lo examinó con detenimiento. Se quedó mirando el tubo un buen rato antes de decir, con voz lenta:
—Gracias.
—Ajá. —Kang Zhe vio que Tang Yuhui todavía estaba en trance y no tenía intención de charlar con él. Después de estacionar la motocicleta, se dirigió hacia el patio trasero.
Tang Yuhui vio la silueta de Kang Zhe alejarse cada vez más y, de repente, se dio cuenta de que en cualquier momento volvería a estar solo en el silencio absoluto. Un súbito pánico lo despertó por completo.
Acababa de darse cuenta de que, aparte de ordenar comida, desde que se separó de Kang Zhe hoy, no había pronunciado más de cinco frases en total.
Y esta noche, el cielo estrellado era particularmente hermoso. Se sentó bajo él durante mucho tiempo, sintiéndose un poco triste.
Tang Yuhui reunió valor; de repente, no quería volver a sumirse en aquella soledad. Por una vez, hizo algo poco común: llamó al único que podía hablarle en ese momento.
—Kang Zhe, ¿a dónde fuiste hoy?
Pensó que había iniciado la conversación con naturalidad.
Los pasos de Kang Zhe se detuvieron en seco al escuchar esto, y una oleada de impaciencia casi instintiva lo invadió. Él odiaba cuando los clientes del hostal buscaban conversación. Durante la temporada alta, prefería pasar todos los días en las colinas pastoreando ovejas y alimentando caballos, en lugar de estar dentro del hostal con aire acondicionado y lidiar con un sinfín de turistas.
Él sabía que siempre había estado transmitiendo señales de «no quiero hablar contigo» y «no me molestes si no es importante» en silencio, y era experto en ello. Personas como Tang Yuhui, que eran obedientes y sensibles, no podían haber pasado por alto ese tipo de actitud.
Tal vez sí daba un poco de lástima, pensó Kang Zhe. Tang Yuhui pasaba la mayor parte del día con la mirada perdida, estuviera esperando a alguien o no. Cada vez que salía, parecía que se marchaba en silencio a quitarse la vida. Vagaba bajo el sol durante horas, como si estuviera despidiéndose del mundo todos los días.
Dado que todavía estaba estudiando, y no estaba allí por trabajo ni parecía ser un joven bohemio, Tang Yuhui definitivamente había pasado por algo que lo llevaba a permanecer tanto tiempo en Sichuan-Tíbet.
Era algo bastante común y no era difícil de deducir.
A Kang Zhe le daba igual; total, Tang Yuhui aún no había mostrado ningún deseo de abrirse. Y él estaba completamente satisfecho con eso.
Siempre evitaba preguntar sobre asuntos problemáticos y no le interesaba ver las heridas ajenas. No le importaban, ni le gustaba escuchar historias.
Con indiferencia, giró la cabeza, dispuesto a responder con unas palabras vagas y marcharse a dormir. Pero justo al darse la vuelta, de repente, se detuvo.
Si tuviera que describirlo, diría que Tang Yuhui tenía unos ojos hechos para sobrevivir en este mundo, unos ojos engañosos.
Sus pupilas eran grandes y brillantes, siempre con un destello tenue. Cuando estaba triste, parecían contener un charco de melancolía, como la lluvia acumulada después de una tormenta.
El enrojecimiento en la punta de su nariz aún no había desaparecido, quizás por haber estado demasiado tiempo al aire libre. Mientras miraba a Kang Zhe, estornudó y arrugó la nariz con infelicidad, lo que lo hizo parecer aún más desafortunado, como si hubiera llorado de verdad.
«Bueno», suspiró Kang Zhe.
Hacía mucho que no volvía a casa. Hoy, apenas regresó, su padre lo arrastró para recitar sutras durante una hora y luego lo obligó a arrodillarse frente al templo durante un rato.
Justo hoy habían hablado sobre hacer el bien; tal vez su padre quería que hiciera buenas acciones.
Kang Zhe regresó al salón principal, tomó un pequeño taburete y sacó la manta con la que solía abrigarse antes de sentarse junto a Tang Yuhui.
Tang Yuhui de repente se puso nervioso y dijo apresuradamente:
—Ah… no tienes que… no quiero molestarte para que hables conmigo.
Kang Zhe pensó para sí mismo: «Olvidalo, parece que realmente necesitas compañía».
En lugar de responder, le preguntó directamente:
—¿No tienes nada que hacer todos los días?
Tang Yuhui se quedó pasmado por un momento. Guardó silencio antes de responder, con voz pausada:
—Um… no.
La expresión de Kang Zhe seguía siendo indiferente.
—¿No eres estudiante? ¿Puedes largarte así por meses sin problema?
Otro silencio. Tang Yuhui apretó la palma de su mano y murmuró:
—… Por ahora, estoy de baja temporal…
Ah, ya entendía.
En la mente de Kang Zhe resonó implacablemente el sonido del bingo, y sintió que Tang Yuhui era realmente demasiado fácil de descifrar. ¿De verdad ya casi tenía veinticuatro años?
Empezó a hacer una suposición lógica:
El hecho de que mencionara la pausa en sus estudios con una reacción tan incómoda indicaba que no era por motivos de salud. Tal vez se debía a un fracaso en la gestión de sus relaciones sociales. Estaba solo, sin la compañía de su familia, y llevaba dos días sin recibir ni una sola llamada. Su situación familiar, probablemente, era algo complicada.
Kang Zhe, sin mucho interés, sacó un poco de su atención y dedicó unos segundos a analizar la situación. Hábilmente evitó las palabras clave de «escuela» y «familia», sin profundizar más en el tema. En lugar de eso, de manera casual, le preguntó a Tang Yuhui:
—¿Tienes algún plan de viaje?
Silencio.
—¿A dónde piensas ir después?
Silencio.
—¿Qué piensas hacer durante los próximos treinta días?
Silencio.
—¿Cuándo tienes planeado regresar?
Silencio.
Las preguntas de Kang Zhe eran cada vez más simples, pero Tang Yuhui no pudo responder a ninguna de ellas.
Esa sensación de vergüenza volvió a apoderarse de él. Tang Yuhui se preguntaba, sin encontrar respuesta, por qué siempre terminaba en este estado, tan vulnerable, por la actitud franca pero distante de Kang Zhe.
Creyó que ya estaba aprendiendo a aceptar que la gente viera su lado menos favorable, pero aún así seguía resistiéndose a mostrar su fragilidad ante Kang Zhe.
—Está bien —dijo Kang Zhe, sin insistir más, y con calma añadió—: En ese caso, realmente eres impresionante.
Tang Yuhui se quedó en silencio, mirándolo como si no entendiera lo que le decía.
—La verdad es que muchas personas a las que les gusta viajar suelen tener una sensación de superioridad ordinaria, como si vivir en otro lugar fuera más noble que llevar una vida cotidiana. Aunque viajar no siempre sea para presumir, es difícil evitar querer obtener algo de la naturaleza, ya sea experiencia, reflexiones o simplemente felicidad.
»¿No te preocupa desperdiciar dinero ni tiempo? Ni siquiera trajiste un abrigo grueso, y no sabías si tendrías mal de altura al venir a Sichuan. Decir que no temes desperdiciar tu vida no sería exagerado
»Pero así, tampoco tienes ningún deseo. No buscas ninguna recompensa en los paisajes, no importa a dónde vayas o qué veas. Ni siquiera buscas la felicidad. ¿No es esta una de las formas de vida más peculiares del mundo?
Después de pronunciar este largo discurso, Kang Zhe se puso de pie lentamente mientras Tang Yuhui seguía aturdido. Se sacudió el hollín que le había caído del fuego y le dijo:
—Un amigo mío está organizando un festival de carreras de caballos en la pradera de Tagong. Iré a ayudarlo durante el día. Si no sabes qué hacer, puedes venir a buscarme mañana. Recuerda ponerte bastante protector solar.
Sin esperar la respuesta de Tang Yuhui, y como si temiera que este siquiera lo retuviera para hablar, Kang Zhe regresó al patio sin volver la cabeza, dejando a Tang Yuhui solo para reflexionar sobre la vida bajo el cielo estrellado.
Tang Yuhui se quedó atónito por sus palabras, mirando distraídamente la deslumbrante Vía Láctea mientras pensaba en voz alta:
—¿De verdad no busco nada? ¿Ni siquiera la felicidad?
Por su parte, mientras Kang Zhe regresaba, reflexionaba: «¿No habré exagerado demasiado? ¿Será que realmente se lo creyó todo?».
Al pensarlo, simplemente sonrió con despreocupación.
Anteriormente, había vagado por el Tibet durante un largo período de tiempo, ayudando a la gente a interpretar las enseñanzas budistas en Lhasa. Lo que un maestro podía explicar en una sola frase, Kang Zhe era capaz de adornarlo con un sinfín de palabras.
Con el tiempo, comenzó a pronunciar reflexiones enredadas.
Y, curiosamente, los turistas siempre buscaban conversar con él, sin darse cuenta de que, en realidad, su corazón no estaba en paz ni poseía una gran sabiduría.
Pero Kang Zhe pensaba que, en cierto modo, esto también era una forma de práctica espiritual.
El mundo ama las palabras ambiguas que parecen tener sentido y a la vez no. El vino sabe mejor cuando la copa está medio llena, y la luna es más hermosa cuando está medio cubierta.
Todos quieren ver con claridad, pero al mismo tiempo, temen hacerlo.

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