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Tal como sospechaba, el chantajista dijo con su tono pausado habitual:
—Hoy tengo otra orden que darte.
Nada fuera de lo esperado.
Lu Kongyun solo quería terminar cuanto antes, volver a casa y librarse de ese olor a vino que tanto detestaba. Pero antes de que pudiera acercarse a besarlo, el otro continuó:
—Es muy simple, doctor Lu. Para ti no será más que un gesto mínimo. —El chantajista se frotó la punta de la nariz con el nudillo y sonrió—. Déjame oler tu feromona. Quiero saber a qué huele la de un alfa de categoría superior como tú.
… Feromonas. Para Lu Kongyun aquello, en realidad, no suponía gran cosa.
Sin embargo:
—No.
El chantajista arqueó una ceja.
—¿Me estás diciendo que no?
Lu Kongyun se frotó los ojos cansados.
—Tengo mis propios principios de conducta.
—¿Y cuáles son esos principios? —preguntó el otro con cierto interés.
Lu Kongyun vaciló un instante antes de responder:
—Liberar feromonas me hace sentir como un animal. No quiero hacerlo.
El interior del coche quedó en silencio unos segundos, después el chantajista soltó una risa baja.
—¿Y esos principios tuyos tienen un nivel de prioridad más alto que los escándalos de la familia Lu?
Lu Kongyun lo miró con serenidad. Aquel rostro que había ascendido de la nada gracias a un simple vídeo lo repugnaba profundamente.
Al final, cedió.
—¿Tienes inhibidores? —preguntó.
Los alfas de nivel S poseían genes y cuerpos más perfectos, y sus feromonas eran más potentes por pura ley natural. Aunque liberará una cantidad mínima, surtiría efecto. No quería provocar que ese omega entrara en celo frente a él.
—Claro —respondió el chantajista, volviendo la cabeza para mostrarle la nuca. Allí llevaba adherido un parche inhibidor de color rojo oscuro, el más fuerte que existía—. Tranquilo, incluso borracho sigues siendo demasiado precavido. Sólo quiero oler y saber a qué huele tu feromona. No voy a cometer un crimen contigo.
Lu Kongyun observó el parche.
—El inhibidor de máxima potencia puede alterar tu sentido del olfato.
El otro rió con ligereza:
—Entonces acércate más y déjame olerte bien.
El coche volvió a quedarse en silencio.
Lu Kongyun se inclinó hacia él, acortando la distancia entre ambos. Contempló su cabello húmedo, su perfil, y liberó una pequeña cantidad de su feromona.
En la penumbra, el chantajista se llevó una mano a la nuca, bajó la cabeza y aspiró junto a las glándulas del cuello de Lu Kongyun.
Aspiró un rato… pero no mostró reacción alguna.
Lu Kongyun sintió el roce cálido de su respiración, húmeda, como una fila de diminutas hormigas recorriendo su piel.
—¿Ya está? —preguntó.
El chantajista se movió un poco… y de pronto posó una mano sobre la glándula de su cuello, apretando ligeramente.
Lu Kongyun le sujetó la muñeca y la apartó.
—No me toques —dijo con desagrado.
El otro se echó hacia atrás, mirándolo de frente.
—Las feromonas de un alfa superior… no son gran cosa —dijo, y en sus ojos, brillantes por la penumbra o por otra razón, asomó una humedad extraña—. No huelen a nada.
—Es por el vino barato que compraste. Todo el coche apesta a alcohol, por eso no puedes percibirlo —replicó.
El chantajista sonrió sin responder.
A Lu Kongyun le irritó ese gesto. No estaba acostumbrado al alcohol y carecía de experiencia para prever o corregir su conducta cuando bebía. Actuó por puro instinto: apoyó una mano en la espalda del otro, presionó y lo acercó de nuevo a sí, liberando una dosis más concentrada, incluso algo excesiva, movido por cierta competitividad absurda.
—¿Y ahora? Ignora el olor a vino y concéntrate.
Bajo la tela, la espalda del chantajista se tensó. Era delgada, dura. Algo en el aire cambió, pero Lu Kongyun ya no podía distinguirlo; el maldito alcohol le nublaba los sentidos.
Al cabo de un momento, el chantajista lo apartó con suavidad, se incorporó y dijo:
—Vete a casa, doctor Lu. Espera mi próxima orden.
Su respiración era algo irregular, pero la disimuló con una carcajada.
—Las feromonas del gran alfa… no huelen a nada, ja, ja.
Lu Kongyun se quedó sin palabras.
Las feromonas no eran perfume, no se juzgaban por la intensidad de su aroma. Si el otro no había sentido nada, era porque el inhibidor más potente también había embotado el sentido del olfato.
No valía la pena explicárselo.
Abrió la puerta del coche y bajó. Se apoyó en el techo mientras el chantajista descendía por el otro lado, de espaldas a él. Lu Kongyun giró el cuello; la piel del área donde lo habían tocado seguía incómoda, como si aún quedara ahí la marca.
—¿Sabes cómo salir de aquí? —preguntó.
El otro no respondió. Le deslizó las llaves por el techo del vehículo y se alejó bajo la lluvia.
—…
Lu Kongyun caminó en línea recta, esforzándose por mantener el equilibrio, hasta llegar a casa. Bebió medio litro de leche para despejarse, luego fue al baño, se enjuagó la boca y se cepilló los dientes para eliminar el sabor del alcohol que detestaba.
Con los ojos nublados, siguió cepillándose un rato. Al levantar la vista, vio en el espejo una mancha rojiza en su cuello.
¿Vino? ¿Había manchado la ropa?
Se inclinó, abrió el cuello de la camisa y miró más de cerca.
Allí, pegado a su piel, había un pequeño parche inhibidor rojo oscuro.
Yu Xiaowen salió del aparcamiento, pero apenas dio unos pasos antes de detenerse. Estaba acabado.
Maldiciendo entre dientes, corrió tambaleante bajo la lluvia hasta un pequeño pabellón del jardín. El aguacero caía con fuerza; el invernadero estaba desierto, y solo a lo lejos se veía el puesto de guardia entre la bruma.
La lluvia le ayudaba a disimular y dispersar el rastro de sus feromonas. Se apoyó contra una columna y rebuscó en el bolsillo. Todas las ampollas de sujeción estaban vacías.
—¡Mierda! —bufó entre jadeos. ¿Quién habría pensado que para salir a cenar necesitaría traer un inhibidor?
Pasaron unos minutos.
Apoyó la frente en la columna, se movió un poco y se limpió la cara. Estaba empapado. Lo frío era la lluvia; lo caliente, las lágrimas. Los ojos se le nublaron y un flujo ardiente no dejaba de brotar. Aspiró por la nariz; su respiración, entrecortada, se confundía con sollozos.