—Se escondieron en la montaña. Los rastreamos hasta el punto al que llegaron a caballo, pero después de eso su paradero es desconocido.
Ante las palabras del capitán de la guardia, Alfonso chasqueó la lengua. Era un día libre poco común y, para colmo, había tenido que subir a la montaña con ese clima tan desagradable, así que su humor no era bueno.
—¿Será posible rastrearlos? —Al preguntar a los rastreadores recién incorporados esta vez, ellos asintieron con la cabeza.
—Con un clima tan duro como este.
—Estamos acostumbrados, no hay problema.
—Son bastante confiables.
Los rastreadores se dispersaron rápidamente. Luego los soldados también se dividieron en grupos y se pusieron en movimiento. A partir de ahora pensaban registrar la montaña como si la peinaran con un peine fino. La montaña era grande y escarpada, así que no sería fácil, pero no podían dejar escapar a un traidor.
«Debe de llevar consigo demasiadas cosas».
Por eso se movía aun sabiendo que era un camino peligroso. Aunque existía la sospecha de traición, el oponente era alguien de la casa Devine. Si eran ellos, tenían el poder suficiente como para provocar una rebelión real. Por esa razón, se decía que la mayoría de los nobles cerraban los ojos y se tapaban los oídos. Observaban la situación sin intervenir directamente o contrataban mercenarios en secreto.
En esa situación, el señor de Solbitol decidió actuar personalmente. El territorio estaba en tal dificultad que no podía permitirse calcular otras variables o circunstancias. Naturalmente, los caballeros vasallos no tuvieron más remedio que moverse también.
Dejaron atrás a un caballero para el mando y los otros dos también partieron.
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La lluvia se detuvo. Richt y Ban salieron de la cueva y se pusieron de nuevo la ropa húmeda que aún no se había secado del todo. El río crecido seguía igual, pero con la ausencia de la lluvia, se facilitaba el poder moverse. Ban volvió a ofrecerse a cargar a Richt a la espalda.
—Más tarde.
Esta vez no lo rechazó de manera tajante. Ya era plenamente consciente de su pésima condición física. En caso de cualquier cosa, sería mejor que lo cargaran. Al explicárselo, Ban dejó de insistir. Caminaron un buen rato así cuando, de repente, Ban se dio la vuelta y tiró de Richt hacia atrás.
—Salgan.
Ante la voz helada, dos hombres aparecieron detrás de las rocas.
—Tiene buen ojo.
Por su vestimenta, parecían rastreadores. Pensaban que habían huido bastante bien, pero ya les habían dado alcance. Ban colocó a Richt detrás de él y alzó la espada. Aun así, el caballero solo sonreía con descaro, sin mostrar señales de tensión.
—Así que es un caballero.
—Esto es problemático. Nosotros no estamos a la altura de vencerlo —dijo mientras avanzaba lentamente.
Al verlo, Richt se dio cuenta de que estaban ocultando algo. Probablemente habían escondido en algún lugar a alguien que usara un arco. Y esa suposición resultó ser correcta.
En realidad, los rastreadores que los descubrieron eran cuatro. Uno de ellos salió corriendo para reunir a los demás, dos dieron un paso al frente y el último, con un arco en la mano, subió a un árbol cercano.
—Si se entregan tranquilamente, no tendremos porque lastimarlos.
Al mismo tiempo, una flecha voló y se clavó en el suelo justo frente a ellos.
—Nuestro chico es mejor con la espada que con el arco. Cómo dispara desde lejos, si se equivoca podría clavarla en alguna parte del cuerpo.
Era una amenaza evidente. Ban apretó los dientes, pero no pudo avanzar fácilmente. Le preocupaba que, si se movía, Richt recibiera una flecha.
—Está bien, pelea —Richt empujó la espalda de Ban
—Es peligroso.
—No es peligroso.
Eso no era más que una amenaza verbal. Quien había puesto la recompensa por él era Abel. Si él ofreció la recompensa, las condiciones eran obvias: garantizar la seguridad de Richt o algo así debía estar incluido.
Sería problemático que alguien lo hiriera con una espada o una flecha perdida. Para capturar a este cuerpo frágil causándole solo heridas leves, haría falta alguien con mucha habilidad.
No parecía que Abel no hubiera pensado en eso.
Ban dudó un instante, pero luego dio un gran paso al frente. Los rastreadores también desenvainaron sus espadas.
—Oh, qué valiente. Pero ¿de verdad está bien?
—Está bien. Al final, no pueden dispararme de verdad, ¿no? —Richt respondió con aplomo.
—¿Por qué piensa eso?
—Dijiste que eres malo con el arco. ¿Y si me disparas mal y me matas? ¿Crees que tu linaje podría seguir viviendo en estas tierras?
Ante esa respuesta arrogante, el rastreador frunció el ceño.
«Supongo que no funcionará engañarlos», pensó el rastreador.
Richt tenía razón. A menos que estuvieran locos, nadie podía matar a alguien de la casa Devine. Las flechas eran armas más peligrosas de lo que parecían, así que incluso apuntar a un brazo o una pierna era complicado. Podía causar una hemorragia excesiva. Y mientras existiera la condición de llevarlo de vuelta sano y salvo, no podían lastimar ni la punta de un dedo de Richt.
Pero tampoco podían huir. Acababan de ser incorporados a la ciudad y no querían mostrar incompetencia. Entonces, la conclusión era una sola.
«Ganar tiempo».
Hasta que el rastreador que había salido corriendo regresara con refuerzos, solo tenían que ganar tiempo. Los dos avanzaron hacia Ban con las espadas en alto. Confiaban en su habilidad con la espada y, además, eran dos. Pensaron que podrían aguantar un rato. Pero no fue más que una ilusión.
Ban dio un gran paso y blandió la espada; de un solo tajo, un brazo salió volando. Mientras el hombre giraba la mirada, sorprendido por la repentina sensación de vacío, su cuello fue cercenado. En un instante, uno murió.
—¡Liss, huye!
El rastreador restante gritó eso hacia atrás y se lanzó contra Ban como una polilla atraída por el fuego. Intentaba ganar tiempo para que su compañero escapara. Pero él también perdió la vida en un instante.
En el imperio había dos órdenes de caballería consideradas las mejores. Una era la Orden Redford, que custodiaba la frontera norte. La otra era la Orden Leviatán de la casa Devine. Y Ban era el comandante de esta última.
Arrebatar dos vidas humanas no era difícil. El rastreador que disparaba flechas oculto se dio la vuelta y huyó desesperadamente. Si se lo proponía, Ban podría haberlo perseguido y matado, pero no lo hizo. Ahora, lo mejor era que escapara lo más lejos posible.
—Terminó.
—Sí.
Richt miró los cadáveres esparcidos de forma miserable y luego dirigió la mirada a Ban. Era la segunda vez que presenciaba la muerte de alguien tan de cerca. Sin embargo, no se sintió demasiado alterado. Más bien, le preocupaba Ban, que acababa de blandir la espada.
—¿Estás herido?
—No, estoy bien.
—Bien. Entonces salgamos de aquí por ahora.
Ambos se alejaron a paso rápido.
«Ojalá tuviéramos un mapa».
Ni Richt ni Ban conocían la geografía del lugar. En esa situación, al haberse salido de los caminos transitados, no era fácil orientarse. No les quedó más remedio que avanzar siguiendo donde los llevaran los pies. Así, mientras seguían adelante, en cierto momento el camino se cortó.
¡Urrrum!
Una corriente de agua violenta caía desde lo alto hacia abajo, produciendo un sonido similar a un trueno.
—Vaya.
Justo el lugar al que habían llegado era el inicio de una cascada.
—Habrá que volver.
Suspiró y se disponía a retroceder cuando, desde algún lugar, voló una flecha. Se veía a un rastreador detenido en la orilla opuesta del río. Disparó las flechas que estaban clavadas en el suelo cerca de ellos. Las arrancaba y disparaba rápidamente.
El objetivo era Richt.
—¡Muere! —gritó lleno de ira.
Al parecer, tenía una relación cercana con los rastreadores que habían muerto antes. Ban cubrió a Richt con su cuerpo. Luego intentó salir rápidamente de allí, pero una flecha perdida se le clavó en el hombro.
Al tambalearse por eso, la siguiente flecha voló. Debido a la inclinación de su cuerpo, parecía difícil esquivarla correctamente. Ban tiró de Richt hacia sí y lo abrazó con fuerza. Y, dejándose llevar por la inclinación del cuerpo, cayó junto con él por debajo de la cascada.
¡Kururung!
El estruendo del agua era tan fuerte que les zumbaban los oídos. Luego, el agua helada envolvió sus cuerpos. Intentaron debatirse, pero no lograban salir a la superficie con facilidad. Era grave. Richt, esforzándose por no perder la conciencia, se aferró a la ropa de Ban.
El rastreador dejó caer el arco con un golpe seco.
—¿Están muertos?
Al caer desde una cascada en ese estado, la probabilidad de sobrevivir era baja. Solo entonces Liss se dio cuenta de lo que había hecho y empezó a temblar.
Había matado a un noble. Aunque hubiera una recompensa por traición, existía la condición de no causarle el menor daño.
‘Será una lucha de poder dentro de la familia imperial. No estarán intentando incriminarlo con una traición real’. Esas habían sido las palabras del capitán que ahora estaba muerto.
‘Bajo ninguna circunstancia debe resultar herido. El oponente es un Devine.’
‘¿Y si por error resulta herido?’
‘Entonces habrá que pensar que está muerto’.
El capitán había dicho eso riendo a carcajadas. Liss apretó los dientes y alzó la vista al cielo. Recordaba el grito final que le decía que huyera. Así que no podía morir allí. Recogió el arco que había dejado caer y se alejó de la cascada.
Tenía que sobrevivir.
En el lugar donde Liss desapareció, dos personas que llegaron tarde miraron hacia la cascada.
—¡Ar! —Lu llamó de inmediato a su espíritu.
Ar no necesitó muchas palabras para comprender la intención de Lu. Se lanzó directamente a la cascada.
—Está bien. Aún no ha muerto —dijo Jin con el rostro pálido.
—Cálmate. Ar lo encontrará.
Había pasado bastante tiempo desde que Ar se lanzó a la cascada. Sin embargo, no llegaban noticias. ¿Cuánto más pasó? Desde debajo de la cascada, Ar emergió de repente.
—[¡No está!]
—¿No está?
—[Sí, no está]
—¿Nada?
—[Sí. No estaba el cuerpo de Richt.]
Al menos no parecía haber muerto, así que era un alivio. Pero, por otro lado, surgió una duda.
¿A dónde había desaparecido Richt en ese intervalo?
Lu se mordió con fuerza los labios.
—Liberemos a los espíritus del viento —le dijo a Jin.
—¿Por qué?
—Cuantos más busquen, mejor.
—¿Y si huye?
—Podemos hacer un juramento de espíritu.
Era un juramento hecho con maná; si se rompía después de hacerlo, el rango caía. Se decía que los espíritus pequeños incluso podían llegar a desaparecer.