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Cuando Ge Qian’an llegó al lugar, la multitud que había estado observando frente a la tienda de arroz ya se había dispersado casi por completo.
An Ziran estaba de pie frente al mostrador, hablando con el gerente Feng Zhanggui. Aunque el número de personas contratadas para mover los sacos de arroz no era grande, An Ziran ya tenía en mente contratar a más trabajadores. La provincia de Hong, conocida como la “tierra del arroz”, tenía un enorme potencial que podía aprovecharse para aumentar la producción de arroz y, al mismo tiempo, impulsar el desarrollo económico de todo el condado.
Ge Qian’an le echó un vistazo, pero no quiso interrumpir su conversación, así que se acercó al único que estaba tranquilamente bebiendo té en el interior de la tienda: Fu Wutian
— Mi señor, he regresado— dijo Ge Qian’an con respeto.
Fu Wutian asintió ligeramente. —Espera un momento. Busquemos un lugar tranquilo para hablar.
Ge Qian’an se colocó detrás de él y no volvió a hablar.
Cuando An Ziran terminó de discutir los asuntos con Feng Zhanggui, los trabajadores casi habían terminado de descargar los sacos. El almacén de la tienda de arroz estaba prácticamente lleno de bolsas de grano. Feng Zhanggui procedió a pagar a los trabajadores según la cantidad de sacos que habían movido. Los más fuertes lograron cargar entre veinte y treinta sacos, mientras que los que movieron menos llevaron unos diez. Cuando recibieron su paga, todos tenían expresiones de entusiasmo y satisfacción.
An Ziran se acercó a ellos.
Todos dejaron de hablar de inmediato, mirándolo con ojos brillantes.
Ante este joven propietario, la gente sólo sentía respeto. En su opinión, cada decisión que había tomado parecía estar diseñada para beneficiar a los demás, incluso a costa de sus propios intereses. Esa magnanimidad era algo que su padre, An Changfu, no podía igualar.
Por supuesto, lo que ellos no sabían era que las acciones de An Ziran eran en realidad parte del preludio de un plan más grande.
—La familia An se está preparando para reclutar a un grupo de trabajadores. Si están interesados, pueden acudir al Gerente Feng para informarse y apuntarse. En cuanto al salario mensual, la familia An no los tratará mal.
Al terminar de hablar An Ziran, todos vitorearon y corrieron hacia el gerente Feng para apuntarse.
Aunque algunos habían conseguido el trabajo temporal de cargar sacos de grano, sabían que no era una solución a largo plazo. Por eso, al enterarse de que otros también estaban siendo contratados por la familia An, no pudieron evitar sentir celos. Parecía que esta vez se trataba de un empleo más estable y duradero. En cuanto al salario, ya habían preguntado a quienes habían sido contratados previamente para confirmar los detalles.
En el reino de Da Ya, el ingreso promedio mensual de sus habitantes era de 2 guan y 400 wen, mientras que la familia An ofrecía un salario mensual de 3 guan. Comparado con el promedio, esto significaba que los trabajadores ganaban 20 wen adicionales al día. Si ahorraban con cuidado, podían juntar entre 20 y 30 wen más al mes, un beneficio que rápidamente se convirtió en la envidia de muchos.
Como resultado, esta noticia se extendió por el condado de An Yuan a la velocidad del rayo.
Se rumoreaba que el registro de inscripción del Gerente Feng estaba casi lleno.
Sin embargo, eso era algo que An Ziran dejó para más adelante.
Antes de retirarse con Fu Wutian y Ge Qian’an, An Ziran instruyó a Feng Zhanggui que evitara que cualquiera se acercara al patio trasero.
Una vez dentro de la habitación, Ge Qian’an, que había cerrado la puerta tras ellos, observó cómo su señor, Fu Wutian, personalmente acercaba una silla para An Ziran. Su mirada reflejaba una leve chispa de sorpresa.
Sabía que Wangye no era alguien que valorara demasiado el matrimonio, ni le importaba si su pareja era hombre o mujer, noble o plebeya. Fu Wutian siempre había tenido un carácter indiferente y parecía preocuparse por muy pocas cosas. Por eso, Ge Qian’an había asumido que su interés por An Ziran era solo un capricho pasajero. Sin embargo, nunca habría imaginado que Wangye se rebajaría tanto como para intentar ser un buen esposo para un hombre.
Sacudiendo esos pensamientos, Ge Qian’an recuperó su expresión seria y dijo: —Este subordinado fue a investigar según las palabras de Wangfei, he confirmado esos sucesos. En muchas partes de Changzhou, no ha llovido durante tres meses consecutivos. Aunque aún no es verano, las temperaturas ya están subiendo rápidamente, y el nivel de los ríos ha bajado casi un metro en el último mes. Parece que la sequía que Wangfei predijo ocurrirá pronto.
An Ziran reflexionó en voz baja: —¿Y qué hay de lo otro que te pedí investigar?
Ge Qian’an hizo una pausa: —La conjetura de Wangfei es… correcta.
Ayer, mientras investigaba, Ge Qian’an no creía que algo así pudiera ser cierto. Ese tipo de desastre solo había ocurrido una vez en la historia de Da Ya, hace más de veinte años. Las consecuencias fueron tan graves que los ancianos de la región preferían no recordarlo.
Como el tiempo pasaba y no había ocurrido ningún desastre similar desde entonces, mucha gente pensaba que esto no volvería a ocurrir, incluido Ge Qian’an, pero una vez que comprendió la situación, sus pensamientos cambiaron.
—Wangye, si estos dos desastres naturales estallan a la vez, mucha gente morirá en la provincia de Chang— dijo Ge Qian’an con preocupación.
Fu Wutian, inmutable y sin revelar sus pensamientos, se giró hacia An Ziran y preguntó: —Wangfei, hiciste que Qian’an corriera a la Provincia Chang para investigar, ¿es porque ya tienes una contramedida?
Según su entendimiento de Wangfei, si sólo quería hacer una fortuna, entonces no necesitaba hacer tantas cosas por la gente del Condado de An Yuan. Podría haberse limitado a oprimirlos como hizo su padre, An Changfu. Por no hablar de llevar a cabo una investigación. Sólo tenía que llenar su almacén de provisiones y esperar a que ocurriera el desastre.
An Ziran asintió y dijo: —Sí, tengo una solución.
—¿Qué tipo de solución?— preguntó Guan Qian’an antes de que Fu Wutian pudiera intervenir. Su reciente visita a la probimcia de Chang lo había dejado marcado al ver las terribles condiciones de los habitantes. Sin embargo, al hablar, rápidamente notó que había excedido su lugar y ocultó la ansiedad en su rostro.
—Para eso, necesitaré que Wangye intervenga personalmente— respondió An Ziran, dirigiéndose directamente a Fu Wutian.
Las tres personas regresaron a la residencia de la familia An.
Fu Wutian se disponía a ir al estudio de An Ziran para escribir una carta a su abuelo, el viejo Fu Wangye, la única persona con suficiente influencia para manejar esta situación en la corte del emperador Chongming. Ninguno de los hombres de confianza de Fu Wutian tenía el peso necesario ante el emperador para resolver el asunto.
Sin embargo, cuando llegaron al gran salón, oyeron ruidos estridentes procedentes del interior. Antes de que pudieran entrar a comprobarlo, un hombre gordo salió despedido del salón, tambaleándose. El equilibrio del gordo no era muy bueno. Antes de que pudiera estabilizarse sobre sus pies, rodó por los escalones y se detuvo justo delante de An Ziran. El hombre gordo dejó escapar un grito tan agudo como el chillido de un cerdo al ser sacrificado, mientras se retorcía en el suelo.
Un pequeño sirviente gritó —Joven Maestro— y corrió apresuradamente para ayudar al hombre a levantarse.
En ese momento, la figura de An Kexin apareció en lo alto de las escaleras, y su voz llena de ira resonó en el aire: —Tú, el del apellido Lin, ¿por qué no vas a mirarte en un espejo? ¿Quieres tomarme a mí, An Kexin, como esposa, con una cara de cerdo como la tuya? Sigue soñando. Aunque me muera no me casaré con… ¿An Ziran?
La última palabra cambió inmediatamente en cuanto vio a An Ziran parado abajo. Su sorpresa fue tal que lo llamó directamente por su nombre completo.
Al oír el alboroto, Zheng Bi también salió. Al ver el rostro inexpresivo de An Ziran, sintió un escalofrío inexplicable. Rápidamente bajó las escaleras y le dedicó una amplia sonrisa. —Ah, Ziran, ¿has vuelto? Hoy, ¿por qué…?
—¿Qué es esto?
An Ziran interrumpió sus palabras con indiferencia. Miró bruscamente a An Kexin y luego su mirada se posó en Zheng Bi. Ambas se sobresaltaron.
Zheng Bi reveló una sonrisa rígida. —Ziran, no malinterpretes. Este hombre insiste en querer casarse con Kexin, pero ella no lo acepta. Él simplemente se niega a marcharse, y Kexin, molesta, lo echó de esa manera.
An Kexin al notar la mirada de An Ziran, levantó la barbilla con altivez. Ella soñaba con casarse con un alto funcionario y convertirse en la esposa de un oficial. ¿Un simple comerciante quería casarse con ella? ¡Ridículo! No creía que hubiera hecho nada malo.
An Ziran dijo fríamente: —No importa la razón, no deberías haber echado a alguien de esa manera. En la familia An, nuestra educación no incluye ese comportamiento. Pide disculpas al joven maestro Lin de inmediato.
An Kexin apretó los dientes. —¡No hice nada malo! ¡No me disculparé!
Con la ayuda de su criado, el hombre gordo se puso de pie. Se llamaba Lin Xin. Era hijo de un rico hombre de negocios del condado de Tong Tai, que estaba al lado del condado de An Yuan. Aunque su figura era corpulenta, su actitud era educada y mostraba un carácter amable. Se enamoró de An Kexin a primera vista y originalmente quería venir a proponerle matrimonio a An Changfu. Pero la repentina muerte de los padres de An había retrasado sus intenciones. Sin embargo, nunca abandonó su objetivo.
Lin Xin se volvió y sonrió a An Ziran: —Debe ser usted el joven maestro de la familia An. Soy Lin Xin, residente de Tongtai. He escuchado mucho sobre usted, y hoy, al verlo en persona, puedo confirmar que los rumores son ciertos, tu reputación es realmente bien merecida.
An Ziran lo observó de arriba abajo. Aunque Lin Xin era corpulento, era evidente que tenía buenos modales y una educación refinada, algo poco común en los comerciantes.
—Joven maestro Lin, me halagas.
Lin Xin sonrió y dijo: —Joven maestro, me he enamorado profundamente de su hermana y espero tener la oportunidad de casarme con ella. Prometo que nunca le faltará nada en nuestra familia. Le ruego que nos conceda su aprobación.
—¡Sigue soñando!— Tan pronto como terminó de hablar, An Kexin intervino con una voz aguda y desagradable
Lin Xin, sin embargo, no mostró ninguna reacción ante su arrebato, y mantuvo su sonrisa cálida y franca.
La mirada de An Ziran se desplazó entre los presentes, deteniéndose finalmente en An Kexin, cuyo rostro estaba lleno de ira y descontento. Tras un momento de reflexión, dijo con calma: —Kexin ya tiene la edad para casarse.
Aquella declaración hizo que los rostros de Zheng Bi y su hija cambiaran al instante.
—¡¡¡Noooo!!! ¡No me casaré! ¡Prefiero morir antes que casarme con alguien tan repugnante como Lin Xin!— An Kexin gritó histéricamente, como si estuviera al borde de la locura, y salió corriendo de la sala sin mirar atrás.
El rostro de Zheng Bi se oscureció aún más. Intentó apelar a An Ziran con una sonrisa rígida, pero sus palabras denotaban preocupación: —Ziran, Kexin todavía es joven. No hay necesidad de apresurarse en decidir su matrimonio, y como puedes ver, ella no está dispuesta.
An Ziran, con una expresión tranquila, respondió con una sola frase: —El hermano mayor es como un padre
Al escuchar esas palabras, Zheng Bi comprendió que An Ziran ya había tomado una decisión. Su rostro se tornó rígido, y su tono se elevó con enfado: —¡An Ziran! No olvides que ya estás casado y, por lo tanto, ya no formas parte de la familia An. Si mi hija no quiere casarse, nadie tiene derecho a forzarla.
Con esas palabras cargadas de ira, Zheng Bi se dio media vuelta y abandonó el lugar con una actitud altiva, agitando las mangas de su vestido.
Lin Xin vio que el ambiente no era el adecuado, así que se excusó rápidamente y escapó de la escena.