Capítulo 6: Encarcelamiento

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Traducción: plutommo


Shen Zechuan entró al Templo de la Culpa en un raro día soleado en Qudu. La nieve blanca cubría las tejas de los techos del palacio, y los verdes ciruelos en flor de finales de invierno contrastaban con las paredes bermellón. La luz del sol brillaba en los aleros del edificio de la prisión, proyectando una marcada frontera entre la luz y la sombra en el suelo ante sus pies.

Apenas se había recuperado de su enfermedad y prácticamente era piel y huesos. Cuando abrió los ojos en la luz del sol, cualquier sueño de sus primeros quince años de vida se dispersaron como cenizas en el viento helado.

Ge Qingqing le antecedió escaleras abajo, luego se volvió y dijo:

—Se hace tarde.

Apoyándose en los pilares, Shen Zechuan descendió despacio hasta el vagón. No estaba acostumbrado a exponerse al sol, pero no le asustaba. La palidez de la enfermedad había aplastado cualquier rasgo infantil que pudiera quedar en sus facciones; su rostro estaba deliberadamente en blanco.

En el templo, Ji Lei esperaba en la entrada con Xiaofuzi, que permanecía inmóvil a su lado. Mientras contemplaba la antigua arquitectura, Xiaofuzi se maravilló:

—Qué lugar tan curioso. No parece para nada una prisión.

—Veo que no conoces su historia —dijo Ji Lei—. El Templo de la Culpa era originalmente un lugar para que la familia real ofreciera incienso. Albergaba un decreto imperial escrito de puño y letra por el emperador Guangcheng. En su esplendor, monjes eminentes de todo el país se reunían aquí. Aquellas grandes reuniones de mentes eran el tema de conversación de su época.

—¿Por qué no hemos oído hablar de él en los últimos años? —Xiaofuzi observó la magnífica entrada—. Está bastante deteriorado. Hace años que no se hacen reparaciones, ¿verdad?

Ji Lei reflexionó por un momento.

—Hace veinte por lo menos. En aquella época, el príncipe heredero condenado instigó a los Ocho Grandes Batallones a dar un golpe de Estado. Tras su derrota, se retiró a este templo y luchó como una bestia acorralada, y al final se cortó la garganta y derramó su sangre sobre las estatuas de Buda. El difunto emperador nunca volvió a poner un pie aquí. Despojó al templo de su nombre original y lo rebautizó como el Templo de la Culpa.

—¡Veinte años! —Xiaofuzi se agarró la garganta con exagerada sorpresa—. ¡Yo ni siquiera había nacido! Su excelencia acababa de unirse a la Guardia del Uniforme Bordado en ese entonces, ¿no es así?

En lugar de responder, Ji Lei miró por el camino detrás de ellos y espetó.

—¿Por qué no ha llegado todavía?

La tablilla de piedra de la entrada del templo tenía grabada la palabra Zhaozui; Revelación de la Culpa. Xiaofuzi se acercó a ella, aún sintiendo curiosidad.

—Pero, ¿cómo es que nunca he oído que hayan encerrado a alguien dentro?

La irritación de Ji Lei era evidente.

—Solo los funcionarios de la corte que tenían vínculos con el príncipe heredero condenado fueron encarcelados aquí. La mayoría de ellos vieron cómo ejecutaban a todo su clan antes de ser decapitados ellos mismos; los supervivientes del incidente fueron pocos y distantes entre sí. Han pasado veinte años, ¡¿quién lo recordaría?!

El vagón de prisioneros avanzó hasta la entrada.

—Ya está aquí, su excelencia. —Ge Qingqing se inclinó ante Ji Lei.

—Que entre. —Ji Lei se volvió hacia Shen Zechuan mientras pasaba—. Después de esta despedida, dudo que nos volvamos a ver. Su majestad ha sido generoso. Pasa el resto de tu patética vida reflexionando sobre la gracia que se te ha sido concedida.

Shen Zechuan actuó como si lo hubiera escuchado. Dio un paso al frente y cruzó el umbral. Mientras las desconchadas puertas bermellón se cerraban tras él, el joven se paró en la penumbra del templo y miró con tranquilidad a Ji Lei.

Profundamente irritado, Ji Lei estaba a punto de perder los estribos cuando vio una sonrisa serena aparecer en el rostro de Shen Zechuan.

Ha enloquecido . El pensamiento le vino a Ji Lei sin proponérselo, incluso antes de oír a Shen Zechuan decir en voz alta:

 —Señor Ji. —Su voz era muy tranquila—. Nos volveremos a ver.

Las puertas se cerraron con un sonido fuerte, levantando una nube de polvo.

Xiaofuzi se cubrió la nariz y tosió mientras retrocedía. Ji Lei, sin embargo, se quedó congelado en su lugar.

Cuando finalmente volvió en sí, parecía que Xiaofuzi ya lo había llamado varias veces. Montó su caballo con rapidez y se giró para que el sol le calentara la espalda.

—¡Qué alivio! —logró decir, demasiado tarde.

 

Xiao Chiye cabalgaba por las calles de la ciudad cuando se cruzó con Ji Lei. Tiró de las riendas para detener su caballo y soltó una carcajada estruendosa.

—Lao-Ji, ¿no estás de servicio en el palacio?

—Tuve que supervisar el encarcelamiento de ese bastardo asqueroso en el templo, así que recién ahora me estoy apresurando al palacio —respondió Ji Lei, lanzando una mirada codiciosa al corcel de batalla de Xiao Chiye—. ¡Qué excelente caballo, Er-gongzi! He oído que los entrenas tú mismo.

—Tenía algo de tiempo libre —Xiao Chiye hizo chasquear la fusta en el aire, y su girifalte descendió en picada hasta posarse en su hombro—. La cetrería y jugar con caballos son los únicos talentos que tengo.

—Una vez que asumas tus deberes en el nuevo año, tendrás más que suficiente en tu plato —dijo Ji Lei—. ¡La estrella en ascenso de Qudu! Mañana no estoy de servicio, ¿qué te parece si salimos a beber para celebrarlo?

—No cuentes conmigo a menos que sea buen vino —respondió Xiao Chiye.

Ji Lei soltó una carcajada.

—¡Por supuesto que será buen vino! ¿Quién se atrevería a invitar al segundo joven maestro sin él? Pasaré por tu mansión más tarde para invitarte. ¿Se nos unirá el heredero de Libei?

—Mi hermano mayor no tiene una buena opinión sobre ese tipo de diversión —respondió Xiao Chiye, girando su anillo de pulgar—. ¿Por qué? ¿Mi compañía no es suficiente?

—¡No he dicho eso! —se apresuró a responder Ji Lei—. Entonces queda decidido, Er-gongzi.

Asintiendo en señal de acuerdo, Xiao Chiye espoleó su caballo para marcharse. Pero, en el último momento, pareció recordar algo.

—¿Cómo se veía ese pequeño bastardo? ¿Puede caminar?

—Puede caminar —respondió Ji Lei—, pero por lo que vi, ese crío nunca volverá a ser ágil. ¿Cuántos sobreviven a un azotamiento así sin secuelas permanentes? Tiene suerte de siquiera poder mantenerse en pie.

Xiao Chiye se alejó cabalgando sin hacer más preguntas.

Cuando cayó la noche, el asistente del templo le llevó la comida a Shen Zechuan. Él la dejó intacta. Con una lámpara de aceite en la mano, recorrió los estrechos pasillos a los lados del salón principal.

El polvo llevaba mucho tiempo asentado sobre cada superficie, y varias de las habitaciones laterales estaban en total ruina, con puertas y ventanas desmoronándose por la podredumbre. Tras encontrar varios esqueletos que parecían a punto de desplomarse con la más mínima brisa, regresó al salón principal sin haber hallado otra criatura viva.

La estatua de Buda en el centro del salón se había derrumbado, pero el altar de incienso, a pesar de su antigüedad, seguía en pie. El espacio debajo de él era justo el adecuado. Shen Zechuan cubrió la superficie con una cortina raída y se acostó bajo la mesa del altar con la ropa puesta. El frío del suelo le hacía doler las piernas.

Apretando los dientes para soportar el dolor, cerró los ojos y contó las horas.

En la segunda mitad de la noche comenzó a caer una fina nieve. Escuchó el ulular de un búho dos veces y se incorporó, apartando la tela justo a tiempo para ver a Ji Gang cruzar la puerta.

—Come primero. —Ji Gang abrió el bulto de tela que había traído—. Luego entrenaremos. Este lugar está lleno de corrientes de aire; hace un frío terrible. Me preocupa que te resfríes si te duermes.

Shen Zechuan bajó la mirada al pollo asado envuelto en papel aceitado.

—Uno debería abstenerse de comer carne al recuperarse de las heridas. Coma usted, shifu.

—¡Tonterías! Este es el momento de llenar el estómago —dijo Ji Gang mientras arrancaba pedazos de pollo para él—. A shifu le gusta la rabadilla; incluso en casa era mi parte favorita. Guárdame ese trozo.

—Seguiré su ejemplo —dijo Shen Zechuan— y comeré lo que usted coma.

Ji Gang le echó una mirada y soltó una carcajada.

—Mocoso.

Al final, maestro y discípulo se repartieron el pollo asado. Ji Gang parecía haber desarrollado una dentadura de hierro; incluso los huesos acabaron hechos pedazos entre sus dientes. Le pasó su cantimplora a Shen Zechuan y le dijo:

—Bebe un poco de vino si el frío se vuelve insoportable, pero no demasiado; sorbe con moderación, como hacía tu hermano.

En todos estos días, nunca habían mencionado Zhongbo, Duanzhou, ni siquiera el sumidero de Chashi. Hua Pingting y Ji Mu eran heridas silenciosas que ambos compartían. Cada uno creía haber ocultado su dolor, sin darse cuenta de que la sangre ya había empapado sus vendajes, y que su sufrimiento era el mismo

Shen Zechuan tomó un sorbo y se la devolvió.

Ji Gang no la aceptó.

—Lo dejé. Shifu ya no bebe.

El silencio llenó el salón. Sin la barrera de la puerta, que llevaba mucho tiempo podrida, la nieve en polvo caía ante sus ojos, la única escena en la noche interminable.

—¿En qué piensas, quedándote así en las nubes? —preguntó Ji Gang.

—Shifu —comenzó a hablar Shen Zechuan.

—Suéltalo.

—Lo siento.

Tras un largo silencio, Ji Gang dijo:

—No es tu culpa.

Shen Zechuan cerró la mano en un puño. Fijó la mirada en la nieve, como si un simple parpadeo pudiera hacerle brotar las lágrimas.

—¿Nos buscaste en Chashi? —preguntó con la voz tensa.

Ji Gang se recargó despacio contra el altar, sumergiendo su cuerpo en la sombra. Parecía estar buscando su propia voz. Tras un intervalo, respondió:

—Sí. Lo encontré.

Lo encontró.

En aquel pozo profundo de nieve, Ji Gang había hallado a su hijo cubierto de flechas.

Saltó al sumidero, pisando montones de cadáveres, y desenterró el cuerpo de Ji Mu.

Ji Mu tenía apenas veintitrés años, recién ascendido a líder de escuadrón en las tropas de la guarnición de Duanzhou. Su armadura era nueva. El día que se la puso, Hua Pingting le había colocado un talismán protector bajo la cota de malla.

Cuando Ji Gang lo encontró, estaba congelado, de un tono púrpura, sepultado en el lodo junto a sus compañeros de armas.

Shen Zechuan levantó ligeramente la cabeza.

—Lo siento, shifu.

Ji Gang era viejo. Se rascó el cabello blanco y dijo:

—Él era el hermano mayor, ¿no? Era lo que debía hacer. Nada de esto fue tu culpa.

La nieve se acumulaba en montones fuera del salón.

Ji Gang encogió sus extremidades, abrazándose a sí mismo.

—Nadie podía saber que esos bastardos de Biansha vendrían. Él era un soldado; lanzarse al frente era su deber. Yo le enseñé a pelear y, conociéndolo, él preferiría morir antes que huir. Nunca soportó ver sufrir a otros, así que ¿cómo… cómo iba a correr? No fue culpa tuya ni suya, Chuan-er. El culpable es shifu. Bebí demasiado. Tu shiniang me regañó durante años, pero nunca dejé el alcohol. Cuando llegaron los jinetes, ni siquiera pude pelear. Estoy viejo, acabado… Me volví un inútil hace mucho.

Las lágrimas cayeron sobre la cantimplora. Shen Zechuan la aferró con fuerza y guardó silencio.

—Viejo y acabado. —Una cabeza sonriente asomó de repente detrás de la estatua de Buda—. ¡Viejo y acabado!

—¿¡Quién está ahí!? —rugió Ji Gang, incorporándose de un salto como un leopardo.

El hombre desaliñado emergió lentamente de su escondite, imitando a Ji Gang.

—¿Quién, quién?

Aquel tono de voz era inconfundible. Ji Gang empujó a Shen Zechuan hacia abajo y jadeó, asombrado.

—¡Gran mentor Qi!

El hombre se encogió al instante. Dándole una patada a la estatua de Buda, gritó:

—¡No! ¡No soy el gran mentor!

Ji Gang corrió detrás de la estatua en su persecución, con Shen Zechuan pisándole los talones. Cuando vio al hombre a punto de arrastrarse por un agujero en la pared, se lanzó sobre él y lo agarró del tobillo. El anciano chilló como un cerdo degollado.

—¡Su alteza! —gritó—. ¡Corra, su alteza!

Shen Zechuan le cubrió la boca y ayudó a Ji Gang a cargarlo de vuelta.

—Shifu, ¿quién es este?

—Eres demasiado joven para haber oído de él. —La voz de Ji Gang temblaba mientras mantenía al hombre sujeto—. ¡Esto es increíble, gran mentor Qi! ¡Está vivo! ¿Y lord Zhou? ¿Está lord Zhou aquí también?

El gran mentor Qi era bajo de estatura y delgado como un palo. Demasiado frágil para dar una patada decente, se limitó a fulminarlos con la mirada mientras siseaba:

—¡Está muerto, muerto! Yo estoy muerto. Su alteza está muerto. ¡Todos están muertos!

—Gran mentor, soy yo, Ji Gang —dijo Ji Gang con voz pesada—. El vicecomandante de la Guardia del Uniforme Bordado. ¡Ji Gang!

Aún temblando, el gran mentor Qi estiró el cuello con cautela para examinarlo.

—Tú no eres Ji Gang. ¡Eres un espíritu maligno!

—¡Gran mentor! —exclamó Ji Gang con tristeza—. En el año veintitrés de Yongyi, yo lo escolté hasta la capital. Este mismo templo fue donde su alteza, el príncipe heredero, lo recibió y le dio la bienvenida. ¿También ha olvidado eso?

Los ojos del gran mentor Qi brillaron con lágrimas.

—¡Mataron al príncipe heredero, su alteza! —sollozó—. ¡Ji Gang, Lord Ji! ¡Llévese a su alteza! El Palacio del Este se ha convertido en el blanco de todos. ¿Qué crimen ha cometido su alteza?

Ji Gang aflojó el agarre con desconsuelo.

—Gran mentor… En el año veintinueve, Ji Lei vendió su alma al enemigo y fui desterrado de Qudu. Estos veinte años he vagado por el mundo. Me casé y tuve un hijo en Duanzhou, en Zhongbo.

—¡Incluso si su alteza se ha ido, el nieto imperial aún vive! —El gran mentor lo miró fijamente, con la mente perdida en el pasado—. Lléveselo. Usted, lléveselo.

Ji Gang cerró los ojos.

—En el año treinta de Yongyi, el príncipe heredero se cortó la garganta en este mismo salón. Nadie del Palacio del Este sobrevivió.

El gran mentor se recostó.

—Sí, así fue —murmuró, y luego comenzó a sollozar como un niño—. ¿Cómo llegamos a esto?

—Una despedida como nubes errantes, diez años pasaron como agua que fluye. ¿Quién habría imaginado que nos volveríamos a encontrar en esta vida, bajo tales circunstancias? —dijo Ji Gang. Los acontecimientos de la noche lo habían agotado.

El gran mentor Qi se giró y se cubrió el rostro.

—¿También te encerraron? ¡Que nos encierren a todos! ¡Que masacren a todos los hombres de letras del mundo!

—Mi discípulo está siendo castigado por los crímenes de su padre —dijo Ji Gang.

—¿Por los crímenes de su padre…? Bueno, bien —murmuró el gran mentor Qi—. ¿Quién es su padre? ¿También enfureció a su majestad?

—El año pasado, las tropas de Shen Wei fueron aniquiladas en batalla —suspiró Ji Gang.

Para su sorpresa, el gran mentor Qi giró bruscamente la cabeza al escuchar el nombre de Shen Wei. Como una bestia, se arrastró hacia Shen Zechuan.

—¿Este… es el hijo de Shen Wei?

Ji Gang sintió que algo andaba mal. Pero antes de que pudiera reaccionar, el gran mentor Qi se lanzó sobre Shen Zechuan, arañándolo con sus dedos huesudos mientras aullaba:

—¡Shen Wei! ¡Shen Wei mató a su alteza!

Incluso debilitado por la enfermedad, Shen Zechuan tenía la vista afilada y los reflejos rápidos. Sujetó las muñecas del gran mentor antes de que pudiera hacerle daño.

Ji Gang se levantó de un salto y volvió a sujetar al anciano.

—¡Gran Mentor! ¿Quiere que mi discípulo muera hoy por la misma razón que el nieto imperial? No importa qué crímenes cometió Shen Wei, ¿qué tiene que ver eso con mi discípulo?

—Si es el hijo de Shen Wei… —La voz del gran mentor temblaba, y respiraba con dificultad—. Shen Wei…

Sin soltar al gran mentor, Ji Gang cayó de rodillas en una profunda reverencia.

—Nació como hijo de Shen Wei, pero se convirtió en hijo de Ji Gang. Si esta noche he dicho una sola mentira, ¡que yo sufra una muerte terrible! Gran mentor, ¿acaso pretende matar a mi hijo?


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