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—Dime, monje, ¿por qué aceptaste estas peticiones irrazonables? Perfectamente podrías haber realizado un ritual e irte.
—¿Y por qué el benefactor se involucra en esto?
—¿Yo? —Fu Yan detuvo sus palabras, entrecerrando a medias sus ojos de zorro—. Solo es curiosidad, nunca he visto a un monje atrapar a un espíritu vengativo.
—¿Y si tal vez no hay ningún fantasma?
—¿Estás diciendo que esta noche no morirá nadie?
—Morirán.
Sus palabras iban y venían, como si estuvieran cruzando espadas. Fu Yan sentía claramente que este monje era mucho más astuto que antes, y también ocultaba sus profundidades a la perfección. Había intentado ponerlo a prueba en numerosas ocasiones durante el viaje, pero le resultaba muy difícil descifrar sus pensamientos o sondear la magnitud de su poder.
—Aún no te he preguntado, ¿por qué un miembro de la puerta budista salvaría a un demonio como yo?
—Ya seas un demonio, un humano o incluso un monstruo absoluto, yo te salvaré igual.
—Incluso si te mordí, ¿no te arrepientes?
—No me arrepiento.
El monje sostuvo la mirada inquisitiva de Fu Yan, tan sereno y franco como siempre.
—Buda ofreció su propio cuerpo para alimentar al halcón1, y el monje de la montaña salvó a un demonio perseguido para ser castigado por los rayos celestiales. ¿Acaso todos los monjes poseen una virtud tan profunda que puede soportar el peso de todas las cosas? —Fu Yan rio sin motivo aparente, pero inmediatamente cambió el rumbo de la conversación—. ¿No temes que devuelva mal por bien y, al amparo de la noche, te arranque el corazón para aumentar mi cultivo?
—Si no te salvo, ¿cómo podría juzgar el bien del mal? ¿Cómo podría vislumbrar el karma? Un monje y un demonio también pueden forjar una buena afinidad.
—¿Qué clase de buena afinidad?
—El mundo cuenta que antes de que el maestro Puhuai cruzara las puertas del vacío2, era el emperador de la dinastía Xin. En su juventud quedó desamparado, pero fue protegido y criado por un demonio zorro, convirtiéndose más tarde en un talento capaz de gobernar la nación. Esta historia se ha transmitido como un hermoso relato milenario, siendo el paradigma de la convivencia armoniosa entre el budismo y los demonios.
Fu Yan se mostró ligeramente sorprendido. No esperaba escuchar ese fragmento de historia en boca del monje. Se quedó en silencio por un buen rato y luego respondió en voz baja con desdén:
—Así que se trataba de eso… Qué aburrido.
Esa noche, el monje siguió su rutina habitual del templo y se retiró a descansar a la hora del cerdo, sin salir de su alcoba.
Fu Yan, acostado en el lecho, daba vueltas de un lado a otro, sufriendo un poco de insomnio. Miró hacia la noche de luna por la ventana, absorto durante mucho tiempo, y luego sacó de entre sus ropas una pieza de jade puro y translúcido. La sostuvo contra la suave luz de la luna, dándole la vuelta una y otra vez. El jade estaba tallado en forma de colgante para la cintura y estaba cubierto de rasguños, lo que indicaba que era extremadamente antiguo. Bajo el resplandor lunar, tres caracteres en estilo de sello se revelaron con claridad meridiana: Lie Chengchi.
Y en el reverso de ese colgante de jade, había un majestuoso dragón tallado, con los ojos bien abiertos, mostrando un poder fiero e imponente.
[…]
Al día siguiente, cuando Fu Yan se despertó, el monje justo regresaba de afuera.
Al verlo cubierto por el polvo del camino, Fu Yan no pudo evitar maldecir en su interior. Este burro calvo de verdad se levantaba más temprano que los gallos.
Al escuchar cierto clamor al otro lado de la puerta, y sin saber qué tipo de problema se había desatado en las calles, se puso a toda prisa una túnica exterior de tonos oscuros y ponzoñosos, se calzó los zapatos y se asomó al exterior.
Resultó que la noche anterior había vuelto a morir gente; y esta vez habían sido muchos, un total de trece personas. Igual que en los casos anteriores, las puertas de la residencia estaban bloqueadas desde el interior, y todos los miembros de la familia, jóvenes y viejos, habían dado su último aliento en completo silencio. Les faltaban los corazones y les habían cortado las lenguas. La sangre fluía por todo el suelo y en la habitación ardía incienso budista.
Los vecinos ahora veían enemigos en cada árbol y soldados en cada brizna de hierba, e increíblemente comenzaron a dirigir sus sospechas hacia el monje.
Estaban convencidos de que el espíritu vengativo se había marchado hacía medio mes. Sin embargo, al enterarse de que un monje había venido a la ciudad a cazar fantasmas, el espíritu se había enfurecido de nuevo y regresó en busca de venganza deliberada, torturando a la gente común con una locura aún mayor y usando el incienso para manifestar claramente su provocación y desprecio.
La gente también decía que el monje era incapaz de encargarse del espíritu vengativo, que se escudaba tras una reputación vacía afirmando ser un gran maestro eminente, y por eso había consentido que el fantasma actuara sin ley ni límite.
Fu Yan no pudo evitar arquear una ceja, suspirando en su corazón ante lo absurdas que eran las teorías de los plebeyos; sin embargo, al menos esto jugaba a su favor.
En cuanto a aquel monje, no mostró alegría ni ira, ni ofreció ninguna explicación para defenderse, como si las voces del mundo terrenal no entraran en sus oídos.