Capítulo 60

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La glándula rota, la pérdida de sangre y, para colmo, dos horas de consejero sentimental para Shen Wenlang en mitad de la noche.

A la mañana siguiente, Hua Yong no tenía buena cara. Su rostro pálido se veía más afilado, acentuando un aire de fragilidad enfermiza.

Durante el desayuno, Sheng Shaoyou lo miró de reojo unas ochocientas veces.

Disfrutando de las miradas furtivas de su amado, Hua Yong estaba de un humor excelente, pero no se dejó llevar por la euforia.

Sostenía con la mano derecha la taza de leche que el propio Sheng Shaoyou le había servido y, con la izquierda, se llevaba la mano al pecho, frunciendo el ceño y tosiendo de vez en cuando, logrando que el Alfa, que cuando se preocupaba se ofuscaba, lo mirara con aún más pánico.

Tras una noche en observación, los médicos determinaron que Sheng Shaoyou podía recibir el alta. Pero Hua Yong, con su herida en la glándula, fue clasificado como paciente de alto riesgo y tuvo que quedarse ingresado dos días más.

A Hua Yong esto no le gustó nada. No quería quedarse solo en el hospital. Miró a Sheng Shaoyou con lástima y le suplicó: —Señor Sheng, ¿puedo no quedarme ingresado?

Aunque sabía que muy probablemente estaba fingiendo, Sheng Shaoyou seguía sin poder resistirse a esos ojos llorosos. Le espetó, con una ferocidad que ocultaba su debilidad: —Deja de hacerte la víctima.

—No me la hago —dijo Hua Yong, bajando la cabeza. Con sus dedos finos y pálidos, se aferró al bajo del pijama del hospital y susurró: —Yo también quiero volver a casa.

No se hacía la víctima. Realmente daba mucha lástima. El corazón de Sheng Shaoyou, inevitablemente, comenzó a ablandarse.

Al fin y al cabo, había sido por salvarlo a él que Sheng Shaoqing le había herido la glándula. Y gracias a que era Hua Yong, con su increíble vitalidad. Si hubiera sido una persona normal, una herida en ese lugar habría sido mortal.

Al pensarlo, el tono de Sheng Shaoyou se suavizó un poco, pero aun así fingió frialdad. —¿Cómo vas a volver a casa si no te has curado? 

—Entonces, ¿podría el señor Sheng quedarse a acompañarme? 

—No.

Los hermosos ojos llorosos se apagaron al instante. Hua Yong, como un perrito decepcionado, dijo dócil y abatido: —Ah, entonces lo entiendo. 

—¿Qué es lo que entiendes? 

—Que no puedo volver a casa —bajó la cabeza y, tras un momento de silencio, le preguntó en voz baja a Sheng Shaoyou: —Señor Sheng, ¿nunca más me llevará a casa?

Su voz era un susurro, como si no estuviera seguro, como si temiera que Sheng Shaoyou ya hubiera empezado a odiarlo, que ya no lo quisiera. Sheng Shaoyou sintió una punzada en el corazón y le espetó: —¿Qué tonterías dices todo el día? 

—¿Acaso no es así? —dijo Hua Yong, con una expresión natural, pero con una profunda duda oculta en sus hermosos ojos—. Señor Sheng, me odia, ¿verdad? 

Sheng Shaoyou: —¿Puedes dejar de gashlighting¹?

Hua Yong volvió a bajar la cabeza. —No lo hago. 

¿Cómo iba a atreverse a manipular a Sheng Shaoyou? Le gusta, por eso espera que él también lo quiera. Y espera que, cuando sepa la verdad, no rechace a su hijo.

—Hua Yong —lo llamó Sheng Shaoyou—. ¿Qué es eso de la marca permanente? 

—Ya se lo he dicho —dijo Hua Yong, levantando el rostro para explicarle con voz suave—. Aquel secuestro, los secuestradores le inyectaron cianuro. Si no lo hubiera hecho, habría muerto. —Su actitud parecía relajada, pero en realidad no estaba tranquilo. Si se miraba con atención, su espalda estaba algo rígida, e incluso cambió de postura de forma poco natural a mitad de la frase.

Sheng Shaoyou lo miró fijamente, con los ojos afilados. —Pero nunca he oído que la marca permanente de un Alfa tenga un efecto purificador. —Entrecerró los ojos peligrosamente—. Y además, yo también soy un Alfa. ¿Cómo es posible que me marcaras?

Hua Yong lo miró a los ojos y respondió con sinceridad: —Pero yo no soy un Alfa normal. 

En eso, al menos, no mentía. Sheng Shaoyou echó un vistazo a la gasa en su nuca. Ningún Alfa normal, con una herida en la glándula, podría estar sentado tan tranquilamente en la mesa al día siguiente.

—Aparte de la purificación y la mejora en la capacidad de curación, ¿qué otros efectos tendrá tu marca permanente en mí? 

—Todos buenos —dijo Hua Yong, práctico—. Mi resistencia, velocidad, fuerza, capacidad de curación e inteligencia son muy superiores a las de un humano normal. Y se transmiten a la otra parte a través de la marca permanente. Señor Sheng, poseerá el treinta por ciento de mis habilidades… —se inclinó hacia él, su voz un susurro suave y meloso—, y el cien por cien de mi amor.

Una corriente eléctrica le recorrió la oreja. Sheng Shaoyou apartó la cara del aliento cálido de Hua Yong y preguntó: —¿Y el precio? 

Frente a esa bomba de azúcar, su corazón se aceleró, pero su rostro no lo delató. Desde adolescente ya sabía cómo obtener la máxima ventaja en una negociación. Años de experiencia le permitían mantener la compostura. Aunque la declaración empalagosa de Hua Yong hacía que el corazón se le quisiera salir por la boca, mantuvo un tono inquisitivo. —¿Hablas de derechos sin mencionar obligaciones? ¿Crees que soy un niño?

—Aparte de amarme, no tiene ninguna otra obligación —Hua Yong lo miró directamente a los ojos y le preguntó con ternura: —¿Puede hacerlo, señor Sheng? 

—El precio de la vida siempre es extraordinariamente alto —dijo Sheng Shaoyou, esbozando una sonrisa—. Al señor Hua le gusta mucho actuar sin consultar. A mí eso no me gusta. 

—¿Y qué es lo que le gusta?

—Los que obedecen… —Sheng Shaoyou le sujetó la nuca, lo atrajo hacia sí y sus labios se rozaron, casi en un beso. Su aliento cálido bañó el rostro pálido del joven—. Si vuelves a engañarme, te mato. 

Hua Yong, amenazado, no se asustó. Al contrario, se sonrojó lentamente. —Entendido. A partir de ahora, siempre obedeceré al señor Sheng.

Sheng Shaoyou, satisfecho, lo soltó y le dio unas palmaditas en la mejilla. —Entonces, pórtate bien y quédate en el hospital hasta que te cures. 

Hua Yong dudó un instante, se llevó la mano a la nuca, se arrancó la gasa y confesó: —Ya estoy curado.

Sheng Shaoyou se acercó y vio que, efectivamente, el espantoso agujero en su nuca había desaparecido. Solo quedaba una fina línea de cicatrización, casi invisible. ¡Vaya monstruito! —Entonces, ¿por qué antes te llevabas la mano al pecho, como si te faltara el aire? 

—Me he atragantado con la leche —dijo Hua Yong, y tras culpar a la leche, le echó la culpa al pan—. Y me dolía el pecho porque el pan estaba muy duro y se me ha atascado.

—Pues come despacio. Yo me voy —dijo Sheng Shaoyou, apartando la silla para levantarse. Pero Hua Yong le agarró el brazo. —¿A dónde va, señor Sheng? Voy con usted.

Toc, toc, toc. Unos golpes inoportunos sonaron en la puerta. —¿Están despiertos? —dijo la enfermera cortésmente—. Vengo a tomarle la tensión al señor Hua.

Sheng Shaoyou retiró el brazo y se dirigió a la puerta. Apenas dio un paso, una ráfaga de viento se abalanzó sobre él por la espalda. Antes de que pudiera reaccionar, lo habían agarrado de las muñecas y lo habían estampado contra la puerta.

¡PUM! La enfermera, que había estado llamando, no solo no recibió respuesta, sino que la puerta vibró por un fuerte impacto. Se asustó y balbuceó: —S-si no les viene bien, vuelvo en quince minutos.

En la habitación, Sheng Shaoyou estaba inmovilizado contra la puerta. La mano cálida de Hua Yong en su nuca lo obligó a aceptar un beso que no habían podido terminar antes. —¿Estás loco? —dijo, jadeando, al separarse de esos labios insistentes, y lo fulminó con la mirada.

Su nuca frágil estaba firmemente sujeta, y una rodilla se interpuso con fuerza entre sus piernas. Sheng Shaoyou, atrapado, sintió cómo el otro rozaba su abdomen con la cadera. —He sido tan obediente, ¿no me merezco una recompensa?

¿Una recompensa por actuar como un bandido? 

—¡Lárgate! —Sheng Shaoyou le dio un codazo sin piedad, haciéndolo retroceder un paso. Hua Yong soltó un “¡ssh!” de dolor, pero en su rostro apareció una sonrisa. Señaló la comisura de sus labios y dijo: —Le ha crecido una orquídea al señor Sheng.

Sheng Shaoyou se tocó el labio inferior y sintió un ligero hormigueo. Hua Yong, amablemente, sacó su móvil, activó la cámara frontal y se la mostró. —¿Ve? 

Las pupilas de Sheng Shaoyou se contrajeron. El pequeño loco le había partido el labio con los dientes. Una pequeña orquídea blanca, que brillaba con una luz tenue, había florecido justo en la unión del labio y la mandíbula. La flor era pequeña y no desentonaba, pero a Sheng Shaoyou le provocó una furia inmensa. —¡Quítamela! ¡Ahora mismo!

Hua Yong, con Sheng Shaoyou sujetándole el cuello, ni se inmutó. Apoyó suavemente las manos en el dorso de las de él y suplicó: —Señor Sheng, duele. 

Sheng Shaoyou, furioso, rugió: —¡Quítamela! 

Hua Yong lo miró para calmarlo, y feromonas tranquilizadoras brotaron de su nuca. —No se enfade, solo es una marca temporal. Desaparecerá en quince minutos. 

—Señor Sheng —le dijo, mientras con dos dedos le alisaba el entrecejo—. No frunza el ceño, que le saldrán arrugas.

Sheng Shaoyou lo fulminó con la mirada, pero no podía estrangularlo de verdad. Se soltó y dijo con frialdad: —Aléjate de mí y te aseguro que viviré hasta los cien años, y con noventa y nueve todavía podré subir diez pisos de una vez. 

—¿Ah? —dijo Hua Yong, rodeándole el brazo sin soltarlo—. Pero sin el señor Sheng, yo me moriré pronto. 

¿¿¿¿???? ¿Marcar a un Alfa tiene ese efecto secundario? 

—¿Por qué te morirás? 

—De pena, por un amor no correspondido.

Sheng Shaoyou se arrepintió profundamente de estar discutiendo sobre la vida y la muerte con un loco. Se quitó el brazo de encima y se burló: —Ah, qué desgracia. 

—No —dijo Hua Yong, soltándose. Le sonrió—. No es una desgracia. Haber encontrado al señor Sheng ya es una gran suerte. 

Su sonrisa era inocente, su mirada, llena de una pureza sin reservas. Sheng Shaoyou se quedó deslumbrado por un instante, como si le hubiera caído un rayo. El lado izquierdo de su pecho ardía.

Toc, toc, toc. Volvieron a llamar a la puerta. La enfermera, tenaz, no se había ido. Preguntó tímidamente desde fuera: —¿Disculpen…? 

Sheng Shaoyou abrió la puerta y se encontró con un rostro de expresión compleja.

La tensión de Hua Yong era normal, solo que su corazón latía un poco rápido. En cambio, la joven enfermera que había estado escuchando detrás de la puerta parecía tener la tensión más alta, a punto de sufrir un infarto. Le tomó la tensión con manos temblorosas, sin saber dónde mirar.

Hua Yong le dijo con una sonrisa: —Señorita, no se ponga nerviosa, solo es tomar la tensión. ¿Puede dejar de mirar de reojo a mi Alfa? 

¡Oh, Dios mío! ¿Relación AA? ¡Mamá, he encontrado una de verdad! La joven enfermera, después de tomarle la tensión y medirle el oxígeno, se quedó mirando la pequeña orquídea en la comisura de los labios de Sheng Shaoyou y, sonrojada, se retiró. —B-bueno, sigan con lo suyo, no los molesto más.

Continuar no iban a continuar. Sheng Shaoyou se tocó el labio partido y cogió la chaqueta para irse. Hua Yong se levantó de inmediato. —Señor Sheng, ¿vuelve a la empresa? Lo llevo. 

—No es necesario —dijo Sheng Shaoyou, mirándolo de reojo—. Voy a buscar a un experto en biología evolutiva para que me explique cómo demonios un Alfa puede marcar a otro Alfa. —…Como bicho raro que ni el cianuro puede matar y que encima puede marcar a otros Alfas… ¡prepárese para que lo capturen y lo lleven a un laboratorio, señor Hua!

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