Capítulo 63.- Marcaje

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Capítulo 63. Marcaje

—Quítate el impermeable.

Yu Xiaowen sentía que la prenda era un estorbo. Sus manos acariciaban la espalda del otro, dejando deslizar gotas de agua, sin estar seguro de si Lu Kongyun sentía algo. Así que metió las manos dentro y lo abrazó de nuevo. La tela del uniforme estaba seca, ajustada al cuerpo, suave y fresca. Sus manos recorrieron la espalda estrecha, acariciando suavemente, como un abrazo que se profundizaba gradualmente.

Todo estará bien.

—¿Qué significa esto? —la voz del que estaba siendo abrazado sonaba impasible—. ¿Quieres usarme para satisfacer tu cuerpo o solo quieres engañarme otra vez?

—… 

No había nada de qué quejarse. Pero Yu Xiaowen no podía controlar sus emociones; así se sentía.

El pecho con el que estaba pegado era cálido y ardía, y dentro, todo se agitaba.

—Lu Kongyun, nunca quise engañarte. De verdad. Si pudiera elegir de nuevo, jamás habría entrado en tu vida ni te habría molestado.

Hablaba con sinceridad.

Pero los ojos del otro permanecieron vacíos un instante; luego, nublados por sombras densas, se tornaron más sombríos aún.

Llevaba mucho tiempo sin emitir sonido ni reacción alguna. Yu Xiaowen levantó la cabeza y lo miró, abrazándolo con más ternura y cuidado.

—Ya me has molestado —dijo Lu Kongyun.

Sus miradas se cruzaron.

—…Lo siento —dijo Yu Xiaowen.

—¿Te arrepientes? —respondió Lu Kongyun con voz pausada—. No necesito tu culpa de sobra. Al fin y al cabo, ¿no es a ti a quien muerde y se aferra alguien a quien no quiere, un Alfa torpe y fácil de engañar?

Yu Xiaowen se quedó helado.

—…Yo…

Le sujetaron el cuello y lo empujaron contra el gran armario que había detrás. La espalda chocó de golpe contra la puerta fría y apenas tuvo tiempo de soltar un grito cuando Lu Kongyun le selló la boca con la suya.

—Mmh…

Sintió la invasión dominante de labios y lengua; los colmillos afilados, unas feromonas casi metálicas, con un filo sanguinolento. Era un beso de saqueo, salvaje, algo que jamás había experimentado.

Como una presa, Yu Xiaowen lo soportó pasivamente, con la mente en blanco, mientras el dolor lo atravesaba. Apoyó débilmente las manos en los hombros del otro, pero aquello fue interpretado como resistencia: le apresaron las muñecas, se las alzaron y lo obligaron a quedar de frente al armario, estampándolo con un golpe sordo.

Giró la cara. Notó el sabor de la sangre en la boca. En el vidrio se reflejaban dos siluetas traslúcidas, cuerpos superpuestos sin dejar espacio alguno: uno luchando por instinto, el otro aprisionando por el mismo impulso.

Un dolor punzante le atravesó la nuca.

—¡…!

El mordisco fue demasiado profundo. El dolor lo dejó sordo y ciego por un instante, y enseguida se transformó en una euforia devastadora que lo anuló todo. Las feromonas de un Alfa de primer nivel, saturando el aire y su cuerpo, lo invadían y devoraban como un veneno letal con el que el depredador paraliza a su presa.

En ese instante, Yu Xiaowen cayó en la ilusión de ser necesitado, de ser amado, hasta un punto mortal. Su mente se desbordó en fantasías fuera de control.

Quiso entregarse por completo para corresponder al deseo del otro, convertirse para siempre en parte de su cuerpo y de su alma.

—Lu Kongyun… yo… te amo… márcame… —jadeó, alzando la pierna, buscando a ciegas hacia atrás, pronunciando su nombre sin reservas.

—…

Aquella confesión desbordada fue, de manera inexplicable, el antídoto que devolvió la razón al otro. Como un vehículo desbocado que desciende una pendiente a toda velocidad, las ruedas chirriando, las chispas saltando de los frenos, logró detenerse justo antes de estrellarse.

Todo se detuvo. Silencio.

Cuando Yu Xiaowen empezó a recuperar la conciencia, sólo pudo oír la respiración agitada detrás de su oreja.

Unos segundos después, lo soltaron. Se volvió y vio a Lu Kongyun acercarse a la mesa, tomar dos pulseras blancas y colocárselas con rapidez en las muñecas, ajustándolas ambas al máximo.

Yu Xiaowen lo miró aturdido.

De espaldas a él, Lu Kongyun permaneció inmóvil, con los puños cerrados, las venas marcadas en el dorso de las manos, los nudillos blanqueados por la tensión.

Yu Xiaowen ya no tenía juicio alguno; estaba completamente fuera de sí. Con la nariz ardiéndole, se lanzó hacia él, lo giró y lo besó con fuerza. Al esquivarlo, él se aferró a su glándula. Pegajoso como un dulce de arroz, se le adhería sin dejar resquicio, rozando cada centímetro, como si intentara besarlo con todo el cuerpo entero.

Cuando una mano lo empujó para apartarlo, él insistió aún más: atrapó esa muñeca adornada con las dos pulseras y la presionó contra sí. El otro no se movía; así que se movió él. Sintió cómo sus puntos más sensibles se perdían y se reencontraban entre los dedos ajenos.

Por fin oyó una inhalación brusca, seguida de un gemido largo y ronco:

—…Mmh…

Entonces perdió la gravedad.

Las luces y las sombras se mezclaron a toda velocidad y fue depositado sobre la mesa.

El pesado abrigo del uniforme militar cayó a su lado con un golpe apagado.

El broche metálico del cinturón tintineó con un sonido claro.

Después, ambos dejaron escapar un gemido animal, de satisfacción primitiva.

Sintió la mirada del depredador recorriéndolo de arriba abajo, sin disimulo. Instintivamente, tomó una prenda para cubrirse.

El abrigo fue arrancado y arrojado más lejos.

No supo en qué momento el campo de batalla se trasladó a la cama. El otro era, de forma inesperada, terriblemente hábil… Yu Xiaowen perdió casi toda lucidez y fuerza, pero aun así se esforzó por colaborar, entregado por completo.

Se le ocurrió una idea absurda: tal vez en la cabeza del doctor existía una lista perfectamente ordenada, y cada paso debía marcarse como completado.

Era muchísimo más intenso que dos años atrás. ¿Sería un efecto secundario de aquella enfermedad?

Cuando el cielo empezaba a clarear, Yu Xiaowen se dio cuenta de que el nudo ya se había formado.

Balbuceó, sin palabras coherentes.

—No —respondió Lu Kongyun.

—¡Quiero!

El doctor se acercó con serenidad, apartándole el cabello empapado de sudor.

—Ahora no puedes.

Yu Xiaowen odiaba eso de él: siempre más racional, siempre con el control absoluto. Cada vez que él se lanzaba de cabeza, incoherente y unilateral, el otro mantenía la calma, seguro de sí.

—Doctor Lu, no hace falta ser tan prudente. No necesito que te hagas responsable, ni voy a querer convertirme en tu pareja por esto…

(… >.<)

Yu Xiaowen, aguantando el dolor, forzó una sonrisa hacia él.

—…

Lu Kongyun lo observó sin mover un solo músculo del rostro.

Luego lo levantó tomándolo por los hombros, dejándole la nuca expuesta a los afilados colmillos que la atravesaron profundamente.

Sintió un tsunami de feromonas invadiendo sus glándulas y su sangre. Sus glándulas no reaccionaban como lo haría un Omega normal, y eso no le impedía gritar, aunque su voz no saliera, ni moverse; se estremeció y perdió el conocimiento.

Ese secreto… había sido descubierto.

Cuando Yu Xiaowen despertó, llevaba puesto un gotero. Su mente estaba embotada; giró la cabeza y vio un tazón de comida sobre la mesa a su lado. Se esforzó por levantar un poco el cuello; dentro quedaba medio tazón de gachas de verduras y huevo.

Lamiendo un poco, percibió el sabor del arroz. Era comida que él había ingerido, pero no recordaba cuándo ni cómo. Se incorporó, tomó el tazón y terminó de comer hasta que el fondo brilló.

Después cogió el recipiente térmico junto a él, lo abrió y bebió toda el agua tibia que contenía. Entonces recordó que allí debía haber alguien más. ¿Dónde estaba Lu Kongyun?

Miró su propia muñeca y vio que llevaba una pulsera médica igual a la de Lu Kongyun. Parecía que el paciente le había dado una para él.

Se apoyó en la cintura, avanzó con pasos cortos, tomó su gotero y salió del dormitorio. La sala estaba iluminada, vacía, salvo por una nota sobre la mesa y una bola de papel arrugada. Se acercó y desenrolló primero la bola de papel.

Decía: “Fui al pueblo cercano a comprar comida y medicinas.”

Yu Xiaowen ya había comido y conectado el gotero, por eso la nota estaba arrugada. Luego tomó la otra hoja desplegada y leyó:

“Tu cuerpo no está en condiciones de preparar cachorros, pero normalmente, cuando un Alfa de primer nivel entra en la cavidad reproductiva, la tasa de concepción es casi del 100 %. Incluso si tienes problemas reproductivos mensuales, no se puede decir que no haya oportunidad. La mayoría de los medicamentos en el mercado, aunque digan no tener efectos secundarios, no garantizan que realmente los carezcan; muchos prospectos omiten o minimizan diferencias entre receptores y efectos. Por eso debo regresar al Instituto de Reproducción, donde hay medicamentos seguros sin efectos secundarios, que solo interfieren con la semilla del cachorro pero no cambian el ambiente corporal”.

La cara de Yu Xiaowen se enrojeció y murmuró bajo:

—…¿Tan detallado? ¿Era necesario?

La siguiente línea era simple: 

“No te automediques”.
Luego otra: 

“Regresaré en un momento”.

Sosteniendo la nota, sintió calor en los brazos y un pensamiento claro comenzaba a abrirse en su mente, aunque lo reprimió. Su intuición le decía que intentar descifrar todo ahora, por su cuenta, quizá no fuera buena idea.

Forzó su atención a otra cosa: debía pensar en lo más urgente.

Recordó y ordenó mentalmente el tiempo presente. Cuando llegó a la cabaña, era casi tarde por la tarde. Un Alfa con fuerza extrema lo había agotado toda la noche, y al llegar a la concepción casi amanecía. Luego, aturdido, despertó varias veces; el doctor Lu lo había bañado con cuidado…

Tos.

Yu Xiaowen recordaba que la última vez que estuvo consciente, el sol se estaba poniendo, y la luz proyectada en la pared era dorada… Después se durmió y no volvió a despertar; durante ese tiempo, el doctor se movía alrededor como una mosca, lo volteaba varias veces, pero él estaba demasiado cansado para reaccionar, y después de un rato, el doctor se fue.

Ahora era otro atardecer.

Eso significaba que habían pasado dos días.

Dos días, el tiempo acordado para partir.

Yu Xiaowen frunció el ceño, vio la nota que decía “Regresaré en un momento” y comenzó a reconstruir la verdad de los hechos. Poco a poco, todas las fantasías desaparecieron y recuperó la calma.

Después de un momento de conflicto interno, su mirada se posó en la pared frente a él, y suspiró.

Con preocupación, seleccionó un conjunto de ropa de un armario con olor a alcanfor, se vistió y salió nuevamente. Respiró hondo. El atardecer en la montaña le recordó, sin razón aparente, aquel día de hace dos años, cuando se reunió con criminales junto a Shijia. Era su último día como un digno oficial del departamento de crímenes graves, Yu Xiaowen.

Se detuvo un instante, miró hacia la distancia y optó por salir por un sendero montañoso detrás de la casa. En un almacén cercano, buscó alrededor y eligió un manojo de cuerda de cáñamo y una pala oxidada para llevárselos.

Cargó la cuerda sobre su espalda, atravesó caminos montañosos escarpados y avanzó hacia la montaña Bajiao, tal como había acordado con Dai Jingxi. La montaña era grande, con un terreno complejo y oculto; sin coordenadas o rastreo, era difícil encontrarse con la otra parte. Caminó largo rato, hasta que el resplandor dorado del ocaso desapareció, y se detuvo. Miró a su alrededor y continuó ascendiendo hasta quedarse junto a un acantilado de altura moderada.

Se asomó. Abajo había un valle, con un río que tras la lluvia tenía un caudal alto, aunque hoy, sin precipitaciones recientes, el agua fluía clara y serena.

Yu Xiaowen se agachó, colocó la cuerda sobre un tronco y comenzó a hacer un nudo firme.

De repente, escuchó un crujido detrás de él.

Había sido descubierto otra vez. Pero esta vez no fue sorpresa; desde temprano había detectado a la persona que lo seguía. Solo levantó la vista y observó la silueta que se acercaba desde el crepúsculo dorado, y dijo:

—Más te valdría venir conmigo. Así podríamos charlar un poco.

Lu Kongyun se detuvo cerca, observándolo continuar con el nudo.

—Ya lo sabías.

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