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El todoterreno vuelve a ponerse en marcha y la larga fila de coches se adentra en el verde paisaje montañoso. Tang Heng ya no se siente mareado después del susto que le ha dado Li Yuechi. Sin embargo, han pasado quince minutos y sigue alterado, con el corazón latiéndole con fuerza.
El conductor lo mira por el retrovisor y le dice con amabilidad:
—Profesor Tang, el camino que viene es todo de montaña. Si se marea, puede apoyarse en Xiao Li para dormir un rato… aunque sea solo cerrar los ojos un momento. —Apenas termina de hablar, el coche da una curva brusca, y la inercia lanza a Tang Heng contra Li Yuechi. La chaqueta negra deportiva se presiona contra la cazadora gris. Sin tiempo para reaccionar, otra curva en dirección contraria hace que esta vez sea Li Yuechi quien se incline hacia Tang Heng. Las montañas verdes del exterior parecen caer sobre ellos; no es un peso físico, pero basta para alterar la respiración de Tang Heng.
Los dos se balancean como muñecos tentetiesos, chocando el uno contra el otro. Tang Heng se mantiene en constante tensión, temeroso de que una curva de 270 grados lo lance directamente a los brazos de Li Yuechi. Aunque esto sea perfectamente normal en carreteras de montaña, en las circunstancias actuales, cualquier contacto físico con él lo altera profundamente.
Y como para empeorar las cosas, Li Yuechi le pregunta con aparente intención:
—Profesor Tang, ¿sigue mareado?
—Ya no —responde con los dientes apretados.
—¿En serio? —Li Yuechi se ríe—. Se ha adaptado muy rápido.
Después de otros quince minutos, el conductor anuncia:
—¡Ya llegamos!
El todoterreno se detiene en el patio del comité del pueblo. Fuera del patio fluye un riachuelo poco profundo, y al otro lado se dispersan algunas casas rurales de madera con tejas negras. Junto a ellas hay una suave colina con terrazas de cultivo que se elevan una tras otra. Y más allá de los campos en terraza se alza una montaña imponente, las copas de los árboles difuminando el contorno de la cima, como si penetraran suavemente en el cielo.
Pero la montaña bloquea todo, y más allá de ella, no se puede ver nada más.
—¿Qué miras? —le pregunta Li Yuechi.
—Esa montaña… ¿Qué hay detrás? —Tan pronto como Tang Heng termina de preguntar, recuerda de golpe aquel poema de un libro de texto de primaria: «¿Qué hay al otro lado de la montaña? El mar»[1].
—Más montañas —responde Li Yuechi.
Tang Heng siente que ha hecho una pregunta estúpida. Detrás de la montaña hay más montañas. Si esta frase apareciera en una película, seguramente los jóvenes intelectuales escribirían extensos ensayos interpretándola. Pero aquí en Guizhou, en este lugar, que detrás de la montaña haya más montañas y más montañas es simplemente una descripción objetiva. Tang Heng se pregunta de repente si Li Yuechi hizo la misma pregunta cuando era niño. La respuesta debió ser desalentadora para un pequeño; solo de imaginarlo, él mismo empieza a sentirse desanimado.
—Aunque en las montañas de atrás cultivan muchas hierbas medicinales —añade Li Yuechi—, si quieres verlas, puedo llevarte después, nos queda de paso.
—¿Hierbas medicinales?
—Sí, y también hay unas decenas de higueras. ¿Te gustaría probar algunos higos?
—No, gracias, tenemos reglas, no podemos comer lo que es de los lugareños…
—Eso no cuenta.
—¿Eh?
—Los higos son de la parcela que tiene contratada mi familia.
Tang Heng se queda perplejo por un momento, hasta que comprende. Lo que Li Yuechi insinúa es que él no cuenta como no lugareño. Él es su novio.
Lo mira con una expresión compleja. Está a punto de hablar cuando oye un alboroto detrás de ellos. Sun Jihao encabeza el grupo, acompañado de un hombre de mediana edad con gafas.
—Este es el profesor Tang —dice Sun Jihao.
—¡Ah, profesor Tang! ¡Hola, hola! ¿Ha sido muy cansado el viaje? —El hombre estrecha con fuerza la mano de Tang Heng—. Soy Zheng Si, el jefe de la aldea Banxi.
—Jefe Zheng, encantado —responde Tang Heng.
—Profesor Tang, este es el secretario del Partido de nuestra aldea, Wang Enping, y este es…
Mientras Tang Heng intercambia saludos con todos, es conducido al interior del comité de la aldea rodeado por el grupo. Ya en la sala de reuniones, el jefe de la aldea personalmente les sirve té caliente y dice sonriendo:
—De verdad, gracias por sus esfuerzos. Todos los jóvenes se han ido a trabajar. Aquí la mayoría son ancianos y niños. Su trabajo, oficiales, puede resultar difícil.
—¡Ja, ja, para eso está el comité de la aldea, para colaborar! —dice Sun Jihao con tono jovial—. ¡Y qué casualidad que Xiao Li de su aldea también esté aquí, él y nuestro profesor Tang son viejos compañeros de clase!
—¿Ah? ¿En serio? —Los ojos del alcalde se abren con sorpresa, su expresión algo incómoda—. Ja, ja, yo llegué como jefe de la aldea el invierno pasado, y los jóvenes como Xiao Li no vuelven muy seguido, así que realmente no estoy muy al tanto de estos detalles…
La aldea Banxi cuenta con ciento veinticinco familias. Según la geografía, se dividen en grupos de media montaña, medio arroyo y presa. Los grupos de media montaña y del arroyo están más cerca, mientras que el grupo de la presa está relativamente lejos, a veinte minutos en coche. Sun Jihao le sonríe a Tang Heng.
—Shidi, uno irá al grupo más cercano y el otro al más lejano. ¿Cuál eliges?
La primera reacción de Tang Heng es: ¿a qué grupo pertenece la casa de Li Yuechi?
Antes de que pueda preguntar, Sun Jihao se da una palmada en la frente.
—Casi lo olvido. Puedes ir al grupo de la casa de Xiao Li. Él puede liderar el camino, ya que ustedes dos son cercanos.
—Sí, está bien —dice Tang Heng.
La casa de Li Yuechi está en el grupo de la presa, así que se decide que Tang Heng lleve allí a diez estudiantes. Sale del comité de la aldea y ve a Li Yuechi de pie junto al arroyo. No se mueve, parece ausente, pero justo cuando Tang Heng abre la boca para llamarlo, da dos pasos hacia delante. Con un pie pisa una roca junto al arroyo y se agacha. De espaldas a Tang Heng, parece que va a saltar al agua…
—¡Xiao Li! —lo llama el jefe de la aldea—. ¡Ven a guiar al profesor Tang!
Li Yuechi se gira para mirarlos. Entonces se levanta y rápidamente se acerca a Tang Heng.
—Vamos, profesor Tang —dice.
Los estudiantes ya se han organizado en equipos y subido a los coches. Tang Heng sigue a Li Yuechi hasta el todoterreno en el que han llegado. A Tang Heng se le hace un nudo en la garganta y pregunta con una voz que parece estar oxidada:
—¿Qué estabas… haciendo?
—¿Eh?
—¿Qué estabas haciendo en el arroyo?
—… Lavándome las manos. —Li Yuechi levanta su mano izquierda. El dorso está rojo—. El agua está un poco fría.
De repente, Tang Heng se siente agotado. Abre la puerta del coche y se apoya en el respaldo del asiento.
Li Yuechi lo mira pero no habla.
El todoterreno vuelve a pasar entre las montañas, pero esta vez reducen la velocidad. La carretera es mucho más estrecha que cuando llegaron. Algunas curvas están justo al borde del acantilado. Es una experiencia emocionante.
Cuando llegan al grupo de la presa, los estudiantes se dividen en los grupos que hicieron de antemano y se van con los guías. Tang Heng no tiene ninguna tarea específica. Se limita a controlar aleatoriamente a los estudiantes.
Los dos caminan durante unos minutos sin decir nada. Entonces Li Yuechi pregunta:
—¿Qué pasa ahora?
Su expresión es tranquila, haciendo que, en comparación, parezca que Tang Heng ha estado haciendo un berrinche.
—No tienes derecho a asustarme —dice Tang Heng con firmeza—. Cuando de repente fuiste al arroyo, pensé…
—¿Pensaste que iba a ahogarme? —Li Yuechi se ríe—. No es muy profundo. No moriría aunque quisiera.
—Y de camino aquí, caminaste hacia atrás… ¿No sabes lo peligroso que fue eso? ¿Y si de verdad te caías? ¿Y si reaccionaba medio segundo tarde y no podía atraparte? —Tang Heng habla cada vez más rápido, derramando todo el miedo y la ansiedad de este viaje—. ¿No viste lo empinado que estaba? Habrías muerto sin duda si te hubieras caído, ¿no lo sabes? Con estas cosas… No se puede bromear con estas cosas, Li Yuechi.
Li Yuechi se detiene, pero su expresión sigue siendo relajada.
—¿De verdad creíste que estaba apostando si me lanzaba por el acantilado o no? —Mira a Tang Heng con una sonrisa victoriosa en los ojos—. Estaba apostando si me dejarías dar el tercer paso o no.
Tang Heng se queda en silencio. Unos segundos después, dice:
—Confiabas en que te detendría y aceptaría.
—Sí. —Li Yuechi se acerca de repente y le aprieta la palma de la mano derecha—. Sólo por tu expresión cuando me viste aquella noche, sabía que aceptarías.
«Bien, muy bien». Sin palabras y dándose por vencido, Tang Heng piensa que por lo menos no es un suicida. Dado que Li Yuechi todavía lo puede tener en la palma de la mano después de seis años, acepta la derrota.
—¿Lo has procesado todo? —Li Yuechi le acaricia la mejilla—. Ahora estamos juntos.
No hay nadie alrededor, solo dos melocotoneros, un campo de cultivo y el débil cacareo de unas gallinas que suena a lo lejos.
—¿Y entonces? —pregunta Tang Heng. Todavía no puede hacerse a la idea de que está con Li Yuechi de nuevo.
—¿Vamos por orden, conociéndonos poco a poco?
—… Está bien.
—Hagamos preguntas, una por persona —dice Li Yuechi—. ¿Empiezas tú?
A Tang Heng le parece como un juego, o quizás siempre lo ha sido.
—¿Cuándo saliste de prisión? Quiero decir, la fecha exacta. —Aunque sea un juego, no está mal si puede saber cosas sobre él.
—El 11 de diciembre de 2016.
—Oh. —¿Qué estaba haciendo él en ese entonces? Acababa de llegar a Macao.
Li Yuechi continua:
—En estos seis años, ¿has salido con alguien?
Tang Heng no contesta. No se quiere mentir, pero si responde honestamente que «no»…
—Ya veo. —Li Yuechi esboza una sonrisa, otra vez esa sonrisa de quien está seguro de conseguir lo que quiere—. Te toca.
Tang Heng guarda silencio durante unos segundos.
—¿Quién es esa chica?
—Una compañera de la primaria. Cuando recién salí no tenía nada, así que nos asociamos para poner un negocio.
—¿Le gustas?
—Esa es otra pregunta. Mi turno —dice Li Yuechi—. ¿Cuántos días te quedarás en Shijiang?
—Nueve días más.
—Bien.
—¿Dónde compraste los parches para el mareo?
—En una clínica. Solo ellos los tienen.
Tang Heng guarda silencio.
—La última. —Li Yuechi se inclina, acercándose a él—. Siguiendo el orden, ¿cuál debería ser el siguiente paso?
Tang Heng lo mira. Siente como si se hubiera vuelto diminuto en las pupilas negras de Li Yuechi, como si lo estuviera envolviendo. Es esa clase de mirada. Seis años atrás, en medio de una multitud caótica, bajo las luces vertiginosas, Li Yuechi lo miraba a él y sólo a él.
Nueve días más. Tang Heng piensa con abandono que, ya que solo quedan nueve días, ¿qué importa todo lo demás? Al fin y al cabo, son solo nueve días. Ya no importa nada: ni si le gustan o no las mujeres, ni lo que está pensando. Nada. Incluso si todo esto es solo un juego, estaría bien… De pronto, Tang Heng agarra el cuello de la camisa de Li Yuechi, lo jala con fuerza hacia sí mismo y, apuntando a sus labios, se inclina para besarlo…
Pero es apartado.
Tang Heng lo mira, desconcertado.
—Este es… Este es el siguiente paso.
—Es demasiado rápido. —Li Yuechi le aprieta los dedos; su mano, que había estado sumergida en el arroyo, está muy fría.
—Si haces esto —susurra Li Yuechi—, cuando llegue el momento de que te vayas…
—¿Qué?
—Cuando llegue el momento de que te vayas, no podré dejarte ir.
[1] Del poema 在山的那边 / Other Side of Mountain de Wang Jiaxin que estaba incluido en los libros de texto escolares de China. Aquí la traducción en inglés.