Capítulo 7: No puedo distanciarme de ti

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El amigo de Kang Zhe era un hombre tibetano, de estatura similar a la suya, pero de piel mucho más oscura y muy apuesto.

Saludó a Tang Yuhui en un mandarín poco fluido:

—Ola, hermoso jamigo, felices de llegar a nuestra tierra natal.

Tang Yuhui asintió con timidez y luego esbozó una sonrisa nerviosa hacia la persona junto al muchacho: una chica de una belleza deslumbrante. Tenía los ojos grandes, la piel clara y vestía un traje tradicional tibetano rojo. Le sonreía con una mirada radiante.

—Este es Jiayang, un amigo de la infancia —lo presentó Kang Zhe con sencillez. Al notar que Tang Yuhui miraba aturdido a la persona junto a Jiayang, le dio un leve golpe en la nuca y dijo—: Deja de mirar tanto a la esposa de otro, o acabarás recibiendo una paliza.

Tang Yuhui abrió los ojos de par en par.

—¿Ya está casado?

Kang Zhe murmuró un leve «ajá».

—¿Por qué? ¿Te interesa?

Tang Yuhui se frotó suavemente la nuca donde le habían golpeado y susurró:

—No es eso… Es solo que ustedes tienen más o menos la misma edad, ¿no? Si es tu amigo de la infancia…

—¿Y qué tiene de raro? —Kang Zhe sonrió—. Yo también estoy casado.

Tang Yuhui se quedó pasmado por un momento. Luego, dejó escapar un lento «oh» y sintió de repente una sensación extraña en el pecho.

A un lado, Jiayang soltó una carcajada. Aunque su mandarín era poco claro, vivir junto al Monasterio Tagong lo había acostumbrado a los turistas, así que entenderlo no le resultaba difícil.

Para que Tang Yuhui pudiera comprenderlo, Jiayang se esforzó en hablar con más claridad. Aunque su discurso seguía siendo entrecortado, su pronunciación era mucho más precisa.

—Él… no… no… no tiene. Kang Zhe hace que las chicas de la pradera… se sientan… tristes. Todas quieren… ser… su… su… amante. Pero… Kang Zhe… no quiere… a ninguna.

Tang Yuhui tardó un buen rato en entender. Cuando finalmente lo hizo, parpadeó y volvió a murmurar un «oh», mientras, con ojos límpidos miró a Kang Zhe en silencio.

Kang Zhe sintió dolor de cabeza por su mirada y respondió con indiferencia:

—Para los tibetanos, casarse a mi edad ya no es considerado pronto.

—Oh… —murmuró Tang Yuhui, parpadeando con curiosidad—. Entonces, ¿por qué no tienes una amante?

Kang Zhe alzó los ojos y sonrió perezosamente.

—¿Y eso qué tiene que ver contigo? Qué metido eres.

Tal como esperaba, no iba a hablar mucho. Tang Yuhui suspiró con un dejo de decepción.

Tang Yuhui siempre había sentido que Kang Zhe no parecía del todo tibetano, pero tampoco han. Era difícil de definir, como un sueño despierto, etéreo y esquivo.

Pero fue al verlo montar a caballo –o, como él mismo corregiría, «correr caballos»– cuando Tang Yuhui de verdad creyó que Kang Zhe, en el sentido más literal, pertenecía a esta meseta, al vasto territorio del suroeste. Él era un tibetano criado y nacido en esa tierra.

 

Kang Zhe sacó del establo de Jiayang un imponente corcel castaño. Su cola era larga y, al caminar, la alzaba con orgullo.

Con un solo impulso de sus largas piernas, montó con calma y destreza.

Primero, condujo el caballo cuesta arriba a un ritmo pausado. Luego, se giró y, de repente, espoleó al animal, lanzándose cuesta abajo a toda velocidad.  

Tang Yuhui lo veía con claridad en su campo de visión, su figura agrandándose cada vez más contra el cielo inmóvil.

La estepa se convirtió en un telón de fondo azotado por el viento, y Kang Zhe parecía una deidad mítica cabalgando sobre el viento y el sol.

El corcel avanzaba con fuerza y gracia, y Kang Zhe, montado sobre él, exhibía una expresión fría y desafiante. Bajo la gran fuerza de las pisadas, la tierra temblaba, levantando polvo y briznas de hierba.

Tang Yuhui lo miraba, aturdido, como si estuviera presenciando una oleada imparable de miles de jinetes avanzando hacia él.

 

Tang Yuhui nunca antes había montado a caballo.

Debido al trabajo de su padre, pasó varios meses en el Centro de Lanzamiento de Satélites de Gansu.

Como se trataba de un lugar con acceso restringido, sus padres, por supuesto, no podían llevarlo con ellos al trabajo. Durante un tiempo, lo dejaron al cuidado de una familia local amiga de su padre. En esa familia había una muchacha, dos años mayor que Tang Yuhui. Era delgada, de piel morena y con unos ojos grandes y expresivos. Ella le tenía mucho cariño y, durante las vacaciones, lo llevaba a conocer lugares: Jiayuguan, Dunhuang y la montaña Mingsha, donde montaron camellos juntos.

En aquel entonces, Tang Yuhui aún estaba en la secundaria. Más tarde, durante toda esa etapa escolar, en cada examen de redacción escribía sobre aquella muchacha y esa experiencia.

Pero en aquel entonces, el pequeño y delgado Tang Yuhui pensaba que montar un camello no era lo suficientemente heroico, así que en sus composiciones siempre cabalgaba un poni rojo.

«Desde un ángulo que rara vez puede verse, fue apareciendo poco a poco el sol rojo a lo lejos, en el horizonte que se desvanecía. El tintinear de las campanillas retumbaba en el vacío sobre ese mar de dunas movedizas, mientras la luz dorada delineaba los contornos de las colinas. Cabalgaba muy lento, pero era como si me dirigiera a un lugar muy lejano».

Tang Yuhui se había aprendido ese pasaje de memoria al punto de poder recitarlo sin pensar, pero cada vez que recordaba aquel fragmento que el profesor le hizo leer en voz alta frente a todos, todavía le daba tanta vergüenza que los dedos de los pies se le encogían dentro de los zapatos.

Nunca fue bueno en las materias de artes liberales; esa fue la única vez que un profesor de lengua lo elogió. De aquello ya han pasado muchos años y casi todo se le ha borrado de la memoria, pero Tang Yuhui aún recuerda aquella tarde en el aula, cuando leyó en voz alta con la cara empapada de sudor por la vergüenza, como si lo hubieran obligado a caminar desnudo bajo el sol rojo del desierto.

La escena imaginada en sus recuerdos parecía entrelazarse de forma difusa con la realidad, como si una lente desenfocada, con un leve ajuste, comenzara poco a poco a volverse nítida dentro del sueño…


Kang Zhe se acercaba, guiando hacia él un poni granate.

A Tang Yuhui le pareció que revivía la sensación de calor y nerviosismo que había experimentado al leer en clase. Su corazón comenzó a latir más rápido, como si alguien lo estuviera forzando a madurar antes de tiempo, y la sangre le corría con una intensidad irregular, desbocada.

Aunque en ese momento aún se sentía desconcertado, si el futuro pudiera advertirle, entonces el dolor ya debería haberse revelado desde ese instante.

Pero esta vez, el viento no traía consigo el sonido de campanas de camellos, ni había una estela de humo solitario ni un sol rojo.

El cielo sobre la pradera era diáfano y brillante. Kang Zhe sostenía un cigarro entre los labios, y el humo blanco que exhalaba parecía elevarse hasta las nubes.

—¿Quieres probar? —Alzó las cejas hacia él.

—No sé cómo —respondió Tang Yuhui en voz baja.

Kang Zhe acarició con cariño la cabeza del poni. Acababa de dar una vuelta corriendo y estaba de buen humor, así que ahora mostraba toda su paciencia.

—¿Quieres montar?

Tang Yuhui dudó un instante antes de asentir con la cabeza.

Kang Zhe se quitó el cigarrillo de los labios, exhaló un anillo de humo y lo tiró al suelo para aplastarlo con indiferencia. Se metió una menta en la boca y le deslizó otra a Tang Yuhui, mientras le daba un suave pellizco en la mejilla.

—Si quieres montar, súbete. Este caballo es muy tranquilo. Yo te llevo, no te vas a caer.

El deseo terminó ganándole al miedo. Tang Yuhui sentía las mejillas ardiendo y frescas al mismo tiempo, y pensamientos extraños comenzaron a brotarle en la cabeza.

Se preguntaba si el sabor adictivo de las drogas, que en su mayoría provienen de plantas, sería similar al aroma de la vegetación.

Con entusiasmo apenas contenido, apoyó el pie en el estribo y se montó en el caballo. En el instante en que se sentó con firmeza, quedó completamente cautivado por aquella montura, antigua y majestuosa.

«Qué hermoso», pensó.

Se inclinó hacia adelante y, con los brazos suspendidos en el aire, abrazó con suavidad el cuello del poni.

—No te frotes contra él —advirtió Kang Zhe—. No te conoce bien, podría tirarte.

Solo entonces, Tang Yuhui se obligó a separarse a regañadientes. Su mano se deslizó hacia atrás, como si estuviera acariciando su pelaje a través de una capa invisible de aire.

Kang Zhe encontró la escena bastante entretenida y curvó perezosamente una esquina de los labios.

—¿Tanto te gusta?

—Sí. —Por primera vez, Tang Yuhui respondió con absoluta certeza. Sus grandes ojos, húmedos y brillantes, volvieron a centellear mientras murmuraba en voz baja—: Es muy lindo.

Kang Zhe le lanzó una mirada de reojo, con la boca llena de aire fresco, y se empujó ligeramente la mejilla con la lengua, que sabía a menta.

Tiró suavemente de las riendas y, como si realmente estuviera familiarizado con él, el poni rojo obedeció y comenzó a moverse con pasos pequeños.

Al principio, Tang Yuhui todavía sentía un poco de miedo, pero después de dar una vuelta, empezó a impacientarse y a apurar a Kang Zhe para que fueran más rápido.

Kang Zhe no respondió. Se limitó a sonreír levemente y, con la fuerza justa, le dio una palmadita en la grupa al poni. De inmediato, el pequeño corcel estiró las patas y salió corriendo.

—¡Aaaaah! —Tang Yuhui dio un respingo, pero Kang Zhe ya había quedado unos pasos rezagado, apartado por el impulso del animal.

Cuando Tang Yuhui miró hacia atrás, vio a Kang Zhe aún de pie en el mismo lugar, encendiendo otro cigarrillo. Su expresión era indiferente mientras lo observaba desde lejos.

—¿Kang Zhe…? —empezó a llamarlo, mientras el caballo seguía acelerando. No se atrevía a mirar hacia atrás con frecuencia, pero al mismo tiempo se sentía un poco asustado encarando al viento.

Tang Yuhui temblaba por los sacudones, y el miedo se fue apoderando de él de verdad. Comenzó a gritar desesperadamente el nombre de Kang Zhe, pero no obtuvo ninguna respuesta.

»¡Kang Zhe…!

»¡Haz que pare…! ¡De verdad, estoy asustado…!

»Kang Zhe…

»¡Kang Zhe, Kang Zhe, Kang Zhe!

Tang Yuhui estuvo a punto de romper en llanto. En su cabeza ya se había imaginado cayendo del caballo, hecho pedazos contra el suelo, sintiendo cómo una pezuña lo pisaba y le hacía escupir sangre.

—¡Kang Zhe…!

Y de pronto, fue como si el universo respondiera a su llamado.

El viento de la pradera arrastraba los gritos roncos de Kang Zhe, cada vez más cercanos.

—¡No tengas miedo, corre!

»¡Tang, Yuhui!

»¡Sigue corriendo…!

Tang Yuhui miró hacia atrás. Kang Zhe venía galopando detrás de él, aún a varios metros de distancia. Su rostro era borroso, pero Tang Yuhui estaba seguro: había sonreído.

—¡No, tengas, miedo…!

La palabra «miedo» salió de sus labios tan suave que el viento la envolvió con ternura hasta dejarla posarse en el oído de Tang Yuhui como una mariposa descansando en su cartílago. Y justo después de susurrar, se deshizo en una lluvia de luces diminutas que brillaban como pétalos dispersos sobre la pradera.

En ese instante, el latido caótico del miedo en su sangre se detuvo, transformándose en un estruendo que caía con la fuerza de un aguacero, estremecedor. De pronto, la dirección del viento se volvió tangible: tan clara y tan confusa a la vez, vibrando y temblando como un tambor desbocado.

Las nubes sobre sus cabezas se transformaron de repente en un río silencioso, empujando al poni bajo ellos hacia adelante. Acompañadas por el canto del viento en la pradera, fluían libres con Tang Yuhui, suavemente rumbo al mar.

Tang Yuhui dio cinco vueltas completas antes de detenerse lentamente.

Kang Zhe ya había descendido del caballo y lo esperaba en el punto de partida.

Sujetando las riendas, cabalgaba aturdido paso a paso en dirección a Kang Zhe.

Las mejillas de Tang Yuhui estaban encendidas, el rostro empapado de agua, rebosante de emoción y alegría.

Fue la primera vez que vio una sonrisa real asomarse en la comisura de los ojos de Kang Zhe, como si un mineral oscuro y áspero finalmente revelara su núcleo envuelto en un fulgor fragmentados de hojas rotas. Y a partir de entonces, el cielo nocturno ya no estaba cubierto de clavos grises y opacos, sino de estrellas cuyo brillo bastaba para iluminar toda la Vía Láctea.

El corazón de Tang Yuhui latía como un tambor de guerra, tan fuerte que retumbaba en su pecho. A lo lejos, alguien parecía estar hablándole, pero él no podía emitir ni una sola palabra.

Entonces, Kang Zhe abrió los brazos y lo ayudó a bajar del caballo. Luego le limpió con el dorso de la mano los rastros de agua en su rostro.

Él seguía igual de guapo, con esa sonrisa etérea.

—¿Por qué estás llorando otra vez?


Nota de la autora:

«A veces también necesito enamorarme en secreto de ciertas cosas; como una estrella fugaz que, gracias a mi mirada, ya no es solo un clavo opaco y solitario» (Nan Zi, Amor Secreto). [Nota de plutommo: me rompí los dedos tratando de buscar más información sobre el poema y la autora, pero no encontré nada aparte de que se publicó en internet].

Traducido por plutommo
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