Capítulo 88

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

No lo parece por su aspecto, pero tiene un lado sorprendentemente ingenuo. Si supiera cómo se comporta normalmente Teodoro, no diría eso. Abel acarició esa mano pequeña y suave en comparación con la suya.

—Yo le diré al príncipe heredero.

Aunque lo dijo así, Richt negó con la cabeza.

—No, hablaré yo.

—¿Tú mismo?

Sería más seguro hacerlo a través de él. Incluso podría excusarse después si pasaba algo. Observó a Richt, preguntándose si tenía algún motivo oculto, pero no pudo leer nada en su expresión.

—Sí—. Richt respondió con firmeza.

—¿Entonces vamos ahora?

Lo tanteó ligeramente, pero la decisión de Richt no cambió.

«Por cierto…»

Richt parecía hablar de manera más relajada, usando un tono más informal. La pared entre ellos se había derrumbado. Abel no se había equivocado en su elección.

—Te dije que es realmente complicado.

Y por eso mismo, aún mejor. Richt, que había estado dejando su mano dócilmente en manos de Abel, se levantó. Parecía que realmente iba a ir ahora a ver a Teodoro.

—A estas horas, aún debería estar en su oficina.

Abel también se levantó y lo siguió. Fue entonces cuando, con retraso, percibió la presencia fuera de la puerta. Como el espíritu había bloqueado el sonido, tardó en notarlo. No le sorprendió. Sabía quién era. Abel aceleró el paso y abrió la puerta antes que Richt.

Allí estaba Ban, con una expresión rígida. Su mirada recorrió rápidamente a Abel y luego se posó en Richt.

—¿Ban?

—Lo siento. Tardaban demasiado y pensé que quizá había ocurrido algo—. Ban cambió su expresión y dejó la frase en el aire.

El rostro antes firme se desmoronó y sus ojos temblaron, como si fuera a romper a llorar en cualquier momento.

«Vaya, este tipo…»

Al principio había pensado que era el modelo de caballero. Ahora había cambiado de opinión.

«Es un zorro».

Era un hombre capaz de hacer cualquier cosa con tal de atraer la atención de Richt. Y ese pensamiento de Abel no era erróneo. Richt se fijó en que Ban ocultaba una mano detrás de la espalda y, con curiosidad, se acercó para mirarlo.

—¿Qué te pasó en la mano?

—Por error rompí una taza de té.

En su gran mano había varias heridas, como si se hubiera cortado con algo.

«¿Por error?», Abel soltó una risa burlona.

A todas luces, había apretado la taza hasta romperla. Un caballero tan bien entrenado no se lastimaría así por una taza rota por accidente.

Parece que Richt también se dio cuenta, porque su voz se volvió fría.

—¿Y el médico? —Ante la pregunta, Ban bajó la cabeza con una expresión incómoda—. Al menos deberías haberte puesto medicina.

Un suspiro se escapó de entre los labios rosados de Richt. Al verlo, los hombros de Ban se hundieron.

—Un momento.

Richt pidió permiso a Abel con una frase corta y empujó a Ban dentro de la habitación. Luego ordenó a alguien que pasaba por allí que llamara al médico. Al principio, la persona inclinó la cabeza con confusión, pero al reconocer quiénes eran, salió corriendo.

El médico llegó poco después.

—¿Dice que se rompió una taza?

Tras oír la causa de la herida, el médico puso una expresión dudosa. Parecía tener mucho que decir, pero no abrió la boca. Para trabajar como médico en el palacio imperial, había que saber guardar silencio. Tras tratar en silencio las heridas de Ban, se limitó a advertirle que tuviera cuidado al lavarse durante un tiempo y salió de la habitación.

Cuando quedaron los tres solos, Richt lo llamó:

—Ban.

—Sí.

—Sabes qué hiciste mal, ¿verdad?

—Lo sé. Hice mal—. Ban se bajó del sofá y se acercó a Richt de rodillas—. Fue mi culpa.

La voz con la que pedía perdón era lastimera. Abel estaba allí mismo, pero a Ban no parecía importarle.

—Si cometiste un error, debes recibir un castigo—. Así que añadió desde un lado—: Te castigaré. No te acerques a mí hasta que tus heridas hayan sanado por completo.

Cuando Ban escuchó esas palabras, su expresión decayó.

—Mi señor, eso no me gusta—. Sacudió la cabeza desesperadamente y se golpeó la cabeza contra el suelo—. No me gusta.

—La última vez, te dije claramente que no lo hicieras.

—Lo siento, perdón, pero… Lord Richt.

Antes de que se diera cuenta, el rostro de Ban estaba lleno de lágrimas.

—Fue porque el señor Richt me dejó atrás.

—Fue solo un momento.

—Aun así, estaba muy angustiado.

Las lágrimas corrían por sus mejillas y caían al suelo. La alfombra gris empezó a oscurecerse. Incluso con Abel delante, Ban no dudó en revelar su vergüenza. En ese momento, lo único que le importaba era Richt.

Aun así, Richt seguía dudando. Así como Teodoro le parecía adorable, Ban también debía parecerle distinto.

«Ya lo sabía, pero aun así…» A Abel se le revolvió el estómago.

Metió las manos bajo los brazos de Richt y lo levantó. Ante la acción repentina, los ojos de Richt se abrieron de par en par.

—Vamos. Tú sigues castigado.

Sonriendo con malicia, Abel sacó a Richt de la habitación. Richt miró hacia atrás, pero no regresó. Solo se dirigió al despacho de Teodoro con una expresión complicada.

—¡Richt!

Al entrar en el despacho, Teodoro lo recibió. Se levantó del escritorio y se acercó a grandes pasos, como un perro que recibe a su dueño.

—¿Qué pasa? ¿Viniste a verme?

—Sí.

—Me alegra—. Teodoro sonrió entrecerrando los ojos—. Espera un momento.

Tras ordenar a una doncella que preparara té y dulces, se sentó en el sofá junto a Richt. Pudiendo sentarse enfrente, insistió en sentarse a su lado, lo que dejó a Abel sin palabras.

—Príncipe heredero. Creo que ha elegido mal el asiento—. Abel se lo señaló directamente, pero no sirvió de nada.

—Me gusta aquí—. Respondió brevemente y volvió a sonreírle a Richt.

El té y los dulces llegaron rápidamente.

—Entonces, ¿qué ocurre hoy?

Teodoro era perspicaz. Por eso se dio cuenta de que Richt había ido con un propósito.

—¿Podría pedirle que retire a la gente por un momento?

—Está bien. Todos, salgan.

—¿Eh? Pero, Alteza…

Normalmente, los caballeros custodiaban la puerta, pero ahora había varios dentro. Como estaban en periodo de visitas diplomáticas, existía mayor riesgo. Por eso los caballeros dudaron, pero Teodoro no cedió.

—No pasa nada, salgan.

Ante su tono firme, los caballeros salieron, aunque con vacilación.

—[Es nuestro turno].

En cuanto se fueron, los espíritus rodearon la habitación. Ahora, ningún sonido saldría al exterior.

—Gracias.

Al agradecerles, los espíritus asintieron con expresiones entusiasmadas.

—[No hay problema].

—[¡Puedes pedir más!]

—[¡Yo soy fuerte!]

Entre respuestas disparatadas, gracias a los espíritus se creó un ambiente seguro para hablar.

Richt respiró hondo.

Le preocupaban Ban, a quien había dejado atrás, y la situación que se avecinaba. Pero no podía evitarlo. Para hablar de eso, debía adoptar una postura adecuada. Mientras pensaba eso intentó arrodillarse, pero Teodoro lo sujetó.

—¿Qué pasa?

Aunque había crecido bastante, Teodoro seguía siendo un niño. Aun así, Richt no podía superarlo en fuerza. Al final, volvió a sentarse en el sofá.

—Tengo algo que decir.

—¿Qué cosa?

Ante esos ojos azules brillantes, la conciencia le dolía. Aun así, tenía que hablar. Richt volvió a exhalar y habló:

—He cometido un crimen.

—¿Qué crimen?

—Codicié el poder e hice algo que no debía.

Nada más decirlo, la mirada de Teodoro se dirigió a Abel.

—¿El gran duque Graham también lo sabe?

—Sí, lo sabe.

—Ya veo—. Teodoro asintió y volvió a mirar a Richt.

Richt lo observó y luego apartó lentamente la mirada. No podía hablar mirándolo de frente. Pensaba que ser un villano iba con él, pero quizá se había equivocado. Hablar con un niño le resultaba difícil.

—Es decir, yo…

—¿Te uniste al Imperio Rundel?

«Abel tenía razón. Teodoro lo sabía todo».

—Así es.

—Ya veo. Más o menos lo había imaginado.

Al principio, Teodoro no lo sabía. Pero cuando Abel, el gran duque Graham, se convirtió en su tutor y empezó a manejar poco a poco la autoridad dentro del palacio, fue enterándose de muchas cosas. La información aumentó y, a partir de ella, pudo deducir la situación.

—Lo siento—. Richt se mordió el labio y bajó la cabeza.

Teodoro tomó su mano.

—Está bien—. Una voz amable le respondió—. Podías haberme matado, pero no lo hiciste. No llegaste hasta el final. Así que está bien. Yo…

Teodoro habló lentamente.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x