« Capítulo 93: ¡Feliz Cumpleaños! »

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Pei Tingsong se sorprendió. Incluso pensó que Fang Juexia lo estaba provocando, pero en realidad solo estaba actuando con un niño caprichoso.

“¿Cuándo te ensucié?”, preguntó desvergonzadamente.

“Recién, recién te apoyaste en mí, y eres tan pesado”, Fang Juexia hablaba de manera incoherente mientras agarraba el borde de su camisa manchada de vino de fresa rosa y se lo mostraba. “Mira, aquí, aquí está sucio”.

¡Ah, era eso!

“Entonces, ¿te quitamos la ropa sucia?”, dijo Pei Tingsong levantándole la camisa y ayudándolo a sacársela, como si estuviera calmando a un niño. “No usemos más ropa sucia”.

Fang Juexia imitó sus palabras y, con enojo, arrugó su camisa y la tiró al suelo. “No la uso”. Luego, bajó la mirada y se observó a sí mismo durante un buen rato, sin levantar la cabeza, como si estuviera examinándose con mucha seriedad.

“¿Qué estás mirando?”, preguntó Pei Tingsong, extrañado mientras se acercaba.

Solo vio que Fang Juexia tenía los ojos bien abiertos, fijos en un moretón en su pecho de un leve tono morado.

Pero Fang Juexia no creía que fuera un moretón, sino que pensaba que esa parte también estaba sucia. Así que emitió un sonido de duda y comenzó a frotarse con los dedos, con tanta fuerza que en unos segundos ya estaba todo rojo. “E-esto también está sucio”.

Pei Tingsong lo miró, y entre risas y ternura, levantó la mano para confesar. “Esto también lo ensucié yo”.

“¿Qué hago?”, Fang Juexia frunció los labios, sus hermosos ojos llenos de inocencia. “No puedo limpiarlo…”.

Pei Tingsong atrapó su mano inquieta y se acercó a su pecho. “Cariño, no te preocupes, te lameré hasta limpiarlo”.

Dicho esto, sacó la lengua y la pasó por el moretón que había dejado días atrás en ese pecho blanco como la nieve, moviéndola en círculos suaves.

“Mmm…”. Fang Juexia no pudo evitar una sensación extraña: le picaba el pecho, le picaba el corazón. Quería rascarse pero no podía, y eso lo ponía ansioso. Pei Tingsong comenzó a besarlo de nuevo, pasando del moretón a sus pezones rosados, tan bonitos que no pudo evitar llevárselos a la boca, enrollando la lengua alrededor de esas pequeñas protuberancias y, de vez en cuando, presionando suavemente los pezones erectos, sintiendo cómo todo su cuerpo temblaba.

Pasó un brazo alrededor de la cintura de Fang Juexia, acariciando su espalda suave, pero sus caricias no lograron calmarlo. Al contrario, Fang Juexia se agitó aún más. Sus gemidos se hicieron más evidentes, diferentes a cuando estaba sobrio. El alcohol lo hacía honesto, y por cada beso abría su boca, llenando su corazón de deseos que luego se desbordaban.

“Me duele…”.

Pei Tingsong se separó un poco y, usando los dedos en lugar de su boca, comenzó a masajear su pezón endurecido. “¿Dónde te duele?”, preguntó, fingiendo inocencia.

Lo observó de muy cerca, el rostro enrojecido de Fang Juexia borracho, su boca entreabierta, como un pichón hambriento reclamando alimento.

Era un tanto cruel. Como admirar el momento exacto en que una flor se abre.

Fang Juexia, guiando su mano hacia el pecho, encontró el otro lado que aún no había sido atendido. “Aquí… y aquí”, murmuró con voz pastosa, llevando la mano de Pei Tingsong más abajo.

Estaba semierecto.

“Quiero besos, Pei Tingsong. ¿Me besas?” Suplicó con voz temblorosa, los ojos brillantes de lágrimas.

Pei Tingsong, aprovechando la situación, comenzó a masajear su parte inferior, deteniéndose después de cada movimiento. “Pídemelo”.

El Fang Juexia ebrio casi no tenía capacidad de razonamiento. Solo podía expresarse.

“Por favor”.

Pei Tingsong lo besó como deseaba. Fue un beso invasivo, con la punta de su lengua separando sus labios y yendo hacia lo más suave y profundo para enredarse con la húmeda lengua de Fang Juexia. El sabor a fresa y alcohol era tan dulce que le mareaba.

En el clímax del amor, incluso los besos son embriagadores.

Fang Juexia se derretía bajo sus labios, gimiendo como un pequeño animal. Su mente se había vuelto infantil, y en esa etapa lo que hacía mejor era imitar, copió la forma de besar de Pei Tingsong, lamiéndolo con esa lengua caliente, hasta que los gemidos y el sonido húmedo de sus bocas se mezclaron como olas.

Pei Tingsong no pensaba dejarlo escapar tan fácil. Se separó abruptamente y dijo con intención: “Es suficiente”.

“¡No es suficiente!” Fang Juexia lo abrazó de golpe, volteándolo para quedar encima y reclamar sus besos a la fuerza. Pei Tingsong, abrumado por su entusiasmo, intentó calmarlo: “Tranquilo, espera un poco”.

“¡No espero!” Fang Juexia se lanzó sobre su boca. Pei Tingsong no tuvo opción que ceder, devorando sus labios y lengua hasta dejarlos hinchados y sensibles, hasta que Fang Juexia se desplomó sobre él, convertido en un granizado de fresa derretido, solo jarabe pegado a su pecho.

El calor era insoportable. Pei Tingsong, excitado por sus movimientos, estiró el brazo hacia la mesita de noche y abrió el cajón inferior.

Había llevado algunos condones y lubricante desde su apartamento antes, bromeando sobre tener que hacerlo al menos una vez en la cama de Fang Juexia. En ese momento, Fang Juexia se había negado rotundamente, pero Pei Tingsong los escondió igual en el cajón más oculto.

Nunca pensó que realmente terminarían usándolo.

“Bésame, bésame rápido.”

Cuando finalmente tuvo el lubricante en mano, Pei Tingsong lo besó mientras colocaba a Fang Juexia encima de sí, le quitó los pantalones y lo dejó desnudo como un bebé, pegado a su pecho, con las piernas abiertas y arrodilladas a sus caderas. Parecían dos criaturas desesperadas que solo podían sobrevivir con la saliva del otro, besándose como consuelo y a la vez como hambre.

Pei Tingsong masajeó sus nalgas mientras con la otra mano, excitado, acariciaba su espalda arqueada hasta hacerlo gemir. Sin poder ver bien, aplicó lubricante en el coxis de Fang Juexia. El líquido translúcido y resbaladizo corrió por el surco de sus nalgas mientras sus dedos, cubiertos de esa miel, masajeaban el estrecho orificio.

“…¿Mmm?” Fang Juexia sintió algo, como un momento fugaz de lucidez, la vaga sensación de que estaba siendo devorado. Pei Tingsong besó sus labios. “Voy a entrar, baobei.”

Rara vez llamaba baobei a Fang Juexia en la cama, pero su estado ebrio lo convertía en su pequeño tesoro, lo que solo aumentaba el sentimiento de culpa de Pei Tingsong.

Pero le gustaba esa culpa.

“Me llamaste baobei…” Los dedos dentro de él ya habían penetrado hasta la mitad, revolviendo ese remolino interno. Fang Juexia aturdido, murmuró: “¿Quién es tu baobei?”

“Juexia es mi baobei.” Pei Tingsong lo besó e insertó otro dedo, haciendo que Fang Juexia se retorciera como una serpiente mientras su parte inferior frotaba la erección dentro del pantalón de Pei Tingsong.

“No te muevas, sé bueno.” Con la mano derecha lo preparaba mientras con la izquierda lo sostenía por la espalda, susurrando: “¿Te llamare ‘bb’, está bien?”

La lengua materna siempre carga una emoción especial, capaz de despertar los sentimientos más profundos.

En su subconsciente, Fang Juexia sintió que realmente era el pequeño tesoro de Pei Tingsong, que sería sostenido con delicadeza y besado hasta derretirse.

A Fang Juexia le encantó ese apodo. Incluso cuando estaba encima de él, penetrado por tres dedos hasta quedarse sin aliento, seguía murmurando pegajosamente: “‘Bb’, soy ‘bb’…”

“Sí, eres el ‘bb’ más obediente. El más lindo, el más dócil…”

Fang Juexia nunca se había sentido tan desesperado. Era como ahogarse o caer gravemente enfermo, su cuerpo vacío pero ardiente, con una picazón insoportable. Así que se retorcía, buscando el contacto piel con piel, mientras sus manos arrancaban torpemente la ropa de Pei Tingsong y los pantalones, hasta que sus suaves dedos rodearon esa erección abrasadora y agrandada. De pronto, Fang Juexia sintió miedo.

Al soltarlo, Pei Tingsong notó su pánico y preguntó a propósito: “‘Bb’, ¿qué descubriste?”

Justo entonces encontró ese punto sensible dentro del cálido canal, raspándolo suavemente como una comezón. “¿Qué es?”

Fang Juexia estremeció, apoyado en su pecho como un niño que agarra su camisa, dando una respuesta igualmente infantil: “Una pequeña polla…”

Pei Tingsong inmediatamente frunció el ceño, con las venas saltando en sus sienes, deseando empujarlo y entrar de una vez. Pero se contuvo, guiando la mano de Fang Juexia hacia su miembro. “¿Pequeña?”

Fang Juexia, honesto como siempre, respondió: “No… es grande.”

“Entonces, ¿es una gran polla?”

Fang Juexia gimió al ser estimulado, pero asintió obedientemente. “Mmm… una gran polla.”

“¿Quieres probarla?” Mientras acariciaba lentamente su punto G, Pei Tingsong sabía que esta persuasión siempre funcionaba. Fang Juexia asintió, sin entender realmente qué significaba ‘probar’ o qué debía hacer. Pero las palabras de Pei Tingsong eran como un hechizo, una enseñanza sagrada, una orden imposible de desobedecer.

La mente ebria de Fang Juexia era un caos, como naipes revueltos. De pronto, sacó una carta al azar y habló: “Dijiste… que debía ser justo. Que sería un turno para cada uno. Si tú me besas, yo debo besarte a ti.”

Ante esto, Pei Tingsong asintió. “Así es.”

“Tú… tú siempre me has tenido debajo, abusando de mí muchas veces…” Los ojos de Fang Juexia estaban enrojecidos en las comisuras, “y yo ni siquiera… ni siquiera me he vengado…”

Apenas terminó de hablar, Pei Tingsong lo levantó en sus brazos: “Te dejaré desquitarte ahora. Tú estas arriba, hazme lo que quieras, ¿si?”

El mismo espacio entre el pulgar y el índice que Fang Juexia había mordido incontables veces ahora agarraba su cintura delgada. La luz de la mesita de noche iluminaba su piel blanca como la nieve, brillando como si no estuviera sosteniendo un cuerpo sediento de amor, sino un rayo de luna hirviente.

La luna es fría, pero pertenece a la noche, y cuando se cubre de gemidos de deseo, se vuelve aún más hermosa.

“Ah… ah…” El cuerpo de Fang Juexia se abría lentamente, tragando a su amante en su interior con movimientos pausados.

La luna es un agujero en el manto de la noche, y él también lo era. Era como una paleta a la que le hubieran quitado el palito blanco: un cuerpo cristalino y vacío por dentro, solo un hoyo. Así que dejó entrar a Pei Tingsong, compensándolo como devolviendo algo a su dueño original.

Y entonces ese dulce cobraría vida, se derretiría.

Cuando le faltaban fuerzas, se arqueaba hacia atrás, y la forma de su amante se marcaba bajo su vientre pálido. Era una porcelana viva, extraña y obscena.

Era la primera vez que lo hacía montándolo, tan libre. También la primera vez que hacía el amor con esa inocencia, copulando sin inhibiciones. El alcohol le impedía contener sus emociones, si le dolía, gritaba; si quería llorar, las lágrimas fluían. “Esta lleno… Pei Tingsong…”

Pei Tingsong, conteniéndose hasta que el sudor le corría por las sienes, le sostenía la cintura mientras se incorporaba para besarlo: “Pronto pasará, un beso lo arreglará, ¿verdad?”

Fang Juexia asintió, pero las lágrimas siguieron cayendo, como un niño asustado por el dolor. Su marca de nacimiento se veía roja y hermosa. “Duele… dentro…” Pei Tingsong no pudo resistir más. Agarrándolo firmemente por la cintura, lo empujó hacia abajo con fuerza. “¿Y así? ¿Te sientes mejor ahora?”

Los embates lo hicieron gemir sin control, gritando sin preocuparse por nada. En el fondo de su mente, Pei Tingsong temía que en cualquier momento la puerta se abriera y sus compañeros los viera; a Fang Juexia montándolo, a ambos cogiendo como bestias en celo. Pero ese miedo, en ese instante, se convirtió en un catalizador que avivaba sus hormonas.

Después de varios empujones, la ‘boca’ de abajo de Fang Juexia lo succionó hasta dejarlo con escalofríos. Demasiado tierno, demasiado estrecho. Su espalda baja y sus abdominales se tensaban, en una mezcla de placer y agonía. “Cariño, ¿no querías desquitarte? ¿Por qué no lo haces tú mismo?”

Sus palabras eran tentadoras. Todo lo que ocupaba la mente de Fang Juexia era justicia, quería devolver el abuso.

Sí, tenía que desquitarse.

“Mmm…” Fang Juexia apoyó una mano en el pecho de Pei Tingsong y con la otra sostuvo el hueso de su cadera, arqueándose ligeramente. Su cuello extendido tenía una belleza frágil. Su cintura se movía como agua fluyendo, adelante y atrás, sin saber si era el instinto del bailarín o puro deseo. La cosa enterrada en su cuerpo rozaba con fuerza ese punto sensible, haciendo que el deseo se volviera aún más salvaje. “Ah… ah, qué bien…”

“Baobei, Juexia…” Pei Tingsong le sostuvo la cintura, empujando con fuerza en medio del éxtasis, tentándolo a que lo llamara esposo.

“Ah, mm… esposo…”

Era la combinación más delicada de inocencia y lujuria.

El movimiento de su cintura se hizo más amplio, al igual que sus gemidos. Al final, el miembro viril de Fang Juexia, tan lastimoso, se erguío bajo el estímulo de su parte trasera, salpicando líquido seminal con cada sacudida.

Se había convertido en un tarro de miel agrietado, goteando dulzura.

“Ah, esposo, no puedo más… no aguanto, no aguanto…”

Sintiendo cómo el pasaje se contraía abruptamente, Fang Juexia perdió todas sus fuerzas, desplomándose sobre él. Pei Tingsong supo que había llegado al clímax, así que lo abrazó con fuerza, empujando desde abajo hacia ese nido húmedo de sensibilidad extrema. Cada gemido entrecortado estaba cargado de jadeos ahogados en una sensualidad explosiva.

Realmente estaban al borde de estallar. La fricción, esa fricción cubierta de fluido viscoso, amplificaba el placer al infinito. Los sonidos húmedos y los quejidos inundaban la noche. Fang Juexia, clavado en él, era lanzado una y otra vez al éxtasis. El lugar donde se unían mostraba una mezcla carne rosada y espuma blanca. Estaba vivo, pero al borde de la muerte.

“Demasiado profundo… demasiado… Tingsong, Tingsong…”

En su delirio, repetía el nombre de Pei Tingsong entre jadeos, con una voz lasciva y suave. Pei Tingsong lo volteó, cambiando de posición para penetrarlo aún más profundo, levantando sus largas piernas sobre los hombros y embistiendo con furia, escuchando su llanto infantil, sus súplicas de abrazo como un niño, hasta que finalmente eyaculó, devolviendo todo el deseo acumulado a su amante.

Su amante, que rara vez se permitía ser tan vulnerable.

Justo cuando terminaban, el teléfono de Pei Tingsong sonó como por arte de magia. Era la alarma que había programado: un minuto antes de la medianoche, para recordarse felicitar a Fang Juexia en el primer segundo de su cumpleaños.

El plan original era perfecto, como un adolescente enamorado, quería ser el primero en darle el regalo de sus palabras.

Pero ahora la persona que amaba estaba en sus brazos, borracha y llorando por lo que él le había hecho. Pei Tingsong lo acarició y murmuró: “Feliz cumpleaños, mi vida. Ya eres un año más grande”.

Fang Juexia, con los párpados hinchados, lo miró. El temblor había pasado, pero aún hablaba entrecortadamente: “Cum-cumpleaños… es mi cumpleaños”.

“Sí, tu cumpleaños”, Pei Tingsong besó su marca de nacimiento. “Gracias por venir a este mundo, para que yo pudiera encontrarte”.

“¿Ent-tonces… eres mi regalo?”, Fang Juexia lo miró fijamente, mordiendo su labio inferior.

Pei Tingsong no esperaba esa pregunta. Por un momento, se sintió perdido. “¿Yo? ¿Puedo considerarme un regalo?”.

“Puedes”, Fang Juexia asintió con seriedad. “Porque te quiero. Tú… tú eres mejor que cualquier otro regalo”.

Lo abrazó como si sostuviera al mundo entero.

No, era mejor que el mundo entero.

Fang Juexia estaba exhausto. Se durmió profundamente apenas unos minutos después. Cuando su respiración se volvió regular, Pei Tingsong se levantó en silencio, trajo agua caliente y lo limpió con la delicadeza que se usa al manejar porcelana valiosa. Luego lo llevó en brazos a su propia habitación y lo acostó en su implacable cama.

El olor familiar de las sábanas de Pei Tingsong calmó a Fang Juexia, que se acomodó sin protestar en este nuevo capullo de sueños, dejando a Pei Tingsong ocupado lavando sábanas y fundas manchadas.

El joven maestro que antes ni siquiera podía tender su propia cama sin ayuda, ahora sabía perfectamente cómo cuidar de alguien.

Después de cambiar las sábanas, Pei Tingsong, demasiado cansado para mover a su tesoro de vuelta, se metió directamente en la cama que Fang Juexia había calentado.

Mientras se acomodaba, pensó en mil excusas para las preguntas incómodas de sus compañeros al día siguiente. Después de todo, Fang Juexia había estado borracho. Podía echarle la culpa de todo a eso.

La pequeña luna que cargaba con la culpa sin saberlo sintió que Pei Tingsong se deslizaba en la cama y dio vuelta para abrazarlo obedientemente. Apoyados el uno en el otro, cayeron en un sueño profundo.

★☆★ ♪ ★☆★ ~●~★☆★ ♪ ★☆★

Pei Tingsong había sobreestimado el autocontrol de sus compañeros. Cuando despertó, el dormitorio aún estaba vacío. Supuso que probablemente habían bebido tanto que no podían caminar y se habían quedado dormidos directamente en la lujosa habitación que  habían reservado.

A las 8 de la mañana, justo cuando era el mejor momento para dormir un poco más, Pei Tingsong se levantó.

Tenía preparativos más urgentes que el sueño.

No fue hasta el mediodía que Fang Juexia, agotado, despertó aturdido. Le extrañó que, aunque al dormir sintió que lo estaban abrazando, al despertar estaba solo.

Debió haber sido un sueño.

Pasó un buen rato antes de darse cuenta de que los estampados de las sábanas no le eran familiares, estaba en la cama de Pei Tingsong. Primero se sintió confundido, pero luego Fang Juexia recordó todo de golpe, haciendo que su rostro ardiera y sus manos se entumecieran mientras se levantaba apresuradamente.

Esta vez su cintura estaba especialmente adolorida. Fang Juexia caminaba con dificultad, arrastrando sus pantuflas lentamente de regreso.

“¿Pei Tingsong?”

Nadie respondió. El dormitorio parecía vacío. Los demás podían faltar, pero ¿Cómo era posible que Pei Tingsong tampoco estuviera? Llamó de nuevo, pero siguió sin obtener respuesta.

En el balcón de la sala estaban tendidas sus sábanas. Nadie más que Pei Tingsong haría algo así. Suponiendo que a esta hora tal vez había salido a comprar algo o que Cheng Qiang lo había llamado, Fang Juexia decidió lavarse primero.

Así que Fang Juexia regresó a su habitación. Al abrir la puerta, la cortina del balcón se agitó con el viento como una enorme cortina blanca, dejando entrar una brisa con aroma a hierbas que le dio de lleno en el rostro.

Su teléfono vibró varias veces. Fang Juexia se acercó y vio muchos mensajes de cumpleaños: personas conocidas, desconocidas, todos sus nombres apareciendo de repente en esa pequeña pantalla.

Fang Juexia respondió uno por uno con un ‘gracias’. Finalmente vio un mensaje de Xiao Wen.

[Xiao Wen: ¡Juexia! ¡Feliz cumpleaños! Ah, y Qiang-ge te pidió que publiques un Weibo, ¡solo para agradecer a todos!]

Respondió con un ok y entró a Weibo. Como le habían dicho que agradeciera, simplemente publicó un gracias a todos. Después de publicarlo, iba a salir, pero su dedo se deslizó por inercia, actualizando la página principal.

Inesperadamente, vio que un medio que seguía había publicado un mensaje conmemorativo.

[@Plataforma Yi Wen: Hoy es 26 de junio, Día Internacional contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas. Ama la vida, aléjate de las drogas.]

Fang Juexia miró fijamente esta breve línea durante mucho tiempo, estudiándola cuidadosamente. Luego abrió las imágenes adjuntas y las cerró nuevamente.

Esta coincidencia parecía estar predestinada por el cielo.

Pero al menos, ya no sentía que esas palabras fueran tan hirientes ni tan aterradoras como en el pasado. La ironía aún estaba ahí, pero ya no era algo que no pudiera enfrentar.

[@Kaleido_FangJuexia: Retweet.]

Esta era la primera vez que, sin que su manager se lo pidiera, retuiteaba algo porque él quería hacerlo.

Necesitaba recordarlo para siempre.

La habitación estaba sofocante, como si faltara aire. Fang Juexia solía abrir las cortinas durante el día para ventilar, así que esta vez no fue la excepción. Pero cuando descorrió las cortinas de golpe, se quedó paralizado en el acto.

Su pequeño jardín estaba lleno de flores blancas de lisianthus. Habían florecido en las ramas de jazmín, en las gardenias y en las cintas, en los geranios y en los pensamientos. Donde mirara, todo parecía un manto de nieve.

Incluso en ese cactus erguido, había brotado una flor de lisianthus.

Fang Juexia recogió una por una, hasta juntar todo un ramo blanco como la nieve. La última flor estaba apoyada en el cactus, así que se agachó y vio que la maceta tenía ahora un lazo, como si fuera un pequeño regalo.

Fue entonces cuando notó que detrás del cactus había una caja grande azul marino, escondida entre las plantas. Movió el cactus y abrió la tapa. Encima de todo había un cuaderno blanco.

Fang Juexia lo abrió y vio que en la primera página decía Feliz cumpleaños, escrito con la letra que más conocía: hermosa y desenfadada. Al seguir pasando páginas, se dio cuenta de que cada hoja estaba llena de la caligrafía de Pei Tingsong, poema tras poema, todos los que había escrito.

Él había dicho que se los daría todos.

El corazón de Fang Juexia se llenó de golpe, tanto que ni siquiera se atrevió a mirar con detenimiento. Cerró el cuaderno y recordó aquella tarde en el hotel, cuando Pei Tingsong le contó la historia de su abuelo, cómo había escrito un libro entero de poemas de amor nunca publicados.

Ahora Pei Tingsong había hecho lo mismo, había recopilado cada palabra que escribió para él y se la había entregado como regalo. Ahí estaban su talento, sus noches de añoranza y deseo.

Debajo del cuaderno había una cajita con un pequeño pendrive. Fang Juexia lo reconoció, era suyo, el que usaba para guardar sus demos y que Pei Tingsong una vez le había arrebatado.

Extrañado, lo tomó y se acercó al escritorio. Dejó el ramo y el libro de poemas sobre la mesa, encendió la computadora y abrió los archivos del pendrive.

El nombre del archivo era [to:fjx].

Era un video, con material que parecía de hace años. Al principio aparecía un niño de dos o tres años, sentado en un jardín bajo un sol tan brillante que le hacía entrecerrar los ojitos.

Fang Juexia escuchó una voz mayor llamarlo «Xiao Song». El niño se volteó, levantó su pequeño puño y dijo «grandpa» con una sonrisa que le hacía ojos como lunas crecientes, adorables.

Era Pei Tingsong de pequeño. Al ver esto, el corazón de Fang Juexia se derritió. Sin darse cuenta, se acercó más a la pantalla, clavando la mirada en ese niño.

Era como si, de esta forma, hubiera sido parte de su pasado.

La música de fondo era suave. Vio la casa donde Pei Tingsong creció, hermosa, con la piscina donde alguna vez murieron truchas arcoíris. Lo vio envuelto en ropa abrigada, pisando ramas secas en invierno, riendo con esa risa infantil. Y en pleno verano, montado sobre los hombros de su abuelo, estirando sus pequeñas manos para alcanzar albaricoques.

Con un solo movimiento, atrapaba todo el sol.

Todos esos momentos que Fang Juexia creyó perdidos, Pei Tingsong los había recopilado y puesto ahí.

Un pedacito del corazón de Fang Juexia se hundió, como si ese niño hubiera pisado su pecho con suavidad. Por un momento, creyó escuchar los latidos de su propio corazón, no desde su pecho, sino desde sus oídos. La música de fondo cambió, incorporando el sonido de sus latidos.

Vio en pantalla a Pei Tingsong crecer poco a poco, pasando de niño a adolescente. Cada instante de su transformación estaba registrado en ese video, pero todas las frases que habían sido seleccionadas y colocadas ahí eran las mismas:

“I love you”, cada una sincronizada con un latido.

Estaba la voz dulce de su infancia diciendo “te amo”, probablemente a su abuelo. También la de sus travesuras de niño, exagerando el tono para hacer reír. O cuando estaba triste, o frustrado, o cuando leía en voz alta sin darse cuenta.

Hasta llegar al final, el adolescente inclinado sobre una cama de hospital, sus omóplatos marcando la camisa holgada. Llorando, aferrándose a las sábanas, diciendo un último “I love you”.

De pronto, la pantalla se volvió negra, dejando solo el sonido de los latidos resonando con los de Fang Juexia.

Se dio cuenta de que estaba llorando.

“I love you”. Escuchó esa declaración, pero esta vez era una voz diferente. No la de un niño, ni la de un adolescente frágil, sino la de un Pei Tingsong maduro, el que Fang Juexia conocía.

Sus palabras eran profundas y tiernas, repitiéndose una y otra vez en la oscuridad.

Esa escena le recordó a la oscuridad que compartían, segura y cálida. Cada “te amo” chocaba con sus latidos, haciendo que le ardiera la nariz.

Su subconsciente contó automáticamente: Pei Tingsong había dicho “I love you” 22 veces.

De repente, la pantalla brilló de nuevo. El rostro sonriente de Pei Tingsong apareció frente a él, tan hermoso que era natural que todos lo admiraran.

Pero sus ojos solo miraban a Fang Juexia, llenos del amor más sincero y apasionado.

“Juexia, feliz cumpleaños número 23”.

Y entonces, pronunció por vigésima tercera vez:

“Te amo”.

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