Libro 1 – Rainforest
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Xu Anlin, con apenas seis años y vestido con un pequeño traje negro, estaba de pie en la entrada del barrio chino. Acababa de llover en el cielo de Inglaterra y su cabello, húmedo, se pegaba a su amplia frente. Sus delicados rasgos reflejaban una expresión cercana a la furia. Frente a él había un restaurante de buffet libre de comida china, pero el dueño era un indio de piel oscura y ojos rasgados que, mezclando chino e inglés, se ayudaba con gestos para decir: «Buffet… two pounds, ¡gratis!». Aunque en teoría era comida china, todos los platos llevaban curry picante. Comparado con la cocina de su madre, Xu Anlin sentía un gran desdén por la habilidad culinaria de aquel establecimiento. Sin embargo, el buffet de dos libras, aunque no era gratis, era mucho más barato que en otros sitios. Xu Anlin no tenía muchas opciones.
Aproximadamente una hora después, dejó un gran montón de platos vacíos sobre la mesa. Levantó la cabeza y sostuvo una mirada de mutuo desprecio con el dueño, salió del restaurante, eructó y, con un sabor a curry en la boca, se quedó en la entrada esperando a alguien más.
Despreciaba los platos, y por eso despreciaba al dueño indio. Muchos años después comprendería que un gato capaz de sobrevivir en territorio de perros siempre tiene algún que otro as bajo la manga.
Por fin llegó la persona que había venido a recogerlo. Era un hombre de mediana edad vestido con un tangzhuang de seda color ciruela. Xu Anlin lo miró con cierto nerviosismo. En casa de unos vecinos ricos había visto muchos dramas hongkoneses y sabía vagamente que la gente que vestía así eran o artistas marciales o mafiosos.
Rogó con todas sus fuerzas que fuera lo primero, mas la realidad le hizo comprender que la tierra sobre la que ahora se encontraba estaba muy lejos del alcance de los budas en los que creía su abuela.
El hombre del tangzhuang lo llevó callejeando hasta un restaurante chino. Luego lo condujo a la parte trasera y, por unas escaleras que chirriaban, subieron a una sala. Antes de abrir la puerta, le advirtió en voz baja:
[Tangzhuang: Camisa/chaqueta tradicional china usada desde la dinastía Qing. Tiene un cuello tipo mandarín y hebillas de nudo].
—Cuando entres, no digas tonterías. Al amo… no le gusta que los demás opinen demasiado.
Acto seguido, por fin empujó la puerta de madera marrón. En el interior, sentado, había otro hombre de mediana edad vestido de la misma forma. Parecía haber terminado de comer, pues tenía desplegado un periódico chino y lo hojeaba lentamente.
—¿Este es el hijo de la cocinera? —preguntó con parsimonia.
Antes de que Xu Anlin pudiera abrir la boca, el hombre del tangzhuang se adelantó a responder con todo respeto:
—El Ah An que fue a recogerlo lo ha confirmado. Es el hijo de esa cocinera. Aparte de un anciano de más de ochenta años, ya no le queda nadie más.
El hombre de mediana edad levantó la vista. Era bastante atractivo, pero las tres profundas arrugas en forma de «111» entre sus cejas y sus hundidas cuencas le añadían un aire de crueldad.
Echó un vistazo a Xu Anlin con indiferencia.
—Se parecen un poco. Es bastante bonito —dijo; dobló el periódico, dio un sorbo a su té y añadió—. Mm, tiene más o menos la misma edad que mi hijo Yusen. Es justo lo que necesitamos para un sustituto. Llévatelo y que Yusen lo vea.
De principio a fin, no permitió que Xu Anlin dijera ni una palabra. Sin embargo, Xu Anlin estaba sumido en una conmoción tan grande que no podía articular palabra.
Era este hombre. La esperanza de mamá. ¡El hombre por el que ella podía morir!
Las cartas de su madre aún estaban en el bolsillo de su pantalón. En ellas decía: «Anlin, pronto tendrás un nuevo hogar. El cielo de Inglaterra es muy azul, te enamorarás de sus nubes blancas. Tendrás un nuevo papá, que te amará en nombre de tu papá que está en el cielo».
Pero el cielo de Inglaterra podía llover en cualquier momento. Aquel hombre que, en nombre del papá que estaba en el cielo, iba a amarlos a él y a su madre, se refería a su fallecida madre con solo dos palabras: «la cocinera». La vida de su madre, que se había perdido por culpa de él, solo había servido para darle a su propio hijo la oportunidad de morir por el hijo de él.
Xu Anlin, con aquel pequeño traje negro, se encontraba de pie en el patio. Apretando los puños, temblaba de pies a cabeza, lleno de odio y conteniendo las lágrimas.
Fue entonces cuando apareció Zeng Yusen. Iba descalzo, con un overol gris de tirantes, y el cabello negro, un poco largo, le cubría justo los ojos, que parecían llevar siempre un leve sopor. Detrás de él lo seguía un viejo golden retriever. Se acercó a Xu Anlin y le preguntó con cortesía:
—¿Hoy es el funeral?
Hasta ese momento, Zeng Yusen siempre había creído que era un niño con sentido del humor.
Xu Anlin lanzó un puñetazo hacia la cara de Zeng Yusen, pero no logró alcanzarlo; el viejo golden retriever lo derribó de un salto. Cuando recuperó un poco la conciencia, tenía justo delante los ojos curiosos y la lengua del perro.
—¡Aparta a este maldito perro! —Xu Anlin retorcía la cabeza desesperadamente para esquivar la lengua del viejo golden retriever.
Zeng Yusen se agachó y, con expresión de asombro, miró al perro; luego bajó la cabeza y examinó a Xu Anlin con detenimiento antes de decir:
—No esperaba que a Da Huang le gustaras. Parece que hasta él te encuentra guapo.
Xu Anlin dejó escapar un resoplido; ese tipo de halagos no eran nada nuevo para él.
Zeng Yusen juntó sus finos dedos blancos, haciéndolos golpear suavemente entre sí, y le dijo con total seriedad:
—Debes saber que Da Huang es un perro muy narcisista. Aparte de su propia caca, nunca lame nada más.
En ese instante a Xu Anlin le entraron ganas de vomitar y se sintió furioso a la vez. El rostro se le enrojeció. Hasta muchos años después, siguió pensando que desde el primer momento en que vio a Zeng Yusen, lo había odiado. Y ese odio no hizo más que crecer con el tiempo.
Cuando Xu Anlin, pulcramente arreglado con su traje negro, subió al coche negro para ir a la escuela, iba lleno de rabia. Como hijo de una viuda, no tenía muchas opciones; ahora que su madre había muerto, seguiría ese mismo destino.
Zeng Yusen seguía vistiendo unos pantalones de trabajo algo sucios, solo que ahora llevaba unas zapatillas. Con una actitud sumisa, como de nuera tímida, y una cautela evidente en el rostro, parecía que cualquier palabra de Xu Anlin, apenas alzara un poco la voz, bastaría para hacerlo sentirse profundamente herido.
Y esa actitud de tragarse los agravios le valía la compasión de profesores y compañeros por igual. Solo Xu Anlin sabía que era puro teatro, que estaba actuando. Que temía que los demás supieran que él era el hijo único del jefe de la mafia del barrio chino. Y que él, por mucho que fuera bien vestido, solo estaba allí para esperar la muerte. Por eso, cuanto más Zeng Yusen se hacía la víctima, más lo odiaba.
Xu Anlin no sabía inglés y al principio sus notas eran muy malas, pero no esperaba que Zeng Yusen sacara incluso peores notas que él. Eso le hizo sentirse mucho mejor. Se esforzó aún más, estudiando con ahínco hasta después de la medianoche antes de apagar la luz para dormir. Sin embargo, la hora de la cena era tan temprano que cuando se acostaba, solía tener tanta hambre que no podía dormir.
Una noche, mientras daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, oyó de repente unos golpes en la puerta. Zeng Yusen, con su aspecto siempre soñoliento y vestido con una bata blanca, estaba en el umbral.
—Tengo hambre —le dijo—. ¿Vamos a buscar algo de comer?
En otras circunstancias, Xu Anlin no le habría hecho caso, pero la tentación de la comida era demasiado grande.
Los dos rodearon el patio delantero y forzaron la puerta de la cocina del comedor.
Xu Anlin estaba a punto de coger algo ligero y marcharse, cuando Zeng Yusen dijo con entusiasmo:
—¡Sé que hoy el chef gordo ha preparado gachas cocidas durante horas! ¿Las has probado? Las hizo con vieiras secas y ternera. ¡Huelen muy, muy bien!
Gesticulaba animadamente mientras hablaba, y sus ojos, normalmente somnolientos, se iluminaron de repente.
Ignorando que Xu Anlin lo apremiaba en voz baja, fue palpando una olla tras otra hasta que encontró una que aún estaba tibia. Entonces exclamó con alegría:
—¡La encontré, la encontré!
Sin esperar a que Xu Anlin fuera a buscar un taburete, agarró un cucharón, se puso de puntillas y trató de sacar la papilla. Pero al hacer fuerza, el soporte inestable cedió y la olla entera se volcó. Al ver que algo iba mal, Zeng Yusen se apartó de un salto; la papilla se desparramó sobre la mesa y el suelo.
Xu Anlin se quedó helado, entre el susto y el miedo. Pasaron unos segundos antes de que, conteniéndose, gruñera en voz baja:
—Zeng… Yu… Sen.
[Zeng Yusen: 雨 (Yǔ): Significa “lluvia”. / 森 (Sēn): Significa “bosque” o “frondoso”. Su nombre hace alusión el título de la serie 雨林 (Rainforest / Selva tropical)].
Zeng Yusen pareció despertar de un sueño. Tras un instante, juntó las manos y, golpeándose los dedos finos y pálidos, dijo con el rostro enrojecido:
—Habrá que limpiarlo… Parece que llevará mucho tiempo…
Xu Anlin fue a buscar un trapo. Pensó en cómo iba a rendir cuentas al día siguiente, en lo mucho que le había costado ponerse al día con las clases. Sin poder prestar atención a la extraña expresión de Zeng Yusen, se puso a limpiar apresuradamente. Cuanto más lo pensaba, más agraviado se sentía, y, sin poder evitarlo, las lágrimas fueron cayendo una a una sobre el suelo.
—No llores. ¡Tengo una buena idea! —dijo Zeng Yusen con suavidad, agachándose a su lado.
Xu Anlin se secó las lágrimas y lo miró. El otro se dio unas palmadas en el pecho.
—Confía en mí. ¡Seguro que funciona!
Bajo la mirada entre incrédula y desconfiada de Xu Anlin, Zeng Yusen salió. Al poco regresó arrastrando una jaula con una gallina y varias más dentro. Antes de que Xu Anlin pudiera reaccionar, abrió la jaula y soltó las aves en la cocina.
Las gallinas se abalanzaron sobre los granos de papilla esparcidos por el suelo; algunas incluso saltaron a la encimera para picotear. Muy pronto comenzaron a atacar el resto de la comida de la cocina. Sus patas dejaron huellas sucias por todas partes. Xu Anlin intentaba atraparlas, pero solo conseguía que las plumas volaran y las manchas se multiplicaran.
Zeng Yusen observó la escena con aire pensativo. Finalmente, bajo la mirada de Xu Anlin —que parecía querer devorarlo vivo—, abrió las manos y declaró con pesar:
—Confirmado: no era una buena idea.
Las consecuencias fueron claras: Xu Anlin terminó encerrado en un cuartito detrás del patio. Allí reinaba una oscuridad absoluta. Abrazado a sus rodillas, escondió la cabeza entre las piernas.
Fuera, las hojas de los árboles rozaban la ventana cubierta de tablones y producían un susurro constante que, al cabo del tiempo, sonaba como el suspiro de una mujer. No sabía por qué, pero todo aquello lo aterrorizaba. Imaginaba si alguien habría muerto allí antes, si él mismo acabaría muriendo en ese lugar.
Pensar que podía morir en aquel cuarto donde no podía ver ni su propia mano le llenó el pecho de una tristeza súbita. Y, sin poder evitarlo, recordó a Zeng Yusen, culpable de su desgracia, y apretó los dientes con rabia.
De pronto descubrió algo extraño: mientras lo odiaba, el miedo disminuía. En cuanto dejaba de hacerlo, el aire lúgubre lo envolvía otra vez. Así que empezó a maldecir a Zeng Yusen en su interior. Y comprobó que, mientras su corazón se llenara de ira contra él, el terror no regresaba.
Desde entonces, durante innumerables noches, Xu Anlin utilizó ese método para no temer ni a la oscuridad ni al destino que no podía controlar.
Después de aproximadamente un día de encierro, la puerta se abrió. Zeng Yusen entró descalzo, con ropa de trabajo, sonriendo de oreja a oreja. La puerta se cerró tras él.
Xu Anlin lo miró sorprendido. No entendía qué hacía allí. Solo escuchó cómo avanzaba a tientas hasta él. Xu Anlin resopló y apartó las manos que le tanteaban la cara.
—¿Qué haces aquí?
La voz de Zeng Yusen adoptó un tono afectado:
—He venido a hacerte compañía.
Xu Anlin se movió un poco y le dio la espalda adrede. Detrás de él sonó un suspiro melancólico.
—Vaya… Parece que mi pequeño Linlin no tiene nada, pero nada de hambre. ¿Qué voy a hacer entonces con este enorme trozo de pastel? ¿Cómo podré comérmelo yo solo?
Xu Anlin estaba tan hambriento que veía borroso. Al oír aquello, se dio la vuelta y se abalanzó sobre él, palpando a ciegas hasta arrebatarle el pedazo de pastel, ya hecho migas. Se lo metió en la boca a mordiscos, tragando sin apenas masticar.
Apenas logró engullirlo cuando Zeng Yusen, sollozando de pronto, se lanzó sobre él.
—Mi pequeño Linlin… Creí que me odiabas. ¡Pero aun así aceptas comer algo con mi saliva! ¡Estoy tan emocionado!
La noche era ya profunda. El viento se colaba entre las tablas de la ventana y emitía un lamento intermitente. Xu Anlin no pudo evitar estremecerse.
—¿Lo oyes? —preguntó Zeng Yusen con una sonrisa.
—¿Oír qué? —replicó Xu Anlin de mal humor.
—Mi mamá nos está saludando.
Ante la mirada atónita de Xu Anlin, añadió con alegría:
—Mi mamá murió en esta habitación… Así que ahora somos sus invitados.
El miedo recorrió a Xu Anlin. Era demasiado pequeño para comprender con claridad qué lo aterraba exactamente. La voz alegre de Zeng Yusen transmitía la noticia de la muerte violenta de otra mujer —su madre—, y sin embargo él no parecía ni triste ni asustado.
La tristeza y el miedo, emociones comunes en cualquiera, parecían no dejar huella en Zeng Yusen.
Eso era precisamente lo que asustaba a Xu Anlin. Y no solo a él. Incluso el padre de Zeng Yusen parecía receloso de su propio hijo.
Zeng Yusen nunca lo llamaba «padre»; como los sirvientes, lo llamaba «señor».
Se veían poco, y cuando coincidían, era casi como cumplir un trámite.
El padre siempre fruncía el ceño, marcando aún más el surco vertical entre sus cejas.
—¿Por qué has vuelto a suspender?
Zeng Yusen jugueteaba con los tirantes, indiferente. El señor añadía entonces con voz rígida:
—Estudia más a partir de ahora.
Y así concluía la conversación entre padre e hijo.
Cada vez que Xu Anlin observaba desde la puerta cómo Zeng Yusen entraba en la habitación, este a veces se volvía y le dedicaba una sonrisa despreocupada.
En cuanto a todo lo que alguien destinado a sobrevivir en el mundo del hampa debería aprender, parecía que Zeng Yusen no había recibido enseñanza alguna, y, por lo visto, incluso estaba perfectamente contento con ello.
Xu Anlin lo miraba un poco por encima del hombro, considerándolo un príncipe del bajo mundo ignorante y sin oficio, pero también lo envidiaba un poco.
Cuando Xu Anlin alcanzó la edad adulta, fue enviado a aprender a disparar. Se resistió con todas sus fuerzas, pues sabía que, en cuanto empuñara aquella pistola, ya no podría limpiarse nunca.
Tenía veintidós años. Dieciséis dentro de la familia Zeng. Más que nadie, era consciente de que aquella casa era como una máquina siempre dispuesta a triturar personas; cada engranaje estaba manchado de sangre.
Con el tiempo, la familia se volvió aún más poderosa. Abandonaron el Barrio Chino y compraron una villa en el oeste de la ciudad, junto con varias hectáreas de terreno. La casa, de estructura de madera y fachada blanca, tenía un tejado puntiagudo de pino y dos chimeneas de piedra. Un amplio porche corrido permitía contemplar el río Támesis.
A veces, Zeng Yusen se sentaba allí a fumar, descalzo, con una camisa negra, observando a Xu Anlin entrar desde el exterior con una media sonrisa en los labios.
En las tardes en que estaba de buen humor, Zeng Yusen se sentaba en el salón a tocar el piano. Aunque, según recordaba Xu Anlin, casi siempre estaba de buen humor, no parecía tocarlo con frecuencia.
Zeng Yusen tocaba el piano muy bien. Tenía los dedos largos y también un notable talento musical. Xu Anlin siempre lamentaba no haber profundizado más en ese aspecto, ni haber tenido nunca a nadie que le enseñara a tocar el piano.
A veces dudaba incluso de la inteligencia de Zeng Yusen. Llegó a pensar que podía ser extraordinariamente brillante… aunque las notas de sus exámenes solían disipar esa sospecha.
Aquellas tardes en que, bajo la pasión de Mozart, la imaginación se desbordaba, eran el recuerdo más hermoso que Xu Anlin conservaba de la familia Zeng.
Cuando volvió a negarse a tomar la pistola que le ofrecían, A-Gui lo miró con cierta impotencia.
—Es una orden del señor. Si se entera de que desobedeces… —Hizo una pausa significativa—. Ya sabes cómo es el señor. No le gusta que los subordinados tengan demasiadas opiniones propias.
Ahora A-Gui vestía traje y zapatos de cuero; nada quedaba ya de la antigua chaqueta tradicional que llevaba dieciséis años atrás. Todo había cambiado. Xu Anlin hablaba un inglés y un francés impecables; era un alumno brillante en un colegio de élite. Y, sin embargo, aquella misma frase que A-Gui había pronunciado dieciséis años antes le recordaba que, en el fondo, nada había cambiado.
Xu Anlin sintió frustración y rabia.
—No voy a aprender a disparar —dijo con frialdad.
A-Gui lo había visto crecer. Sabía que era un muchacho obstinado, aferrado a sus propias ideas, y que además sabía protegerse. Lo que lamentaba era que no entendiera que, en aquel lugar, cuanto más fuerte fuera la conciencia de uno, más cerca estaría de la muerte.
—Yo me encargo —intervino Zeng Yusen, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
—¿Usted? —A-Gui lo miró, desconcertado.
—Es solo disparar, ¿no? —Zeng Yusen esbozó una sonrisa—. Yo me encargaré de que aprenda.
A-Gui dudó un momento y se marchó en silencio.
—¡No voy a aprender a disparar! —Xu Anlin alzó sus ojos llenos de ira y lo miró fijamente, apretando los dientes—. ¡No voy a morir en tu lugar!
Zeng Yusen avanzó despacio hasta quedar frente a él. Xu Anlin levantó adrede la barbilla para sostener la mirada del otro, que era apenas un poco más alto.
En diez años, Zeng Yusen casi no había cambiado: el cabello algo largo, el flequillo cayéndole sobre los ojos; aquellos ojos que antes parecían siempre somnolientos ahora conservaban una permanente media sonrisa ambigua.
—Eres muy guapo. Quiero decir… tus ojos. Tan negros y brillantes, centellean como una piedra preciosa… —Zeng Yusen se acercó un poco más, con un deje de tristeza—. Siempre me recuerdan al pasado…
Lo rodeó con los brazos y apoyó la barbilla en su hombro.
Xu Anlin se sintió incómodo, pero la rara melancolía que emanaba de él lo hizo vacilar un instante.
Zeng Yusen rozó con suavidad su oreja y murmuró en tono meloso:
—Da Huang…
La furia invadió a Xu Anlin al instante. Estaba a punto de apartarlo de un empujón cuando Zeng Yusen ya se había enderezado y cambiado de expresión; volvió a su aire despreocupado.
—¿No quieres disparar porque no quieres ser el que muera por mí?
—¡Exacto! —rugió Xu Anlin.
Su piel era clara, pero de un tono saludable; cuando se enfadaba, un leve rubor cubría su frente y realzaba todavía más la delicadeza de sus facciones. Zeng Yusen lo contempló con una mirada casi absorta. Xu Anlin, escarmentado, alzó de inmediato la guardia.
Zeng Yusen dijo con aire despreocupado:
—Intercambiemos nuestras identidades… No, mejor dicho, intercambiémoslas de nuevo.
En este mundo hay dos tipos de personas que siempre resultan impredecibles: las que tienen mucha inspiración, que inevitablemente también tienen muchas ideas, y las que son muy inteligentes, pues tienden a dejar volar la imaginación.
Zeng Yusen era precisamente de los inteligentes, y además tenía mucha inspiración.
Días después, en un Starbucks, Zeng Yusen sufrió un ataque inesperado. Cuando el asesino subió desde la planta baja de la cafetería, él hojeaba tranquilamente una revista, como si no viera la pistola con silenciador apuntándole a la cabeza. Justo cuando pasó una página con gesto distraído, sonó el disparo.
El proyectil destrozó la cabeza del asesino.
La masa encefálica y la sangre salpicaron el rostro de Xu Anlin. Sus manos temblorosas sostenían el arma.
Solo entonces Zeng Yusen levantó la vista y sonrió.
—¿Ves? No es tan difícil aprender a disparar.
Apoyó la barbilla en la mano y frunció el ceño al contemplar el cadáver con medio cráneo volado.
—Qué lento… Me hiciste esperar tanto. Y el café de aquí es horrible; la próxima vez, llega antes.
De pronto pareció recordar algo. Alzó la mirada hacia el techo y murmuró:
—Ah, no… No habrá próxima vez.
En aquel instante, Xu Anlin sintió que iba a enloquecer de ira. Si hubiera podido elegir, habría deseado que la cabeza volada hubiera sido la de Zeng Yusen.
Fuera como fuese, aprendió a disparar.
Zeng Yusen, en cambio, pareció decidir de pronto ser él mismo. No se retiró a la sombra tras enseñarle a disparar; al contrario, empezó a actuar con más frecuencia bajo su propio nombre. Xu Anlin creyó que el señor diría algo. Pero, como siempre, no hubo ni aprobación ni reproche.
Entonces comprendió algo: hiciera lo que hiciera Zeng Yusen, el señor guardaba silencio.
Sin embargo, dieciséis años de convivencia habían tejido entre ellos una complicidad que trascendía las palabras. Xu Anlin sabía que esos dieciséis años no habían sido más que un prólogo. La historia apenas comenzaba.
***
Zeng Yusen vestía el traje negro de Xu Anlin. Era más delgado y esbelto; dentro de aquella chaqueta ligeramente amplia, adquiría un aire despreocupado y elegante. Apoyado contra el viejo Ford negro de la familia Zeng, fumaba mientras observaba a Xu Anlin acercarse con expresión suspicaz y el cuerpo tenso. Sonrió y arrojó la colilla al suelo.
No podía culparlo. Estar junto a alguien tan inteligente y lleno de ideas significaba que el que pagaba las consecuencias era siempre el otro. En dieciséis años, Xu Anlin había caído incontables veces en esas trampas. Cada inspiración de Zeng Yusen le había dejado recuerdos que aún le hacían apretar los dientes.
El coche de los guardaespaldas los seguía. Xu Anlin salió sin saber adónde lo llevaba esta vez. No imaginaba que Zeng Yusen pretendía dar un paseo en yate por el Támesis.
Resignado, lo siguió a bordo.
La familia Zeng poseía un lujoso yate ITAMA de dos niveles, con el estilo elegante y clásico de las antiguas compañías europeas. Xu Anlin, en cambio, se sentía incómodo. En más de una ocasión, bajo la identidad falsa de heredero de los Zeng, había acompañado al señor para recibir allí a toda clase de visitantes.
La familia Zeng hacía negocios, pero no como los comerciantes comunes: traficaban con billetes falsos y, además, dirigían la mayor red de blanqueo de dinero entre la comunidad china en Inglaterra. Ese “dinero negro” incluía tanto fondos de procedencia incierta como los ahorros ganados con esfuerzo por inmigrantes sin papeles.
En comparación con los estudios académicos, Zeng Yusen parecía tener más talento para conducir coches o pilotar embarcaciones. Ya fuera un automóvil o un yate, los manejaba como si interpretara una pieza al piano: con una fluidez natural, giros ágiles, velocidad continua, casi sin pausa, como agua que corre entre nubes.
En pocas maniobras dejaron atrás el yate de los guardaespaldas. Xu Anlin sintió una punzada de inquietud, sin embargo, no quiso que aquella sensación se reflejara bajo la mirada ambigua de Zeng Yusen. Se acercó a la ventana y fingió contemplar el paisaje de ambas orillas.
—¿Te propongo un acertijo? —dijo Zeng Yusen con una sonrisa.
—Habla —respondió Xu Anlin sin volverse.
Zeng Yusen era un hombre de recursos infinitos. Si quería jugar, lo mejor era seguirle el juego; de lo contrario, solo inventaría más trucos.
—Hay un oso polar en la selva amazónica que recorre la orilla derecha del río en busca de la felicidad. Pero un día descubre que la felicidad no está en la derecha, sino en la izquierda…
Su voz era grave y magnética. Si uno la escuchaba con atención, terminaba por dejarse arrastrar, incluso cuando hablaba con ese tono despreocupado.
—En temporada de lluvias, el caudal del Amazonas es enorme. Y ese oso polar no sabe nadar. Dime, si tú fueras él, ¿cómo llegarías lo más rápido posible a la orilla izquierda?
—Nadando —respondió Xu Anlin con sequedad.
—¿Y si fueras un oso polar que no sabe nadar?
—Caminando.
—El río desemboca en el Atlántico.
—Esperaré a la estación seca.
—La temporada de lluvias en el Amazonas es muy larga.
¿…?
—Entonces no iría —bufó Xu Anlin—. Si no encuentro la felicidad en la orilla derecha, ¿quién dice que esté en la izquierda?
—En la izquierda hay maíz.
Xu Anlin ya no pudo contenerse. Se volvió y gritó:
—¿Tan aburrido estás? ¡Resulta que en el Amazonas no solo hay osos polares, ahora también hay maíz!
Zeng Yusen dejó de hablar. Cuando el yate pasó junto al Tower Bridge, soltó de pronto una risita. Xu Anlin se volvió, con mala cara, y preguntó:
—¿De qué te ríes?
Zeng Yusen, mirando al frente, dijo con una sonrisa:
—¿Ves el Hay’s Galleria? Recuerda que el cuadro más valioso de allí te lo he dejado a ti.
Xu Anlin lo miró, desconcertado. Iba a preguntar a qué se refería cuando notó que la mirada de Zeng Yusen se había fijado, firme y atenta, en dos yates que se aproximaban desde la dirección contraria. Nunca antes había visto en sus ojos un destello de cautela, aunque solo fuera un instante.
Las embarcaciones se detuvieron, una a cada lado, bloqueándolos. Varios hombres altos, vestidos de negro, con pistolas ocultas bajo las gabardinas, los observaban con frialdad desde la cubierta.
Bajo aquella silenciosa orden, Zeng Yusen tomó a Xu Anlin y saltó a uno de los yates.
En el centro de la embarcación estaba sentado un hombre nórdico de gran estatura. Aparentaba unos treinta y cinco o treinta y seis años, tenía cabello gris plateado, ojos hundidos, nariz aguileña y recta y labios finos. Sus facciones eran duras, marcadas; su cuerpo, alto y sólido, le daba el aspecto de un atractivo hombre de hierro.
Sin embargo, a Xu Anlin no le gustaba nada esa mirada. Era una forma de mirar que hacía que pareciera que uno estaba completamente desnudo ante él, como si cualquiera quedara expuesto sin reservas. Su mirada se detuvo un momento en Xu Anlin, como si se hubiera sorprendido por su belleza, pero enseguida la retiró y la posó en Zeng Yusen.
Lo observó con evidente interés, y Zeng Yusen le devolvió la mirada con el mismo interés. Sus ojos se encontraron y se quedaron fijos el uno en el otro, como si no pudieran separarse, como dos amantes que se reencontraran tras una larga ausencia.
«¡Qué pervertidos!», pensó Xu Anlin con rabia.
—¿Zeng Yusen?
—¿Andrew?
Andrew sonrió ampliamente y señaló el asiento frente a él, invitando a Zeng Yusen a sentarse.
El corazón de Xu Anlin dio un vuelco.
Andrew era el jefe de la mayor organización de dinero negro en Europa; prácticamente controlaba la entrada y salida de fondos vinculados al terrorismo nórdico. Comparados con él, los Zeng no eran más que aprendices.
Jamás habría imaginado que Zeng Yusen —que nunca había puesto un pie de verdad en el mundo criminal— despertara el interés de alguien como Andrew.
En un segundo, todos sus nervios se tensaron como cuerdas.
Zeng Yusen, con total naturalidad, tomó un puro del estuche sobre la mesa de Andrew. Echó un vistazo distraído a su reloj y sonrió.
—Tienes tres minutos.
Andrew esbozó una leve sonrisa. De pronto, a lo lejos, retumbó una explosión; una llamarada se alzó hacia el cielo. Xu Anlin vio los restos del yate envueltos en fuego y comprendió, de golpe, que era la embarcación de los guardaespaldas de la familia Zeng que los había seguido.
El corazón le dio un vuelco. La mano que tenía metida en el bolsillo se cerró instintivamente sobre la empuñadura del arma… pero algo frío se apoyó contra su nuca.
Andrew dijo con calma:
—Now, we have more.
[Traducción: Ahora, tenemos más].