Deseo de caza. Cap 1.- Prólogo

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Capítulo 1.- Prólogo

—En realidad, las variables son una acumulación; no ocurren en un solo instante.

—¿Lo soltaron anoche? —Song Mingqi sostenía el teléfono y caminaba de un lado a otro del salón—. ¿No habían dicho que los anteriores cumplían todos los criterios?

—Profesor Song, hemos hecho una evaluación integral…

A fuera, la lluvia caía con un murmullo persistente. Al otro lado de la línea, el agente Qin Huaisheng seguía hablando sin parar cuando, de pronto, sonó una serie de golpes en la puerta, ni apresurados ni lentos.

Song Mingqi frunció el ceño. Aquella llamada no iba a terminar pronto, así que solo pudo seguir hablando mientras se acercaba a abrir.

Una ráfaga de aire atravesó el recibidor. Al otro lado no había nadie, solo un círculo de huellas húmedas en el suelo. Enseguida, desde la derecha, apareció una figura alta que lo sobresaltó.

Era un hombre con una caja de herramientas colgada del hombro. Debía de haber venido bajo la lluvia: estaba empapado de pies a cabeza. La camiseta blanca que llevaba debajo se había adherido al cuerpo al mojarse, marcando con crudeza su complexión robusta y el contorno exagerado de los pectorales. Además, la gorra de visera estaba calada muy baja, ocultándole los rasgos en la sombra. En conjunto, no transmitía precisamente una sensación de seguridad.

—Buenos días. Reparaciones.

Solo entonces Song Mingqi reparó en el logotipo de la empresa de administración de la finca estampado en la chaqueta de trabajo. Se relajó de inmediato y se apartó para dejarlo pasar.

Diez minutos antes había avisado de una obstrucción en la tubería. Aquel hombre debía de ser el técnico enviado por la comunidad.

Le echó un vistazo distraído, se tapó el micrófono del teléfono con la mano y le señaló la cocina, indicándole que fuera por su cuenta.

Dentro del apartamento, la luz iba y venía. El televisor emitía las noticias del día; junto al mueble, una fila entera de libros y discos de vinilo se disponía a distintas alturas, con un orden casi obsesivo. El portátil estaba abierto sobre la mesa del comedor y, a su lado, se alzaba una pizarra blanca girada hacia atrás. Todo estaba tan pulcro que rozaba lo patológico. Si había algo fuera de ese orden estricto, eran las letras magnéticas negras sobre la pizarra: colocadas de manera descuidada, formaban dos palabras irregulares: Ted Bundy.

El técnico apartó la mirada y, como parte del procedimiento habitual, se agachó para ponerse los cubrezapatos. Era muy alto y sus botas de trabajo parecían enormes, así que tardó un poco más de lo normal. Al rozarse con Song Mingqi al pasar, el mono de trabajo, desgastado por los lavados y manchado de forma inevitable, le arrancó un gesto de desagrado.

Sin embargo, su atención no estaba ahí. En cuanto vio al hombre agacharse frente al armario de la cocina, Song Mingqi se dirigió a paso rápido hacia el balcón y continuó la llamada en voz baja.

—Pero, agente Qin, según lo que ustedes mismos dicen, de las cuatro personas que quedan tras la criba, solo Zhou Ling presenta heridas externas. Es quien mejor encaja con el perfil psicológico que elaboré.

—Profesor Song —repitió Qin Huaisheng con pesar—, de verdad que tiene coartada.

Un mes atrás, en un bloque residencial cercano de familiares de mineros, se había producido un homicidio. Una mujer llamada Yu Manyin, que vivía sola, fue hallada muerta en su domicilio. Presentaba fractura pélvica; la causa de la muerte fue asfixia. Había indicios de un intento de agresión sexual. Sus labios estaban pintarrajeados con lápices de acuarela marrones y verdes; muchas de las manchas se salían por completo del contorno y le cubrían la barbilla, torcidas y caóticas, creando una imagen profundamente inquietante.

La escena mostraba signos de una lucha violenta: un mueble volcado, una taza hecha añicos, todo revuelto. Y, sin embargo, la puerta de entrada estaba intacta. No se había podido extraer ninguna huella dactilar ni pisadas útiles.

El edificio, un viejo bloque deteriorado metido en un callejón, no contaba con administración ni sistema de videovigilancia. La víctima tenía relaciones personales sencillas y, tras las comprobaciones pertinentes, nadie cercano resultó sospechoso. La investigación quedó estancada, sin pistas adicionales.

Guangnan es una ciudad costera y, aunque no está exenta de problemas, su seguridad es relativamente buena. Un crimen tan brutal desató un fuerte clamor mediático. La Brigada de Investigación Criminal de la Segunda Zona Norte, presionada por la necesidad de resolver el caso, y por recomendación de la policía de Guangnan, invitó al investigador Song Mingqi, de la Universidad de Guangnan, a participar como asesor del caso. Esperaban que, desde la psicología criminal, pudiera aportar una perspectiva que ayudara a identificar al verdadero culpable lo antes posible.

Basándose en las pruebas materiales halladas en la escena y en las pistas ya disponibles, Song Mingqi dedicó tres días a elaborar un perfil preliminar para la policía:

  1. Estatura superior a 1,80; de apariencia atractiva o que inspire confianza.
  2. Individuo socialmente itinerante, familiarizado con el entorno cercano.
  3. Fuerte conciencia de contravigilancia, con antecedentes penales; tras el crimen presentaría heridas defensivas causadas por la víctima.
  4. Disfunción sexual crónica.

Cuando la policía le informó de que habían identificado a un trabajador eventual con antecedentes, llamado Zhou Ling, Song Mingqi sintió que estaban más cerca que nunca del verdadero culpable.

Sin embargo…

—En el momento del crimen, Zhou Ling estaba reparando algo para un comerciante cerca del edificio de los familiares. Durante la reparación se dio cuenta de que faltaba una válvula, así que fue a comprarla a la ferretería del barrio. El recibo de compra y la orden de trabajo coinciden, y las cámaras de la ferretería confirman su entrada y salida sin problemas —explicó Qin Huaisheng.

Song Mingqi se ajustó las gafas.

—El callejón trasero de la ferretería no tiene cámaras. ¿Cómo pueden garantizar que no se ausentó durante ese lapso para cometer el crimen y luego regresó?

—Esa posibilidad existe. Hay muchos pequeños comercios dentro y todavía no podemos reconstruir con exactitud su recorrido —admitió Qin Huaisheng—. Pero es poco probable: el margen de tiempo es muy ajustado y, además, no tenemos pruebas adicionales. No nos queda más remedio que dejarlo en libertad por ahora.

Song Mingqi reflexionó un momento.

—¿Y el último punto? ¿Encaja también?

Al otro lado de la línea hubo un breve silencio antes de que llegara la respuesta:

—No hay registros médicos relacionados.

—¿No pueden encontrar la forma de que lo demuestre?

El joven agente se quedó desconcertado.

—¿De qué forma?

—¿En urología o reproducción no hacen ese tipo de pruebas? Creo que tienen algo para extra…

—¡Profesor Song…! —Qin Huaisheng se alarmó, temiendo escuchar algún término escandaloso por teléfono—. No tenemos autoridad para obligarlo a someterse a un examen médico.

—Entiendo —dijo Song Mingqi.

Qin Huaisheng acababa de suspirar aliviado cuando oyó que la voz al otro lado añadía:

—Hablaré con un amigo médico. A ver si conoce algún otro método.

—…

Aunque Qin Huaisheng llevaba ya un tiempo siendo el enlace entre la policía y Song Mingqi, seguía sintiendo que la obstinación de aquel profesor era difícil de manejar.

Había oído al capitán Li Chengyang quejarse en voz baja: de no haber presión desde arriba, jamás habría recurrido a los perfiles psicológicos. El vterano de la investigación criminal, Li Chengyang desconfiaba profundamente de esas teorías de psicología criminal importadas del extranjero. Creía que solo las pesquisas tradicionales, puerta por puerta, y las pruebas biológicas podían conducir al verdadero asesino. Por eso le había indicado a Qin Huaisheng que cooperará con el experto en lo que pidiera, pero que no dejara que influyera en la línea principal de la investigación.

Pensando en ello, Qin Huaisheng decidió no insistir más. Se limitó a decir con cortesía:

—De acuerdo. Si obtiene algún otro perfil que permita acotar más a los sospechosos, no dude en contactarme.

Song Mingqi captó que aquello significaba dejar el asunto en suspenso por el momento. Aceptó y colgó.

En la universidad había sido discípulo del célebre experto en psicología criminal Xiong Xi. Desde que empezó a analizar casos junto a su mentor hasta ahora, habían pasado ya ocho años.

En el país no faltaban quienes estudiaban teoría de la psicología criminal, pero los que contaban con experiencia real en casos eran contados. Song Mingqi había colaborado en la resolución de varios crímenes. La mayoría de los asesinos no eran tan teatrales como los retratados en las series estadounidenses: su entorno familiar, su educación, su situación vital, sus enfermedades físicas y sus motivaciones delictivas estaban estrechamente entrelazados, y su psicología no era difícil de descifrar. Inferir información a partir de los patrones de conducta que el criminal dejaba en la escena era, en sí mismo, un método científico de análisis psicológico.

Por eso, Song Mingqi confiaba plenamente en sus conclusiones.

Miró a través de la ventana la llovizna difusa. En el vidrio se reflejaba un rostro falto de claridad, sin una idea concreta. Hasta que el choque metálico de una llave inglesa contra la caja de herramientas le devolvió a la realidad. Sacudió esos pensamientos y se dirigió al salón.

El deshumidificador emitía un ruido blanco constante. El bochorno del interior resultaba desagradable. En la televisión, justo entonces, aparecía la noticia: «El caso del homicidio en el edificio de familiares de mineros avanza con todos los recursos; la policía ofrece una cuantiosa recompensa por pistas».

No sabía en qué momento el técnico había terminado su trabajo. Estaba de pie junto a la mesa del comedor, esperando en silencio. La chaqueta del uniforme llevaba atada a la cintura; los músculos de tono tostado, al descubierto bajo la camiseta, brillaban con un leve sudor. En los codos y la mandíbula se distinguían moretones difusos.

Con un ligero retraso, Song Mingqi fue consciente de lo peligroso que era haber dejado a un desconocido solo en el salón. Más aún cuando advirtió que el técnico estaba mirando fijamente la pantalla de su portátil, que había quedado abierta. Tan absorto estaba que ni siquiera notó que él salía del balcón.

—¿Ya está arreglado? —molesto por la invasión de su intimidad, Song Mingqi se acercó y cerró el ordenador de golpe con un chasquido seco.

—Sí.

El hombre metió una mano en el bolsillo del pantalón, sacó un comprobante de finalización del trabajo y lo dejó sobre la mesa, indicándole que podía firmar.

Song Mingqi no era de los propietarios fáciles de engañar. Entró en la cocina y revisó con detenimiento: el agua volvía a correr sin problemas, el suelo había sido limpiado de manera básica y los residuos extraídos estaban colocados correctamente en el cubo de basura orgánica. El trabajo, en efecto, estaba bien hecho.

—Llévatelo y tíralo fuera, por favor. —Con el ceño fruncido, levantó la bolsa de basura y se la tendió—. Te firmo ahora mismo. ¿Tienes bolígrafo?

Bajo la visera de la gorra, el hombre pareció sonreír. Ni siquiera hizo el gesto de buscarlo antes de responder con calma:

—Me lo he olvidado.

Un reflejo profesional hizo que a Song Mingqi le diera un salto el entrecejo. Tanteó el aparador junto a la mesa y encontró un bolígrafo de muelle. Lo accionó varias veces de forma nerviosa, como si así pudiera aliviar aquella incomodidad repentina. Sin detenerse a leer el contenido, bajó la cabeza y firmó de un solo trazo, sin saber que, al hacerlo, dejaba completamente expuestos la nuca y el hueso prominente del cuello. El hombre lo observó de reojo, con una mirada fría.

Enseguida, Song Mingqi volvió a incorporarse y dio un paso atrás, marcando distancia.

La temperatura excesiva del cuerpo del técnico y ese olor a sudor —no desagradable, pero cargado de hormonas— le provocaron malestar. No estaba acostumbrado a tratar con personas así.

Caminó con rapidez hasta la puerta y la abrió.

—Hasta luego.

Por primera vez, el hombre alzó un poco la cabeza. Era un rostro sorprendentemente joven: nariz recta, ojos negros y profundos. Lo miró una vez y, sin decir nada, obedeció y salió.

Tras despedirlo, Song Mingqi regresó frente a la pizarra blanca y volvió a girarla, dejando a la vista la cara con anotaciones.

Estaba cubierta de fotografías de la escena del crimen, rasgos de la víctima y el proceso de deducción del perfil psicológico.

Flechas, puntos y líneas se entrecruzaban. En el extremo derecho, las palabras «lápices de acuarela» estaban rodeadas por un círculo, y a su lado un enorme signo de interrogación señalaba que aquel era el punto clave aún sin resolver.

Bajó la cabeza, envió un mensaje por WeChat y volvió a sumirse en la reflexión sobre el caso, como si la interrupción de hacía un momento no hubiera sido más que una gota de lluvia cayendo en un estanque: sin provocar ondas dignas de mención.

La mayoría de la gente no se fija. Técnicos, repartidores, mensajeros, conductores: prestadores de servicios de la vida cotidiana. Un segundo de entrega, diez minutos de reparación, quince minutos de trayecto. Encuentros breves; no hace falta recordar los rostros.

La puerta se cerró tras él con un golpe seco.

El técnico volvió a ponerse la chaqueta y, con un gesto casual, enderezó la estrecha placa metálica en su pecho.

En ella figuraba su nombre…

Zhou Ling.

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