Deseo de caza. Cap 12. Método de investigación III

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

Capítulo 12: Método de investigación III – Investigación de antecedentes

—“Recientemente, la policía ha lanzado una operación especial contra los lugares de juego clandestino, cerrando cinco casinos subterráneos y gimnasios…”

Song Mingqi apagó la radio del coche y condujo lentamente hacia el aparcamiento cercano al KTV Changliang.

La noche ya estaba completamente oscura. Sacó de su bolso una pastilla, confirmó de nuevo el tiempo que tardaría en hacer efecto, se la tomó con un sorbo de agua mineral y luego salió del coche hacia el KTV.

El calor era intenso; el humo y el olor a alcohol se percibían más que de costumbre, y Song Mingqi frunció el ceño al abrir la puerta.

Era hora punta: la música retumbaba por los pasillos, la gente iba y venía, y los camareros transportaban cajas de cerveza de un lado a otro.

Al llegar a la puerta del salón 308, escuchó vagamente una canción vulgar que no conocía y la voz ronca de Jiang Mingyu.

—“Maldición, ella tiene un hijo, ¿cómo voy a casarme en serio con ella? Si no fuera por su miserable dinero…”

Estaba alardeando de haber rechazado a una mujer completamente enamorada de él. Por el tono elevado y los detalles poco convincentes, Song Mingqi dedujo que se trataba de una mentira total; esa mujer probablemente ni siquiera existía.

Pero Jiang Mingyu cambió pronto de tema, jactándose de que su amigo rico había invitado a todos a beber solo por su cortesía.

No estaba claro si Jiang Mingyu contaba estas historias a cualquiera, pero los demás reían a carcajadas. Las palabras posteriores se volvieron cada vez más vulgares, mencionando a “ricos que pagan por sexo” y otras tonterías. La estupidez se materializaba en frases ofensivas. Song Mingqi ya no pudo soportarlo y empujó bruscamente la puerta del salón.

El murmullo se detuvo de inmediato.

El cenicero estaba lleno de colillas; el aire olía a cigarrillo barato y sudor. Song Mingqi sintió que le faltaba el aire por un instante. Al recomponerse, se dio cuenta de que pisaba una pila de cáscaras de semillas de melón.

—¡Eh, hermano Song, llegaste! —dijo Jiang Mingyu, lanzando una mirada cómplice a los demás, con la cara grasosa y brillante mostrando una sonrisa aduladora. Golpeó el sofá manchado al lado suyo—. ¡Siéntate rápido!

Song Mingqi avanzó lentamente y se sentó al borde del sofá. Pero en el siguiente segundo, Jiang Mingyu puso su brazo robusto sobre la nuca de Song Mingqi con una familiaridad invasiva.

—Te presento: este es Chen Zhi, Zhang Qiong, y ese… —se inclinó para quitar ceniza del cigarro— esa es la novia de Chen, Xiao Ke…

El humo flotaba por todo el salón, los rostros se veían difusos, y a Song Mingqi le revolvía el estómago. Solo veía manchas de color moverse frente a sus ojos. Xiao Ke llevaba unas medias negras con un patrón enrejado complicado, que le mareaban aún más.

—¿Solo vendran estos? —tragó saliva con dificultad antes de preguntar, esforzándose—. ¿Y Zhou Ling y los demás? ¿Por qué no vinieron?

—Los invité, pero no sé si vendrán —respondió Jiang Mingyu—. No importa, ¿trajiste suficiente dinero?

—¿No dijiste que no íbamos a apostar?

—Jugamos Guandan, no apostamos —dijo Jiang Mingyu, fumando un cigarrillo y sonriendo lentamente—. Pero tú dijiste que ibas a invitar.

Song Mingqi no dudó mucho:

—Sí, traje suficiente.

—¡Qué decidido! —dijo Zhang Qiong, llamando a un camarero—. ¡Trae otra caja de cerveza! Hoy vamos a asegurarnos de que el hermano Song se divierta!

Poco después, Jiang Mingyu sirvió una cerveza a cada uno y colocó el vaso de Song Mingqi con un fuerte golpe sobre la mesa frente a él.

Ese día, Song Mingqi había aprendido la lección del local de boxeo y vestía de manera más informal: un polo y unos pantalones largos color caqui. Aunque su ropa no desentonaba, su porte era imposible de disimular. Se sentaba erguido, con la espalda recta; su figura esbelta y alta lo hacía parecer un pavo real en medio de una bandada de gallinas.

—Hermano Song, es tu carta —dijo Xiao Ke, batiendo las pestañas mientras repartía y, aprovechando el gesto, le rozó la mano a propósito.

—Disculpa, mejor reparte las cartas sobre la mesa —respondió Song Mingqi, echándose ligeramente hacia atrás.

Chen Zhi mascaba semillas de girasol y mostró una sonrisa de dientes amarillos.

—¿Qué pasa?

Song Mingqi bajó la mirada y, con absoluta cortesía, explicó:

—Me ha tocado la mano.

La sonrisa de Chen Zhi se congeló un instante. Xiao Ke, acurrucada contra él, bajó aún más la cabeza; el rostro se le quedó entre pálido y verdoso.

Cuando terminaron de repartir, Chen Zhi le dio una palmada en el muslo a Xiao Ke y le lanzó una mirada. Ella salió de la sala a regañadientes.

Song Mingqi, sin embargo, no reparó en ello en absoluto. Estaba concentrado ordenando las cartas, contando mentalmente el número de naipes: no faltaba ninguno, y la forma de repartir era torpe, nada que indicara trampas.

Jiang Mingyu era impaciente; no dejaba de apremiar y de repetir:

—¡Bebe, bebe!

Antes de bajar del coche, Song Mingqi se había tomado una pastilla para el alcohol, así que no temía que lo emborracharan. Pero el aire viciado del reservado le revolvía el estómago, y no levantó el vaso.

—¿Venís a jugar a menudo? —preguntó, como si nada, intentando entablar conversación.

—Cuando estamos libres. ¿Jugamos al da er, no? —Jiang Mingyu salió primero, tirando una carta—. Cuatro de corazones.

Song Mingqi fingió no tener bien ordenadas las cartas, cambiándolas de una mano a otra, a punto de dejarlas caer varias veces al suelo.

Chen Zhi soltó una carcajada y llamó a los demás:

—Mirad al señorito de ciudad. Todo lo tiene pequeño, ni un puñado de cartas puede ordenar con una sola mano.

Las miradas de los otros dos también se posaron en Song Mingqi, recorriéndolo sin disimulo de arriba abajo, deteniéndose en su pecho y su cintura. Pronto se sumaron risas cargadas de insinuación.

No se sabía si Song Mingqi era realmente insensible o simplemente tenía muy buen carácter. No dijo nada; sonrió con educación. Por fin consiguió ordenar las cartas y, al medio levantarse para coger semillas de girasol por encima de Jiang Mingyu, volcó sin querer el cubilete. Los dados rodaron por el suelo con un estrépito.

Se apresuró a disculparse, nervioso. Jiang Mingyu, con generosidad, le dio una palmada en el hombro, y junto con Chen Zhi y Zhang Qiong se agacharon a recogerlos. Al incorporarse, Song Mingqi preguntó:

—Ese Zhou Ling… yo también lo he llamado varias veces para reparaciones, pero nunca habla mucho. ¿Es así de altivo? Veo que tampoco se junta con vosotros.

—¿Él? Es unna piedra en el fondo del retrete: apesta y es dura —dijo Jiang Mingyu, molesto por el interés constante de Song Mingqi—. Solo una vez, en una reunión de paisanos de Rao Bei, hacía falta alguien que hiciera recados y lo arrastré a la fuerza. Y el cabrón no abrió la boca en toda la noche.

Hizo una pausa y cruzó las piernas con impaciencia.

—Pero da igual. Cuando no doy abasto, le paso algunos encargos. Total, no habla mucho y tampoco sabe decir que no.

Terminó la frase riéndose a carcajadas. Song Mingqi no rió. Tiró un cinco de picas.

—¿Sois todos de Rao Bei?

—Sí. Un sitio tan pobre que ni los pájaros se paran a cagar.

—¿Ya os conocíais antes de venir a Guangnan?

—Qué va… pueblos perdidos, ¿quién conoce a quién? —Jiang Mingyu bajó la voz—. Pero en sitios pequeños los chismes sobran. Yo he oído que es un bicho raro, un gafe. Su padre murió, su madre se largó, está solo en el mundo.

—¿Entonces no tiene otros familiares?

—Ah, lo crió su hermana. Luego ella se fue a trabajar a la ciudad. Dicen que fue por esta zona de Guangnan… y después desapareció.

Song Mingqi frunció ligeramente el ceño.

—¿Desapareció?

—Quién sabe —dijo Jiang Mingyu, tirando una jota y hablando con aire enigmático—. Yo creo que fue a propósito, que no quiso volver a saber de él. ¿Qué mujer querría cargar con un hermano así? Todo lo que ganara se lo tendría que dar a él. Si fuera yo, ni de broma me casaba con una mujer así. Joder, una ruina.

Escupió el humo con brusquedad. Ese mismo chaleco que en Zhou Ling era una prenda de moda, en Jiang Mingyu parecía una cuerda de yute atando un paquete de carne. Luego empujó la copa hacia Song Mingqi, fingiendo descontento:

—¡Bebe! ¿No vas a hacerle caso a tu hermano?

Song Mingqi estaba distraído y, además, la conversación le había dado sed, así que alzó la copa. La aproximó a los labios, inclinándola lentamente, cuando de pronto sintió que todas las miradas del salón se posaban sobre él. Un silencio absoluto lo envolvió.

¡Bum!

La puerta del reservado se abrió de golpe, golpeando con fuerza la pared y rebotando levemente.

En el marco de la puerta, Zhou Ling estaba de pie, con el rostro oscuro y sombrío, como un demonio que acababa de aparecer.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x